Quien se empeñase en reducir la economía política de la tierra del Fuego a las mismas leyes por las que rige hoy la economía de Inglaterra, no saca-
ría evidentemente nada en limpio, como no fuesen unos cuantos lugares comunes de la más vulgar trivialidad.
FeDeRIcO ENGels
Los Estados Unidos labraron su grandeza nacional mediante la unión de sus Estados; ahora impiden que América Latina haga lo mismo. Los civili-
zadores cierran el paso a los que pretenden civilizarse. LeóN tROTsKY
L
A FORMAcIóN De lA NAcIóN es el lóGIcO cORONAMIeNTO POlíTIcO Y JURíDIcOdel desarrollo de la sociedad burguesa en Europa. Como el capitalismo encontró allí históricamente su centro generador, del mismo modo la formación de las na- cionalidades nos ofrece su marco clásico en el viejo Mundo. dicho proceso había sido antecedido por la precoz creación de la Nación inglesa en el siglo XvII. Pero es a partir de la Revolución de 1789 en Francia, hasta la formalización de la unidad nacional alemana en 1870, que se desenvuelve el ciclo fundamental del movimiento de las nacionalidades europeas.
Por las vicisitudes del proceso histórico algunas naciones europeas y euroasiáticas, como turquía, concluyen su revolución nacional democrática hacia 1910 y 1912; las gue- rras balcánicas, la destrucción del Califato y del Imperio multinacional turco, así como la Primera Guerra Imperialista, dan a luz tardíamente nuevos Estados Nacionales. El viejo irredentismo polaco toca así a su fin. Pero estos Estados Nacionales eran el complemento rezagado de los movimientos nacionales aludidos del siglo XIX.
eL mArco histórico de Los movimientos nAcionALes
Cuando Europa ya entra en su moderna época imperialista, hacia 1880, comienza el des- pertar nacional de los pueblos atrasados del Asia. Avanzando el siglo XX se producirán nue- vos movimientos nacionales en África y América Latina. Estos últimos ya no responderán a una exigencia interna de las fuerzas productivas desatadas por el capitalismo nacional, sino que brotarán, al contrario, de su resistencia al progresivo aniquilamiento económico
que se cierne sobre las colonias con la crisis del régimen imperialista mundial.
Mientras que los movimientos nacionales del siglo XIX en Europa respondían plena- mente al desarrollo de los países donde se originaban, en el marco general de un triunfal desenvolvimiento de las fuerzas productivas, los movimientos nacionales de nuestra épo- ca en el tercer Mundo se originan inversamente en la ruina del imperialismo y aparecen, en consecuencia, en la época del triunfo del socialismo. Esta diferencia básica en las razo- nes de su aparición condiciona su naturaleza y sus particularidades.
Marx y Engels se educaron y pensaron en las condiciones creadas por el crecimiento del capitalismo europeo y la formación de la Nación alemana e italiana. Presenciaron las luchas de Polonia por librarse del yugo sofocante del imperio multinacional zarista, así como de las heroicas luchas de Irlanda contra la opresión británica. En sus obras se multiplican las referencias, artículos, cartas y observaciones sobre las características que asumían en cada fase dichos movimientos nacionales.1
Como era natural, los maestros del socialismo conceptuaron estas luchas nacionales como propias de una Europa en transformación, donde se advertía ya la presencia del proletariado, traído al mundo por las mismas fuerzas productivas que habían creado el Estado Nacional. El resto del planeta —Asia, África, América Latina— desenvolvían su historia bajo otras leyes, sujetos pasivos de una marginalización tajante y respecto de los cuales no podía hablarse siquiera de la formación de un tipo de sociedad capitalista a la manera europea. Es cierto que en América Latina había surgido una tentativa de crear una Nación o Confederación Latinoamericana, propuesta por Bolívar, pero hemos indi- cado las razones de su derrumbe: en la «anfictionía americana» de Bolívar había de todo menos relaciones capitalistas de producción; estaban los ejércitos, pero había carecido siempre del tercer Estado, y no vería la luz sino un siglo más tarde algo parecido a la burguesía en su versión más mezquina.
Para Marx y Engels, en consecuencia, los movimientos nacionales europeos que ten- dían a la constitución de Estado nacional estaban históricamente legitimados porque sólo dentro de los cuadros del Estado nacional podía la circulación mercantil alcanzar su pleno desenvolvimiento.2
1 véase JORGe eNeA sPIlIMBeRGO, La cuestión nacional en Marx, Coyoacán, Buenos Aires, 1961 (hay una edición más moderna: La cuestión nacional en Marx y otros ensayos, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2003) y FRANZ MehRING, Carlos Marx, Cenit, Madrid, 1932.
2 Naturalmente, Marx y Engels no eran partidarios ni de todos los movimientos nacionales ni de la constitución de cualquier Estado Nacional. Al fin y al cabo, la Nación es una creación histórica y en modo alguno una institución eterna. Los maestros del socialismo se oponían al paneslavismo, por razones políticas concretas: veían detrás de los eslavos al execrable imperio ruso, el bastión del atraso, que oponía el Oriente bárbaro y el régimen servil a la civilización de Occidente. Marx consideraba que sólo los grandes Estado podían garantizar el más amplio marco para el desenvolvimiento de las fuerzas productivas.
cApitALismo y nAción
dicho Estado nacional debía asentarse sobre un territorio común. Sus habitantes ligados entre sí por una tradición cultural análoga se relacionaban por una lengua común y una «psicología nacional» elaborada por un largo período de convivencia. Esa comunidad, entrelazada por territorio, lengua, tradición cultural —particularmente religiosa— y psi- cología, encontraba su fundamento dinámico para constituir su Estado nacional en un desarrollo previo de relaciones capitalistas de producción, que con frecuencia se remonta- ba al antiguo artesanado del Renacimiento —como en Italia—, y a una historia económi- ca donde las sobrevivencias feudales básicas —propiedad territorial, aduanas interiores, tasas, gabelas, obligaciones personales, producción individual de mercancías— habían sido barridas por una larga evolución.
El Estado nacional, preparado por el absolutismo, con frecuencia instaurado por enér- gicas revoluciones o por guerras nacionales, daba paso al progreso general, y facilitaba un amplio desarrollo del capitalismo. La centralización del poder económico y la aparición de la democracia política burguesa no era menos importante para Marx que la cohesión del nuevo proletariado engendrado por la flamante sociedad y el despliegue correlativo de la lucha de clases en el vasto escenario del Estado nacional. Por esa razón ni Marx ni Engels se prodigaron más de lo que consideraban estrictamente necesario en la formu- lación de una teoría sobre la cuestión nacional. daban por supuesto, ante el desarrollo capitalista que se producía ante sus ojos, que el mundo periférico no alcanzaría a pasar por esta etapa burguesa, y que la revolución socialista de las naciones civilizadas lograría triunfar mucho antes que las colonias y semicolonias entrasen a la historia universal.3
El triunfante socialismo europeo, con su poder económico centuplicado por la des- aparición de las fronteras nacionales, ayudaría entonces a las colonias y territorios atra- sados en «estado de naturaleza» a evolucionar de modo incruento hacia la civilización socialista. Ambos eran eurpeos de genio, pero europeos al fin y a pesar de su vigor profé- tico, no estaba en condiciones de adivinar la aparición del imperialismo, ni de concebir el surgimiento de nuevos movimientos nacionales en el próximo siglo XX, justamente en los Nuevos Mundos de esa lejana frontera histórica. Excepción hecha de los cónsules ingleses y de los naturalistas alemanes, toda la Europa ilustrada poseía una idea muy vaga del continente colombiano. Como en los tiempos de hegel, los pensadores de Europa, Marx entre ellos, consideraban a la América Latina como un hecho geográfico que no se había transmutado todavía en actividad histórica.
3 «Una vez lograda la reorganización de Europa y Norteamérica, constituirá un poder tan colosal y un ejemplo tal, que todos los países semicivilizados se despertarán por sí mismos. Las solas necesidades eco- nómicas provocarán este proceso.» (FeDeRIcO eNGels, Correspondencia, pag. 415, Problemas, Buenos Aires, 1947)
Podría agregarse que los discípulos contemporáneos de Marx (en Europa y en Améri- ca) no tienen las mismas razones para ignorarla que los grandes maestros.
mArx y LA ideA de pAtriA
La sacralización de Marx ha contribuido a forjar la imagen de un dios infalible, en la cuestión nacional como en muchos otros importantes problemas. Recordemos que al día siguiente de escribir su soberbio Manifiesto Comunista (1848), en el que puede leerse la frase: «los obreros no tienen patria», Marx, Engels y los hombres del Club comunista de París viajaban a la Alemania revolucionaria a incorporarse junto a la burguesía en la lucha por la democratización y la unidad de la nación feudalizada. Para cumplir esa tarea Marx dirigió la Nueva Gaceta del Rin, con los fondos que lograron extraerle a la medrosa burguesía renana, cuyo mayor temor en este mundo era hacer su propia revolución.4
Con toda razón trotsky escribía noventa años después del Manifiesto Comunista, al analizar el envejecimiento y modernidad del célebre documento: «Los problemas de la estrategia revolucionaria en los países coloniales y semicoloniales no son tratados ni siquiera someramente en el Manifiesto. Estos problemas exigen soluciones particulares. Así, por ejemplo, es evidentísimo que si la “patria nacional” ha llegado a ser el peor freno histórico en los países capitalistas desarrollados, constituye todavía un factor relativa- mente progresivo en los países atrasados que están obligados a luchar por su existencia independiente.»5
No todos los enunciados de Marx han logrado resistir las «injurias del tiempo». Pero la relativización de algunos puntos de su gran obra pone de relieve la genial arquitectura del conjunto, y también permite ponerse en guardia contra el riesgo de incurrir en la falacia del sistema cerrado, y concluir militando en la «clerigalla marxista» que tanto despreciaba el viejo Franz Mehring.
4 Los autores del Manifiesto Comunista no eran teóricos perdidos en su propio limbo. Engels expli- caba la conducta seguida por él y Marx durante la revolución alemana de 1848: «Al regresar a Alemania en la primavera de 1848, nos afiliamos al pertido democrático [partido burgués] por ser aquél el único medio del que disponíamos para llegar a los oídos de la clase obrera; éramos el ala más avanzada de ese partido, pero ala suya al fin y al cabo.» Agrega Mehring: «Engels aconsejaba a sus amigos que no lanzasen al movimiento americano como bandera de lucha el Manifiesto Comunista que ellos habían silenciado, como queda dicho, en la Nueva Gaceta del Rin, pues el Manifiesto, como casi todos los trabajos cortos de Marx y suyos, eran todavía difícilmente inteligibles para América; los obreros del otro lado del océano acababan de abrazar el movimiento, no estaban todavía bastante cultivados y su regazamiento, sobre todo en teoría, era enorme.» véase Mehring, op. cit., pág. 380.
5 León trotsky, A noventa años del Manifiesto Comunista, en revista «Inicial», 2, año I, octubre de 1938, Buenos Aires, pág. 4. versión electrónica en la web del Marxists Internet Archive (MIA).
Justamente debido a esa fertilidad contagiosa, y a la esencial heterodoxia que íntima- mente lo distingue, es que el marxismo ha llegado a impregnar tan profundamente la vida intelectual de nuestra época.
Entre las ruinas de la ciencia económica burguesa y de la sociología que miraba desde lo alto a Marx, se erige hoy triunfalmente el marxismo viviente; de sus enemigos se ha encargado la historia. de sus «amigos» deben cuidarse los marxistas verdaderos.
Pues contra todas la previsiones de Marx, la revolución ha estallado y se ha propagado no en los focos de civilización occidental, sino en las márgenes coloniales y semicoloniales del globo. Esto no ha invalidado el marxismo, sino que lo ha enriquecido con nuevos problemas a los que sólo el marxismo puede dar respuesta. ya Marx había adelantado los primeros elementos del análisis que permitirían a Lenin elaborar la política nacional del proletariado.
LA unidAd nAcionAL de ALemAniA
La candente cuestión de la unidad alemana fue resuelta inesperadamente por los junkers bajo la dirección de Bismarck; esta solución histórica no contó con las simpatías de Marx y Engels al principio. Les repugnaba que esa gran causa histórica estuviese en manos de la camarilla dinástica de los hohenzollern y de los terratenientes prusianos. Formados en la tradición intelectual renana, que había mirado siempre desde arriba a los rudos militares de Prusia, Marx y Engels veían en la dinastía de Guillermo un instrumento de la diplo- macia zarista. Abrigaban excesivas ilusiones sobre el fuego revolucionario de la burguesía alemana, en la que veían, con obvio rigor teórico, a la creadora de un Estado nacional que debía interesarle ante todo a ella. Esos cálculos resultaron errados.6
No fue la burguesía alemana, con sus fabricantes, intelectuales y funcionarios, la que subió sobre el escalón del Zollverein para construir el imponente edificio de la Nación alemana, sino justamente los terratenientes armados de Prusia, reunidos alrededor de la bandera monárquica. ¡No se lanzaron a unificar Alemania para crear el mercado interno único sino para expandir el poder de la dinastía!
Naturalmente, no debemos llevar muy lejos este juicio. tampoco los junkers desco- nocían la necesidad militar de contar con una interrelación económica entre las distan- tes partes de Alemania, con un sistema de comunicaciones y transportes, mediante una
6 Para los asuntos de Alemania, Engels fundaba sus apreciaciones en la lectura casi exclusiva de la prensa británica. (véase MAveR, op. cit., pág. 195) Según se sabe, la burguesía inglesa no vio nunca con buenos ojos la unidad nacional de las restantes naciones, ni el desarrollo capitalista de sus posibles competidores. Pero este «antibismarckismo» de Engels fue dejado de lado cuando la nobleza prusiana llevó a cabo la unificación de Alemania.
trabazón íntima de los principados. A este respecto, la burocracia berlinesa, antes de Bismarck, trabajaba tenazmente en esa dirección. Estos prusianos «trabajaban en silencio en una obra práctica de considerable alcance: eran los funcionarios de Berlín, los repre- sentantes de esa burocracia cuya inteligencia admiraba hegel y cuyo éxito alabó Ricardo Cobden. Uno de ellos, Motz, había inaugurado en 1829 las pacientes negociaciones que hicieron caer una a una las barreras aduaneras tan molestas para el comercio y la industria de Prusia y de los países vecinos. Fue una obra difícil e ingrata: como ha dicho un histo- riador, “nada se parece menos a un gran movimiento nacional que esos interminables y sospechosos regateos, esas áridas discusiones financieras, en las que los Estados secunda- rios trataban de vender lo más caro posible su adhesión al sistema prusiano”».7
Felices de renunciar al heroísmo, los burócratas prusianos podían decir en 1829 con el burgomaestre de Magdeburgo: «Sin valernos de la espada, ese tratado da por fin a nuestro país un lugar en Alemania y por consiguiente también en Europa».8 En efecto, el Zollverein nacía en 1833; pero la circulación de las mercancías por el mercado unificado no lograría constituir por sí sola la Nación alemana. ¡habría que valerse de la espada, de todos modos!
Que este factor dinástico, persiguiendo fines puramente militares, realizase al fin y al cabo la tarea histórica de otra clase social, fue reconocido por Marx y Engels: no era la primera vez y no sería la última en que un progreso histórico se realizase por medios re- accionarios y por una clase íntimamente hostil a ese progreso. Como dice Mannheim: «la camarilla militar constituía el núcleo del cuerpo social alemán. Esto a su vez se relaciona con la situación geográfica, en especial la de Prusia, entre dos países enemigos, lo cual llevó de un modo natural a la formación de un Estado militar».9
La unidad nacional alemana, en definitiva, abría un ancho campo para la concen- tración e individualización política y sindical del proletariado alemán: «Para los obreros, todo lo que centralice a la burguesía es por supuesto favorable», comentaba Marx.10 Por su parte, Engels juzgaba que este proceso había caído como un regalo «en manos de la burguesía. Pero no sabe dominar, es impotente e incapaz de hacer nada. Lo único que sabe hacer es vomitar furia contra los obreros en cuanto éstos se ponen en movimiento».11
La razón de la cobardía de la burguesía alemana consistía en su temor al creciente poder de la clase obrera, lo que la obligaba a arrojarse en brazos de la nobleza prusiana, delegando en ella todas sus aspiraciones políticas. «La desgracia de la burguesía alemana
7 GeORGes WeIll, La Europa del siglo XIX y la idea de nacionalidad, Uteha, México, 1961, pág. 72. 8 ibíd.
9 MANNheIM, op. cit., pág. 91.
10 MARX y eNGels, Correspondencia, pág. 231
consiste en que… ha llegado demasiado tarde».12 todas las intrigas, y las brutalidades bismarckianas, pasaban a segundo plano: «Nosotros, como cualquier otro, debemos re- conocer el hecho consumado, nos guste o no…». Cuando se declaró en 1870 la guerra entre Bismarck y Napoleón III (al que apoyaba toda Europa, inclusive hasta los alemanes de hannover) Engels fue más allá todavía: «Alemania ha sido llevada por Napoleón III a una guerra por su existencia nacional… Si (Napoleón) la derrota, el bonapartismo será reforzado en los próximos años y Alemania quedará rota durante años, quizás por gene- raciones. En ese caso ya no puede haber cuestión de un movimiento independiente de la clase obrera alemana… Si gana Alemania, el bonapartismo francés será aplastado de alguna manera, se acabarán los interminables lamentos acerca del establecimiento de la unidad alemana… y los obreros franceses, cualquiera sea la clase de gobierno que suceda al actual, tendrán con seguridad un campo más libre que bajo el bonapartismo. toda la masa del pueblo alemán de toda clase se ha dado cuenta de que ésta es ante todo y por sobre todo una cuestión de existencia nacional, y por ello se ha volcado de inmediato en ella.»13
cuestión sociAL y cuestión nAcionAL
Sin embargo, esa guerra había sido desencadenada por una deliberada provocación de Bismarck, al falsificar el famoso telegrama de Ems.14 Pero la provocación de Bismarck, ignorada por Engels en ese momento, no alteraba el significado histórico de esa guerra, del mismo modo que Engels no se engañaba con respecto al Canciller prusiano que había proclamado ante la Europa estupefacta su decisión de consumar la unidad alemana «por el hierro y por la sangre». Los miembros de la I Internacional, por su parte, no entendían mucho la cuestión nacional alemana, sobre todo aquéllos que pertenecían a naciones ya constituidas.
Marx comenta irónicamente en una carta a Engels, del 20 de junio de 1866, los inci- dentes de una reunión a la cual había asistido en Londres sobre la guerra austro-prusiana:
12 MARX y eNGels, op. cit., pág. 676. Agrega Engels: «La burguesía adquiere su paulatina emancipa- ción social al precio de su renuncia inmediata a un poder político propio.»
13 MARX y eNGels, Correspondencia, pág. 312.
14 La guerra franco-prusiana fue preparada con el mayor cuidado por el Canciller Bismarck, que la juzgaba políticamente necesaria para constituir la Nación alemana. En una situación tensa entre Napoleón III y Guillermo I, Bismarck recibió un telegrama de su Emperador, destinado a la prensa, pero de carácter