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San Josemaria Escrivá de Balaguer: Mi Madre La Iglesia - Miguel Doltz

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Miguel Dolz

SAN JOSEMARÍA

ESCRIVÁ DE BALAGUER

“Mi Madre la Iglesia”

Traducción:

José Ramón Pérez Arangüena

Madre de Dios, 35 bis. - 28016 MADRID Tel.: 91 345 19 92 - Fax: 91 350 50 99

E-mail: [email protected] www.edibesa.com

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Colección «SANTOS. AMIGOS DE DIOS», n.º 16 (21016)

© Edizioni Sa Paolo s.r.l. - Cinisello (Ml). Título original: «Mía madre la Chiesa»

© Traducción española: Fundación Studium. Madrid © EDIBESA

Madre de Dios, 35 bis. 28016 Madrid Tel.: 91 345 19 92 Fax: 91 350 50 99 E-mail: [email protected] www.edibesa.com ISBN: 978-84-8407-966-8 Ref: 21016 Depósito legal: M. 31.586-2010

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ÍNDICE

Prefacio

I. La mies y el segador

II. Los caminos divinos de la tierra III. Brotes 81

IV. Una guerra fratricida V. Hijas fieles

VI. Por amor a la liturgia VII. Italia y Portugal VIII. El fundador en Roma

IX. Mar adentro

X. Corazón de padre y de madre XI. En torno al Concilio Vaticano II XII. Busco tu rostro, Señor

XIII. Tras la muerte del fundador Bibliografía

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PREFACIO

«¡Santa, Santa, Santa!, nos atrevemos a cantar a la Iglesia, evocando el himno en honor de la Trinidad Beatísima. Tú eres Santa, Iglesia, Madre mía, porque te fundó el Hijo de Dios, Santo; eres Santa, porque así lo dispuso el Padre, fuente de toda santidad; eres Santa, porque te asiste el Espíritu Santo, que mora en el alma de los fieles, para ir reuniendo a los hijos del Padre, que habitarán en el Iglesia del Cielo, la Jerusalén eterna».

Las citas de san Josemaría Escrivá de Balaguer en que habla de «mi Madre la Iglesia» podrían multiplicarse en abundancia y seleccionarse de todas las épocas de su larga vida sacerdotal/documental. Baste ésta, tan rotunda y teologal, como botón de muestra. En sus labios, «mi Madre la Iglesia» resultaba ser siempre una expresión cariñosa, familiar, entrañable: la propia de un buen hijo, que ama a su madre por ser quien es, pase lo que pase. De ahí que ese «mi Madre la Iglesia», más que el enfoque o el hilo conductor del libro, quiera ser el decantado vital y ejemplar de esta breve biografía del fundador del Opus Dei.

Una advertencia. Desde la muerte de san Josemaría, acaecida en Roma el 26 de junio de 1975, muchas son las obras publicadas sobre su persona y sobre el Opus Dei, desde semblanzas biográficas a ponderados estudios. No es intención de este libro añadir nada a la investigación histórica, sino contribuir a un mejor conocimiento de un personaje cuya importancia en la historia reciente de la Iglesia emerge cada día con mayor claridad.

Las citas transcritas se han tomado de obras publicadas. Para no apesadumbrar la lectura se ha preferido no mencionar una por una las fuentes correspondientes, sino remitir a una bibliografía esencial al final del libro, en la que el lector también podrá encontrar la mayor parte de los episodios aquí narrados.

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I

LA MIES Y EL SEGADOR

El Sotanillo era un singular establecimiento de la centralísima calle madrileña de

Alcalá, a contados metros de su célebre Puerta. Cafetería, cervecería y chocolatería, el local ocupaba un semisótano en el que cabía sentarse tranquilamente, tal vez en torno a un chocolate con churros, a conversar con los amigos. Los bares españoles cumplían entonces la grata función de salón social, donde la gente se reunía en tertulias o discutía amigablemente sobre grandes y pequeños asuntos. De ahí que no tuviera nada de extraño ver allí también a un sacerdote.

Podemos situarnos en una tarde de primavera de 1929. Madrid se refrescaba todavía con el aire de la Sierra, antes de la canícula estival. Resultaba agradable caminar por la calle de Alcalá, tan sólo transitada por tranvías y por oscuros y ruidosos automóviles de morro largo. Don Josemaría iba acompañado de un grupo de estudiantes, alumnos de la Academia Cicuéndez, en la que el sacerdote, para mantenerse económicamente, impartía clases de Derecho Romano y de Instituciones de Derecho Canónico.

Cuando asomaban por la puerta de El Sotanillo, Juan, el propietario, le decía en voz alta a su hijo Ángel: «Ya ha llegado con sus discípulos».

No era una burla, sino que la escena resultaba simpática y amable. Entonces don Josemaría sacaba sus apuntes y comenzaba a ilustrar a sus jóvenes amigos acerca del entusiasmante apostolado que podrían llevar a cabo en el mundo entero. Ellos, y tantos otros —les decía—, se convertirían en excelentes profesionales, muy bien preparados, hombres de cultura que informarían con la fe cristiana sus ámbitos de trabajo y de influjo social, y contagiarían su celo a muchos colegas, amigos, parientes, encendiendo en ellos la luz de la fe, el fuego del amor de Dios. Y éstos, a su vez, a otros. Un puñado de hombres de Dios en cada actividad humana llevaría la paz de Cristo, instauraría el reino de Cristo. El cual, ciertamente, no es un reino de este mundo, pero reverbera en la vida de los hombres. La solución a los males del mundo la cifraba en la santidad de personas que viven en el mundo. Santos con chaqueta y corbata, pero santos de veras. Como los primeros cristianos, que no se vestían de modo diferente ni se distinguían en nada de los demás, salvo en sus virtudes.

Los jóvenes le escuchaban conteniendo la respiración. Sentían encenderse sus corazones en deseos de entrega a Dios, en afanes de comprometerse en esa nueva oleada de evangelización. Valía la pena, les animaba don Josemaría, e ilustraba las maravillosas iniciativas que emprenderían, como ciudadanos libres, por sí solos o asociados con otros

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conciudadanos: centros educativos y universitarios, proyectos editoriales, promoción profesional y cultural de los menos favorecidos, y tantos otros apostolados seculares, por no mencionar el bien que cada cual haría en el ejercicio de su propia profesión, al poner a Cristo en el centro de su trabajo. Hablaba como un hombre inspirado. A Pedro Rocamora, uno de sus alumnos, le asombraba la convicción del profesor y más aún el verle persuadido de que debía dedicar la vida a esa empresa. Un tanto incrédulo le dijo un día: «Pero, ¿tú crees que eso es posible?».

«Mira, esto no es una invención mía, es una voz de Dios», respondió don Josemaría. Otras veces las conversaciones se desarrollaban paseando o en algún otro lugar tranquilo, donde podía leer a sus acompañantes las anotaciones de su cuaderno.

Don Josemaría tenía un aspecto juvenil, demasiado juvenil como para que un proyecto tan inaudito resultara creíble. El 9 de enero de 1929 había cumplido veintisiete años, si bien, por el rostro límpido, ligeramente orondo, representaba alguno menos. Peinaba cabellos negros con una perfecta raya a izquierda, gastaba gafas redondas, y su sonrisa franca y acogedora enmascaraba a la perfección un carácter impetuoso y una voluntad férreamente determinada, conforme a lo que escribió su querida Teresa de Ávila: para comprometerse con Dios se precisa una «determinada determinación». Suplía la evidente juventud con un porte digno, vestía una sotana siempre limpia y a menudo se envolvía en el amplio manteo típico de los sacerdotes españoles.

Los estudiantes de la Academia le querían mucho y le acompañaban gustosos en los paseos al final de las clases vespertinas. Sentían la atracción de ese modo de ser sacerdote, con verdadera unción sacerdotal y, al mismo tiempo, muy al alcance de la mano, amigo sincero de las personas. Y además, elegante, culto, de trato afable. Y se confíaban fácilmente a él.

«Padre, es imposible seguir creyendo mientras haya sacerdotes que burlan la religión con su doble vida, negando con su conducta lo que predican en público».

Don Josemaría, consciente del difícil momento que atravesaba el país, lo miró con afecto y encaró enseguida el núcleo de la cuestión:

«Mira, el sacerdocio es como un licor valiosísimo, que lo mismo puede ir envasado en una vasija de porcelana que en una de barro».

Un día, el profesor se presentó en clase con la sotana toda manchada de blanco. Los alumnos se sorprendieron y, curiosos, le tiraron de la lengua, capitaneados por Mariano Trueba, hasta que lograron que les contara lo sucedido. Había ocurrido que, en el tranvía, un albañil, vestido con un mono perdido de cal, se le había ido aproximando con la aviesa intención de rozarse y ensuciarle. Entonces, al percatarse de su propósito, el

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sacerdote se volvió a él y lo abrazó estrechamente, al tiempo que le decía sin rencor: «¡Ven aquí, hijo mío, rebózate conmigo! ¿Te has quedado a gusto?».

Acabada la clase, Mariano comentó a sus compañeros: «Este hombre es un santo». Pero el verdadero estupor de los alumnos lo provocó otro profesor, cuando les insinuó que el sacerdote de porte distinguido se dedicaba en realidad a visitar a pobres y enfermos en las barriadas miserables de la ciudad. ¿Era eso posible? Discutieron entre sí e incluso cruzaron apuestas sobre la veracidad de los hechos, que naturalmente requerían comprobación, por lo que determinaron seguirlo a escondidas. ¡Todo era cierto! La persecución les llevó un día al extremo norte de Madrid, al barrio de Tetuán de las Victorias; y otro día, al arrabal de Vallecas, al sur.

El término actual de periferia no refleja la degradación de aquellos poblados de chabolas, sin servicios ni organización de ningún tipo. Un aluvión de muchos miles de personas se abalanzaba sobre la capital con la esperanza de un futuro mejor, y la mayoría de las veces el espejismo se resolvía en la pobreza de un tugurio, en unas condiciones higiénicas infrahumanas, en la promiscuidad, la ignorancia, el total abandono religioso. Estas masas de gente pobre constituían un “subproletariado” apetecido por la propaganda marxista y las sectas laicistas, que se volcaban diligentemente y, muy a menudo, conseguían transformar la frustración y la ira de los pobres en odio a la Iglesia.

Por fortuna, también algunas instituciones católicas trataban de socorrer a esas personas en el alma y en el cuerpo. Entre ellas, el Patronato de Enfermos era una verdadera industria de la caridad. Fundado por Luz Rodríguez Casanova, tenía la sede en un austero edificio de la calle Santa Engracia, construido al estilo de la época según los criterios de la fundadora, y desarrollaba una increíble cantidad de tareas entre los más necesitados, desde comedores de caridad a roperos, pasando por la ayuda a familias y, sobre todo, por la instrucción religiosa. Todo lo dirigía un puñado de beneméritas religiosas llamadas Damas Apostólicas.

Don Josemaría había llegado a Madrid en abril de 1927, desde Zaragoza, donde estaba incardinado como sacerdote, para obtener el doctorado en Derecho, que sólo confería la Universidad Central. Ahora bien, la capital era ciudad de aluvión también para el clero, que recalaba allí por los más diversos motivos, con frecuencia insuficientes o veleidosos, y el obispado no concedía las licencias ministeriales a quien no tuviese un encargo razonable en la diócesis: se llegó a expulsar a su lugar de procedencia a los sacerdotes extradiocesanos. En estas circunstancias, a don Josemaría le resultó providencial la oportunidad de convertirse en capellán del Patronato de Enfermos. De por sí, el capellán debía encargarse del servicio litúrgico y poco más. Pero, ¿cómo dejar solas a aquellas mujeres en su ingente lucha contra la ignorancia y la miseria? Tenían en gran estima la asistencia a domicilio de enfermos, moribundos, familias necesitadas. Y la disponibilidad de don Josemaría no hacía más que animarlas a encargarle cada vez más

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tareas.

Para hacerse una idea de la magnitud de su apostolado, en el año 1928 el Patronato atendió a 4.251 enfermos, se confesaron —en los sitios más increíbles de la ciudad— 3.168 personas, se administró la Extremaunción a 483 moribundos, se celebraron 1.251 matrimonios y se bautizó a 147 personas. El capellán fue poco a poco ocupándose, voluntariamente, de estas obras de misericordia.

En 1928, las Damas disponían en Madrid de 58 escuelas, con un total de 14.000 niños. Para don Josemaría, eso significaba —y tampoco esto entraba en sus competencias estrictas— preparar cada año a 4.000 niños para la primera Comunión, con entrevistas personales, clases, confesiones. Muchos años después recordaba:

«Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios. ¡Qué indignación siente mi alma de sacerdote, cuando dicen ahora que los niños no deben confesarse mientras son pequeños! ¡No es verdad! Tienen que hacer su confesión personal, auricular y secreta, como los demás. ¡Y qué bien, qué alegría! Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más».

Cuando iba a confesar a niños, procuraba que le acompañara algún sacerdote anciano, consciente del bien que podía reportarle el contacto con aquellas almas sencillas. En una ocasión se llevó consigo a un sacerdote de aspecto venerable, hombre estudioso que había dedicado la vida a escribir libros y a predicar, y que tal vez por eso había echado una buena barriga. Se pusieron ambos a confesar a los niños en la capilla y, al cabo de un tiempo, don Josemaría oyó que su colega alzaba la voz un tanto desabrido. Docto como era, se había puesto a hacer una serie de recomendaciones al niño que tenía delante, el cual, por su parte, atraído por la gordura del confesor, recorría con el dedo la sotana.

«Pero, chico, ¡qué haces!», exclamó el versado presbítero, mientras el pequeño proclamaba triunfante: « ¡Treinta y cinco! ¡Treinta y cinco botones!».

Recordando divertido el episodio, don Josemaría concluía que su pacífico y santo amigo se había enfadado porque no había sabido hacerse niño.

Las Damas le dejaban unas papeletas con los nombres, direcciones y encargos. Y el sacerdote las ordenaba según trayectos lo más racionales posible, que en cualquier caso le obligaban a ir de un extremo al otro de Madrid, a pie o como mucho en tranvía hasta donde llegara. No tenía dinero. Ese ministerio le apasionaba, especialmente cuando se trataba de reconciliar con Dios a personas largo tiempo alejadas.

Una vez, por ejemplo, una de las Damas Apostólicas le habló de un moribundo, conocido por ser rabiosamente anticlerical. «Ya ha entrado en coma, pero quizás usted pueda hacer algo», le dijo, con una confianza que casi rozaba el absurdo.

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Y, en efecto, el capellán protestó: «Es tonto creer que voy a poder hacer nada. Si está delirando, ¿va a dar la coincidencia de encontrarle en condiciones de confesar? En fin, iré y le absolveré sub conditione», concluía resignado en el apunte que redactó.

Yendo de camino, rogó a la Virgen que le permitiera absolver al moribundo consciente y no sub conditione. Al llegar a la casa, los vecinos le advirtieron: «Ahí, Padre, no hay nada que hacer. Ya ha venido un sacerdote de la parroquia y nada, no recobra el conocimiento».

Entró en silencio y, dirigiéndose al viejo comecuras, le llamó por su nombre: «¡Pepe!».

Le respondió enseguida, lúcido y dueño de sí. «¿Quiere confesarse?».

«Sí», dijo, como si no esperase otra cosa.

Don Josemaría mandó salir a todos y le ayudó a reconciliarse con Dios.

Parecía tener un carisma especial para estos casos extremos, y las Damas se aprovechaban de ello pasándole cada vez más notas. Otro caso, recordado por el propio confesor, fue el de un enfermo gravísimo del que las religiosas le hablaron con pena, porque se negaba a recibir al sacerdote.

Llegado a la casa del enfermo, mandó salir a la mujer y se quedó a solas con él.

«Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas…». Se refería a Pilar, a la que el capellán consideraba en cambio una santa canonizable.

«Tiene usted razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. […] Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose».

Un día, durante una de sus correrías, se enteró por otros enfermos que un tuberculoso aguardaba la muerte en un prostíbulo, donde “trabajaba” una hermana suya. El joven sacerdote se quedó muy tocado: ¡qué triste fin el de ese pobrecillo, entre la sordidez de la enfermedad, del lugar y de la soledad, alejado de Dios! Se sintió impulsado a acudir enseguida en su ayuda, para llevarle consuelo humano y gracia divina. Pero no era tan sencillo, ya que la presencia de un sacerdote en un burdel se prestaba a toda clase de interpretaciones desbarradas, que los enemigos de la fe, muy activos, no tardarían en instrumentalizar, aparte de la ordinaria murmuración. Significaba poner en peligro la propia reputación y con ella el ejercicio del ministerio, cuando ya de por sí se encontraba en una precaria situación canónica en la diócesis. No obstante, decidió arriesgarse,

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después de tomar algunas precauciones: obtuvo el permiso del Vicario General don Francisco Morán; acordó con un conocido suyo de aspecto respetabilísimo, Alejandro Guzmán, que le acompañaría; y el día anterior manifestó sus planes a la regente del burdel, la cual, vista tan insólita solicitud, dio su consentimiento.

«Pero mañana, por el amor de Dios, que no se ofenda al Señor en esta casa», suplicó el sacerdote.

«Se lo prometo».

Y fue así como al día siguiente la Eucaristía entró en aquella casa, el enfermo recibió los últimos sacramentos, y la oración y la asistencia del sacerdote lo acompañaron hasta su muerte. No sirvieron para nada en este caso las medicinas que don Josemaría se había agenciado, sabiendo que el pobre no podía adquirirlas.

Al cabo de los años, varias veces recordó —de lo grabado que se le quedó— el caso de un muchacho al que halló moribundo en un tugurio miserable. Le administró los sacramentos y el joven no le dejó irse… hasta el final. A don Josemaría se le había escapado decirle: «¡Te envidio!».

Y el otro le había entendido.

Desde su llegada a Madrid se estaba prodigando en este servicio a los últimos, a las almas más abandonadas. También después de la luz fundacional del 2 de octubre de 1928 —de la que hablaremos a continuación—, aun comprendiendo que el proyecto de Dios para él no se circunscribía a ese apostolado de caridad, lo buscaba de todo corazón. Justo entre los pobres, entre los enfermos, entre los ignorantes, entre los desheredados, entre los niños, encontraba la fuerza para poner en marcha el ingente proyecto que el Señor había puesto ese día del otoño de 1928 sobre sus hombros, al igual que hallaba allí la escuela del dolor donde templar su alma.

Había en esta actitud un modo de entender el sacerdocio, un modo que más tarde enseñaría a sus hijos espirituales llamados al Orden sagrado: sacerdotes cien por cien, sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes para servir a las almas. «Servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y eso es lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote. Debe amar a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos y a los niños; debe prepararse para celebrar la Misa; debe acoger a las almas una a una, como un pastor que conoce su rebaño y llama por su nombre a cada oveja. Los sacerdotes no tenemos derechos: a mí me gusta sentirme servidor de todos, y me enorgullece ese título».

Al tiempo que se volcaba en el desempeño de un infatigable ministerio, su alma clamaba por el cumplimiento de esa voluntad divina que, a largo plazo, debía constituir la

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solución a tales problemas. E impelido por un celo imparable, gritaba o cantaba la aspiración pronunciada por Jesús mismo: Ignem veni mittere in terram et quid volo nisi

ut accendatur – «Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se

encienda?».

La misión que era consciente de tener resultaba desproporcionada para sus fuerzas, para sus medios, para sus capacidades. ¿Cómo podría poner en marcha una movilización de cristianos responsables que buscaran de veras la santidad en medio de las cosas de la tierra, que se empeñasen en llevar la luz de la fe a las personas de su ambiente, que permaneciesen laicos, pero con una formación tan sólida que no temieran los peligros del mundo? En 1929 esto parecía absurdo: ¿cómo va a ser posible buscar la santidad en medio de ese mundo enemigo de la santidad? Y aún peor: ¿cómo podía alguien entregarse a Dios fuera del estado religioso o clerical?

Las incomprensiones estaban, pues, garantizadas, y no sólo por parte de eclesiásticos con diferente mentalidad, sino también por parte de las personas a las que don Josemaría formuló la propuesta vocacional, y que probable y simplemente no le entendieron. Y además, ¿quién era él, jovencísimo sacerdote extradiocesano sin arte ni parte? ¿Tenía una parroquia prestigiosa? ¿Un cargo de campanillas? ¿Una escuela, un convictorio, una editorial, un periódico? Nada de eso, nada de nada, ni tampoco dinero. Durante toda la vida recordó que entonces no tenía más que «juventud, gracia de Dios y buen humor»; además de —cabe añadir— una ilimitada confianza en Dios.

Así, desde la inspiración fundacional del 2 de octubre de 1928, se puso a buscar jóvenes a los que formar: los de El Sotanillo, con quienes en otras ocasiones charlaba paseando por el parque del Retiro o en casa de su madre. Pidió a algunas mujeres que colaboraban en el Patronato si conocían a chicos majos, y rastreó él mismo su memoria a la búsqueda de alguien con quien contactar. Uno de estos fue Isidoro Zorzano, ex compañero de colegio en Logroño que, en esa época, trabajaba de ingeniero en Andalucía. Se habían visto alguna vez en 1927 y ahora mantenían una amistosa correspondencia. Iba aumentando poco a poco el grupo de personas a las que había esbozado la Obra, ¿pero cuántos habían comprendido el ideal? Muchos años después recordaba:

«Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas… Yo entonces no sabía que casi ninguno iba a perseverar; pero el Señor conocía que mi pobre corazón —flojo, cobarde— necesitaba esa compañía y esa fortaleza».

Se trataba de personas, jóvenes en su mayoría, que se acercaban al sacerdote en busca de dirección espiritual.

Para el 13 de junio de 1930 había organizado el Patronato una misión para gente de variadas profesiones, y el capellán debía predicarles y al día siguiente confesarles. Don Josemaría se emocionó al entrar en la llamada Capilla del Obispo, contigua a la iglesia de

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San Andrés, y verse ante semejante público. Sentía la responsabilidad de la primera predicación oficial en Madrid, pero se agarró fuertemente a la barandilla del presbiterio y, de cara a la concurrencia, se dirigió a los trabajadores con la palabra desnuda, como le salía de dentro, libre de los adornos retóricos y gestos ampulosos de la oratoria tradicional, con auténtico ardor. Obtuvo un éxito clamoroso y de ahí nacieron contactos de formación con varios de los asistentes: iba a buscarlos a sus centros de reunión, charlaba con ellos, les confesaba y muy pronto se hizo con un grupo de empleados que le seguían. Ya soñaba con obreros y trabajadores manuales bien formados en las filas apostólicas de la Obra, que llevasen a Cristo a las fábricas y tajos.

Habló también de la Obra a otros sacerdotes. Primero, a don Norberto Rodríguez García, capellán segundo del Patronato que, próximo a los cincuenta años, pagaba aún las consecuencias de una enfermedad nerviosa que le había imposibilitado desempeñar cargos eclesiásticos. Pero la maltrecha salud no le impedía tener un enorme celo apostólico y vida interior. Y si, al principio, don Josemaría le comprometió en algunas tareas para ayudarle a salir de su postración, pronto se reveló un buen apoyo y un buen amigo.

Sobre todo se confió a fondo con don José Pou de Foxá, que había sido profesor suyo de Derecho Romano en Zaragoza. El 4 de marzo de 1929, éste escribió a don Josemaría desde Ávila, rogándole que fuera a recogerlo a la estación y le reservara una habitación en una residencia: quería hablarle con calma. Pou de Foxá era mucho más que un profesor que recuerda con afecto a un buen estudiante. Mostraba hacia don Josemaría una sentida amistad, trocada luego en fraternidad sacerdotal. Se quedó en Madrid varias semanas: un auténtico consuelo y aliento para su joven amigo, y sus tardes acababan a menudo… en El Sotanillo.

Y también fue desvelando sus planes apostólicos a sacerdotes que intuía que le comprenderían, como aquel don Rafael Fernández Claros, joven presbítero de El Salvador que estudiaba en París y con quien se topó casi por casualidad durante un viaje a Madrid.

Don Josemaría sentía la necesidad de mucha oración. Y la pedía a cualquiera sin reservas. «Desde el año 1928 —contaba—, procuré acercarme a almas santas, incluso a personas desconocidas, que tenían —como yo solía decir— cara de buenos cristianos: y les pedía oraciones». Y en una anotación de 1931:

«Tengo una verdadera monomanía de pedir oraciones: a religiosas y sacerdotes, a seglares piadosos, a mis enfermos, a todos ruego una limosna de oración, por mis intenciones, que son, naturalmente, la Obra de Dios y vocaciones para ella».

Paraba incluso a gente por la calle si le daba la impresión de que iban a comprenderle, como aquella vez en 1929 en que se cruzó a las seis de la mañana con un sacerdote desconocido que se dirigía, como él, a celebrar Misa, y le pidió que rezase por una

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intención suya. Era don Casimiro Morcillo, que muchos años después sería el primer Arzobispo de Madrid.

Al cabo de medio siglo, una ayudante de las Damas Apostólicas todavía recordaba la insistencia del capellán, cuando le decía: «Pide mucho por mí, pide mucho por mí».

Y la mujer pensaba: «¿Qué irá a hacer don Josemaría que pide tanta oración?».

Cuando una de las Damas estaba a punto de morir, el capellán la suplicó que hiciera de embajadora ante el trono de Dios. Así lo rememoraba después en sus Apuntes íntimos (anotaciones de vida interior y de experiencia pastoral que iba compilando en esos años):

«Recuerdo, a veces con cierto temor por si fue tentar a Dios u orgullo, que, estando moribunda Mercedes Reyna […], sin haberlo pensado de antemano, me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al

Señor, desde el cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes.

Después la misma petición he hecho a dos personas seglares —una señorita y un muchacho—, quienes todos los días en la Comunión renuevan ante el buen Jesús esa aspiración».

Mercedes Reyna O’Farril murió con fama de santidad el 23 de enero de 1929, asistida por don Josemaría, quien desde ese día comenzó a confiarse a su protección. Visitaba con frecuencia su tumba, ante la cual inició una novena el 31 de julio de ese año. «Los nueve días fui al cementerio —y volví— a pie, después de rezar en su sepultura, de rodillas, el santo rosario». La petición, la Obra.

Regresaba a casa exhausto cada tarde, después de tantas amarguras, y allí abrazaba otra cruz muy sutil y cortante que Dios le había asignado: una familia maravillosa que ahora dependía por completo de él y que por su causa había tenido que pasar por muchos padecimientos.

Cuando Josemaría nació en Barbastro, en el Somontano altoaragonés, el 9 de enero de 1902, la familia Escrivá gozaba de una buena posición económica y ya había tenido la primera hija, Carmen. Pero cuando el pequeño contaba con apenas dos años enfermó gravemente de una infección que el médico juzgó mortal.

«Mira, Pepe, de esta noche no pasa», dijo al papá.

Pero José Escrivá y su mujer Dolores Albás eran fervientes cristianos y prometieron a la Virgen que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la venerada ermita de Nuestra Señora de Torreciudad, junto al río Cinca.

A la mañana siguiente, el médico volvió a visitar a la familia.

«¿A qué hora ha muerto el niño?», preguntó con seguridad. Y el padre, con alegría incontenible, replicó: «No sólo no ha muerto, sino que parece completamente curado».

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Posteriormente llegaron otros hijos: Asunción (llamada Chon), Lolita, Rosario. Los educaban cristianamente, la vida familiar era un oasis de paz. Pero la muerte, vencida una vez, regresó para cosechar otras víctimas inocentes. En 1910 murió Rosario con solo nueve meses. Dos años después murió Lolita, con cinco años. Y al año siguiente le tocó el turno a Chon, que ya tenía ocho años. Nos quedamos anonadados, hoy, al asomarnos al drama que hasta tiempos no muy lejanos representaba la mortalidad infantil, ante la carencia de remedios eficaces contra enfermedades comunes y graves en el caso de los niños. Sin embargo, pese a su frecuente reiteración, no por ello era menos doloroso perder un hijo de tierna edad.

Turbado por estas desgracias, el pequeño Josema ría decía a su mamá, sin percatarse de su dolor: «El año próximo me toca a mí…». Y ella, conteniéndose, lo consolaba: «Tú no. A ti te he ofrecido a la Virgen y Ella cuidará de ti».

En esas mismas fechas, el negocio de José Escrivá sufrió una brusca crisis a causa de la deslealtad de un socio suyo. La familia se arruinó.

¿Qué sentido tenía todo aquel sufrimiento? Muchos años después, a la luz de la voluntad de Dios ya aclarada, Josemaría reflexionaba:

«Yo he hecho sufrir siempre mucho a los que tenía alrededor. No he provocado catástrofes, pero el Señor, para darme a mí, que era el clavo —perdón, Señor—, daba una en el clavo y ciento en la herradura. Y vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna.

[…] Y fuimos adelante. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico mal —ahora me doy cuenta— que según los médicos se produce cuando se pasa por grandes disgustos y preocupaciones. Le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente. Él, que habría podido quedar en una posición brillante para aquellos tiempos, si no hubiera sido un cristiano y un caballero, como dicen en mi tierra […]. No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años, murió agotado, pero estuvo siempre sonriente».

Cuando en noviembre de 1924 murió José Escrivá, su hijo estaba a punto de ser ordenado sacerdote, en Zaragoza. Allí se trasladó enseguida el resto de la familia: doña Dolores, Carmen y el pequeño Santiago, que había nacido como para recompensarles después de que Josemaría ingresara en el Seminario de Logroño. Había decidido hacerse sacerdote cuando tenía dieciséis años y comenzó, como siempre dijo, «a barruntar el Amor». No deseaba “hacer carrera” eclesiástica, en el sentido tradicional del término, sino que pensaba que como sacerdote se hallaría más disponible para cumplir una voluntad de Dios que presentía, pero ignoraba. «Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección». También por este motivo frecuentó los cursos de Derecho en la Universidad de Zaragoza en paralelo a los del seminario, y obtuvo la licenciatura. Pasaba muchas horas en la capilla del seminario, incluso noches enteras, y como un estribillo seguía repitiendo: Domine, ut videam! Domine, ut sit! – Señor, que vea. Señor, que sea lo que Tú quieres. Y todavía de luto, el 28 de marzo de 1925 fue

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ordenado sacerdote en la capilla del seminario. Celebró la primera Misa en la Basílica del Pilar, a los pies de la amada e implorada Virgen, en presencia de su madre, sus hermanos y unas cuantas personas íntimas, y la Misa, sin ninguna solemnidad, la ofreció en sufragio por el alma del padre.

El primer encargo pastoral le llevó a cubrir una suplencia en Perdiguera, localidad de apenas ochocientas almas, no lejos de Zaragoza. Llegó allí animado de un celo incontenible, que en pocas semanas reavivó la práctica cristiana del pueblo. Y aprendió mucho de aquella gente sencilla.

Hablaba un día con el hijo de la familia donde se alojaba, un chiquillo que se pasaba todos el día pastoreando a las cabras y al que, por la noche, le impartía un poco el catecismo para la primera Comunión.

«Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?», le preguntó. «¿Qué es ser rico?», replicó el zagal.

El sacerdote le explicó, del modo más sencillo que supo, que ser rico consistía en tener mucho dinero, mucha ropa, muchas tierras, y unas vacas muy gordas en vez de las cabras. «¿Qué harías si fueras rico?», insistió finalmente don Josemaría.

El chico tuvo una repentina inspiración, se le iluminaron los ojos y exclamó: «¡Me comería cada plato de sopas con vino…!».

Al joven clérigo la respuesta le llegó muy adentro. Casi al final de su vida, recordando la anécdota, comentó a quienes tenía delante: «Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Esto lo hizo la Sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa».

Muy poca cosa le había dejado Dios en ese Madrid contradictorio, aparte de mucho trabajo. En noviembre de 1927 se reunieron allí con él su madre y sus hermanos. Se instalaron en un pequeño piso alquilado en la calle Fernando el Católico, cerca del Patronato de Enfermos. Pocos muebles, poco dinero, escasas comodidades. El sacerdote daba clases particulares, impartía clases en la Academia Cicuéndez, hacía lo que podía por mantener a la familia, pero todo era poco, y sufría viéndoles soportar la precariedad con una virtud antes señorial que cristiana. Sin embargo, él debía dedicarse a su ministerio y debía sobre todo sacar adelante la Obra, esa criatura neonata que Dios había depositado con mimo en sus brazos.

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II

LOS CAMINOS DIVINOS

DE LA TIERRA

Don Josemaría caminaba por las calles de Madrid consciente de su ineptitud para la empresa que se le había pedido. Y envuelto en su manteo recitaba partes del rosario imaginando que lo rezaba con el Papa, unido a sus intenciones, con un deseo absoluto de que la Obra estuviese al servicio de la Iglesia, un servicio nuevo e inesperado. Reinaba entonces Pío XI, pero los papas eran figuras distantes, poco conocidas y poco prolíficas en documentos. Ese apegamiento a la sede de Pedro y a la persona del Pontífice tenía algo de desacostumbrado, pero era determinante de su modo de entender la propia misión: «Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam» – «todos, con Pedro, a Jesús por María», repetía como lema y como jaculatoria.

Ahora bien, ¿qué había sucedido el 2 de octubre de 1928? Conviene que demos un paso atrás. Los primeros años de don Josemaría en la capital habían sido copiosos en inspiraciones divinas, que se le concedían al ritmo de su entrega radical al ministerio sacerdotal, hasta el límite de la resistencia física. Al final del día, las Damas veían al sacerdote en la capilla, de rodillas, con las manos apoyadas en el altar, rezando durante horas delante del sagrario. Pedía que se manifestase la voluntad de Dios sobre él, y el pensamiento era tan fuerte que hasta en las hojas con direcciones escribía a veces: «Fac,

ut sit!» – «Haz que sea».

Las frecuentes inspiraciones interiores le iban preparando para el gran momento. Pero él, durante toda la vida, mostró suma reticencia a contarlas: primero por pudor, pues eran cosas íntimas de su alma; segundo por humildad, porque le repugnaba que la gente lo considerase santo; y tercero porque el espíritu que Dios le había confiado era el espíritu de la santificación en las cosas ordinarias y comunes —no una espiritualidad visionaria o milagrosa—, y eso es lo que tenía que enseñar a sus hijos espirituales. De todos modos, alguna vez comentó que en aquellos primeros años las inspiraciones divinas habían sido tan frecuentes que las consignaba rápidamente en hojas de papel por temor a olvidarlas, y luego las llevaba a su meditación.

Acabado el período de exámenes de septiembre, en la universidad y en las academias se disfrutaba de un par semanas de vacaciones antes de comenzar el nuevo curso. En 1928, don Josemaría aprovechó la pausa académica para asistir a un curso de ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos —al que al final acudieron sólo seis— en la casa central de los Paúles, desde el domingo 30 de septiembre al 6 de octubre. Se llevó

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consigo un grueso mazo de papeles y de hojas de apuntes para revisarlos en la presencia de Dios. Los ejercitantes se levantaban a las cinco de la mañana, y hasta las nueve de la noche la jornada estaba plagada de exámenes de conciencia, Misa, meditaciones, oficio divino, silencio.

El martes por la mañana, 2 de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, después de celebrar Misa, don Josemaría se hallaba en su habitación leyendo las notas sobre los favores que había recibido de Dios en los años precedentes y, de repente, le sobrevino una gracia extraordinaria, con la cual comprendió que el Señor daba respuesta a sus insistentes peticiones, a su «Domine, ut videam!», «Domine, ut sit!».

«Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé —estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática—, di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles», que volteaban en su fiesta.

“Vi”: esta es la palabra que siempre empleó para hablar de la luz fundacional. Fue un potentísimo destello divino con el que vio el Opus Dei proyectado en los siglos: levas de apóstoles de Cristo, hombres de su tiempo que, con una vida santa y sencilla, sin salirse de su sitio en el mundo, contribuían a devolver a Dios lo creado. ¿No había escrito san Pablo que la creación entera gime esperando la manifestación de los hijos de Dios? No se trataba única ni principalmente de una estrategia apostólica: las cosas del mundo tenían que encontrar sentido en Dios, su fin último, a través de la acción santa de los hijos de Dios.

Con esa luz de Dios vio personas de toda raza y nación, de toda edad y cultura, que buscan y descubren a Dios en medio de la vida ordinaria, en el trabajo, en la familia, en la amistad, en las diversiones. Y que buscan a Jesús para amarle y vivir su vida divina, hasta dejarse transformar por completo y hacerse santos. Santos en el mundo. Un santo panadero o sastre o ingeniero o banquero. Un santo sencillo, un ciudadano como todos los demás que viven a su lado, pero convertido en Cristo que pasa e ilumina. Un hombre que endereza a Dios toda su actividad, que santifica el trabajo, se santifica en el trabajo y santifica a los demás con el trabajo. Un hombre que cristianiza su ambiente, que con la sencillez y el calor de la amistad lleva a Jesús al que tiene a su vera. Un hombre que contagia la fe cristiana.

Era una visión deslumbrante. La vocación bautismal que se enciende. Los cristianos comunes, los laicos, que se vuelven apóstoles, que hablan de Dios con naturalidad y con garbo, que alzan a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Personas normales que asumen a fondo la participación en el sacerdocio de Cristo, ofreciendo cada día el sacrificio santificador de su propia vida, como exhorta san Pedro.

La voluntad de Dios estaba muy clara: abrir a personas de todas las edades, estados civiles y condiciones sociales un nuevo panorama vocacional en medio de la calle, para su Iglesia. Una visión eclesial que prometía frutos abundantes de santidad y de

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apostolado en toda la tierra, porque los cristianos, en el mundo, renovarían el mundo sin separarse lo más mínimo de él.

En 1961 el fundador escribía:

«La Obra es una novedad, antigua como el Evangelio, que hace asequible a personas de toda clase y condición —sin discriminaciones de raza, de nación, de lengua— el dulce encuentro con Jesucristo en los quehaceres de cada día. Novedad bien sencilla, como son las nuevas del Señor».

Describiría siempre el espíritu del Opus Dei así: «Viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo». Pero entonces, en los primeros años y en lo no tan primeros, era radical “novedad”, destinada a costarle mucha incomprensión.

Esa Obra era una acción de la Iglesia, porque miembros de la Iglesia eran los que actuaban, y en el sentido más amplio e inmediato, porque el apostolado de esas personas venía a coincidir tal cual con su propio obrar y no sólo con una acción apostólica en algún ámbito concreto. Por esto, refiriéndose tiempo después al apostolado de los miembros de la Obra, el fundador diría que es «un mar sin orillas», y también «una organización desorganizada». La vida entera, desde las tareas más menudas y domésticas a los grandes proyectos de apostolado, pasando por el trabajo profesional, era la que venía a constituir la manifestación de los hijos de Dios. La Obra estaba destinada a promover el plan divino de la llamada universal a la santidad.

El jovencísimo sacerdote en oración comprendió que aquella iluminación no sólo era la respuesta a sus plegarias, sino también la invitación a aceptar un encargo divino. Tuvo miedo, tal como parece que suele ser normal en quienes entran en contacto con fenómenos sobrenaturales. Pero enseguida le llegó el bíblico «ne timeas» – «no temas».

«Son palabras divinas de aliento», escribía con carácter veladamente autobiográfico:

«En el Testamento Viejo y en el Nuevo, Dios y los seres celestes las pronuncian, para levantar la miseria del hombre y disponerlo a un coloquio de iluminación y de amor, a la confianza en las cosas aparentemente imposibles o difíciles, a las que no llega la fuerza de la criatura […]. Os puedo asegurar, hijos míos, que esas almas no ambicionan ni desean las manifestaciones de esa ordinaria providencia extraordinaria de Dios, y que tienen una profunda conciencia de no merecerlas: os vuelvo a repetir que sus sentimientos ante ellas son de temor, de miedo. Aunque después, el aliento del Señor —ne timeas!— les comunica una seguridad inquebrantable, las enciende en ímpetus de fidelidad y entrega; les da luces claras, para cumplir su Voluntad amabilísima; y las enardece, para lanzarse a metas inaccesibles al alcance humano».

Aquel sacerdote nunca se consideró ideador de su obra, sino instrumento —«instrumento inepto y sordo», afirmaba— de algo que se le había confiado y que le habría resultado más cómodo no recibir, aun haciéndose un sacerdote santo. «Ese día — decía— el Señor fundó su Obra, suscitó el Opus Dei». Y, poniéndose en segundo plano, evitó todo lo que pudo la palabra fundador.

«Una vez más se ha cumplido lo que dice la Escritura: lo que es necio, lo que no vale nada, lo que —se puede decir— casi ni siquiera existe…, todo eso lo coge el Señor y lo pone a su servicio. Así tomó a aquella criatura,

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como instrumento suyo».

Y en 1934 escribió:

«La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre […]. Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho».

La fecha del 2 de octubre fue, pues, la piedra miliar, el faro al que hacer constante referencia. Sin embargo, a aquella intervención sobrenatural le sucedieron varios meses carentes de inspiraciones divinas hasta noviembre de 1929, cuando consignó en sus

Apuntes íntimos: «Empieza otra vez la ayuda especial, muy concreta, del Señor».

Esos Apuntes eran notas de vida interior y de experiencia pastoral que iba recopilando y que han resultado muy valiosas, después de su muerte, para asomarnos a la vida íntima del santo. Ciertamente, es una desgracia para nosotros —o tal vez providencia— que don Josemaría destruyera no mucho tiempo después de redactarlo el cuaderno en el que anotó las gracias extraordinarias de Dios en aquel periodo, incluida la luz fundacional: las vivencias inmediatas de lo que vio el 2 de octubre. No quería, ya se ha dicho, que sus hijos lo considerasen santo y menos aún que basasen la vida espiritual en fenómenos místicos, lo que se hubiera opuesto a lo que había recibido en la famosa visión: santificarse en las cosas más corrientes de cada día, haciéndolas con amor.

«Lo extraordinario nuestro es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre, pasando por alto —también con elegancia humana— las cosas que molestan, que fastidian: ser generosos sin tasa. En una palabra, hacer de nuestra vida corriente una continua oración».

En los Apuntes íntimos escribió también: «Cristo nuestro Rey ha manifestado su deseo». Y luego, en palabras escuetas y sumarias, la doctrina: «Estando nosotros siempre en el mundo, en el trabajo ordinario, en los propios deberes de estado, y allí, a través de todo, ¡santos!».

¿Qué hizo don Josemaría a continuación? Siguió trabajando. No podía abandonar el ministerio entre la gente pobre y marginada. Es más, no quería fundar nada. Cierto es también que no podía ni deseaba rebajar el alcance de la misión que Dios le había encomendado. Pero, ¿y si en la Iglesia ya existieran instituciones similares? Buscó con insistencia, largo tiempo, sin resultado. Una cosa estaba clara: más que nunca ansiaba ser un sacerdote santo. Y a la santidad le impulsaba aquella pobre humanidad del hospital, que tan a menudo dejaba huellas profundas en su alma.

En una ocasión le llamaron para atender a un gitano cosido a puñaladas en una riña. Su estado era lamentable, pues tenía las heridas abiertas y echaba inmundicias por la boca. Don Josemaría le preparó a bien morir. El pobrecillo no quería soltar la mano del sacerdote. A grandes voces juró que no robaría más y pidió un crucifijo. No teniendo uno, el sacerdote sacó su rosario y se lo arrolló a la muñeca, pero se resistía a besar el

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crucifijo gritando:

«¡Esta sucia boca mía no es digna de besar a Cristo!».

Gritaba para que sus hijas lo oyesen y entendieran que tenían un buen padre.

«¡Esa boca ya no es una boca indigna; es una boca limpia que puede y debe besar a Cristo Señor nuestro!», replicó el sacerdote.

Y besando el crucifijo murió, contrito y contento. Don Josemaría repetiría después al Señor las palabras del moribundo, que eran realmente un dramático acto de contrición.

Simultáneamente, buscaba gente que pudiera comprender la Obra y recibir la llamada. Repasó a todos sus conocidos, preguntó a las Damas Apostólicas y a otras personas que trataba. Entre los nombres que emergieron estaba Isidoro Zorzano, su viejo compañero de colegio en Logroño.

Nacido en Buenos Aires en 1902, de padres españoles, Isidoro era en 1930 un brillante ingeniero de los ferrocarriles andaluces, en Málaga. Gafas redondas sobre una faz regular y sonriente, estatura media, hombre siempre elegantemente vestido y de maneras afables pero decididas, era la viva imagen del buen amigo y del dirigente fiel. La empresa le había encargado, entre otros cometidos, la formación de los empleados. Querido por los operarios y en el punto de mira de muchas chicas bien, Isidoro era feliz en su profesión, que no deseaba abandonar por nada del mundo. Salvo que en su alma se incubaba la aspiración más alta de entregarse a Dios. Rezaba, evitaba comprometerse sentimentalmente, pero permanecía confuso porque el único modo de entrega que conocía era ingresar en algún instituto religioso, mientas que él quería ser ingeniero.

Don Josemaría pensó que el joven ingeniero entendería el ideal de la Obra. Lo encomendó a la intercesión de Mercedes Reyna y le envió un tarjetón: «Querido Isidoro, si vienes a Madrid no olvides venirme a buscar. Tengo cosas muy interesantes que contarte. Un abrazo de tu amigo».

Nunca un mensaje fue más providencial. Naturalmente, el sacerdote no sabía nada de las inquietudes del amigo, mientras que éste ni siquiera recordaba si Josemaría seguía viviendo todavía en Madrid. En cuanto le fue posible, aprovechando un viaje, se fue en busca del amigo sacerdote. Era el 24 de agosto. Sólo tenía la dirección del Patronato de Enfermos y allí se presentó sin avisar.

«Lo siento, don Josemaría ha salido y… vaya usted a saber cuándo volverá con todo el trabajo que tiene, de una parte a otra».

¡Qué mala pata! No tenía tiempo para esperarle ni sabía dónde podría localizarle. Racional como era, miró el reloj, calculó las distancias y decidió: tomar el tranvía en la

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calle Santa Engracia, comer en la Puerta del Sol y subirse al primer tren para Logroño. No obstante, sin un motivo preciso, en vez de tomar el tranvía se quedó paseando por la calle Nicasio Gallego, junto a un solar.

¿Dónde estaba don Josemaría? Había ido a ver a un conocido, que se hallaba enfermo. Repentinamente, recordaba después, «me sentí inquieto —sin motivo— y me fui antes de la hora que hubiera sido natural».

«¿Pero por qué no se queda todavía un rato?», le comentó la madre del enfermo, sorprendida. Y sin saber bien por qué, el sacerdote se apresuró hacia casa.

En la calle Nicasio Gallego se topó con el amigo. «¡Isidoro!».

«¡Qué alegría encontrarte! Me han dicho que no estabas, pero…».

Ambos se percataron de que no se trataba de una casualidad, y el ingeniero abordó rápidamente la cuestión:

«Quería verte porque tengo que pedirte tu parecer». «¿Sobre qué?».

Zorzano le contó sus inquietudes vocacionales, que se habían trocado en una fuerte desazón. La sorpresa del sacerdote se transformó en convicción de que en todo aquello estaba realmente la mano de Dios.

No era cuestión que abordar deprisa y en medio de la calle, por lo que don Josemaría invitó a Isidoro a hacer una visita al Santísimo en la iglesia del Patronato y volver después para la Bendición eucarística. Por la tarde, en casa de don Josemaría, Isidoro le habló de sus deseos de entregarse al Señor y de sus dificultades. ¿Debería abandonar la profesión y, peor aún, la atención a su familia?

«Me hallo económicamente en deuda con los míos, por los reveses de fortuna…». El fundador —que no quería que lo llamaran con este título— le confió entonces que desde el 2 de octubre de 1928 existe un camino nuevo para entregarse completamente al Señor sin abandonar el mundo y las normales actividades o preocupaciones de los hombres; es más, transformándolas en ocasión de servicio a las almas. El trabajo, en particular, pero también la familia, la diversión, las relaciones sociales, y mucho más. Dios quiere un potente fermento en el seno de la humanidad.

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una cosa le quedó clara: «¡El Padre vio la Obra desde el primer momento tal como será! Desde el primer momento, el Padre vio todo. Yo puedo asegurarlo», comentó años más tarde, ya experimentado. Y no tuvo necesidad de pensárselo demasiado: «Aquí está el dedo de Dios. ¡Aquí estoy!».

Isidoro sería un gran apoyo para el fundador y para el Opus Dei, con frecuencia de manera heroica, hasta su muerte en julio de 1943.

Padre: así llamaron muy pronto a don Josemaría las primeras personas que le trataron. No sólo reflejaba el modo normal de dirigirse al sacerdote, sino que añadía una connotación familiar y espiritual específica: esas personas se sentían realmente sus hijos espirituales.

Aun en medio de una intensa actividad cotidiana, don Josemaría parecía no tener prisa, pues todo lo hacía con sencillez y paz. Pero como el trabajo era tan abundante, y sentía el deber de dedicarse más a la Obra recién nacida, necesitaba sólidos fundamentos. Y así, en otoño de 1931 cesó como capellán del Patronato de Enfermos para ocuparse del Patronato de Santa Isabel, del que dependía un monasterio de agustinas de clausura y un colegio de asuncionistas. Continuó visitando a muchos enfermos, mendigándoles oraciones por “su intención”. Y con frecuencia se hacía acompañar de jóvenes, para que del dolor de los pobres aprendiesen la entrega.

Recalaba en varios hospitales de Madrid: el Hospital General, que se hallaba en la calle Santa Isabel, junto al Patronato; el Hospital del Rey, y el de la Princesa, en la plaza de San Bernardo. Resulta difícil imaginar hoy las penosas condiciones de aquellos establecimientos, cargados de gente hasta lo inverosímil, a veces con crujías de doscientas y trescientas camas, sin espacio vital, con una higiene imposible, causa de contagios —hubo en esos años una epidemia de fiebre tifoidea—, y a cargo de un personal manifiestamente insuficiente. Los sanatorios de tuberculosos constituían un caso particular, ya que no existía aún un tratamiento antibiótico y los enfermos terminaban sus días casi siempre allí dentro.

El joven fundador no se ahorraba esfuerzos. “Fatiga” es quizás la palabra que mejor le describe en ese momento. Muchos años después recordaba:

«¿Sabéis lo que hacía yo durante una época —hace años, apenas cumplidos los treinta— en la que me encontraba tan fatigado que apenas conciliaba el sueño? Pues, al levantarme, me decía: antes de comer dormirás un poco. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: Josemaría, te he engañado otra vez».

Los jóvenes que llevaba consigo a los hospitales se quedaban desconcertados y conmovidos ante aquel espectáculo dantesco. Uno de ellos, José Ramón Herrero Fontana, contaba que durante sus visitas a los enfermos,

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estar resueltas, pero de las que, en aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono, no se ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello, les afeitaba, limpiaba los vasos de noche… No les podía llevar alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena lectura. Les pedía a esos hombres y mujeres enfermos, muchas veces desahuciados por los médicos, que ofrecieran sus dolores, su sufrimiento y su soledad por la labor que hacía con la gente joven. Como yo era muy joven todavía, el día que le acompañé me quedé algo atrás, observándole, mientras atendía a los enfermos. Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento».

Algunas veces le acompañaba Luis Gordon, un joven ingeniero que pediría pronto la admisión en la Obra. Había superado los treinta años y, tras concluir unos brillantes estudios en el extranjero, dirigía una fábrica de malta, propiedad de su padre. Hombre alegre y sereno, muy cordial y reciamente piadoso, además de ocuparse de la empresa llevaba a cabo una intensa actividad social y asistencial con los empleados, entre los que era muy querido, así como con los marginados y enfermos de los hospitales. En una ocasión, un obrero de su fábrica, de ideas político-sociales bastante extremas, que estaba internado en un hospital, se quedó asombrado al ver que el hombre joven que le cuidaba y le curaba las heridas era… ¡el propio ingeniero propietario de la maltería! En otra ocasión, yendo con don Josemaría, a Luis le tocó limpiar un orinal usado como escupidera.

«Vi que palidecía tremendamente —recordaba el fundador—, pero se dirigió a un pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para lavar esas cosas. Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo, y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy contento y le dejé hacer. […] Después, me contaba que había pensado: “¡Jesús, que haga buena cara!”».

Había una enferma, que había pertenecido a una de las familias españolas más aristocráticas. Don Josemaría recordó un día:

«Yo me la encontré ya podrida; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar. Un día hube de administrarle la Extremaunción […]. Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho».

Eran los fundamentos sólidos de una empresa sobrenatural que debía durar por los siglos. Pero los ingredientes de ese cimiento fundacional no fueron ni única ni principalmente externos a la Obra.

El 14 de febrero de 1930, el fundador había recibido una nueva luz divina: la de extender el apostolado del Opus Dei también a las mujeres. Aunque hoy pueda parecer extraño, el Padre, conforme a las condiciones sociales de la época, aun habiendo visto «el surco ancho y hondo» que la Obra abriría en el mundo, pensaba que eso se llevaría cabo sólo con varones. De ahí que la luz de 1930, que completaba la visión fundacional, era mucho más que una cuestión organizativa o canónica. Dios quería que el Opus Dei

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desarrollase su apostolado también entre las mujeres, cuya contribución resultaba indispensable. El fundador escribió en los años sesenta:

«La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad».

Llevar a Dios al mundo justamente a través de la feminidad y sin ninguna discriminación.

La primera adhesión femenina llegaría exactamente dos años después, el 14 de febrero de 1932, y de una manera bastante singular. Así lo contó muchos años después:

«Cuando yo iba a celebrar todas las mañanas al Patronato de Santa Isabel, encontraba una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, en la calle, pidiendo limosna; me acerqué a ella y le dije:

—Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!

Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro… Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.

—Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?

Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:

—Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

Sólo le dije: “Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo”. Yo os digo que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa».

En abril de 1931, el rey Alfonso XIII, interpretando los resultados de unas elecciones, tomó el camino del exilio. La República se proclamó el mismo día. No es este el lugar para un análisis, ni siquiera sucinto, de las complejas circunstancias históricas de aquel momento; sin embargo, conviene recordar que algunos sectores, con el cambio de régimen, propalaron velozmente una actitud antirreligiosa, no originada por la República en cuanto tal, naturalmente, sino por las ideologías marxistas, anárquicas, laicistas. Se ha hecho célebre el telegrama enviado desde el ayuntamiento de un pequeño pueblo al ministro del Interior, Maura: «Proclamada la República. Díganos qué hemos de hacer con el cura». Puede causar risa, pero el cortocircuito conceptual era auténtico en no pocos casos. El 10 de mayo, tras unas escaramuzas entre grupos monárquicos y republicanos, una caterva de exaltados prendió fuego a once edificios, entre ellos varios conventos e iglesias.

Al día siguiente, don Vicente Elvira, capellán del convento de las Hospitalarias, se fue en bicicleta a visitar a unos tíos, que vivían en la calle de la Flor. Vestía de civil, tal como aconsejaban las circunstancias. Al llegar a la calle —recuerda—,

«me extrañó ver a un grupo de gente arremolinada frente a la iglesia de los jesuitas. Me dirigí hacía allí, y observé, asombrado, cómo varios hombres sacaban de entre la chusma un bidón de gasolina y rociaban la puerta

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de la iglesia para incendiarla. Y todo esto, ¡frente a unos números de la Guardia Civil que contemplaban el espectáculo sin hacer nada! No pude más. Me encaré con los guardias y les dije que mi padre era Guardia Civil, y que yo, como hijo del Cuerpo, sabía lo que significaba el honor para ellos. ¿Cómo podían permitir aquello?

¡No comprendo —les grité— que se queden parados ahí, mientras queman la iglesia! —Es que tenemos órdenes de no actuar —me respondieron.

—¿Órdenes? ¿Órdenes de quién? —Del Ministerio de la Gobernación».

Durante tres días seguidos, miles de madrileños vieron elevarse al cielo de la capital siniestras columnas de humo, junto a blasfemias, violencias, injurias a las imágenes de culto, violación de sepulturas eclesiásticas, tumultos desenfrenados. Tras la iglesia de los jesuitas quemaron la de las monjas benedictinas, en Vallecas; la de Santa Teresa; la de los carmelitas descalzos en la plaza de España, de reciente construcción; el colegio de las Maravillas; el de las Mercedarias de San Fernando; la iglesia de Bellas Vistas; el colegio de María Auxiliadora; la iglesia del Sagrado Corazón; la de San Agustín; la de Santo Domingo…

Desde su llegada a Madrid, don Josemaría había cultivado la amistad con algunos sacerdotes, estableciendo unos lazos de fraternidad sacerdotal que miraban a ayudarse recíprocamente en la búsqueda de la santidad. Alguno de ellos se adhirió a la Obra, movido por el ideal de esforzarse junto al fundador en la promoción de la llamada universal a la santidad. Como la Obra no poseía aún forma jurídica, estos sacerdotes, en el ámbito de su libertad personal, sin vínculos canónicos, buscaban apoyo para su alma y revigorización de su espíritu sacerdotal. Nunca el fundador se entrometió en sus encargos diocesanos, en los que dependían exclusivamente del obispo, ni les proponía actividades específicas de la Obra, que en la práctica no existían. Era ejercitando su ministerio donde justamente podían recordar a todos la llamada a ser santos.

Don José María Somoano, joven sacerdote oriundo de Asturias, era capellán del Hospital del Rey —Hospital Nacional de Enfermedades Infecciosas, según la nueva denominación republicana—, que incluía una amplia sección para tuberculosos. Alma refinada y ferviente del amor de Dios, había madurado esa particular vocación de asistir a los enfermos, que desempeñaba con gran cariño y conmovedora dedicación. En los días de los incendios tuvo que soportar, además del dolor que eso le producía, risotadas y sarcasmos por parte de algunos enfermeros. Silencios tensos, miradas torvas, inquietudes, agitación, temores, amenazas. Una parte del personal hospitalario impuso entre los enfermos un clima de terror, que no consentía ni siquiera hablar de asuntos religiosos. Sin embargo, aquí y allá, se cuchicheaban las noticias:

«Dicen que en Valencia ya han quemado más de veinte iglesias». «Y en Málaga más de cuarenta…».

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Eso sí, en cuanto asomaba un determinado médico o enfermero, cambiaban de tema y hablaban del tiempo, del aire de Madrid que bajaba de la Sierra de Guadarrama cortante como un cuchillo, o de un nuevo remedio contra la tuberculosis que habían descubierto en el extranjero. El capellán desempeñaba sin reservas su ministerio, pasaba con los ingresados el mayor tiempo posible, pero en las salas unos pacientes lo miraban con expresión de gratitud y otros con un silencio cargado de rencor y de injuria.

En los meses sucesivos, la situación política y social se deterioró aún más y se prohibieron las manifestaciones litúrgicas de carácter público. Don José María Somoano no ponía el pie fuera del hospital sin verse cubierto de insultos e amenazas. Y una tarde entró en la capilla, se arrodilló ante el sagrario y dijo:

«Dios mío, te ofrezco mi vida por la salvación de mi patria. Dios mío, Dios mío, ¡salva este país!».

No reparó en que una de las religiosas que atendían el hospital rezaba en la penumbra y le había oído.

Estaba ingresada en el Hospital del Rey, desde julio de 1930, una maestra andaluza de treinta y cuatro años, enferma de tuberculosis. Se llamaba María Ignacia García Escobar y era muy simpática y de honda vida espiritual. Sabiendo que difícilmente saldría de allí sana, había ofrecido su vida en holocausto al Amor Misericordioso. Había comprendido el valor del sacrificio ofrecido a Dios Padre en unión al sacrificio de Cristo, por lo que rápidamente entró en sintonía con cuanto predicaba Somoano. Este, en efecto, con una audacia que todavía hoy produce impresión, trataba a los enfermos como aspirantes a la santidad. Lo cuenta María Ignacia, que anotaba sus impresiones:

«Recién venida a este hospital, me contaron mis compañeras que hacía muy poco que dos Padres de Madrid [D. Lino Vea-Murguía y D. José María Somoano] habían dado una misión para todos los enfermos y enfermas. Recuerdo que una enfermita que no salía casi nunca me refirió que en estos días no perdió uno de ir a escuchar a dichos Padres».

Desde entonces deseaba conocer a esos sacerdotes, hasta que

«un día, por fin, vinieron a mi sala y, mientras D. Lino saludaba a las demás enfermas, D. José Mª se paró junto a mi cama y, en unión de otra compañera que conmigo estaba, nos estuvo hablando del favor tan hermoso que Nuestro Señor nos dispensaba, y cómo teníamos que serle agradecidas no entristeciéndonos nunca por habernos enviado la enfermedad. Decía así: Mirad: dos niños están jugando en medio de la calle con un fango

sucio y asqueroso, y a la vez que sus manitas, se están poniendo los vestidos hechos una lástima. Pasa en esto el padre de uno de ellos por allí; toma a su hijo, le azota, y le hace marchar al punto a su casa. Al otro, no le pone la mano encima, y le deja continúe en el fango. ¡Claro! No es su hijo… Pues igual ocurre en esto. —Vosotras sois hijas predilectas de Jesús y, si hoy les azota, es por lo mucho que les quiere (…) ¡Qué bueno es el Señor! ¡Qué altos son siempre sus designios soberanos!, ¿verdad? Me dejó tan bien impresionada, que siempre le recordaba en

unión de la moraleja de los dos niños de la calle».

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