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LOCKE Y ANTONIO GRAMSC

In document Ordine_N-La Utilidad de Lo Inutil (página 50-52)

páginas de Newman? Probablemente no muchos, si se considera que la lógica utilitarista se abate implacable también sobre las disciplinas estudiadas en los

curricula escolares y universitarios. ¿Para qué enseñar las lenguas clásicas en un

mundo en el que ya no se hablan y, sobre todo, no ayudan a encontrar trabajo? Entre los míseros argumentos de los nuevos gestores de la enseñanza, parecen adquirir carta de naturaleza, una vez más, algunas reflexiones de Locke (aunque, en honor de la verdad, el filósofo británico, a pesar de sus feroces críticas, consideraba que el aprendizaje del latín era a fin de cuentas necesario para la formación de un gentleman):

Quizá no haya nada más ridículo que ver a un padre gastar su dinero, y el tiempo de su hijo, para hacerle aprender la lengua de los romanos cuando le destina al comercio o a una profesión en la que no se hace ningún uso del latín; no puede dejar de olvidar lo poco que ha aprendido en el colegio, y que nueve veces, de diez, le inspiró repugnancia a causa de los malos ratos que le ha valido este estudio.

Ante estas consideraciones, dictadas por el más extremo utilitarismo, hoy haría sonreír la sentida invitación a estudiar latín y griego que Antonio Gramsci lanzó, en el año 1932, en una vibrante página de sus Cuadernos de la cárcel: En la vieja escuela el estudio gramatical de las lenguas latina y griega, unido al estudio de las literaturas e historias políticas respectivas, era un principio educativo en la medida en que el ideal humanista, que se encarnaba en Atenas y Roma, estaba difundido en toda la sociedad, era un elemento esencial de la vida y la cultura nacional. […] Las nociones aisladas no eran asimiladas para un fin inmediato práctico-profesional: el aprendizaje parecía desinteresado, porque el interés era el desarrollo interior de la personalidad. […] No se aprendía el latín y el griego para hablarlos, para trabajar como camareros, como intérpretes, como agentes comerciales. Se aprendía para conocer directamente la civilización de ambos pueblos, presupuesto necesario de la civilización moderna, o sea, para ser uno mismo y conocerse a uno mismo conscientemente.

Pero —no obstante los numerosos llamamientos de protesta en varios países europeos y la publicación de volúmenes enteros dedicados a la defensa de las lenguas clásicas en Francia y en Italia, por obra de una minoría ilustrada de profesores-resistentes y de intelectuales-militantes— nadie parece tener ya fuerza para detener el declive. A los estudiantes se les disuade de emprender carreras que no producen recompensas tangibles y ganancias inmediatas. Poco a poco, el creciente desapego al latín y el griego llevará a cancelar definitivamente una cultura que nos posee y que de manera indiscutible nutre nuestro saber.

Lo vio claramente Julien Gracq al denunciar, en un artículo publicado en Le

Monde des Livres del 5 de febrero de 2000, el triunfo, en la enseñanza, de una

comunicación cada vez más trivial y fundada en la progresiva imposición del inglés en detrimento de las lenguas consideradas inútiles, como el latín:

Además de su lengua materna, en el pasado los escolares aprendían una sola lengua, el latín: no tanto una lengua muerta como el stimulus artístico incomparable de una lengua enteramente filtrada por una literatura. Hoy aprenden inglés, y lo aprenden como un esperanto que ha triunfado, es decir, como el camino más corto y más cómodo para la comunicación trivial: como un abrelatas, un passe-partout universal. Se trata de una gran diferencia que no puede dejar de

tener consecuencias: hace pensar en la puerta inventada tiempo atrás por Duchamp, que sólo abría una habitación cerrando otra.

Y si, naturalmente, gracias a estas tendencias sólo unos pocos estudiantes se inscriben en los cursos de latín y griego, la solución para resolver el problema del coste de los profesores parece ser simple: clausurar su enseñanza. El mismo razonamiento vale para el sánscrito o para cualquier otra lengua antigua.

En algunas facultades o en algunos departamentos, están en peligro incluso disciplinas como la filología y la paleografía. Esto significa que cuando pasen unas pocas décadas —cuando se hayan jubilado los últimos filólogos, los últimos paleógrafos y los últimos estudiosos de las lenguas del pasado— habrá que cerrar bibliotecas y museos y renunciar, incluso, a excavaciones arqueológicas y a la reconstrucción de textos y documentos. Y todo ello tendrá ciertamente consecuencias desastrosas para el destino de la democracia (como ha mostrado hace poco Yves Bonnefoy en una apasionada defensa del latín y la poesía) y de la libertad (como ha subrayado Giorgio Pasquali, que veía en la recuperación filológica de la autenticidad de los textos una praxis fundada en el apoyo mutuo de verdad y libertad).

Por este camino, se acabará liquidando la memoria a fuerza de progresivos barridos que conducirán a la amnesia total. La diosa Mnemosyne, madre de todas las artes y todos los saberes en la mitología grecorromana, se verá obligada a abandonar la Tierra para siempre. Y con ella, por desgracia, desaparecerá de entre los seres humanos todo deseo de interrogar el pasado para comprender el presente e imaginar el futuro. Tendremos una humanidad desmemoriada que perderá por entero el sentido de la propia identidad y la propia historia.

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