Cambiar la imagen memorizada de la humanidad histórica de Jesús significa también ensanchar nuestras formas de comprender el impacto redentor de la vida y del destino del profeta de Nazaret. «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación»: así resume el credo niceno la fe en los desbordantes y benéficos resultados que se derivan para la necesitada humanidad de la vida y muerte de Jesucristo. ¿Cómo pueden entenderse estas palabras?
Los estudiosos del Nuevo Testamento señalan que, durante las décadas que siguieron a la muerte y la resurrección de Jesús, los primeros cristianos repasaron a fondo su legado religioso y la cultura de su entorno en busca de formas que les permitieran expresar el sentido de lo que ellos habían experimentado con ocasión de la muerte y la resurrección de Cristo. El Nuevo Testamento muestra una amplia gama de expresiones imaginativas utilizadas en la Iglesia primitiva. Entre ellas hay metáforas comerciales que hablan de comprar, redimir o rescatar algo pagando el precio correspondiente. Otras son metáforas médicas de curación y recuperación de la integridad. Algunos textos se sirven de metáforas de justificación legal, en virtud de la cual un reo es declarado inocente por el tribunal que lo juzga. Hay metáforas políticas que hablan de emancipación, rescate o puesta en libertad; y no faltan algunas metáforas militares de victoria sobre los poderes del mal. La experiencia de los sacrificios de animales en el templo les aportó la metáfora cultual de la expiación sacrificial. La experiencia de un desenlace pacífico en casos de conflictos personales o colectivos les ofreció metáforas relacionales de reconciliación, de derribo de muros de división y de acercamiento mutuo. Pablo utiliza la metáfora familiar de ser hijos adoptivos para describir la nueva relación del creyente con Dios, mientras que Juan concibe la relación más profunda todavía de haber nacido verdaderamente de Dios.
A diferencia de las declaraciones de los concilios que describieron la constitución interna de Jesucristo afirmando de él que es una sola persona en dos naturalezas, el lenguaje utilizado para hablar de su acción salvadora no fue nunca objeto de disputa en el seno de la Iglesia, ni, por tanto, de definición. Sin embargo, con el paso del tiempo, especialmente en el cristianismo occidental, una de las metáforas antes citadas, concretamente la de la expiación sacrificial, terminó imponiéndose a todas las demás. Esto se debió en buena parte al influjo del tratado de Anselmo Cur Deus homo, escrito en el siglo X. Reflejando el contexto feudal en que está escrito el libro, en que la palabra del señor feudal era la única fuente de ley y orden, Anselmo interpretó el pecado como una acción que ofende profundamente el honor del Señor del universo. Y prosiguiendo con el paralelismo, defendió la idea de que, para restaurar el orden, era necesario efectuar la correspondiente satisfacción. Pero, siendo finitos, los seres humanos nunca podrían satisfacer adecuadamente a la persona ofendida, que en este caso es infinita. De ahí que Dios decidiera hacerse hombre para poder efectuar esta satisfacción. ¿Cómo fue esto posible? Como ser humano, Jesús le debe a Dios una obediencia amorosa en todo momento, por lo que, de haberse limitado a vivir una vida perfecta, no habría conseguido nada. Sin embargo, por estar libre de todo pecado, Jesús no debería sufrir nunca la muerte, que es un castigo por el pecado. Así pues, Jesucristo muere libremente en la cruz, ofreciéndole a Dios algo que en realidad no le debe. Con esta acción Jesucristo se hace merecedor de una satisfacción infinita que él, puesto que no la necesita para sí mismo, distribuye entre nosotros, los pecadores.
Con esta investigación, Anselmo trató de demostrar la misericordia de Dios, que hizo por la humanidad algo que sobrepasaba absolutamente las posibilidades de la humanidad pecadora. Gracias a la muerte sacrificial de Jesús, quedó saldada la deuda del resto de la humanidad: los seres humanos se ven libres del pecado y se restablece la adecuada relación con Dios. De todos modos, esta teoría de la satisfacción no tardó mucho en asumir tintes más oscuros en manos de pensadores de menor calado y frente al creciente poder político de la Iglesia medieval. A pesar de los esfuerzos de Tomás de Aquino por rebajar la necesidad de una muerte sangrienta y sacrificial, la metáfora promovió una visión del mundo decididamente pecaminosa y el olvido de la gracia inmerecida ya generosamente otorgada por Dios en Cristo. Aunque Duns Escoto criticó la imagen de Dios como poderoso Señor preocupado principalmente de su propio honor,
los predicadores popularizaron la idea de Dios como Padre ofendido, incluso airado, al que había sido necesario aplacar con la sangre de su querido Hijo.
Narrativamente la metáfora está centrada en la cruz; es más, conducía a la idea de que el verdadero propósito de la vida de Jesús era la muerte. Vino para morir. El guion ya estaba escrito antes de que él pusiese el pie en el escenario del mundo. Esto no solo priva a Jesús de su libertad humana, sino que sacraliza el sufrimiento, en lugar de la alegría, como camino que conduce a Dios. Tiende a glorificar la muerte violenta como si tuviese algún tipo de valor. Las teologías de la liberación observan ahora que, como consecuencia de ello, la cruz puede utilizarse equivocadamente para inculcar actitudes pasivas frente al sufrimiento injusto, en lugar de inspirar iniciativas de oposición, porque se supone que quienes sufren imitan al Siervo de Yahvé, que murió obedientemente, sin abrir la boca3. Basándose en experiencias de abuso doméstico, sobre todo de abuso
contra menores, las teologías feministas critican el concepto básico de este modelo de un padre que permite o incluso necesita la muerte de su hijo, independientemente del beneficio que pueda reportar a terceras personas. Nuestra salvación no es ninguna excusa para el abuso contra los menores en el mundo4.
El hecho de que la expiación sacrificial como metáfora de la salvación haya suscitado innumerables dificultades, exacerbadas por la circunstancia de que su uso fuera prácticamente exclusivo durante siglos, no niega la importancia de la cruz ni el poder del sufrimiento redentor. En realidad, la nueva interpretación teológica está llamada a cortar por lo sano las complicaciones que debilitan su significado, pero sin perder nunca de vista la centralidad de la muerte «por nosotros» de Jesús. Al situar la cruz en su contexto histórico, la investigación sobre Jesús contribuye a que los creyentes acepten esta solución que muchos consideramos necesaria. La investigación nos ofrece una nueva imagen con la que apreciar la acción salvífica del Mesías.
1. La perspectiva de la salvación derivada de la investigación sobre Jesús vincula la cruz con el ministerio que la precedió y con la resurrección que la siguió de una manera orgánica, en lugar de presentarnos la cruz como un acto aislado de expiación salvadora.
La acción de restaurar la relación de la gente con Dios y con el prójimo se pone en marcha ya durante el mismo ministerio público. El anuncio de Jesús de
la llegada del reino de Dios, sucesivamente alegre y desafiante, junto con sus curaciones, exorcismos, su disposición a compartir mesa con todo el mundo y su defensa incondicional de las personas marginadas, ofrece ya un anticipo del mundo en el que Dios reina, un mundo sin lágrimas. En su compañía, personas muy diferentes –pecadores, enfermos, mujeres, varones, el joven, personas establecidas, personas insatisfechas, pobres de todo tipo– experimentan una nueva comunidad con Dios. En tiempos de Jesús, la separación entre la religión y el Estado era una idea que a nadie se le había ocurrido todavía. El entusiasmo que despertó en el pueblo la figura de Jesús fue considerado políticamente peligroso en un tiempo de movimientos de masas contra la ocupación romana; un mesías sería un enemigo del emperador. Aparte de esto, subrayando su visión con pasión profética, Jesús llevó a cabo una acción simbólica contra el templo de Jerusalén durante la fiesta de Pascua, volcando las mesas de los mercaderes y liberando a los animales destinados al sacrificio. Por este motivo se convirtió en blanco de la hostilidad de la conservadora clase de los sacerdotes, que con el tiempo demostrarían ser temibles enemigos.
Desde el punto de vista histórico, la muerte de Jesús en la cruz fue consecuencia de su ministerio profético. Históricamente no fue algo predeterminado. Si, tomando en serio la advertencia de no acudir a Jerusalén, él hubiera decidido cambiar de destino, probablemente no se habría producido la crucifixión. Pero optó por mantenerse fiel a su vocación de predicar el reino de Dios y promulgar la misericordia de Dios para con los pobres. Cuando su movimiento demostró ser una espina para los poderes de entonces, estos se deshicieron de él. Es lo que hacen habitualmente los regímenes represivos. Condenado a muerte en la flor de su vida, su movimiento se desinfló y sus promesas fueron ridiculizadas; a efectos prácticos, fue abandonado por todos, incluso por el Dios cuya presencia cercana y misericordiosa él había proclamado tan apasionadamente.
Este negro panorama contrasta llamativamente con la fuerza de la resurrección, que pasa a ocupar el papel central en la predicación cristiana primitiva y en el mismo Nuevo Testamento. La resurrección gloriosa de Jesús no es resultado natural de la historia de su vida, sino una irrupción del poder divino que marca un antes y un después definitivo. Dios lo resucitó. De ahí el
poder salvífico de este acontecimiento: la muerte no tiene la última palabra. El Crucificado no ha sido eliminado, sino introducido en una nueva vida en el abrazo de Dios, cuya fidelidad se manifiesta de formas sorprendentes. De esta manera, el juicio de los jueces humanos es enmendado de raíz, y la persona de Jesús, intrínsecamente vinculada con su predicación y su praxis, queda reivindicada. Este acontecimiento da rienda suelta a un nuevo Espíritu en la historia, el Espíritu de vida. A través de la presencia de Jesús, el Crucificado que ahora es el Viviente, se ofrece un futuro a todos los demás seres humanos que han fracasado.
2. En esta visión orgánicamente unificada de vida-muerte-resurrección, la investigación sobre Jesús da lugar a una interpretación de la muerte de Jesús como destino del profeta enviado por Dios.
Como acontecimiento configurado por las fuerzas de la historia, su muerte no se produjo con absoluta necesidad, sino que fue resultado de circunstancias contingentes y de libres decisiones humanas. Al promover la venida del reino de Dios de palabra y de obra, Jesús y su movimiento chocaron con los intereses de los poderes dominantes en aquel rincón del mundo. Consciente de que su vida estaba en peligro, continuó, no obstante, predicando y actuando en conformidad con lo que le pedía la ardiente pasión de su vida, que era el anuncio de un Dios cercano como salvación para todos, especialmente para los pobres y los marginados, con la esperanza de que su ministerio tendría éxito. Nuestro propio tiempo presenta ejemplos vivos de esta dinámica en las personas de Óscar Romero, Ignacio Ellacuría, Martin Luther King, las cuatro cristianas norteamericanas Ita Ford, Maura Clark, Dorothy Kazel y Jean Donovan y otros cristianos que han dado un excepcional testimonio de su fe con su muerte. Ninguna de estas personas busca la muerte, sino un cambio de las mentes de la gente con implicaciones sociales en nombre de Dios. Un mundo antagónico las aplasta. A continuación, otras personas a quienes afectó su muerte empiezan a sentir la fuerza del recuerdo de sus vidas e interpretan sus muertes, en continuidad con sus vidas, como sufrimiento redentor en favor de otros.
Algo parecido sucedió, aunque únicamente a la vista de su resurrección, con Jesús de Nazaret. Tras los traumáticos acontecimientos que marcaron el
final de su vida, las mujeres y los hombres que lo seguían trataron de interpretar lo sucedido como algo conectado con el plan misericordioso de Dios para salvar. Desarrollaron el lenguaje de que esto había sucedido «por nosotros», y esta nueva interpretación la retrotrajeron al momento anterior a su muerte, incorporándola a la narración oral de acontecimientos que habían tenido lugar durante su ministerio. Terminaron viendo que el amor de Jesús que le había llevado a arriesgarse y a sufrir una muerte espantosa había actuado de mediador de la misericordiosa compasión de Dios con respecto a la miseria humana. Pero, tal como los acontecimientos se desarrollaron de hecho en la historia, no había habido necesidad previa alguna de que se produjese este sangriento desenlace.
En pocas palabras, Jesús estuvo lejos de ser un masoquista. No vino para morir, sino para vivir y ayudar a que los demás viviesen en la alegría del amor divino. Dios, que creó y amó a la estirpe humana, que estableció una alianza con el pueblo de Israel, que era Abbá del mismo Jesús, no necesitaba que este muriese para expiar los pecados del hombre, sino que deseaba que tuviera éxito en su anuncio de la llegada del reino de Dios. El pecado del hombre frustró este deseo divino, pero no lo venció. La muerte injusta y cruel de esta víctima judía, primero marginada y finalmente condenada por el castigo del Estado, se convierte para la fe en comienzo de una nueva, sorprendente, terapéutica y liberadora presencia de Dios en el mundo.
3. Fluyendo de esta interpretación de la cruz como muerte histórica del profeta enviado por Dios, que como interpretación hunde sus raíces en el ministerio de Jesús y se completa en la resurrección, la visión de la salvación sugerida por la investigación de Jesús desplaza el énfasis teológico de la cruz como acto aislado y violento de expiación por el pecado ante un Dios ofendido a la cruz como acto de dolorosa solidaridad que pone el poder salvífico divino en íntimo contacto con la desgracia, el dolor y la desesperación de los seres humanos.
Parte de la dificultad que provoca la metáfora de la expiación/satisfacción, especialmente tal como se ha interpretado en un contexto judicial, reside en su forma de valorar el sufrimiento. En lugar de entenderse como algo a lo que hay que oponerse o que hay que eliminar porque Dios quiere el bienestar humano, el sufrimiento es visto como un bien en sí mismo, o incluso como una
condición necesaria para que quede a salvo el honor de Dios. Es verdad que en el curso de la vida humana cierta participación en el sufrimiento puede enseñarnos a ser sabios y ayudarnos a madurar el carácter. Además, su presencia puede inspirar respuestas de extraordinaria caridad y preocupación por el débil y el vulnerable, y de esta manera desarrollar la virtud de quienes no sufren personalmente. Si bien es verdad que el sufrimiento es un auténtico misterio cuyo significado no puede aclararse nunca plenamente, las tradiciones de todas las religiones del mundo tratan de conectar de alguna manera esta experiencia con el poder supremo del universo, ayudando a la gente a sobrellevarlo y prometiendo liberación. Sin embargo, el ángulo particular adoptado por la interpretación jurídica de la expiación para explicar la muerte de Jesús convierte el sufrimiento en algo bueno por sí mismo. Esto no solo ha conducido a que en la piedad se hayan desarrollado tendencias masoquistas, que, desde luego, no tienen nada que ver con el auténtico ascetismo, sino que el carácter público de esta explicación ha contribuido a promover la aceptación del sufrimiento resultante de la injusticia, en lugar de impulsar la resistencia contra esta última.
A la luz de lo que Schillebeeckx llama el «exceso» de sufrimiento en nuestro mundo, a la luz de la injusta y sangrienta muerte de millones de personas en guerras violentas y del continuado e injusto sufrimiento de ingentes masas humanas que sufren pobreza, opresión y violencia, la cruz no puede utilizarse para atribuir valor a la miseria continuada. La investigación sobre Jesús abre paso a una teología de la salvación que sostiene que la profundidad del sufrimiento que Jesús experimentó en la cruz, el sufrimiento espantoso como tal, no es en sí mismo salvífico. En realidad, hablando desde el punto de vista histórico, numerosos teólogos no dudan actualmente en calificar la ejecución de Jesús de tragedia, desastre, fiasco, fracaso estrepitoso y sin paliativos. No se trató en ningún momento de una acción que respondiese a la voluntad de un Dios amoroso, sino más bien de una clara y llamativa señal de pecado en el mundo, de una decisión arbitraria tomada por seres humanos. En cualquier caso, la vertiente salvífica de semejante situación no hay que buscarla en el sufrimiento padecido, sino únicamente en el amor derrochado. El núcleo salvífico en medio de tanta negatividad no está representado por el dolor y la
muerte como tales, sino más bien por la fidelidad del amor recíproco de Jesús y su Dios, no inmediatamente evidente.
Esta visión descarta toda idea de Dios como padre sádico, de Jesús como pasiva víctima sacrificial, de su muerte como precio pagado por nuestro rescate, y de la miseria humana como algo querido por Dios en castigo por el pecado. Por el contrario, el sufrimiento de Jesús, destino resultante de su libre y amorosa fidelidad al propio ministerio profético y a su Dios, es precisamente el camino escogido por Este último para solidarizarse con todos aquellos que sufren y están perdidos en este ruinoso mundo. La participación divina en el sufrimiento de Jesús y en la efusión del Espíritu de vida en su resurrección es garantía de nueva vida en, por y más allá del pecado, la miseria, la culpa y la muerte. En lugar de respaldar la indiferencia apática, esta interpretación debe empujar a los cristianos a engrosar la lista de quienes luchan contra la injusticia y promueven el bienestar de las personas que sufren, porque ahí es donde hemos de encontrar a Dios, tratando de acrecentar aquí y ahora la alegría en esta creación que Dios ama.
Resumiré este punto: la visión de la salvación que se desprende de la investigación sobre Jesús nos permite desplegar de nuevo con éxito el rico tapiz de las metáforas que encontramos esparcidas por todo el Nuevo Testamento. Ser liberados, sanados, rescatados y puestos en libertad, justificados, perdonados, reconciliados, adoptados o nacidos como verdaderos hijos de Dios son expresiones que incrementan la sensación de haber sido puestos a salvo con Dios gracias a Jesucristo. Ninguna de estas imágenes, con la teología correspondiente, puede agotar la experiencia y el significado de la salvación a través de Jesucristo. Tomadas en conjunto, nos permiten corregir las distorsiones derivadas del excesivo énfasis puesto en alguna de ellas. Todo el Nuevo Testamento se muestra favorable al desarrollo de una pluralidad de teologías de la salvación adecuadas para los diferentes tiempos y lugares de