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Pautas de la relación de Dios con el mundo

Los relatos de las relaciones de Dios con el mundo que encontramos en la Biblia dan un cierto carácter al desconocido Adonde. Tras la obra de Rahner varios teólogos de relieve han estado trabajando en situaciones muy diversas para poner de relieve un aspecto u otro del concepto de Dios que resulta relevante para nuestro tiempo. Los resultados representan un desafío a la simplista visión de Dios vigente en la cultura popular y en ciertos ámbitos de la Iglesia.

Es realmente preocupante que en la cultura norteamericana contemporánea la visión dominante de Dios sea tan trivial. Sin caer en generalizaciones injustas, no sería exagerado afirmar que, tal como aparece reflejado en los medios de comunicación social, en el lenguaje cotidiano e incluso en las pólizas de seguros, Dios es una persona individual invisible y muy poderosa que habita más allá del mundo, pero puede intervenir en él de vez en cuando para provocar cambios (por ejemplo, con respecto a un árbol que cae sobre tu casa). Por lo general, esta visión concibe a Dios de acuerdo con el modelo de un monarca que gobierna el mundo. Incluso cuando este Ser Supremo aparece descrito con una actitud benévola –como efectivamente suele hacer la mejor teología–, «Él», porque quien encarna este concepto es siempre un gobernante de género masculino, se muestra esencialmente lejano. Aunque ama al mundo, Él no se contamina con la confusión caótica mundana. Y este legislador señorial y distante ocupa siempre la cima del poder jerárquico, reforzando las estructuras de la autoridad en la sociedad, la Iglesia y la familia.

Esta visión simplista se conoce hoy día con la expresión taquigráfica «teísmo moderno». Es interesante señalar que esta visión la utilizan hoy algunos para contraponer el cristianismo con el ateísmo moderno. Este es el Dios cuya existencia niega el ateísmo actual. Para ser sinceros, sin tener para nada en cuenta la historia bíblica del Dios que se ofrece graciosamente a hacer alianza y salvar al pueblo, esta idea es más una construcción humana que una expresión del Dios de la revelación bíblica. Recientemente,

una campaña particularmente agresiva de ataques contra la religión ha subrayado con especial énfasis la conexión entre el teísmo moderno y el ateísmo. El libro de Richard Dawkins El espejismo de Dios [The God Delusion] (2006), por ejemplo, sale en defensa del ateísmo basado en el materialismo científico. En un artículo de prensa, el crítico irlandés Terry Eagleton señala con evidente sentido del humor que uno de los principales problemas de la tesis de Dawkins es que este autor se imagina a Dios, «si no exactamente con una barba blanca, sí al menos como un colega, aunque mejorado». A Dawkins le resulta fácil después negar la existencia de este colega. A decir verdad, Dawkins demuestra poseer un conocimiento desgraciadamente inadecuado de lo que enseña la teología cristiana acerca de Dios, pero su visión superficial no la extrajo de la nada. Se limitó a echar mano del significado convencional de Dios en nuestra cultura, y a rechazarlo. Por nuestra parte, haríamos bien en preguntarnos si este poderoso colega invisible que habita en el cielo tal vez no sea Dios en absoluto.

La crítica de una concepción ingenua de lo divino es especialmente importante para los adultos jóvenes. Habiendo crecido en un mundo pluralista secularizado, no tuvieron ocasión de impregnarse de una cultura que haya encarnado la tradición cristiana. De ahí que su pregunta de si se ha creer en Dios está estrechamente unida con la cuestión candente de qué Dios. ¿Quién, si es que hay alguien, o qué, si hay algo, es digno de que le confíes definitivamente tu vida? Martín Lutero pronunció una frase magnífica al respecto: «Dios es aquel en quien dejas descansar tu corazón», aquel de quien tu corazón está pendiente, en quien reposa, de quien se fía, en quien se apoya. Para un individuo, si la roca en que te apoyas es demasiado pequeña para sostener toda la gama de los deseos de tu vida, la fe se desmoronará a medida que te hagas una persona madura. Para una comunidad como la Iglesia, si el Dios en quien confía el conjunto de la comunidad es inadecuado, sus miembros llevarán una vida religiosa cohibida. El símbolo de Dios funciona, de ahí que la cuestión de cuál es el Dios en quien creer tenga una importancia vital.

Mucho antes del ateísmo moderno, un teólogo del siglo XIV llamado Maestro Eckhart predicó un sermón en el que pronunció una frase enigmática: «Así pues, pidamos a Dios que todos podamos ser libres de Dios». Más recientemente, la teóloga alemana Dorothee Sölle retradujo estas palabras de la siguiente manera: «Le pido a Dios que me libre de Dios», y de esta manera aparece citado este dicho tanto en tarjetas

postales y carteles como en la obra de algunos escritores espirituales actuales. ¿Por qué alguien que trata de vivir una vida de fe pronuncia una oración de este estilo? ¿Por qué ibas a desear eliminar a Dios de la misma manera que eliminas las termitas de tu casa? Porque, en opinión del Maestro Eckhart, las visiones estrechas y escasamente convincentes de D-I-O-S que muchas personas han asimilado son indignas de Dios y dañinas para el espíritu humano. Al pedir a Dios que nos aleje de ciertas concepciones populares de la divinidad típicas de la cultura americana reconocemos que una de las tareas que han de aceptar los creyentes actuales es la de buscar al Dios rico en misericordia del que dan testimonio tanto la Escritura como la tradición viva en su momento de plenitud.

La noticia positiva es que en nuestros días hemos asistido a un renacimiento de la idea de Dios en teología. Entre distintos grupos repartidos por el mundo, diferentes tipos de experiencia religiosa han contribuido a afianzar nuevos puntos de vista que nos permiten ir más allá de la estrecha visión cultural del teísmo moderno. Tales son, por ejemplo:

• La visión que yo misma acabo de resumir en este capítulo, desarrollada por Rahner y otros teólogos en el invierno de una sociedad europea recién salida de la Segunda Guerra Mundial y crecientemente atea. Dios es el horizonte ilimitado de nuestra sed humana de verdad, amor y vida; el inefable Adonde que en Jesucristo y el Espíritu Santo se ha hecho nuestro prójimo.

• La visión desafiante del Dios sufriente, impulsada por la teología alemana en respuesta al holocausto que el nazismo perpetró contra los judíos. Dios no solo no quiere semejante maldad, sino que se pone compasivamente al lado de las víctimas. Como escribió Elie Wiesel en La noche: «¿Dónde está Dios? Está ahí en el patíbulo», colgado con el adolescente que no moría con la suficiente presteza.

• La poderosa intuición, surgida en América Latina en contextos de extrema e injusta pobreza, que cree en un Dios de la vida portador de libertad, un Dios cuya misericordia le hace optar por los pobres y los desposeídos, que desea el cambio de las estructuras injustas de manera que no falte el pan en la mesa de los pobres.

• La sabiduría nacida de la lucha de las mujeres por alcanzar su plena dignidad humana. El Dios inefable también ama a las mujeres, y el creyente puede dirigirse a Él y hablar de Él con imágenes femeninas de consuelo, poder y fortaleza, por no hablar de la compasión maternal hacia el mundo.

• La sensibilidad que fluye de la lucha titánica de los afroamericanos contra la esclavitud y las leyes de Jim Crow1

. Los representantes de esta sensibilidad sostienen que Dios es negro y es quien rompe sus cadenas.

• La comprensión de muchas comunidades de América Latina según la cual Dios es fiesta, por lo que las flores y las canciones las acompañan en el sufrimiento y el disfrute de su vida cotidiana.

• El descubrimiento de cristianos de Asia que contemplan al Dios dadivoso de las religiones del mundo, presente a todos los pueblos a través de sus variadas sendas religiosas.

• La percepción de personas comprometidas con la protección de una Tierra vulnerable convencidas de que el amor del Espíritu que mora en ella se extiende más allá de la especie humana, hasta incluir el conjunto de la comunidad ecológica evolutiva de las especies, y de que el dador de vida es quien lo vivifica todo.

Cada una de estas perspectivas sobre la realidad de Dios exploradas en detalle por diferentes teologías replantean hoy día de alguna manera el testimonio bíblico en favor del Dios de amor que actúa en la historia para sanar y redimir. Este es el Dios misericordioso cuyo reino anunció y personificó Jesús; el Dios ensalzado por los santos y buscado por los místicos; el Espíritu creativo que está presente en y a través del mundo natural; el misterio santo de Dios que acoge con los brazos abiertos incluso a los muertos con una promesa de futuro. En cada uno de los tipos de experiencia religiosa que acabo de señalar se abre una senda que, partiendo de la entrega confiada en el Dios encontrado de esta manera, conduce hacia una vida con sentido en invierno. Que no se trata de meras proyecciones lo demuestra el hecho de que estas nuevas comprensiones místico- proféticas de lo divino suscitan sólidas pautas de fe en medio de la dureza de una época secularizada.

Conclusión

Tal vez sea invierno cuando el vistoso follaje ha dejado ya de vestir los árboles con piedad. De todos modos, las ramas desnudas nos permiten lanzar una mirada más profunda en el interior de los bosques. Vislumbramos ahí el piadoso misterio de Dios, a quien no podemos manipular ni conceptual ni prácticamente, pero que sigue estando presente como la plenitud de Amor que abraza al mundo en su agonía y en su gozo. La pregunta que ha de plantearse cada uno de nosotros es: ¿qué amamos más, la pequeña isla de nuestra propia certidumbre o el gran océano de misterio santo que nos rodea? ¿La pequeña choza iluminada por la lámpara de nuestras propias preocupaciones o la colina que se extiende fuera, en medio de la gran noche negra iluminada por las estrellas que brillan en el cielo? En cualquier caso, la ambigüedad no desaparece nunca del todo. Sin embargo, el punto que necesariamente se ha de considerar es que el fuego purificador del ateísmo, aunque no mata necesariamente la fe, puede convertirla en una invitación a vivir peligrosamente.

En Un sueño de prisioneros, Christopher Fry explica este punto con fuerza poética. Huyendo de un templo en llamas, un soldado encarcelado pronuncia un apasionado soliloquio que muy bien podrían hacer suyo quienes hoy buscan a Dios y creen en él:

«Podemos estar a oscuras y fríos, pero esto no es todavía el invierno.

La miseria congelada de siglos se rompe, se agrieta, empieza a desplazarse. El trueno es el ruido de los témpanos, del deshielo, del diluvio, el despertar de la primavera.

Gracias a Dios, ahora es nuestro tiempo, cuando el error nos sale al encuentro por doquier,

para no dejarnos nunca, hasta que demos la zancada más larga del alma que hombres [y mujeres] dieron alguna vez.

Los asuntos afectan ahora al alma. La empresa... es exploración en [el misterio de] Dios».

Adaptado de una conferencia impartida un Miércoles de Ceniza en el Colegio de Mount Saint Vincent, Riverdale, Bronx (NY), 2011.

1. En EE.UU. se conoce por este nombre al conjunto de leyes estatales y locales que articularon la segregación racial de 1890 a 1965 [N. del T.].

3. Cielo y tierra están llenos de tu gloria.