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TRAS LA MUERTE DEL FUNDADOR

Las personas que conocieron a don Josemaría, ya desde los comienzos, hablaban con convicción a los demás de su singular santidad de vida. Desde que se estableció en Roma en 1946, gente de todo el mundo iba a verlo para escuchar sus palabras, con la certeza de que el Señor se servía de él. Impresiona la confianza que todos depositaban en su oración, confiándole intenciones de todo tipo y sintiéndose seguros cuando les prometía tenerles presentes en su Misa. En las ocasiones en que era posible, la gente se arracimaba a su alrededor, para escucharlo, para besarle la mano o para que les bendijera objetos religiosos que después guardaban como reliquias.

Esta fama no hizo más que acrecentarse con el paso de los años, como demuestran los últimos viajes de catequesis. No obstante, aun hablando siempre de Dios, san Josemaría creaba rápidamente un clima familiar, lleno de sencillez y confianza. Y el testimonio de devoción corrió con la velocidad del rayo por todo el mundo después de su muerte. Lo prueban las multitudes que se aglomeraban cada año en las Misas en sufragio por su alma que se celebraban en las principales ciudades del mundo, así como la incesante peregrinación a su tumba, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en Villa Tevere.

De los cinco continentes llegaron ininterrumpidamente noticias y testimonios de favores y gracias recibidas por su intercesión, desde 1975. Se trata tanto de verdaderos milagros como de pequeñas ayudas. Muchos millares. Curaciones inexplicables, solución de problemas familiares, gracias relativas al trabajo… Son especialmente numerosos los favores espirituales: conversiones, acercamiento al Señor. No en vano eran éstas las gracias que más quería, ya en vida. Así, por ejemplo, con motivo de la construcción el santuario de Torreciudad, aseguraba:

«Un derroche de gracias espirituales espero, que el Señor querrá hacer a quienes acudan a Su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesonarios, para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y —renovadas las almas— confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y a amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo».

69 cardenales, alrededor de 1.300 obispos de todo el mundo, 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas, sacerdotes, religiosos, dirigentes de asociaciones laicales, personalidades de la vida civil y otros varios miles de personas se dirigieron al Santo Padre pidiéndole el inicio de la causa de beatificación y canonización de mons. Escrivá, manifestando su convicción de que redundaría en un gran bien para la Iglesia.

El 19 de febrero de 1981, el Cardenal Vicario de Roma, Ugo Poletti; promulgó el decreto de introducción de la causa. El 8 de noviembre de 1986 se clausuraba en Roma el proceso cognicional sobre la vida y las virtudes del siervo de Dios. Un proceso análogo se había desarrollado en la curia arzobispal de Madrid, para los testigos residentes en España o de habla castellana, que concluyó el 26 de junio de 1984. El 9 de abril de 1990, el Santo Padre Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes del venerable siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer. El 6 de julio de 1991, en presencia del Papa, se dio lectura al decreto que refrendaba el carácter milagroso de una curación obrada por la intercesión del fundador del Opus Dei, cerrándose así los trámites previos a la beatificación.

El 17 de mayo de 1992, una gran muchedumbre abarrotó la plaza de San Pedro, la plaza Pío XII y gran parte de la vía de la Conciliazione. De sendos balcones de la fachada de la basílica de San Pedro colgaban los retratos de Josemaría Escrivá y de sor Josefina Bakhita, los dos nuevos beatos proclamados por Juan Pablo II.

Nueve años después, un decreto pontificio del 20 de diciembre de 2001 reconoció el carácter milagroso de una segunda curación atribuida a la intercesión del beato Josemaría. Se abrían así las puertas para la canonización, sucesivamente anunciada por Juan Pablo II para el 6 de octubre de 2002.

Cuatrocientas mil personas de todo el mundo colmaron ese día la plaza de San Pedro, la plaza Pío XII y la entera vía de la Conciliazione hasta el Castel Sant’Angelo. En torno al altar, innumerables cardenales y obispos. No hubo ninguna exaltación, nada de algaradas, gritos o gestos desentonados, sino más bien mucho recogimiento y silencio. Todos lo notaron. Las palabras de Juan Pablo II ponían el último sello en la vida santa del fundador:

«San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Podría decirse que fue el santo de

lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión

de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. Vista así, la vida diaria revela una grandeza insospechada».

La beatificación y la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer fueron ocasiones para que muchos cobraran conciencia de su misión eclesial y del origen divino de su enseñanza. El 14 de marzo de 2002, en el ámbito del centenario de su nacimiento, el entonces Cardenal Ratzinger recordaba que san Josemaría «no quería fundar nada, pero ha sido el instrumento de una intervención divina en la historia: ha indicado que la santidad es accesible a todos». Y el Papa Juan Pablo II, el 14 de octubre de 1993, pocos meses después de la beatificación, ahondaba en el sentido de la vocación eclesial del espíritu del Opus Dei:

«La historia de la Iglesia y del mundo se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo, que, con la colaboración libre de los hombres, dirige todos los acontecimientos hacia la realización del plan salvífico de Dios Padre.

Manifestación evidente de esta Providencia divina es la presencia constante a lo largo de los siglos de hombres y mujeres, fieles a Cristo, que iluminan con su vida y su mensaje las diversas épocas de la historia. Entre estas figuras insignes ocupa un lugar destacado el beato Josemaría Escrivá, que, como subrayé el día solemne de su beatificación, recordó al mundo contemporáneo la llamada universal a la santidad y el valor cristiano que puede adquirir el trabajo profesional, en las circunstancias ordinarias de cada uno […].

La profunda conciencia que la Iglesia actual tiene de estar al servicio de una redención que atañe a todas las dimensiones de la existencia humana, fue preparada, bajo la guía del Espíritu Santo, por un progreso intelectual y espiritual gradual. El mensaje del beato Josemaría, al que habéis dedicado las jornadas de vuestro congreso, constituye uno de los impulsos carismáticos más significativos en esa dirección, partiendo precisamente de una singular toma de conciencia de la fuerza universal de irradiación que posee la gracia del Redentor. En una de sus homilías, el fundador del Opus Dei afirmaba: “No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, […] no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte” (Es Cristo que pasa, n. 112).

Sobre la base de esta honda convicción, el beato Josemaría invitó a los hombres y a las mujeres de las más diversas condiciones sociales a santificarse y a cooperar en la santificación de los demás, santificando la vida ordinaria. En su actividad sacerdotal percibía a fondo el valor de toda alma y el poder que tiene el Evangelio de iluminar las conciencias y suscitar un serio compromiso cristiano en la defensa de la persona y de su dignidad. En

Camino, el beato escribía: “Estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres

«suyos» en cada actividad humana. —Después… ‘pax Christi in regno Christi’ —la paz de Cristo en el reino de Cristo” (Camino, n. 301).

¡Cuánta fuerza tiene esta doctrina ante la labor ardua y, al mismo tiempo, atractiva de la nueva evangelización, a la que toda la Iglesia está llamada! En vuestro congreso habéis tenido la oportunidad de reflexionar en los diversos aspectos de esta enseñanza espiritual. Os invito a continuar en esta obra, porque Josemaría Escrivá de Balaguer, como otras grandes figuras de la historia contemporánea de la Iglesia, también puede ser fuente de inspiración para el pensamiento teológico. En efecto, la investigación teológica, que lleva a cabo una mediación imprescindible en las relaciones entre la fe y la cultura, progresa y se enriquece acudiendo a la fuente del Evangelio, bajo el impulso y la experiencia de los grandes testigos del cristianismo. Y el beato Josemaría es, sin duda, uno de éstos.

Por otra parte, no podemos olvidar que la importancia de la figura del beato Josemaría Escrivá no sólo deriva de su mensaje, sino también de la realidad apostólica que inició. En los sesenta y cinco años transcurridos desde su fundación, la Prelatura del Opus Dei, unidad indisoluble de sacerdotes y laicos, ha contribuido a hacer resonar en muchos ambientes el anuncio salvador de Cristo. Como Pastor de la Iglesia universal me llegan los ecos de ese apostolado, en el que animo a perseverar a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei, en fiel continuidad con el espíritu de servicio a la Iglesia que siempre inspiró la vida de su fundador».

El cuerpo de san Josemaría reposa en una urna ubicada bajo el altar de la Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en Villa Tevere, la sede central del Opus Dei en Roma. Se trata de un oratorio de medianas dimensiones, por debajo del nivel de la calle, querido por san Josemaría como templo para celebraciones litúrgicas que recordase en su decoración los motivos clásicos de las basílicas romanas. Él mismo celebró allí la primera Misa el 31 de diciembre de 1959, sobre un altar cara al pueblo —justamente como en las basílicas—, que entonces resultaba un tanto novedoso.

La iglesia se prolonga en una cripta inferior, pensada por el fundador para que allí fuesen sepultados algunos fieles de la Obra, varones y mujeres de todo el mundo, no por méritos especiales, sino para significar la universalidad y la cohesión del Opus Dei, cor

de 1975 a 1992. Desde 1994 reposan allí también los restos de mons. Álvaro del Portillo y, desde 2004, como ya se dijo, los de Dora del Hoyo, una de las primeras numerarias auxiliares.

En 1992, con la erección del Opus Dei en Prelatura personal, el oratorio de Santa María de la Paz se convirtió en Iglesia prelaticia. No sin una profunda meditación, el fundador quiso dedicar el oratorio a Nuestra Señora de la Paz, una decisión que vista desde hoy se carga de fuerza profética. Decía:

«Santa María es —así la invoca la Iglesia— la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!” —Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?… —Te sorprenderás de su inmediata eficacia».

En la cripta, y justamente en la tumba que ocupó el cuerpo del fundador hasta 1992, está sepultado ahora mons. Álvaro del Portillo (1914–1994), obispo y primer sucesor de san Josemaría, elegido para regir el Opus Dei el 15 de septiembre de 1975. Don Álvaro había trabajado casi cuarenta años muy cerca de san Josemaría y, a la muerte de éste, era Secretario General del Opus Dei. Era Ingeniero de Caminos, Doctor en Filosofía y en Derecho Canónico. Fue uno de los tres primeros miembros laicos de la Obra que recibieron la ordenación sacerdotal, el 25 de junio de 1944. Desde 1946, en que estableció su residencia en Roma junto a san Josemaría, tuvo ocasión de servir también a la Iglesia a través de los numerosos encargos que le confiaron los sucesivos pontífices; en particular, mediante la activa participación en los trabajos del Concilio Vaticano II, en donde fue Secretario de una de las diez Comisiones conciliares, en concreto la de Disciplina del clero y del pueblo cristiano, como se ha visto.

El 28 de noviembre de 1982, cuando Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal, lo nombró Prelado y, el 6 de enero de 1991, le confirió la ordenación episcopal. En 1985, cumpliendo un deseo de san Josemaría, fundó en Roma el Centro Académico Romano de la Santa Cruz, elevado más tarde a Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Durante sus diecinueve años al frente de la Obra, la actividad apostólica de la Prelatura se extendió a veinte nuevos países. La tarea de mons. Álvaro del Portillo en el gobierno del Opus Dei cabe resumirla en estos términos: fidelidad al fundador y a su mensaje, y celo en el servicio a la Iglesia.

Solía afirmar que con la muerte del Padre había concluido la etapa fundacional, pero había comenzado «la etapa de la continuidad». En este sentido, promovió y alentó personalmente numerosas iniciativas apostólicas entre gente de todos los ambientes, sobre todo en favor de los más necesitados, tanto en el terreno educativo y asistencial como en el familiar.

También don Álvaro irradiaba santidad. Aunque siempre se presentase, ante los fieles de la Obra y ante los demás, de modo humilde y sencillo, en seguida se detectaba en él

un hondo sentido de la filiación divina, un tierno amor a Jesús y a la Virgen, la fe en el sacrificio de la Misa, la inquebrantable confianza en Dios. Si un rasgo de su personalidad —y de su santidad— ha sido subrayado por cuantos le conocieron, este es sin duda la caridad, el sentido de la amistad, el afecto sincero. Cardenales y obispos, en Roma y en todo el mundo, veían en él a un amigo, un confidente y un leal consejero. También Juan Pablo II le trató de este modo, y quiso y logró acudir personalmente a rezar ante sus restos el día de su muerte. Ésta sorprendió a don Álvaro al alba del 23 de marzo de 1994, a las pocas horas de regresar de una peregrinación a Tierra Santa, donde había seguido con intensa piedad el camino terreno de Jesús, desde Nazaret al Santo Sepulcro. La mañana anterior había celebrado la que sería su última Misa en la iglesia del Cenáculo, en Jerusalén.

Sus restos son ahora continuamente acompañados por la oración y el cariño de los fieles de la Obra y de millares de personas que recurren a su intercesión. Y el proceso de beatificación avanza expeditamente.

Se ha hecho referencia varias veces en este libro al trabajo del fundador por dar al Opus Dei un marco jurídico que reflejase adecuadamente su espíritu, y también se ha aludido a la Prelatura personal como cumplimiento de este proceso. Ahora bien, ¿qué es una Prelatura personal?

Las prelaturas personales son figuras jurídicas previstas por el Concilio Vaticano II, constituidas para peculiares tareas apostólicas: en el caso del Opus Dei, para difundir en todos los ambiente de la sociedad una honda conciencia de la llamada universal a la santidad y al apostolado, en particular del valor santificador del trabajo ordinario y a través de él. El Concilio quiso delinear una nueva figura jurídica, de gran flexibilidad, con el fin de contribuir a la efectiva difusión del Evangelio y de la vida cristiana: la organización de la Iglesia responde así a las exigencias de su misión, que se inscribe en la historia de los hombres. El Derecho Canónico prevé que toda prelatura personal se rija por el derecho general de la Iglesia y por unos estatutos propios.

Las prelaturas personales son instituciones dirigidas por un Pastor —un prelado, que puede ser obispo, nombrado por el Papa—, que gobierna la prelatura con potestad de régimen o jurisdicción. El prelado ha de contar con la ayuda de un presbiterio de sacerdotes seculares. Puede también incluir a laicos —como es el caso del Opus Dei—, tanto varones como mujeres, que cooperen orgánicamente en la misión específica de la prelatura. Por tanto, las prelaturas personales, que dependen de la Congregación para los Obispos, son instituciones que pertenecen a la estructura jerárquica de la Iglesia, es decir, constituyen una de las formas de auto-organización que la Iglesia se da a sí misma para alcanzar las finalidades que Cristo la asignó, y presentan la peculiaridad de que, si incorpora laicos, éstos siguen formando parte de las iglesias locales o diócesis donde tengan el domicilio. Cabe asimismo que sean de ámbito regional, nacional o internacional.

Por tales características, las prelaturas personales se diferencian netamente, por un lado, de los institutos religiosos y de vida consagrada en general, y por otro, de los movimientos y las asociaciones de fieles.

El Opus Dei era ya en su sustancia, antes de convertirse en prelatura, una realidad unitaria y orgánica, compuesta por laicos y sacerdotes que cooperaban en un misión pastoral y apostólica de ámbito internacional: difundir el ideal de la santidad en medio del mundo, en el trabajo profesional y en las circunstancias ordinarias de cada cual. Pablo VI y los siguientes Pontífices establecieron que se estudiase la posibilidad de dotar al Opus Dei de una configuración jurídica definitiva y adecuada a su naturaleza. Tal configuración, a la luz de los documentos conciliares, era justamente la de Prelatura personal.

El proceso de estudio concluyó en 1981. Inmediatamente después, la Santa Sede envió una nota informativa a los más de dos mil obispos de las diócesis en las que estaba presente el Opus Dei, a fin de que comunicasen sus posibles observaciones. Cumplido este paso, el Opus Dei fue erigido por Juan Pablo II en Prelatura personal de ámbito internacional, mediante la Constitución apostólica Ut sit, de 28 de noviembre de 1982, que se hizo ejecutiva el 19 de marzo de 1983. Con este documento, el Romano Pontífice nombraba Prelado de la Prelatura a mons. Álvaro del Portillo y promulgaba los Estatutos, que constituyen la ley particular pontificia de la Prelatura del Opus Dei. Se trata de los Estatutos redactados previamente por el fundador, con las modificaciones imprescindibles para adaptarlos a la nueva legislación.

Vale la pena reproducir enteramente la Constitución, porque aclara por sí sola las lógicas dudas que presenta una figura canónica nueva.

JUAN PABLO OBISPO SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

PARA PERPETUA MEMORIA

Con grandísima esperanza, la Iglesia dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei, que —por inspiración divina— el Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer fundó en Madrid el 2 de octubre de 1928, con el fin de que siempre sea un instrumento apto y eficaz de la misión salvífica que la Iglesia lleva a cabo para la vida del mundo.