Ante la creciente sensación de peligro de las grandes ciudades aparece cada vez más claramente la solución de inventar un nuevo entorno donde se segreguen los iguales, guetos deseados de felicidad. Esta opción se materializa con la realización de los barrios cerrados, donde el espacio público y el privado se enlazan sin solución de continuidad, donde los peligros de la ciudad quedan exorcizados gracias a los medios de control. Sistemas de seguridad que van desde los meramente físicos, como una muralla, cerco o reja, hasta sofisticados controles con videocámaras o infrarrojos y por descontado con el adecuado servicio privado de seguridad. La seguridad se paga con una falta absoluta de intimidad y libertad de movimientos, pues todas las entradas, salidas o desplazamientos internos en este recinto son vigilados por miles de ojos.
En los barrios cerrados no se proyecta un espacio público comunitario, y en la mayoría de los casos se limitan al espacio mínimo necesario para circulación; sólo en algunas ocasiones cuentan con un equipamiento comunitario, como un centro social o instalaciones deportivas. La necesidad de seguir utilizando la ciudad para realizar actividades que no sean las domésticas sigue existiendo para ir a trabajar, a comprar, al cine, a estudiar, es decir, aún existe una cierta relación funcional con la ciudad que obliga a salir del recinto protegido.
Esta idea de lograr un entorno ideal para vivir, una ciudad a escala humana, que puede ser recorrida a pie y cuyos residentes son iguales ha llegado tan lejos como para plantear «ciudades privadas». Esta propuesta es desde el mismo nombre incongruente: una ciudad no puede ser privada; una ciudad sí puede ser, entre otras cosas, un lugar donde habite gente distinta, donde haya conflictos, con espacios públicos, con espacios de libertad, libertad de movimientos. Pero aquí nos encontramos con una situación bien distinta.
Según este proceso sería suficiente para definir como ciudad un espacio en el que se puedan realizar todas las actividades que se desarrollan en la ciudad tradicional, principalmente aquellas ligadas al consumo, al ocio, al tiempo libre.
En algunos casos las propuestas son muy complejas, como en el nuevo emprendimiento Nordelta, en la provincia de Buenos Aires, Argentina, que cuenta con una superficie de 1.600 ha y una previsión de habitantes de entre 80.000 y 100.000. Además de las parcelas proyectadas para uso residencial, se proponen diversas funciones que se integrarán «como en toda ciudad...»: colegios y universidades que estarán conectados a través de medios informáticos con los hogares para que los estudiantes puedan seguir cursos y los padres controlar la educación de una manera directa. Contará asimismo con un centro asistencia!, policía y bomberos, y el control de las calles interiores se realizará con un sistema similar al del control de autopistas. Por supuesto no faltan las ofertas de comida rápida, mercado, estación de servicio y campo de golf. No hay en principio condicionantes estéticos para los edificios, pero lo único que de momento está edificado —oficina de ventas/casa piloto— es una construcción inspirada en la arquitectura que se supone tradicional de la zona, que es la realizada por las empresas de ferrocarriles inglesas a finales del siglo XIX, una arquitectura liviana de chapa y madera.
El equipamiento propuesto habla claramente de por lo menos dos cosas: el simulacro y el control. Simulacro de ciudad, de sociedad y de una arquitectura pseudoantigua que avala con un matiz de tradición la imagen de la propuesta y control de las áreas públicas pero también de padres sobre hijos.
Una falta que denota la gravedad de estas propuestas es la ausencia de espacios de representación civil y política; asistimos pues a una sociedad que plantea su nexo de unión en términos contractuales de propiedad, que se regirá como una empresa, sin más compromiso que un interés económico igualitario momentáneo. La fundación de una sociedad «utópica» excluyente.
El crecimiento de los barrios cerrados es especialmente desmesurado en algunas ciudades latinoamericanas. Las estadísticas de la ciudad de Buenos Aires hablan claramente de ello34. Las localidades de la región metropolitana de Buenos Aires conforman un espacio de 16.767 km2, donde residían en 1991 algo más de 12 millones de habitantes (38 por ciento de la población nacional) con una densidad promedio de 739 hab./km235.
La región es el aglomerado urbano más importante del país: concentra el 50 por ciento de la mano de obra industrial, el 55 por ciento del PBI y constituye el principal centro financiero y el mayor mercado de producción y consumo del país.
De estos datos podemos analizar la tendencia más reciente y cada vez más acentuada a la «huida» de los habitantes de áreas urbanas hacia «unas zonas sin contradicción...». Hasta la fecha de estos estudios, la superficie urbanizada por estos barrios cerrados ocupa 173 km2, cuando la ciudad de Buenos Aires cuenta con una superficie de 200 km2.
Si se toma como hipótesis que las familias de clase media y media-alta están constituidas habitualmente por 4 o 5 miembros, la posible densidad de estas nuevas áreas se establecería en torno a 1.461 y 1.826 hab./km2, frente a la densidad de la ciudad de Buenos Aires, que está en 14.827 hab./km2. De la comparación con los municipios de la RMBA donde se instalan mayoritariamente estos desarrollos, se deducen dos tendencias: en las localizaciones más próximas a la ciudad de Buenos Aires la densidad propuesta se reduce a 1/5 y en los municipios más alejados las nuevas propuestas producen un gran aumento con respecto a la densidad existente. Con lo cual en ambos casos se provoca una escisión con el lugar y se generan nuevas demandas no acordes con la generalidad del municipio.