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Otras historias dentro de la historia-marco

4.1. En busca de la novela

Los caminos de la literatura son azarosos e inextricables. Muchos los asocian a cantos de sirena. Pero si uno está atento a sus señales —al contrario de lo que hizo el legendario guerrero de Ítaca en La Odisea— y las sigue con persistencia y atención, es posible que esos caminos conduzcan a algo. En los últimos diez años, escribí o empecé a escribir al menos seis novelas. Pese a sus abismales diferencias de fondo y de forma —iban desde el futurismo apocalíptico hasta la historia de amor contrariado, pasando por mi prolongada experiencia china—, el punto de partida de todas ellas fue, además de la memoria, una ambición sin límites, que aspiraba a materializar en un texto, en una historia, una idea y una perspectiva creativa absolutamente personales, distintas —me repetía a mí mismo— de todo lo que leía o veía ya publicado en los estantes de las librerías.

La partitura que seguía cada noche frente a la computadora era, en el fondo, sencilla: por un lado, el eje principal de mis proyectos novelísticos eran los conflictos interiores de los personajes, no lo que ocurría alrededor de ellos; por el otro, consciente de que en una narración algo tiene que ocurrir o acaecer y de que la acción debe llevar al lector hacia adelante y apuntar a un desenlace, buscaba administrar con sabiduría y planificación los sucesivos (semiótica dixit) ―cambios de estado‖ del relato, con el fin de promover la transformación de los personajes, el avance de la historia y, como era de esperar, el funcionamiento interno de la novela.

Otro factor que tenían en común mis proyectos novelístico era —me fui dando cuenta con el tiempo— la presencia, de manera estelar o secundaria, de personajes con fuertes vínculos con la literatura, como por ejemplo escritores en cierne, escritores

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paralizados frente a la página en blanco, escritores frustrados o, incluso, seres que memorizaban trozos enteros de poemas y los recitaban en cualquier momento de la historia, como ocurre en Las jerarquías de la noche, la única novela que he publicado.

Habiendo abierto los ojos a la literatura y a la novela en los años sesenta y setenta del siglo XX, mi perspectiva ante la más reciente narrativa peruana era, salvo contadas excepciones, enteramente crítica. Las novelas peruanas de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI me parecían, cuando no thrillers efectistas, ciertamente novelas de circunstancias, no solo por su breve extensión, sino, sobre todo, por la ausencia de complejidad y profundidad y también por el generalizado predominio de lo anecdótico, elevado tramposa o ingenuamente a la categoría de trascendente por su simple publicación bajo el formato de novela.

El explícito objetivo artístico que yo rumiaba cada día consistía en escribir algo ―distinto‖, pese a que, al mismo tiempo, estaba seguro de que cada uno de los escritores cuyas novelas yo leía con recelo se planteaba lo mismo (escribir algo ―distinto‖) al momento de comenzar a escribir. Fue así como me embarqué, primero, en la escritura de una novela de corte futurista, antiutópica, que nunca terminé, pero que estaba ambientada en Piura, en un escenario apocalíptico resultante del cambio climático global y de catastróficos y acumulados híper fenómenos de El Niño. Más tarde escribí varios capítulos de otra novela basada en mi prolongada y decisiva experiencia de extranjero en Pekín, con amplias ramificaciones en otros escenarios ubicados en Australia y en el Perú, donde cobraban vida personajes de nacionalidades y naturalezas distintas. También empecé y casi terminé una novela sobre el desembarco accidental de un peruano en una ciudad de Ohio (EE UU) llamada Lima, personaje que se ve compelido, en medio de su errar sin rumbo en dicha localidad, mientras medita acerca de su vida, a descender a un submundo donde pululan los gángsters y lo inesperado.

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Sin embargo, como dijo alguna vez García Márquez, ―uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede‖. El entusiasmo inicial por cada una de esas novelas en proceso se debilitaba a la corta o a la larga, a veces luego de apenas uno o dos años. Poco a poco constataba que la historia que escribía o estaba terminando de escribir, a pesar de estar correctamente escrita, era previsible, de poco vuelo y, en proyección, no se diferenciaba mucho de aquellas novelas peruanas y latinoamericanas recientes que yo deseaba superar. No era eso lo que resonaba en mi mente. Es decir, entre la idea y el resultado real de esa idea, yo percibía una brecha insalvable.

Ello me llevaba, casi siempre, a reflexionar intensamente acerca de lo que significaba escribir una novela y en general producir una obra de arte, y a preguntarme el significado de concebir y ejecutar un proyecto literario personal. Me preguntaba qué había que agregarle o quitarle a una historia real personal, importante y trascendente para el autor, para que fuera asimismo importante y trascendente para un contingente mínimo de lectores. Me preguntaba cuál era la clave narratológica que podría hacer posible la conexión entre una experiencia personal transmutada en novela y la experiencia del lector, convertida en interés e incluso avidez por esa misma historia convertida en literatura. ¿Estaba en la historia misma? ¿Estaba en el lenguaje o en el tono con que se narraba? ¿Estaba en la construcción de los personajes?

También reflexionaba acerca de la relación existente entre los proyectos personales y la tradición y el canon en los que yo me había formado, y me asomaba con vehemencia a una suerte de listado de novelas que se parecían a la que yo, modestamente, quería producir. Incluso, en las discusiones con otros escritores de ―novelas en proceso‖, llegábamos con frecuencia a la reiterada e insalvable pregunta: ¿cuál es la gran novela peruana posterior a La ciudad y los perros (sin contar, por supuesto, otras novelas de Vargas Llosa)?

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Lo que yo aspiraba a escribir estaba esencialmente constituido por una apariencia verbal sencilla, engañosamente lineal, probablemente en primera persona, que mostrara con contundencia y claridad un estado de alma a flor de piel, como las sentidas voces de los narradores de Todas las sangres o de Crónica de San Gabriel. Sin embargo, por debajo de esa apariencia de sencillez, debía irse tejiendo una complejidad significativa que fuera mostrando y desplegando los grandes temas de la condición humana, una suerte de indagación cósmica que rozara, o al menos se aproximara, al sentido o al sinsentido de la existencia en escala panorámica, tal como a veces lograba entrever en versos como estos de Allen Ginsberg: ―Yo no soy nadie que yo conozca / en realidad solo estoy aquí por 80 años‖.

A la hora de escribir, recordaba aquella sentencia de Julio Cortázar según la cual lo fantástico nace de lo cotidiano, y me decía a mí mismo que el encuentro de mis personajes con las grandes revelaciones de la existencia debía surgir también de lo cotidiano. Sin embargo, pese a la tenacidad con la que me aferraba a esa frase, nada de lo que escribía se parecía a esa suerte de poética de bolsillo que vagamente cobraba forma en mi interior. Y el tiempo seguía pasando.