INTELIGENTEMENTE LLEVADA
V. 2 ¿Finalidad práctica o finalidad científica?
V.4. El cálculo de los medios
Un saber programático en gran escala, que incluye ahora macroacciones, puede ser remitido a esta fórmula de conjunto: el cálculo de los medios. Es decir, la ciencia política es un saber operativo en cuanto asegura que los medios son adecuados y que se adaptan a los fines propuestos. Por supuesto, los medios y los fines están vinculados de modo inextricable dentro del desarrollo de la acción. Por lo tanto, no es que al hablar del "cálculo de los medios", los fines salgan de nuestro panorama visual. Si nuestro discurso comienza por los medios, esto no quita que termine siempre por desembocar en los fines: comienza por los medios, pero no se queda allí, no es sólo un discurso sobre los medios. Lo mismo vale para quien comienza por los fines. Ninguna elección puede ser solamente elección de los fines, dado que los medios son siempre escasos. No basta decir: quiero este fin. Habrá que determinar también si el fin puede obtenerse; y por lo tanto, la elección de los fines queda condicionada por la disponibilidad de los medios.
Comencemos por precisar qué se entiende por "medios". Nuestro cálculo no atiende sólo a los denominados medios materiales (como los recursos financieros disponibles), sino también a los medios de actuación; ya sean "técnicos" (que dependen del estado de la tecnología), o los que llamamos "de ejecución" (no sólo el aparato administrativo o burocrático, sino también las estructuras y los procedimientos que regulan el ejercicio del poder). Pero quedémonos en la distinción de fondo entre los medios materiales y los medios de actuación, de la que surge la necesidad de distinguir entre una suficiencia, o insuficiencia, de los medios materiales, y una idoneidad, o no idoneidad de los medios de actuación (técnicos o instrumentales).
Por lo tanto, los medios pueden ser suficientes pero no idóneos; o viceversa, idóneos pero no suficientes. En el primer caso, vemos que existen los medios materiales, pero faltan en cambio los medios de actuación. En el segundo caso, disponemos de los modos de actuación, pero nos faltan los medios económicos. Ésta es una distinción que conviene tener muy presente, sobre todo porque muchos la olvidan. Aclarado este punto, el cálculo de los medios puede dividirse esquemáticamente en cuatro fases o etapas: 1) asegurarse que los medios son suficientes; 2) asegurarse que los medios son idóneos; 3) determinar el efecto sobre otros fines; 4) determinar si los medios sobrepasan la finalidad.
Expliquemos los dos últimos puntos. La prosecución de un fin puede perjudicar a otros fines, no sólo porque ciertos fines sean incompatibles con otros, sino por la muy simple razón de que la prosecución de un nuevo fin, o la prosecución más decidida de un fin anterior, requiere la cancelación de los medios que tenían otros destinos.
Por lo tanto, todo lo que sea llevar a un máximo un fin determinado supone la reducción de los medios materiales, o la transformación de los medios instrumentales que antes atendían a otros fines. De aquí la pregunta (infra § 3): determinar el efecto sobre otros fines. En suma, es el problema de los denominados efectos secundarios y acumulativos -que no están previstos ni son deseados- de los medios puestos en práctica. Es con referencia a ello que habíamos (infra § 4) de los medios que sobrepasan los fines y que por lo tanto pueden resultar contraproducentes. Lo que se debe determinar en este caso es si los medios puestos en práctica agotan su efecto en la obtención del fin propuesto, o si lo sobrepasan produciendo efectos que no deseábamos, es decir, sirviendo a fines que no son los que creíamos perseguir.
Como se ve, la simplicidad de la expresión "cálculo de medios" no debe llamarnos a engaño. La complejidad de este cálculo justifica que la ilustremos en concreto con un ejemplo. Desarrollemos nuestro esquema en relación con el ejemplo, por cierto de actualidad, de la igualdad económica, del "fin" de emparejar los bienes materiales.
1. Suficiencia de los medios. En el caso de la igualdad económica, conviene partir de una consideración anterior. El problema es, sí, un problema distributivo, de equidistribución; pero para distribuir algo, es preciso que la cosa a distribuir se produzca. La pregunta preliminar es, pues, si de una equidistribución de los bienes materiales resultarán, como consecuencia, menores, iguales o mayores cantidades de bienes materiales. En la primera hipótesis, las futuras distribuciones resultarían en realidad sustracciones: los medios se volverían insuficientes. La segunda hipótesis presupone que una acumulación adecuada y suficiente de bienes ya ha tenido lugar: los medios seguirán siendo suficientes (a condición de que ya lo sean). Por último, el programa se vuelve apetitoso, o al menos no arriesgado, solamente en la tercera hipótesis: que los bienes materiales -medidos, por ejemplo, en función de la renta nacional- sigan aumentando. Estas consideraciones explican por qué, en materia de equidistribución de bienes, el debate se centra en los "incentivos". Si el sistema previsto para igualar los bienes es un sistema que "desincentiva" la producción de bienes, la suficiencia de los medios desaparecerá después de la primera equidistribución. En tal caso, el balance neto de la medida sería, diatónicamente, el de convertir una suficiencia en una insuficiencia; la distribución destruye lo distribuible. Por supuesto que el debate también puede plantearse sincrónicamente.
En tal caso, el punto a considerar pasa a ser el siguiente, "¿cuánta suficiencia" es suficiente? La torta será dividida en tantas partes cuantas sean las bocas a saciar. Por lo tanto, el debate consistirá en establecer si es verdad o no que al dividir el patrimonio económico de una colectividad en tantas partes cuantos sean sus componentes, la fracción que le toca a cada uno no será hasta tal punto irrisoria que servirá para demostrar que, a los efectos del fin buscado, los medios disponibles resultan ampliamente insuficientes.
2. Idoneidad de los medios. En el campo de los medios instrumentales, o de actuación, convendrá partir de esta consideración; es obvio que los "automatismos de la libertad", correlativos a la igualdad jurídica, no producen de por sí una igualdad material. Lo que equivale a decir que para igualar a los hombres en sus ingresos, el Estado de derecho y el Estado representativo -en suma, el Estado liberal- democrático- no son "medios idóneos" (a menos que se convenga en perseguir aquel fin por medio del instrumento fiscal). Por lo tanto, si se quiere una igualdad material, tendremos que sustituir al Estado "no idóneo" por un Estado "idóneo", es decir por un Estado lo bastante fuerte y lo bastante total (quiere decir, investido de todo) como para ser un instrumento adecuado de actuación con vistas al fin buscado. En particular, tendremos que desviar de su destino garantizador a las actuales estructuras estatales. Todas las estructuras que sirven para proteger (a los ciudadanos) se vuelven, en efecto, un obstáculo. Pero ésta es la perspectiva que, se quiera o no, destruye al Estado controlado por los ciudadanos, para restaurar el Estado que controla a sus súbditos.
3. Efecto sobre otros fines. Decíamos que si el instrumento de actuación requerido por el fin de igualar los bienes es "otro Estado", entonces este nuevo "medio" seguramente daña las finalidades de limitación y control del poder dictadas por la construcción del Estado liberal-democrático. Por lo tanto, en este punto la pregunta se formula así: ¿estamos dispuestos a pagar este precio? Esto es, ¿estamos seguros de que el objetivo tutelado por el Estado liberal-democrático nos importa menos que el objetivo por el cual nos entregaremos a un Estado "fuerte", a un Estado que debe actuar con manos libres si quiere obtener éxito? Admitamos que la respuesta sea afirmativa: debiendo elegir, lo que vamos a perder vale menos que el fin hacia el que tendemos. Pero ocurre que todavía no hemos efectuado el cálculo de los medios.
4. El fin rebasado. Una vez afirmado que elegimos la igualdad económica y que estamos dispuestos a pagar su precio (lo que supone renunciar a los fines alternativos), queda por preguntarse: el medio utilizado para conseguir ese fin, ¿no producirá consecuencias ulteriores que sobrepasen el fin propuesto? Aparte de que no se ha establecido que los efectos de un instrumento determinado se agoten o se detengan en el término previsto, puede ocurrir que la secuela de efectos producidos por ese medio perjudique, o hasta niegue, el mismo fin que ha orientado toda nuestra acción. En nuestro ejemplo, tal parece ser justamente el caso, o si se prefiere el
riesgo: si es cierto que debemos recurrir a un Estado que escapa a todo control -que por controlarlo todo y a todos, se convierte en incontrolable-, la implicación es que un instrumento de actuación de ese tipo, no garantiza ni siquiera la prosecución de la finalidad para la cual lo construimos. Si el Estado escapa al control, ¿cómo asegurar que usará su incontrolado poder con fines de justicia económica, de igualdad material? Puede que lo haga, pero también puede que no lo haga. Es así que hay casos en que conviene renunciar a buscar una finalidad -por más intensamente que se lo haya querido- porque requiere medios demasiado peligrosos, medios "más grandes" que el fin; es decir, medios que con toda probabilidad terminarán desvirtuando el propio fin. La apuesta es demasiado abultada como para que valga una jugada demasiado insegura.
En este punto, y después de haber seguido el ejemplo hasta el fondo, todo el discurso que hemos desarrollado hasta aquí puede reducirse a esta simple pregunta: ¿es realmente necesario transformar el Estado? Respondo: no, no es necesario. Y no lo es porque se puede obtener la igualdad económica recurriendo a un medio inocuo, poco costoso y altamente manejable: el instrumento fiscal. Pero por esto mismo he querido desarrollar el ejemplo por entero; para mostrar cuan difusa es la tendencia a desterrar los fines sin tener el escrúpulo de indagar los medios. Porque cualquier comparación entre el itinerario "estadolátrico" y el itinerario "fiscal", no deja dudas sobre cuál es el medio que presenta todos los riesgos y los inconvenientes posibles, y cuál el que los evita.
Recapitulo y concluyo. Al examinar los problemas políticos, hay que tener presente que los medios son escasos, que su empleo es alternativo y que la puesta en práctica de un cierto medio (material o instrumental) puede producir inesperadamente una reacción en cadena que escape a todo control y produzca consecuencias no previstas ni deseadas. Nos hace falta, por lo tanto, un saber que asegure "cuánto cuesta", cuando menos probabilísticamente y en términos de renuncia a los otros fines concurrentes, la obtención de un fin determinado. Ésta es la función que debe cumplir una ciencia política atenta al cálculo de los medios. Concebida de este modo, la ciencia política prevé una serie de alternativas de acción, examinadas en su respectiva actualidad, en sus costos (en primer lugar en sus costos de opresión política, pero también en sus costos económicos) y en sus consecuencias acumulativas y compuestas.
Obviamente, el politólogo no puede ofrecer certidumbres. Por los motivos ya señalados, su oficio es más difícil que el del economista. Señalo únicamente -y es mi tema de fondo- que el cálculo de los medios que acabamos de mostrar, permite "una acción inteligentemente llevada". También el economista se equivoca; pero ningún gobierno se mueve en la actualidad sin consultar al economista. ¿Por qué? Obviamente, porque si no fuese consultado, es seguro que la acción de ese gobierno sería dirigida torpemente. Mutalis mutandis, vale lo mismo en política; sin un
cálculo "político" de los medios, una cosa es segura: que tendremos acciones dirigidas con torpeza. El hombre político que está dispuesto a seguir cualquier fin, termina por idolatrar fines que no entiende y por recurrir a medios que no conoce. Lo que equivale a decir que no tiene ningún control efectivo sobre las consecuencias duraderas y sobre el verdadero alcance de su acción. Habituarse a calcular los medios no es, pues, indicar el camino de un cálculo "exacto". Es más bien habituarse a buscar proporciones y congruencias entre los fines y los medios.
Ésta es la clave con la que proseguiré ahora mi discurso. Un saber operativo no se basa solamente en un esquema de análisis, como es el cálculo de los medios. Detrás y alrededor de este cálculo, hay un "modo de razonar": el que podríamos llamar la lógica de la racionalidad.