A comienzos de 1933, el grupo de estudiantes que seguía a don Josemaría se hallaba muy mermado. Alguno se había ido de Madrid, otros habían tenido problemas a causa del tenso ambiente del país, y algún otro simplemente se había cansado o no entendía. Por entonces, el fundador conoció a un estudiante de Medicina que se convertiría en uno de sus hijos más fieles y eficaces: Juan Jiménez Vargas. El 4 de enero le planteó la vocación a la Obra y Juan respondió que sí. Con él y con dos amigos suyos empezó don Josemaría las clases específicas de formación, que desde entonces son características del apostolado del Opus Dei con jóvenes de todo el mundo. La reunión tuvo lugar el sábado 21 de enero en el asilo de Porta Coeli, en una espartana salita que le cedieron las monjas. El fundador anotó:
«El sábado pasado, con tres muchachos y en Porta Coeli di comienzo, gracias a Dios, a la obra patrocinada por S. Rafael y S. Juan. Hice, después de la charla, exposición menor, y les di la bendición con el Señor. Nos reuniremos los miércoles».
Mientras que a Juan le impresionó el modo como el Padre trataba a Jesús en la Eucaristía, el fundador sintió una vez más otra moción divina, esas gracias especiales que le impulsaban a ser audaz en nombre de Dios:
«Bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad a la vuelta de casi medio siglo. Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso».
En un retiro espiritual hecho en Segovia, había escrito:
«Dios no me necesita. Es una misericordia amorosísima de su Corazón. Sin mí la Obra iría adelante, porque es suya y suscitaría otro u otros, lo mismo que encontró sustitutos de Helí, de Saúl, de Judas…».
Sin embargo, de hecho, Dios le pedía hacer la Obra y él se proponía cumplir sólo y del todo la voluntad de Dios. Tendría ocasión de poner a prueba su determinación inmediatamente después.
Ángel Herrera, director del diario católico El Debate, proyectaba la creación de un centro de formación de sacerdotes, de donde saldrían los futuros consiliarios de la Acción Católica Española, de la que él era Presidente. Se trataba de un laudable intento de sacudir a los católicos en aquella situación de abusos y de persecución. Y al buscar sacerdotes capaces de llevar a cabo esta misión, uno de los primeros nombres que le propusieron fue el de don Josemaría Escrivá.
«Me ha ofrecido el Sr. Herrera la formación espiritual de los Srs. Sacerdotes seleccionados por los Ilmos. Prelados españoles que se reunirán a vivir en comunidad en Madrid (en la parroquia de Vallecas), a fin de recibir aquella formación y lo social, que les dará un Padre jesuita (me dijo el nombre: no me acuerdo). Le he dicho que ese cargo no era para mí: porque eso no es ocultarse y desaparecer. ¡Qué misericordia la de Dios, al poner en mis manos un cargo así! ¡En mis manos, que no han recibido —puedo decir— jamás ni el último nombramiento eclesiástico!».
Herrera no se dio por vencido, pero don Josemaría declinó también otras propuestas incompatibles con la completa dedicación al Opus Dei.
«Me pidió que diera ejercicios a un grupo de jóvenes (propagandistas), y me negué, alegando que no tengo formación y que estoy con otras cosas que no me dejan aceptar eso […]. Insistió mucho en que hemos de charlar más».
No podía, no debía quitar el hombro de los compromisos con la Obra —toda entera aún por poner en marcha— para dedicarse a otras actividades, por santas y hasta necesarias que fueran. Él seguía atendiendo a los necesitados en los hospitales y con las catequesis, además de permanecer ampliamente disponible a quien solicitara su ayuda sacerdotal, pero otros compromisos francamente no contaban.
El fundador sentía la urgencia, en ese momento, de un instrumento formativo, que diese unidad y visibilidad a aquel apostolado. «Regnare Christum volumus!», repetía como jaculatoria: ¡queremos que Cristo reine! El instrumento apostólico debía ser una actividad civil impregnada de espíritu cristiano. Así nació la Academia DYA, en 1933. Tenía su sede en un pequeño piso, donde se impartían clases de Derecho y Arquitectura. De ahí las siglas DYA. Pero para ellos el acrónimo tenía un significado más hondo: Dios
y audacia. Y audacia se precisaba. Económicamente se mantenía de milagro.
De hecho, era más que un centro académico: era un lugar de formación cristiana para universitarios, que podían también dirigirse espiritualmente con el sacerdote. Una formación enteramente orientada a la identificación personal con Jesucristo. En la pared de la salita donde don Josemaría charlaba con los estudiantes colgaba una cruz de madera negra y sin crucificado, no infrecuente en el arte religioso español. Y si alguno le preguntaba el significado, la respuesta era: «Está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú».
Le absorbían los esfuerzos por poner en marcha la Academia. Y además de eso, pesaba en su ánimo la estructuración de la Obra en cuanto tal.
«Ayer tiré al velógrafo una cuartilla, pidiendo oración y expiación, a fin de obtener luces del Señor: para que yo saque tiempo y ordene con breve-dad y acierto todo lo referente a la organización de la Obra, tal como Dios lo quiere».
En casa de su amigo Pepe Romeo conoció un día a Ricardo Fernández Vallespín, próximo a acabar Arquitectura. Le citó en la calle Martínez Campos, en casa de su madre, y el joven se presentó en el momento establecido con el presentimiento de que la
visita tendría «un gran influencia» en su vida. «Me habló de las cosas del alma», recuerda. Al despedirse, el Padre le regaló un libro sobre la Pasión de Cristo, en cuya primera página escribió a modo de dedicatoria:
+ «Madrid, 29-V-33 Que busques a Cristo Que encuentres a Cristo Que ames a Cristo».
El 19 de junio de 1933, don Josemaría se fue a hacer un retiro espiritual por su cuenta, durante varios días, al convento de los Redentoristas de la calle Manuel Silvela, porque sentía una fuerte necesidad de oración y de recogimiento. Todo discurría con tranquilidad, hasta que el 23 de junio se armó en la calle uno de los tristes episodios de violencia antirreligiosa, habituales en aquellos años. Un grupo de mozalbetes, estacionados junto a la verja de entrada y provistos de una lata de gasolina, amenazaba con incendiar el convento. El ejercitante se asomó a la ventana al oír el griterío y volvió a recogerse en silencio, viendo que el hermano portero estaba alerta y armado con una tranca respetable.
No obstante, la tempestad que Dios permitió en esos días de retiro fue muy distinta. Jueves 22 de junio, vigilia del Sagrado Corazón: «sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius». Don Josemaría se confesaba durante esos años con el jesuita padre Sánchez, pero cuando la persecución religiosa obligó a éste a esconderse, a lo largo de varios meses lo hizo con el claretiano Postius. El buen religioso le había avisado de una áspera aflicción: «Me dijo que llegará tiempo en que la prueba consista en no sentir este sobrenatural impulso y amor por la Obra». La prueba dolorosa, permitida por Dios, sería producto de un no «sentir la divinidad de su Obra».
«A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna —no las hay—, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y —lo que es peor— lo haces perder a tantos?”».
Se encontró en el más amargo vacío espiritual, en una angustia demoledora. «Fue cosa de segundos —dice—, pero ¡cómo se padece!». Entonces, con un tormento difícil de describir, hizo el más heroico acto de desprendimiento: ofreció al Señor completamente su propia voluntad, abandonar la Obra de Dios. «Si no es tuya, destrúyela; si es, confírmame».
«Inmediatamente —añade don Josemaría— me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra». Y a continuación, más intenso que nunca, el propósito:
«Debo dejar toda actuación, aunque sea verdaderamente apostólica, que no vaya derechamente dirigida al cumplimiento de la Voluntad de Dios, que es la Obra. […] He llegado a confesar semanalmente en siete sitios distintos. Dejaré esas confesiones, excepto los dos grupitos de muchachas universitarias».
En efecto, ejercitaba el ministerio de la Penitencia en siete sitios diferentes: el asilo de Porta Coeli, la escuela del Arroyo, los chicos de La Ventilla, la Institución Teresiana de la calle Alameda, la Academia Veritas de la calle O’Donnell, las niñas de la escuela de la Asunción y los fieles de la iglesia de Santa Isabel. Sin mencionar a los enfermos y moribundos de los hospitales. Y, al mismo tiempo, iba creciendo el número de los jóvenes que hablaban con el fundador. Para muchos era simplemente don Josemaría, al no estar al corriente del gran proyecto apostólico que incubaba en su corazón, pero se sentían atraídos por su espíritu sobrenatural: un sacerdote que, en medio de las difíciles circunstancias impuestas por la persecución religiosa y en un clima de virulenta animosidad entre ambos bandos, sólo hablaba de Dios.
Había una juventud católica muy aguerrida, dispuesta a defender a la Iglesia y la fe incluso con la violencia. Algunos hacían guardia en los conventos y en las iglesias para evitar más incendios y profanaciones. El 10 agosto 1932, unos cuantos participaron en una intentona de golpe militar, fracasado en pocas horas. Y acabaron recluidos en la Cárcel Modelo. Uno de ellos hablaba con don Josemaría, quien no se arredró ante el peligro y fue a visitarle a la cárcel… ¡vistiendo de sotana! Allí le atendió en el locutorio de prisioneros políticos y conoció a algunos compañeros de revuelta. Les habló en grupo tras la gruesa reja y de varios escuchó también sus confidencias. Les exhortaba a aprovechar aquel periodo de tiempo pasivo, a estudiar, a estar alegres y a recordar que Dios sólo permite lo que nos trae bien: «Diligentibus Deum omnia cooperantur in
bonum», les decía citando a san Pablo: «Todo coopera al bien de los que aman a Dios»;
«omnia in bonum», en forma de jaculatoria abreviada.
En esa misma época, unos “anarcosindicalistas” andaluces mataron a varios miembros de la Guardia Civil y proclamaron la “revolución libertaria”. Fueron detenidos y trasladados a la misma Cárcel Modelo de Madrid. A los fogosos jóvenes católicos encarcelados les resultaba difícil la convivencia con quienes pertenecían al bando de sus enemigos y perseguidores y, en cuanto pudieron, se lo comentaron al Padre: «¿Cómo vivir en paz con gente tan contraria a nuestros ideales y a nuestra fe?».
A don Josemaría le pareció, en cambio, una ocasión apostólica: harían bien en hablar con ellos, en demostrarles afecto y respeto. Tenían que considerar que probablemente esas personas no habían recibido formación religiosa y que debían dar gratis lo que gratis habían recibido, evangélicamente, porque ésta y no otra es la doctrina de Cristo.
Pronto, los insurrectos andaluces se sumaron a los partidos de fútbol en el patio de la prisión y el milagro se cumplió: el portero católico tenía defensas anarquistas o viceversa. El Padre les proporcionó catecismos para ayudarles en su cometido. Trabaron amistad, hasta el punto de que continuaron viéndose una vez fuera de la cárcel y alguno se acercó a la fe.
de Ingeniería. Nadie podía imaginar en ese momento la importancia que tendría en la vida de la Obra y en el servicio a la Iglesia. Años antes, una tía suya que colaboraba con las Damas Apostólicas había hablado de su brillante sobrino a don Josemaría, quien desde entonces rezó y ofreció sacrificios por él. Pero no lo buscó directamente, sino que dejó que se lo presentasen otros estudiantes, participantes en las Conferencias de San Vicente. Álvaro comenzó a acompañarles en sus servicios de caridad por los barrios más degradados. Chabolas de chapa y cartón en medio del barro y de la porquería, pobladas de marginados que mezclaban la pobreza con la ira. La Conferencia vicenciana ofrecía limosnas en dinero, bonos de alimentación canjeables en tiendas, medicinas, asistencia médica y otros servicios, entre ellos clases de catecismo. Iban siempre en parejas, entre otros motivos porque a menudo su caridad era recompensada con odio práctico.
Un domingo de nevada fueron agredidos cuando llegaban a la parroquia de San Ramón. Les esperaban unas quince personas ansiosas de darles una paliza. Las aceras y los balcones estaban llenas de gente: el espectáculo se había anunciado. Álvaro recibió un fuerte golpe en la cabeza con una llave inglesa, y a otro casi le arrancaron una oreja. Consiguieron escapar y se tiraron por las escaleras del metro, donde tuvieron la suerte de que el tren pasara enseguida. Álvaro llegó a su casa cubierto de sangre. A la empleada doméstica, la única que estaba en casa en ese momento, le dijo, para no alarmarla, que se había caído al resbalarse en la nieve. Pero la herida era profunda y la cura que requirió complicada; de ahí que la verdad tuvo que salir a la superficie.
Un día se encontró con que sus amigos hablaban de don Josemaría y de su apostolado.
«A mí también me gustaría conocerlo», dijo.
Quedaron en ir un día a la calle Ferraz, a donde se había trasladado la Academia DYA, que ahora contaba también con residencia de estudiantes. Álvaro provenía de una familia cristiana y era un buen cristiano, pero no sentía ninguna llamada especial. Sin embargo, aquella primera conversación con el Padre le dejó hondamente impresionado.
«Me preguntó enseguida: ¿Cómo te llamas? ¿Tú eres sobrino de Carmen del Portillo? ¿Entonces tú eres aquel al que le gustan mucho los palátanos?», y pronunció la palabra con la deformación que Álvaro usaba de niño.
Evidentemente, mucho le debía de haber hablado la tía a don Josemaría de su sobrino predilecto. Pero Álvaro se dio cuenta de que aquel sacerdote le trataba con sincera atención y afecto. Luego el Padre fijó una cita para poder hablar con más calma, cuatro o cinco días después.
«Me dio plantón. Se ve —relataba divertido años más tarde— que le habían llamado para atender a algún moribundo, y no me pudo avisar, porque no le había dejado mi
teléfono».
El joven no se lo tomó a mal; es más, guardó tan buen recuerdo de aquel sacerdote que al final del año académico, antes de irse de vacaciones, pasó a saludarlo.
«Me recibió y charlamos con calma de muchas cosas. Después me dijo: Mañana tenemos un día de retiro espiritual —era sábado—, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo? No me atreví a negarme, aunque mucha gracia no me hacía, porque no sabía de qué se trataba».
Fue en ese retiro en la Residencia de la calle Ferraz donde Álvaro sintió claramente una llamada divina que no se esperaba, y decidió entregar su vida al Señor en el Opus Dei. Y el Padre lo aceptó: tanto había rezado por él durante largo tiempo que debió de sentirse seguro de su respuesta fiel.
En aquellos primeros momentos no era raro que las vocaciones nacieran un tanto milagrosamente, como si Dios arrastrase a las almas. En broma, el fundador había acuñado un término para este fenómeno: gracias tumbativas. Pero era natural que la propuesta vocacional requiriese mayor estudio y discernimiento. Y ya en aquellos años de Ferraz era así, como enseguida se verá. Sin embargo, el Padre animó a los suyos durante toda su vida a ser audaces y magnánimos a la hora de plantear a la gente un compromiso con Cristo, ya que la vocación a la Obra representa una determinación de la misma vocación bautismal, sin más añadidos.
Álvaro retrasó su salida veraniega y el Padre pudo dedicarle el tiempo preciso a su primera formación en el espíritu de la Obra. El nuevo recluta estaba en el séptimo cielo.
«Como suele hacer con los que comienzan, junto a una profunda alegría espiritual, el Señor me regaló al principio un entusiasmo sensible por la vocación recibida. Al cabo de los meses, esta componente humana fue apagándose, dejando paso a una ilusión sobrenatural que ha de estar siempre en la raíz de nuestra perseverancia. Se lo comenté a nuestro Padre, que me entendió perfectamente y tomó ocasión de esta confidencia mía para redactar unas consideraciones que pudieran servir a todos los hijos suyos».
Se refería al punto 994 de Camino, colección de pensamientos espirituales publicada años después por don Josemaría, que con el tiempo se convertiría en un clásico de espiritualidad en todo el mundo. A propósito de aquella conversación con Álvaro, escribía: «‘‘Se me ha pasado el entusiasmo”, me has escrito. —Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación».
Esta experiencia de Álvaro, por lo demás normal en las almas que emprenden una vida de entrega, le llevó a lo largo de su vida a transmitir a los demás ideas muy claras. Y así, al cabo de los años, siendo ya Prelado del Opus Dei, pudo escribir:
«La vocación no es un estado de ánimo, ni depende de la salud, ni de la situación profesional o familiar en que uno se encuentre. Por encima del oleaje de la vida —con sus altos y bajos, con sus dolores y alegrías—, nuestra vocación divina brilla siempre como un lucero en la noche, señalando inequívocamente el rumbo de nuestro caminar hacia Dios. Esto es lo que cuenta, hijas e hijos míos. Esto es lo definitivo. Todo lo demás que pueda acaecernos, es transitorio».
¿Cómo no entrever en estas palabras el secreto de la proverbial fidelidad de Álvaro al fundador y a la Obra, y de su santidad?
Pedro Casciaro era un estudiante de Arquitectura llegado a Madrid desde la costa levantina, donde vivía su familia, con cierta ascendencia inglesa y pensamiento laico, al menos por parte paterna. El joven tenía fe y se consideraba católico, pero de mediocre formación religiosa.
«Había heredado de mi padre —recuerda— algunas suspicacias anticlericales y experimentaba, por ejemplo, una gran prevención —casi alergia— hacia los sacerdotes y religiosos. No sabría definir bien la causa de esta prevención: pero el caso es que la tenía, y no sabía —ni quería saber— nada con “los curas”, como los denominaba con deje despectivo».
Sucedió que cuando Agustín, un amigo de la infancia, le habló con admiración de don Josemaría, al que había conocido poco antes, el joven Casciaro no mostró ningún interés. Pero Agustín fue tenaz, con argumentos cada vez más convincentes, hasta que Pedro aceptó la invitación a conocer al sacerdote, más por curiosidad que por deseo de práctica religiosa.
«Quedé una tarde con Agustín, a finales de enero del 35. Me condujo al número 50 de la calle Ferraz, en el barrio de Argüelles. Subimos al primer piso. Yo iba, como siempre, fijándome en todo. Allí, junto a la puerta, se leía, en una placa reluciente: Academia DYA. Entramos. El recibidor me produjo una grata impresión inicial. No