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Publicado en la revista Dinamis, Buenos Aires, 1966
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UANDO eN lAs JORNADAs De OcTUBRe De 1945 el PAís eNTeRO se DIvIDíA, lAsmajestuosas sombras de la Argentina oficial cambiaban entre sí miradas estu- pefactas. Las antiguas nociones y rótulos partidarios habían saltado en pedazos. Una especie de monstruo mítico, hechura del Ejército y los sindicatos, había logrado, al parecer, algo imposible: trazar un corte de arriba a abajo de la sociedad argentina hasta ese momento homogénea. El debate se planteaba entre peronismo y antiperonismo, no como hasta el día anterior entre radicales y conservadores. La sabia estructura política de la «década infame», donde los partidos «populares» ocupaban los asientos de la oposición de su majestad y los oficialistas el poder supremo (pues el poder detrás del trono estaba en manos imperialistas) se había desvanecido sin dejas rastros.
Al día siguiente del 17 de octubre el país había cambiado profundamente su rostro: tanto los oficialistas como los opositores de ayer —conservadores, radicales, demócratas progresistas, socialistas, comunistas— formaban ahora un solo bloque. Frente a ellos ha- bía brotado de las entrañas del país un nuevo enemigo. La realidad sin afeites, la nueva sociedad industrializada, surgida gracias a las dos guerras mundiales, había arrojado sobre las escena a un nuevo proletariado y a nuevas fuerzas nacionales que se disponían a dispu- tarle a la oligarquía y a sus aliados de izquierda y de derecha el manejo de la cosa pública. El concepto mismo de la palabra «izquierda», como el de «clase obrera» o el de «democra- cia», modificaban su contenido y su forma en la tormenta de 1945. del mismo modo, la palabra «nacionalismo» debía sufrir la prueba de los hechos. Los petimetres aristocráticos que rodearon al general Uriburu en 1930 y que habían saludado a la espada purificadora de 1943, se encontraban desconcertados y paralizados ante esa explosión de nacionalismo popular y revolucionario volcado en las calles.
Parece oportuno esclarecer el contenido genuino de esas dos tendencias tradicionales en el pensamiento político argentino, pues la clase trabajadora, el más importante sector productivo de una sociedad fundamentalmente parasitaria, debe conocer el pasado para
no errar en el presente.
Los generALes ingLeses y eL doctor JuAn B. Justo
Irguiéndose apenas sobre su banca, con su barbita en punta y su agria voz en falsete, el doctor Juan Bautista Justo remató su discurso contra los gobiernos de la «política criolla» con estas palabras:
«El país progresa, a pesar de sus gobiernos, debido a la necesidad de expansión de los pueblos y al capital europeo; progresaría más si en lugar de este gobierno tuviéramos por gobierno un consejo formado por los gerentes de los ferrocarriles». En ese momento ejercía el gobierno tan despectivamente aludido por Justo el doctor Roque Sáenz Peña. El discurso del jefe socialista era pronunciado en 1912, apenas cuarenta días después de que la misma Cámara de diputados aprobara la ley enviada por Sáenz Peña sobre el voto obligatorio y secreto. Así juzgaba Justo al Presidente que barría el camino para la primera intervención popular en los comicios. ¡Curioso socialista!
Pero el doctor Justo no era el único en juzgar de ese modo a Sáenz Peña, cuya posteri- dad se vería abrumada por una retórica de jardinería fúnebre. también los «diarios gran- des», con su vozarrones, castigaban al Presidente y detestaban la célebre ley. Ayer nomás, el traficante de libretas de enrolamiento, don Cayetano Ganghi, con su habano y su parla cocoliche, la flor en el ojal y su familiaridad con los personajes, escribía confidencialmen- te a Cárcano: «Roca es un poroto a mi lado. tengo 2 500 libretas.»
Justo era un socialista verdaderamente extraordinario al atacar de esa manera al Presi- dente que ponía fin a la era del voto venal pretendiendo sustituirlo por los gerentes bri- tánicos. ¿Por qué ese jactancioso desprecio y su aversión hacia todos los gobiernos argen- tinos? ya en 1894, antes de fundar el Partido Socialista, Justo había hechos sus primeras armas periodísticas en el diario del general Mitre: postulaba en un artículo los beneficios del librecambio (que hoy llamaríamos «libreempresismo», y se dirigía a los ganaderos, según sus palabras, para que no fueran a caer, por ingenuos, en las pantanosas aguas del proteccionismo industrial.
Su formación positivista, hija de la época que intelectualmente lo formó, contribuyó a su exaltación de las virtudes de la raza blanca sobre la molicie mestiza o criolla. Justo, en un rincón de la América del Sur, sufría como propia la «carga del hombre blanco». había aprendido en la tradición familiar la versión canónica de una historia fabulosa urdida por los vencedores de Pavón: su juicio maligno sobre los gauchos , montoneros y caudillos que recoge su poco leída Teoría y práctica de la historia, agobiada de estadísticas austra- lianas, así lo prueba. El fundador del socialismo en la Argentina resulta ser positivista en filosofía, librecambista en economía y mitrista en historia. Como además Spencer le había enseñado que sólo sobrevive el más apto y que el progreso es indefinido y constante,
Justo estaba persuadido de que el exterminio de los gauchos criollos por los ejércitos por- teños respondía a las más profundas tendencias de la ciencia evolutiva y que la matanza de los negros en África, como el dominio británico de la economía argentina, confirmaba en todas sus partes la idea biológica de la adaptación al medio de la enérgica raza blanca.
Como se comprende fácilmente, esta era la idea prevaleciente en la Europa dispéptica y ahíta posterior a Sedán. Offenbach le había puesto música a esa hermosa fiesta que concluyó en 1914.
unA sociedAd portuAriA de consumidores
Si estas ideas del doctor Justo no concernían en modo alguna a las particularidades de la realidad argentina a principios del siglo, formulaban, por lo menos, una apreciación más o menos correcta de la sociedad portuaria. Buenos Aires se había erigido como una ciudad–puerto cosmopolita, burocrática e improductiva, una prolongación sudameri- cana y complementaria de la economía capitalista europea. Pero el resto del país era su más directa antítesis. Por ese motivo, el socialismo de Justo no se propagó jamás a toda la República. desde su origen hasta el presente asumió el carácter indesmentido de un grupo político del municipio de Buenos Aires. Resultaba inevitable que cada vez que un gran movimiento nacional pasaba bajo los ojos miopes del «socialismo», desconociera su significado, pretendiera medirlo con un criterio europeo, y condenara como bárbaro el río multitudinario, tan sólo porque no estaba dibujado en sus mapas.
traductor del primero tomo de El Capital, de Marx, Justo había ironizado muchas veces sobre el materialismo dialéctico, que se le antojaba una especie de «metafísica». Él mismo se confesaba un «realista ingenuo». El pensamiento dialéctico era un pensamiento perturbador en una sociedad satisfecha de sí misma, que se expandía sin resistencia en un mercado mundial elástico y rico, como el de la Europa sibarítica del Centenario. El positivismo reinaba soberanamente en un mundo sin contradicciones, cuyo horizonte se iluminaba bajo el sol inmutable del patrón oro en un cielo sin nubes.
La división internacional del trabajo también parecía darle la razón a Justo: la provi- dencia (o el gran arquitecto, en su caso) había distribuido sabiamente el genio inventivo en el brumoso Mar del Norte y el fértil humus en la Pampa soberbia. Ese destino pastoril de la Grande Argentina gozaba de la aprobación de Justo: sólo exigía para el artesanado y la aristocracia del trabajo en la capital derechos políticos y seguridad social, como cabía exigirlos en una sociedad capitalista en crecimiento. A las provincias interiores las miraba con sospecha. Su librecambismo, según se ve, se fundaba en la clientela consumidora de Buenos Aires, que debía adquirir los productos industriales del viejo Mundo a precios reducidos, del mismo modo que los europeo consumían los alimentos argentinos a bajo costo. Esta política sólo podía conducir a la eliminación del escaso proletariado industrial
existente o a impedir su crecimiento. Como se sabe, sin industrias no hay clase obrera. Esto mismo permite definir el «socialismo» de Justo, así como identificar al grupo social porteño que seguía sus inspiraciones. El «maestro» del socialismo había transformado la doctrina liberadora del proletariado en una panacea para consumidores pequeño burgue- ses de la ciudad de Buenos Aires.
En cuanto a la historia argentina anterior a la inmigración, la consideraba como una especie de disputa étnica, a la manera de Sarmiento, que fue un gran escritor aunque un pensador arbitrario, y cuyo poder visual dejaba mucho que desear, ya que veía la civilización donde estaba la barbarie y la barbarie donde germinaba la civilización. Bajo la difusa polvareda de los combates, Justo sólo distinguía en ellos al primitivismo ame- ricano, cuna de caudillos asiáticos del tipo de Artigas o Quiroga, sentados en cráneos de vacas y bebiendo aguardiente en guampa. Así, Justo transfiguraba la factoría rioplatense en una sociedad verdadera, al estilo de Europa. Reducía la Argentina de su tiempo a los contornos de la ciudad de Buenos Aires, y la historia nacional anterior a la inmigración a una pura irracionalidad. Con un método análogo consideraba que las guerras coloniales «franquean a la civilización territorios inmensos. ¿Puede reprocharse a los europeos su penetración en África porque se acompaña de crueldades?» En cuanto a América Latina no era menos lapidario: «Apenas libres del gobernador español, los cubanos riñeron entre sí hasta que ha ido un general norteamericano a poner y mantener la paz a esos hombres de otra lengua y de otras razas.»
Es que junto con la importación de ferrocarriles, artesanos e institutrices francesas, habían llegado al Plata a fines del siglo pasado difusas nociones de un laborismo británi- co tan cuáquero y prudente como el nacido en las lejanas islas. No puede asombrar, en definitiva, que ese peculiar socialismo cosmopolita de la Argentina agraria se apresurase en librar de todo equívoco a aquellos que suponían posible fusionar la tradición nacional con las ideas socialistas. Ése fue el caso de Manuel Ugarte. Cuando Ugarte defendió a Colombia contra la segregación de su provincia de Panamá, La Vanguardia asumió la defensa de la «soberanía panameña», esto es, de la política norteamericana escisionista. Ugarte debió alejarse del Partido Socialista. Algo semejante ocurrió con Palacios, que abandonó esa agrupación en 1915, y que a pesar su énfasis oracular se había propuesto también un socialismo latinoamericano, aunque bañado en el agua de olor de su inso- portable retórica. Luego advirtió que resultaba más ventajoso encomiar simultáneamente a Mitre y al Chacho, tomar el té con el almirante Rojas y posar de nacionalista, todo al mismo tiempo.
sociALismo y mArinA de guerrA
y estática. En 1945 ya era un espectro de esa sociedad que tendía a desvanecerse ante un nuevo proletariado traído al mundo por la industrialización posterior al año 30. Aquellos cooperativistas y artesanos de 1910 se habían convertido en comerciantes o importadores, cuando no en industriales con fortuna nueva e ideas viejas, y su menguante influencia electoral porteña se cosechaba en un pequeño sector de la clase media, acomodada toda- vía en el viejo sistema y narcotizada por la lectura de los editoriales de La Prensa.
Pero ya resultaban extraños en el nuevo país. En 1945 el Partido Socialista se encontró de modo totalmente natural junto a la Marina de Guerra, cuyos oficiales aún llevan en su uniforme luto por la muerte de Nelson, a diferencia de los paisanos de Salta, que todavía hoy llevan en sus ponchos rojos con rayas negras luto por la muerte de Güemes. Antes de 1945 estas cosas no podían entenderse; después, resultó más sencillo penetrar su sentido.
El pensamiento esencial de Justo debía sobrevivirle en las filas del Partido Comunista, que también compartió su sitio junto a la Marina en 1945. Pues contra lo que podría suponerse, las coincidencias ideológicas entre ambos partidos fueron más persistentes que las coincidencias políticas, ya que ambos nacían de una sociedad de características semejantes y ambos fueron grupos típicamente porteños. Estas afinidades se pondrán de manifiesto sobre todo a partir de 1930, año por lo demás decisivo para comprender que en la Argentina la izquierda cipaya y la derecha nacionalista son así.
Si los socialistas propendían a identificarse con el supremo modelo laborista, con su protestantismo, su antialcoholismo, su pragmatismo, los stalinistas vivían bajo la hipnosis de la burocracia soviética. Cuanto ocurría en la Unión Soviética se recopiaba automática- mente en la Argentina con la autoridad de un imprimatur. Este curioso procedimiento de acción política ofreció los más notables testimonios para un museo de horrores ideológi- cos. Como Stalin había declarado que en 1929 daba comienzo un período de gigantescas conmociones revolucionarias en el mundo (mientras que, por el contrario, el mundo se encaminaba hacia un ciclo notoriamente contrarrevolucionario), los stalinistas de Ar- gentina declaraban «fascista» al presidente yrigoyen y juzgaban al radicalismo en rápidas vías de «fascistización». En esta calificación entrarían casi todos los gobiernos posteriores. Su conservatismo es digno de estudio: caracterizaron como «fascistas» a los gobiernos de yrigoyen, Uriburu, Justo, Castillo, Ramírez, Farrel, Perón y Onganía. Si debemos creerles, el fascismo en la Argentina cubre casi cuarenta años de historia. de acuerdo con la consigna de Stalin (durante muchos años se autocalificaban orgullosamente de «stali- nianos») la lucha por una «Argentina soviética» cobró formas, sobre todo verbales; pero mientras llegaba ese fausto día el general Uriburu, con la colaboración moral y política de nacionalistas, conservadores, demócratas progresistas, socialistas, socialistas indepen- dientes (Pinedo) y comunistas, derribaba al «fascista» yrigoyen. declarábase inaugurada, de este modo, la década infame.
El intérprete de la eximia política stalinista en la Argentina era un ciudadano italiano, vittorio Codovilla, hombre de confianza de la GPU soviética (policía política), de lo que
daría más tarde numerosas pruebas durante su oscura actuación en la guerra civil espa- ñola. Este singular personaje internacional ocupó hasta su muerte (ocurrida en Moscú, naturalmente) el puesto de rector en un stalinismo inmodificable, ornada su ancha fren- te con los laureles de sus memorables aciertos: contra yrigoyen, en 1930; por el Frente Popular, en 1936; por la participación argentina en la segunda guerra imperialista, 1942; contra el gobierno militar de 1943; contra el peronismo; a favor de la Revolución Liber- tadora; y, finalmente, sostén del gobierno del doctor Illia. En realidad, cada vez que el pueblo argentino —sea bajo la forma yrigoyenista o peronista— se disponía a combatir políticamente a la oligarquía, las «izquierdas» cipayas se ubicaban simétricamente en el polo opuesto. La actitud antinacional de dichos sectores no obedecía a un puro error óp- tico de sus jefes. Brotaba directamente de aquella Argentina semicolonial, de esa antigua provincia agraria del Imperio Británico que hacia 1910 había construido una pequeña sociedad comercial, improductiva e intermediaria, con su derecha y su izquierda ad usum de la factoría. Este sistema económico, con su constelación teórica, asumía todos los pro- blemas de las metrópolis y adoptaba como amigos o enemigos a los amigos o enemigos de esos centros del poder mundial. desde 1930, los adversarios comerciales y marítimos de Gran Bretaña y la U.R.s.s. —hitler y Mussolini— fueron para la Argentina proinglesa sus principales enemigos.
Los mítines conjuntos de Alvear, Repetto, Lisandro de la torre y los comunistas repro- ducían a su modo el alineamiento de fuerzas de las «potencias democráticas». Si Alvear, cuyas campañas electorales eran financiadas por la cADe,1 era para el partido stalinista un «gran demócrata», León trotsky era, por su parte, no el creador del Ejército Rojo, sino un «agente fascista». El general Justo, en el poder se ocupaba de pisotear y adulterar las tradi- ciones democráticas argentinas; Alvear sepultaba en el compromiso perpetuo con Justo la herencia del yrigoyenismo; los nacionalistas admiraban al sangriento duce; los socialistas y comunistas falsificaban el pensamiento socialista revolucionario y calumniaban a sus sostenedores. La palabra «imperialismo» era un vocablo impronunciable en la era del izquierdista rosa. Liberal en la política económica, mitrista en la historia argentina, sta- linista en el marxismo, roosveltiano, «progresista» y «antifascista», el Partido Comunista resumía acabadamente la década a la que pondrían término las jornadas del 17 de octubre de 1945. Como podía esperarse de toda su historia, en esas jornadas el embajador Braden no encontró mejores amigos ni admiradores que los discípulos de Codovilla.2
A la luz de ese cuadro, en la década infame (1930–1945) las ideas motrices del socialis-
1 cADe, Compañía Argentina de Electricidad, filial de sOFINA, trust internacional que mediante el soborno a los diputados y concejales radicales y conservadores obtuvo en 1936 la prórroga ilegal a su conce- sión en la ciudad de Buenos Aires hasta el año 2000.
2 En mi libro Historia del stalinismo en la Argentina (Ed. Mar dulce, Buenos Aires, 2a ed., 1970) expongo con abundante documentación la historia asombrosa de ese partido.
mo, su potencia crítica, su capacidad de previsión, su abierto desafío a la sociedad capita- lista en quiebra se muestran en la Argentina bajo las formas sui géneris de un monstruoso colonialismo intelectual. El puñado de jóvenes que resistían este proceso no podía pesar —y no pesó— en la escena. En el exterior, la reacción triunfaba arrolladoramente. En el mundo capitalista, los bandidos fascistas instauraban la dictadura terrorista del capital financiero; en la Unión Soviética, la reacción stalinista imponía la dictadura burocrática a las masas y fusilaba a los fundadores del Estado. Las democracias occidentales devoraban en silencio, glotonamente y estremecidas de pánico, los frutos de sus satrapías colonia- les.
Pero el de las izquierdas no era el único colonialismo político que padecía la Argen- tina. también se manifestaba la extranjerización en la derecha llamada «nacionalista», que no era sino un gajo —en ese momento lozano— del viejo tronco conservador y oligárquico.
de LA redAcción de «LA frondA» AL ideAL monárquico
La palabra «nacionalista» recién aparece en la prensa política hacia el fin de la segunda presidencia de yrigoyen. Adquiere su más plena difusión en la década infame. Antes de esa fecha el nacionalismo no existía como movimiento ideológico, si se considera como algo singular y fuera de serie al periódico La Voz Nacional, que financiaban en 1926 una condesa italiana y un mutilado de guerra, también peninsular. habían aparecido, sin duda, algunos grupos «patrióticos» hacia 1909. Eran las patotas de «indios bien» que reñían en lo de hensen con los grupos de extramuros o se propasaban con las señoras en la calle Florida. Los «indios bien» fueron arrancados de sus calaveradas en el Kiosko de Palermo o en el café concierto del Gato Negro para formar las bandas «patrióticas» que asaltaron, tirotearon e incendiaron los sindicatos obreros de Buenos Aires. valieron para esta actividad inesperada los buenos oficios del barón demarchi durante la primera Semana trágica. volvieron a salir los «indios bien», bajo la inspiración de Joaquín de An- chorena, en 1919; la capital presenció entonces «progroms» antisemitas, y las legiones de la juventud patriótica fueron adiestradas por el almirante domecq García en el Centro Na- val, Florida y Córdoba. Pero era un patriotismo «social», no «nacional». Se dirigía contra