• No se han encontrado resultados

Intelectualismo y antiintelectualismo práctico

Vayamos al fundamento filosófico de la tesis de la práctica sin teoría. Deseo poner de inmediato en evidencia la naturaleza filosófica del problema, porque el punto está propiamente aquí: en distinguir entre el modo especulativo-filosófico y el modo empírico de afrontar el problema de la relación entre la teoría y la práctica.

Muchas veces he mencionado la concepción antiintelectualista del querer, cuyo núcleo no está expresado en la frase voluntas fertur incognitum: que la voluntad se proyecta hacia lo desconocido (lo que es fácil de admitir), y mucho menos en la aserción de que primero se quiere, y después se conceptualiza (o se racionaliza, o se teoriza) el querer. Como veremos (infra § IV.6), la tesis según la cual el pensamiento surge ex postfacto, no presupone necesariamente una concepción antiintelectualista del querer. Para fundar realmente la tesis de la práctica sin teoría, sería preciso sostener que la voluntad simplemente quiere, que es la única guía de sí misma: statu pro ratione voluntas. Por lo tanto, la concepción antiintelectualista es en el último análisis una concepción voluntarista del querer.

Obviamente, esta concepción resulta negada y refutada por las filosofías no voluntaristas y por la verdad del grueso de la tradición filosófica. Pero entrar en este debate sería a mi juicio salirse del tema propuesto. Recordemos nuestra pregunta inicial, ¿para qué sirve la teoría? Porque también podríamos llegar a considerar que no sirve para nada; pero no porque nos adhiramos a una determinada "metafísica" sobre la naturaleza del querer. Vale decir, una metafísica del querer no puede decidir una cuestión empírica; si la teoría es convertible en praxis, y cómo. Lo que el filósofo eleva a "esencia" del querer, el empirista vuelve a proponerlo como la hipóstasis de dos "casos límites", entre los que él observa y coloca toda una gama de casos intermedios.

Así, la tesis intelectualista puede también enunciarse como el caso en el que el intelecto ejerce un fuerte control sobre la voluntad (el tipo racional)', viceversa, las tesis antiintelectualistas, como el caso en que los impulsos volitivos son poderosos y no se dejan guiar por las cogniciones (el tipo no racional). Vale decir que, empírica y

descriptivamente hablando, los absolutos del filósofo se convierten en predominancias, que se vinculan con la tipología "hombre de pensamiento" (el hombre predominantemente contemplativo) y "hombre de acción" (el hombre predominantemente activo, láctico).

Que quede, pues, claro: en el dominio empírico, nuestro razonamiento no depende, ni debe depender, de la hipótesis sobre la "naturaleza última" del querer. Por ello es un error -para quien hace ciencia y no filosofía- hacer depender la solución de la relación entre la teoría y la práctica de la adhesión a una u otra de las teorías filosóficas sobre la naturaleza del querer. Y un error en que es fácil incurrir si no estamos advertidos del riesgo.

Recapitulo. Mi tesis es que si se puede hablar de práctica sin teoría, es porque la teoría puede ser ignorada, y hasta ser errónea, insuficiente y embrionaria; pero no porque se pueda comprobar, en el campo de la indagación empírica, que se dan comportamientos sin presencia mental. La acción puede ser iluminada poco y mal por las luces del intelecto; pero por esto "la práctica sin teoría" es un modo de decir práctica con mala teoría. El hombre práctico "sin teoría" puede creer que sólo sigue la inspiración de su voluntad. Lo puede creer porque su problema no es el de autoobservarse. Pero el estudioso sabe bien que también la praxis más instintiva implica siempre premisas mentales, propósitos, cálculos, ideas, justificaciones (aunque sean toscas y desarticuladas); y su misión es precisamente extraer o abstraer de esa praxis que parece ateórica, el elemento mental y por lo tanto teórico- que ella presupone y del que está informada.

IV.6. La teoría depende de la practica

Hasta ahora hemos considerado las tesis que separan la teoría y la práctica; una procede en ausencia de la otra, independientemente de la otra. Pasemos ahora a las tesis que reúnen teoría y práctica, y que las unen en una relación de subordinación. Esta subordinación está dada por la dirección de la relación. A estos efectos, se puede sostener que la teoría precede y condiciona a la práctica (dirección: de la teoría a la práctica), o que la práctica precede y condiciona a la teoría (dirección: de la práctica a la teoría). En el primer caso, se habla del círculo teoría-práctica; en el segundo conviene hablar, en cambio -como ya se sugirió-, del anticírculo práctica- teoría. Quede claro que la dependencia o subordinación no excluye que en todos los casos la práctica y la teoría interactúen y reaccionen entre sí, es decir que existan siempre relaciones recíprocas. El punto a dilucidar consiste en ver si es la práctica o la teoría la que da la orientación. O, empleando una expresión de Aristóteles, cuál de las dos será el primum movens, el primer motor.

Vamos a ocuparnos a continuación del anticírculo, es decir que examinaremos la tesis según la cual es la práctica la que produce la teoría. Es una tesis, como

veremos, altamente elusiva. Comencemos, entonces, despejando el terreno; consideremos los casos en que se habla de "dependencia de la teoría con respecto a la práctica" en un sentido inocuo, vale decir, los que no conducen a un anticírculo. Son los casos que denominaré, para entendernos, de dependencia aparente.