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Otras historias dentro de la historia-marco

3.3. La libreta de notas del escritor

El cuarto capítulo, ―La Avenida del Puente Blanco‖, es, en rigor, un trozo de Lima,

Ohio, aunque, por otro lado, a esas alturas de UVC los traslapes entre los diferentes niveles narrativos de la novela ya no deberían permitir hablar con tal certeza. El narrador habla en primera persona y en las páginas del comienzo del capítulo emplea pretérito imperfecto. Costaguta está soñando que pedalea en Pekín, pero el sueño es un medio —más que pretexto, por cierto— para sembrar las coordenadas iniciales de su ámbito de ocurrencia: China. El sueño, sin embargo, acaba, junto con su balsámico efecto, y Costaguta es restablecido en su acuciante y áspera realidad en Lima, Ohio. A mitad del capítulo, el personaje aborda su presente desde el pretérito indefinido, toma una libreta y escribe acerca de su reciente arribo a esa ciudad de Estados Unidos. A continuación, sin embargo, enlaza el recuento de ese primer día en la ciudad de Ohio con el recuento, también escrito, de las primeras ocasiones en que, durante su estadía china, había intercambiado algunas palabras con Amanda Dutton:

Volví a tenderme en el sofá, pero luego de un instante me incorporé de nuevo sin hacer ruido y caminé hasta el rincón donde había acomodado mi mochila. Sin apurarme, busqué a tientas la libreta empastada que había comprado el día anterior en Detroit. La sostuve en las manos, mientras repasaba los recuerdos que tenía de esta última ciudad, incluido el de la tienda de útiles de escritorio a la que ingresé con desesperación en busca de aire acondicionado. La libreta me había atraído en seguida porque tenía suaves cubiertas de cuero verde y marrón, y porque se veía al mismo tiempo elegante y guerrera, ideal para empezar a escribir mi historia con Amanda Dutton en los hoteles, autobuses y cafés que, fantaseaba, deberían llenar aquel viaje sin objetivos. Me quedé

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reflexionando un buen rato sin abrir la libreta y luego encendí la lámpara ubicada a un lado del sofá. Me incliné aplicadamente sobre la mesa de centro y, sin pensar más de la cuenta, escribí unas líneas sobre mi arribo a Lima, Ohio, la mañana del día anterior. Me detuve unos minutos, repasé dos o tres veces lo que acababa de consignar y en poco tiempo me las arreglé para enlazar esas líneas con algunos párrafos acerca de las primeras ocasiones en que había intercambiado algunas palabras con Amanda Dutton. (Anexo: p. 134-135)

Aparte de apelar al procedimiento metaficcional de mostrar al personaje-escritor en el momento en que recuerda y escribe su historia en una libreta de notas, este fragmento reitera los dos niveles de realidad en los que se mueve UVC. Costaguta, después de todo, oscila —quizá de modo no muy ostensible, pero indudablemente no casual— entre su propia novela y los recuerdos que fueron su insumo, como para dar cuenta de que los límites entre realidad y ficción son no solo tenues, sino que de pronto pueden desaparecer, uno de los efectos ineludibles del ejercicio metaficcional. El tránsito entre el personaje Costaguta y el narrador Costaguta, dos entidadas diferentes y claras, va esta vez, en materia verbal, del pretérito indefinido al pretérito imperfecto, al contrario de lo que ocurría al inicio:

Me senté con naturalidad medio vuelto hacia su lado, como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo. Sin preámbulos, le hice rápidas preguntas acerca de su corta vida en Pekín. Ella respondió con amabilidad, aunque con generalidades. Llevaba puesto el mismo abrigo oscuro con el que la había visto por primera vez semanas atrás, pero en lugar del previsible pantalón grueso para protegerse del invierno, vestía una minifalda azul que dejaba ver sus rodillas y la parte baja de sus muslos. Era sin duda una visión interesante, pero incompleta, pues

llevaba puestas medias de nylon oscuras, a la manera de las mujeres

locales. El detalle me pareció un buen tema de conversación. (Anexo: p. 135-136)

Es decir, en la propia confección de este capítulo de UVC los tiempos verbales buscan establecer una distancia entre los hechos tal cual suceden y los aspectos de la realidad que le dan sustento a la historia. Su tránsito, que va de las cursivas a las negritas con que he marcado los verbos en el fragmento previo es la estrategia

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fundamental de este capítulo, que cierra con la vuelta al urgente pretérito indefinido:

Corrí hasta la entrada con la estúpida intención de contenerlos, pero ya

era demasiado tarde. La puerta se abrió contra mí y en seguida varias

manos y puños me golpearon con fuerza en el rostro. Mientras me

desplomaba sobre el piso, recordé con misteriosa nitidez, como una

película vista muchas veces, la forma en que me abría paso por las avenidas de Pekín alzado sobre mi vieja bicicleta marca Yong Jiu. Y luego, una caída en masa sobre el pavimento cubierto de nieve en mi primer invierno en China. Antes de perder el conocimiento, constaté que

continuaba aferrando con una mano la libreta con mis anotaciones. Por

más absurdo que pareciera, nada me preocupó más en aquel instante que la posibilidad de que aquellos metódicos delincuentes se quedaran con ella y yo perdiera para siempre las dos o tres páginas que acababa de escribir. (Anexo: p. 141-142)

Sin embargo, como vemos, hay retornos al pretérito imperfecto (marcado igualmente con negritas) para dar cuenta nuevamente de las evocaciones chinas, pero en el marco del relato de las peripecias norteamericanas de Costaguta.