LA CONCEPCION ORGANODINAMICA Henri Ey
BREVE HISTORIA DE LAS ALUCINACIONES EN EL SIGLO
Para situar mejor la revolución de Séglas, fijemos un poco la evolución de la noción de alucinación en la historia de la psiquiatría del siglo 19. Todos los autores (5; 8) toman como punto de partida la referencia a la obra de Esquirol. Sigamos sus desarrollos.
Definiciones y algunos antecedentes
El origen etimológico de alucinacíón es según el Littré un derivado del griego "αλύω", tener el espíritu perdido, error. Según el diccionario etimológico de la lengua española de Monlau, allucination se acercaría a ad lucem para designar su función de iluminación.
La diversidad de los trastornos sensoriales, ilusorios, delirantes, no se había precisado antes del siglo 19. Se le atribuye a Fernel de haber introducido en el siglo XVI el término de alucinación para designar una afección de la córnea. Félix Plater emplea el término para designar la diplopía, pero también como sinónimo de trastornos psíquicos. En 1771 Sagar de Viena definía las alucinaciones como imaginaciones nacidas de los órganos de los sentidos. Boissier de Sauvages atribuía esos trastornos a una intensificación nerviosa, conformemente a las ideas de Malebranche. Tal es entonces el punto de partida: la alucinación es un error de los sentidos producido por un vicio de los aparatos periféricos o centrales y caracterizado por la intensidad de las imágenes que resulta de él.
Oposición esquiroliana entre Alucinación delirante (psíquica) e ilusión de lo sentidos (sensorial)
Se le atribuye generalmente a Esquirol el primer estudio de la alucinación, punto de partida de todos los desarrollos ulteriores en la psiquiatría francesa. "Un hombre que tiene la convicción íntima de una sensación actualmente percibida, mientras que ningún objeto exterior capaz de excitar esta sensación está al alcance de los sentidos, se encuentra en un estado de Alucinación. Es un visionario" (Esquirol E., Maladies Mentales, 1838, p. 159, citado por Ey, 5). Para Esquirol, los órganos de los sentidos y las vías sensoriales no están implicadas y piensa que todo ocurre al interior, en el cerebro o el alma, ambos pudiendo substituirse. Y busca precisar esta diferencia aún más: "el fenómeno de la alucinación no se le parece en nada a lo que ocurre cuando un hombre, en delirio, no percibe las sensaciones como las percibía antes de estar enfermo, y como las perciben los otros hombres. Las nociones relativas a las propiedades y a las cualidades de las cosas y de las personas están mal percibidas y por consiguiente, mal juzgadas; el alienado toma un molino de viento por un hombre, un agujero por un precipicio, las nubes por un regimiento de caballería. En este último caso, las percepciones están incompletas; hay error; las ideas, las sensaciones actuales se ligan mal entre ellas. En las alucinaciones no hay ni sensación, ni percepción, no más que en los sueños o en el sonambulismo, puesto que los objetos exteriores no actúan sobre los sentidos" (Esquirol E., Maladies Mentales, 1838, p. 95, citado por Lantéri-Laura, 8).
Ey insiste sobre el hecho que a pesar que desde Areteo de Capadocia una distinción fundamental se operaba entre alucinación e ilusión, la tradición le reconoce a Esquirol el mérito de dicha separación: "En la alucinación todo ocurre en el cerebro: [ella] le da cuerpo y actualidad a las imágenes, a las ideas que la memoria reproduce sin intervención de los sentidos. En las ilusiones por el contrario, la sensibilidad de las extremidades nerviosas está alterada, debilitada o pervertida; los sentidos están activos, las impresiones actuales solicitan la
reacción del cerebro. Los efectos de esta reacción están sometidos a la influencia de las ideas y pasiones que dominan la razón de los alienados, estos enfermos se equivocan sobre la naturaleza y las causas de sus sensaciones actuales", y además precisa "las Alucinaciones no son ni falsas sensaciones, ni ilusiones de los sentidos, ni percepciones erróneas, ni errores de la sensibilidad orgánica como en la hipocondría. Estas últimas suponen la presencia de objetos exteriores o la lesión de las extremidades. Mientras que en la Alucinación no solamente no hay objeto exterior actuando sobre los sentidos, sino que los sentidos no funcionan más" (Esquirol E., Maladies Mentales, 1838, p. 195, citado por Ey, 5). De ese modo, y en ruptura con sus predecesores, para Esquirol la Alucinación aparece como una construcción perceptiva sumamente completa, que se constituye de motu propio sin anomalía sensorial. Se trata de un fenómeno
esencialmente psíquico. Su sensorialidad resulta secundariamente de una
anomalía de la actividad psíquica. Este hecho identificaba de entrada la Alucinación al delirio, porque dejaba claro que había dos niveles: el primero correspondiendo a las alucinaciones propiamente dichas puesto que para Esquirol los conceptos de Alucinación, delirio, psíquico y cerebral eran sinónimos) y un segundo nivel correspondiente a las ilusiones de los sentidos que dependen del funcionamiento de los órganos de los sentidos y que a dicho título son objeto de un juicio ya sea sano o alterado. Evidentemente la pregunta que deja planteada esta posición es aquella de saber si la Alucinación se confunde con el delirio o si se constituye fuera de él.
Baillarger y la Academia Real de Medicina
Segundo texto esencial del siglo 19 sobre el tema, dice Lantéri-Laura, Des
hallucinations, des causes qui les produisent, et des maladies qui les caractérisent (1846) publicado en el Tomo XII de las Mémoires de l'Académie Royale de Médecine (1890), Baillarger va a continuar las interrogaciones de
Esquirol. Interrogándose sobre la naturaleza misma de las alucinaciones, introduce una distinción que le es original, la oposición entre alucinaciones
psicosensoriales y alucinaciones psíquicas. "Creo que debemos admitir dos tipos
de alucinaciones, unas completas, compuestas de dos elementos y que son el resultado de la doble acción de la imaginación y de los órganos de los sentidos: son las alucinaciones psicosensoriales; las otras, debidas solamente al ejercicio involuntario de la memoria y de la imaginación, son completamente ajenas a los órganos de los sentidos, les falta el elemento sensorial y son por ello mismo incompletas: son las alucinaciones psíquicas" (citado por Lantéri-Laura, 8), también llamadas pseudoalucinaciones.
Bajo la presión de los esquemas sensualistas de la época de Condillac, Cabanis, Taine, etc., Ey va a señalar una primera inversión en la dialéctica de la historia de las alucinaciones: la alucinación que Esquirol había definido por su carácter psíquico y delirante se define de ahora en más por su carácter sensorial. Las "verdaderas" alucinaciones deberán comportar el coeficiente fundamental de sensorialidad. De ese modo la alucinación se volvió lo que Esquirol exigía que ella no fuera: un simple accidente de la sensorialidad. De un punto de vista psicopatológico, se va a recurrir cada vez más al modelo linear de la psicología atomística de la época. De un punto de vista patogénico, la "transformación sensorial" de la imagen o de la idea será explicada por la estimulación interna de centros de imágenes conformes a la neurofisiología de los centros cerebrales de la época. De este modo la alucinación se separaba cada vez más del delirio.
Del punto de vista clínico su oposición se volverá fundamental. Por un lado las alucinaciones psicosensoriales, que determinan en el sujeto que las experimentan impresiones tan reales como aquellas que dan las sensaciones
normales, y cuyo modelo lo representa el célebre caso del librero Nicolai de Berlín. Por otro lado las alucinaciones psíquicas, fenómenos que conciernen únicamente la esfera del pensamiento: conversaciones de alma a alma, conversaciones sin ruidos, voces puramente interiores, etc. Baillarger se sirve de los testimonios de los místicos que distinguen dos tipos de experiencia: "las voces son, unas intelectuales, y se dan en el interior del alma; las otras, corporales, golpean las orejas exteriores del cuerpo".
Las discusiones de 1855-1856
A partir de discusiones entre Delasiauve y Baillarger se va a extender un debate de casi dos años en la Société Médico-Psychologique sobre la cuestión de las alucinaciones. El eje del debate es este asunto de la sensorialidad de la alucinación, cuestión que algunos arreglan por medio de un corte y otros por una graduación. Diversas preguntas son tratadas: ¿existen alucinaciones fisiológicas?; ¿las alucinaciones no son más que la exageración del estado normal?; ¿son compatibles con la razón? (4). Estas interrogaciones van a atravesar el tiempo y cobrar según las épocas, nueva actualidad. Recordemos simplemente una de sus últimas actualizaciones: "Dos casos clínicos históricos en Psiquiatría deben estar presentes a nuestro espíritu constantemente, puesto que todas las ideas, todas las teorías, todas las discusiones sobre las Alucinaciones se refieren invenciblemente a los problemas que ellos plantean [...]: el del librero Nicolai de Berlín, presentado a la Sociedad Real de Berlín en febrero de 1799 y del cual encontramos la observación en Brière de Boismont (Des hallucinations, 1852, p. 49-51), y el del famoso Berbiguier de Terre-Neuve du Thym apodado "el azote de los duendes" (paciente de Pinel) que publicó en 1821 tres volúmenes in 8va llamados: "Los duendes o todos los demonios no son del otro mundo". Es en función de estos casos extremos que se inscribe toda la historia de las Alucinaciones. En el primero, se trata de Alucinaciones "compatibles con la razón" "en un Sujeto sano de espíritu" - en el segundo, de un gran "Delirio alucinatorio" (5, p. 77). Henri Ey va a apoyar entre estos dos casos extremos su separación entre las Alucinaciones delirantes, las "verdaderas", y las Eidolias alucinósicas. Y va a encontrar un apoyo mayor en un texto publicado en Scilicet N° 1, revista en la cual, como sabemos, a excepción de Lacan los autores no firmaban sus artículos : "Basta que un paciente diga: estoy alucinado, o tengo alucinaciones, para que podamos deliberadamente y con certitud eliminar la psicosis y pensar en una etiología tóxica o neurológica". (13). Henri Ey creía reconocer en este artículo el estilo de Charles Melmann, mientras que Lantéri-Laura se lo atribuye en su bibliografía directamente a Lacan.
Retomemos el fecundo siglo 19. Ey piensa que el debate subyacente en 1855-1856 puede formularse en una pregunta que subordina a todas las otras: la de saber si se puede concebir a la alucinación como una sensación anormal, que el sujeto recibe más o menos pasivamente o si debemos ver una ilusión por la cual le confiere valores de realidad a contenidos de la conciencia que no los comportan. Muchos son los autores de este debate: Peisse, Delasiauve, Baillarger, Parchappe, Brière de Boismont, etc. Para Ey, una corriente irresistible se crea a partir de las ideas defendidas por Baillarger, Michéa y Parchappe a favor de una concepción sensorial de la alucinación. La esencia del fenómeno consiste entonces en la creación psíquica de un objeto falso teniendo todos los atributos de un objeto verdadero - accediendo a una objetivación en el sentido fuerte de la palabra (con cualidades espaciales y sensoriales) y sin relación con un objeto del mundo exterior, lo que va a concluir en la elíptica definición atribuída a Ball: la Alucinación es una percepción sin objeto. Esta definición ideal convino a la Alucinación psicosensorial, pero no así a la gran masa de fenómenos alucinatorios delirantes. De este modo se transfirió el modelo de la Alucinación sobre el de la Pseudoalucinación.
Percepción sin objeto
El aporte de Baillarger con su descripción de las Alucinaciones psíquicas encontrará otro problema. Llamándolas "alucinaciones" introducía sin saberlo un caballo de Troya, puesto que en esta variedad "psíquica" no se trata más de una proyección en el mundo objetivo, sino de una objetivación de un fenómeno subjetivo (objetivación psíquica, dice Ey), de un tipo de extrañeza del pensamiento, de las imágenes, de las ideas experimentadas por el Sujeto como extrañas a sí mismo. A partir de allí, el problema de la alucinación deberá orientarse hacia el estudio de todos los fenómenos de automatismo y de
desintegración de la personalidad sin que se cese sin embargo de definir a la
Alucinación como un fenómeno sensorial.
A fuerza de describir las variedades infinitas de las pseudoalucinaciones se opera una nueva inversión, dice Ey: cada vez más son las "pseudoalucinaciones" consideradas como fenómenos elementales de automatismo que se vuelven las verdaderas alucinaciones.
La definición general "percepción sin objeto" se mantiene de un modo abstracto en los manuales, tratados y discusiones, pero la mayor parte de las especies del género alucinación no corresponden más a este concepto general. La psiquiatría, dice Ey, se estancó en esta contradicción que consistió, y que consiste aún, a considerar las "percepciones sin objeto" como fenómenos simplemente sensoriales, a aplicarles la definición y la teoría de esta sensorialidad aún cuando cada vez más, evidentemente, lo importante no es la sensorialidad cuando el clínico se ve forzado a describir la mas de las Alucinaciones en términos de Pseudoalucinaciones.
El automatismo
Perseverando en su error, dice Ey, los psiquiatras incapaces de unificar todos los fenómenos alucinatorios renunciando a encontrar en la sensorialidad su denominador común, terminaron definiendo naturalmente la Alucinación en su género y sus especies como hechas de "átomos", no solamente psíquicos, sino físicos. Y el modelo linear mecanicista ofrecía sus servicios a esta atomización a través de una voltereta: las alucinaciones sensoriales son el efecto de excitaciones mecánicas fuertes y las pseudoalucinaciones son el efecto de excitaciones mecánicas débiles. De ese modo G. de Clérambault extendió el concepto de Alucinación al conjunto de lo que llamaba el automatismo mental. Así, la parte inicial de construcción delirante, ideica, afectiva, reservada primitivamente a la alucinación por Esquirol, se desmoronaba al término de una larga evolución y, por una curiosa paradoja, la mecanicidad juzgada necesaria para explicar la sensorialidad anormal de la alucinación, se extendía hasta los fenómenos más intelectuales, los más imaginativos, los más psíquicos, es decir en fin de cuentas, los menos sensoriales. La alucinación terminó así siendo para el psiquiatra y el paciente mismo una "realidad objetiva", la percepción de un objeto físico.