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PARA BUSCAR «LO ÚTIL»

In document Ordine_N-La Utilidad de Lo Inutil (página 57-60)

Se trata de problemas que encuentran importantes desarrollos también en las reflexiones de Henri Poincaré. En efecto, el gran científico y epistemólogo distingue netamente, en su ensayo El valor de la ciencia (1904), entre «prácticos intransigentes» y «curiosos de la naturaleza»: los primeros piensan solamente en

el beneficio, mientras que los segundos buscan entender qué clase de indagaciones pueden servirnos para ampliar nuestro conocimiento. La diferencia entre ambas actitudes se manifiesta de manera inequívoca cuando se plantea la pregunta «para qué sirven las matemáticas»:

Sin duda a menudo se os ha preguntado para qué sirven las matemáticas, y si esas delicadas construcciones que sacamos enteramente de nuestro espíritu son artificiales y concebidas por nuestro capricho. Debo hacer una distinción entre las personas que hacen esta pregunta. Las gentes prácticas reclaman de nosotros solamente el medio para ganar dinero. Esas no merecen que se les responda; más bien convendría preguntarles para qué acumular tantas riquezas y si, para tener tiempo de adquirirlas, es necesario despreciar el arte y la ciencia, únicos que nos dotan de almas capaces de gozarlas, et propter vitam vivendi perdere causas (p. 93).

La cita de un famoso hexámetro de las Sátiras de Juvenal: summum crede nefas animam praeferre pudori

et propter vitam vivendi perdere causas[13]

revela de inmediato la crítica del ilustre epistemólogo a quienes anteponen (en clave utilitarista) la conservación de la vida a los grandes valores del vivir. Una vida sin virtud y sin principios no es vida (el mismo verso de Juvenal aparece de nuevo en otros contextos desde Kant hasta Lacan). Así, «una ciencia construida únicamente en vista de sus aplicaciones» es una ciencia «imposible», porque «las verdades sólo son fecundas si están encadenadas entre sí». Y «si uno se consagra solamente a aquellas [verdades] de las cuales se espera un resultado inmediato faltarán los eslabones intermedios y no habrá más cadena» (p. 93). Pero, al lado «de los prácticos intransigentes», Poincaré sitúa a «los que solamente son curiosos de la naturaleza, que nos preguntan si estamos en condiciones de hacérsela conocer mejor». A estos el científico francés responde explicando para qué sirven las matemáticas:

Las matemáticas tienen un triple fin. Deben suministrar un instrumento para el estudio de la naturaleza. Pero eso no es todo; tienen un fin filosófico y, me atrevo a decirlo, un fin estético. Deben ayudar al filósofo a profundizar las nociones de número, de espacio, de tiempo. Y, sobre todo, sus adeptos encuentran en ellas goces análogos a los que proporcionan la pintura y la música (p. 94).

Los matemáticos «admiran la delicada armonía de los números y de las formas» y «se maravillan cuando un nuevo descubrimiento les abre una perspectiva inesperada». Así, la alegría que experimentan puede identificarse con la de carácter estético, «aunque los sentidos no tomen parte alguna en ella». Por estas razones, «las matemáticas merecen ser cultivadas por sí mismas, y […] las teorías que no pueden ser aplicadas a la física deben serlo tanto como las otras». Para Poincaré, en definitiva, incluso «cuando el fin físico y el fin estético no sean solidarios, no deberíamos sacrificar ni uno ni otro» (p. 94).

La analogía entre matemáticos y escritores se concreta también en la creación de una lengua: «Los escritores que embellecen una lengua, que la tratan como un objeto de arte, la hacen al mismo tiempo más flexible, más apta para expresar los matices del pensamiento», como «el analista que persigue un fin

puramente estético contribuye, por eso mismo, a crear una lengua más adaptada para satisfacer al físico» (p. 9 5).

En la introducción a la edición americana de El valor de la ciencia —publicada en Nueva York en 1907 y después retomada en el volumen Ciencia y

método de 1908— Poincaré vuelve a interrogarse sobre el tema de la utilidad. Y lo

hace a partir de algunas reflexiones sobre la ciencia efectuadas por el gran escritor ruso Lev Tolstói:

Es indudable que la palabra utilidad no tiene para él [Tolstói] el sentido que le atribuyen los hombres de negocios, y con ellos la mayoría de nuestros contemporáneos. El se preocupa poco de las aplicaciones de la industria, de las maravillas de la electricidad o del automovilismo, a las que considera más bien como obstáculos al progreso moral. Lo útil es sólo lo que puede mejorar al hombre (p. 15).

Si nuestras elecciones no están determinadas «más que por el capricho o por la utilidad inmediata, no puede haber ciencia por la ciencia, ni por consiguiente ciencia». Quienes trabajen «únicamente para una aplicación inmediata no habrán dejado nada tras ellos» (p. 16):

Es suficiente abrir los ojos para ver que las conquistas de la industria, que han enriquecido a tantos hombres prácticos, no habrían jamás existido si estos hombres prácticos hubieran estado solos, si no les hubieran precedido locos desinteresados que murieron pobres, que no pensaron jamás en la utilidad y que, sin embargo, tenían otra guía además de su solo capricho (p. 16).

Poincaré ofrece un ejemplo de cómo estas dos actitudes diferentes, la de los hombres prácticos y la de los hombres de ciencia («locos desinteresados»), dan vida a dos maneras distintas de afrontar el mismo problema. Así pues, «supongamos que se quiere determinar una curva observando cualquiera de sus puntos»: «el hombre práctico que no se preocupe más que por la utilidad inmediata observará solamente los puntos que necesita para algún objeto especial», mientras que:

el hombre de ciencia procederá de manera diferente: como su deseo es estudiar la curva por sí misma, repartirá regularmente los puntos a observar, y en cuanto conozca algunos los unirá por medio de un trazado regular y obtendrá la curva entera (p. 19).

El hombre de ciencia, para el epistemólogo francés, no sólo «no elige al azar los hechos que debe observar», sino que ante todo no estudia la naturaleza con miras utilitaristas:

El hombre de ciencia no estudia la naturaleza porque sea útil; la estudia porque encuentra placer, y encuentra placer porque es bella. Si la naturaleza no fuera bella, no valdría la pena conocerla, ni valdría la pena vivir la vida. No hablo aquí, entendámoslo bien, de esta belleza que impresiona los sentidos, de la belleza de las cualidades y de las apariencias; no es que la desdeñe, lejos de ahí, pero no tiene nada que ver con la ciencia. Quiero hablar de esa belleza, más íntima, que proviene del orden armonioso de las partes y que sólo una inteligencia pura puede comprender. Por así decirlo es ella la que da un cuerpo, un esqueleto a las halagadoras apariencias que embellecen nuestros sentidos, y sin este soporte, la belleza de estos sueños fugitivos sería imperfecta, porque sería indecisa y huiría siempre (pp. 20-21).

Hay que saber poner la mira en «la belleza intelectual» que «se basta a sí misma». Por ella sola, «más quizá que por el bien futuro de la humanidad», «el hombre de ciencia se condena a largos y penosos trabajos» (p. 21). Sin este laborioso y desinteresado esfuerzo, sería realmente difícil pensar en hacerse mejores.

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