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12 ¿Cómo hablar de Padre, Hijo y Espíritu?

In document Credo - Hans Kung (página 164-169)

Lo mejor, también en este caso, es atenerse estrictamente al Nuevo Testamento. Y para formarnos una idea de la relación entre Padre, Hijo y Espíritu, no hay seguramente mejor pasaje en ese Nuevo Testamento que el discurso de defensa del proto-mártir Esteban, un discurso que nos ha trasmitido Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Durante ese discurso, Esteban tiene una visión: «He aquí que veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre a la derecha del Padre» (Hch 7, 55 s.). Esteban habla aquí de Dios, de Jesús, el Hijo del Hombre, y del Espíritu Santo. Pero él no ve una divinidad de tres rostros y menos aún tres hombres de igual conformación, ni tampoco el triángulo simbólico que también se empleó en el arte cristiano occidental. Sino que: El Espíritu Santo está en Esteban, está dentro de él. El Espíritu, esa fuerza y ese poder invisibles que salen de Dios, le llena totalmente y le abre los ojos: «en el Espíritu» se le abre el cielo. Dios, por su parte (ho theós = «el» Dios por excelencia), permanece oculto, no es semejante al hombre; sólo es visible su «gloria» (en hebreo, kabod; en griego, doxa); el resplandor y el poder de Dios, el luminoso resplandor que sale, con toda plenitud, de él.

Jesús, finalmente, visible como Hijo del hombre, está (y ya sabemos lo que

quiere decir esa fórmula) «a la derecha del Padre»: es decir, en comunidad de trono, con el mismo poder y la misma gloria. Elevado y acogido, como Hijo de Dios, a la vida eterna de Dios, es para nosotros el vicario de Dios y, al mismo tiempo, en cuanto hombre, el vicario de los hombres ante Dios. Por eso se podría circunscribir la relación entre Padre, Hijo y Espíritu, de la siguiente manera: Dios, el Padre invisible, por encima de nosotros, Jesús, el Hijo del hombre, con Dios para nosotros, el Espíritu Santo, salido de la fuerza y el amor de Dios, en nosotros. El apóstol Pablo lo ve de manera muy similar: Dios crea la salvación a través de Jesucristo en el Espíritu. Asimismo debemos orar a Dios en el Espíritu a través de Jesucristo: las oraciones van dirigidas, per Dominum nostrum Jesum Christum, a Dios Padre. El poder, la fuerza, el Espíritu de Dios ha penetrado de tal manera en Jesús, el Señor elevado hasta Dios, que no sólo está él poseído del Espíritu y posee también al Espíritu, sino que, mediante la resurrección, llega a participar de la forma de existir y de obrar del Espíritu. Y él puede, en el Espíritu, estar presente en los

fieles: presente no física y materialmente, pero tampoco de una manera irreal, sino como realidad espiritual en la vida del individuo y de la comunidad de la fe, y, dentro de ésta, sobre todo en el culto divino, en la celebración de la cena, cuando se parte el pan y se bebe del cáliz en acción de gracias y en conmemoración suya. Y por eso, en último término, el encuentro con «Dios», con el «Señor» y con el «Espíritu» es para el creyente un único encuentro, es la propia actividad de Dios, tal y como lo expresa Pablo en la siguiente fórmula de salutación: «La gracia del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la comunidad del Espíritu Santo sea con todos vosotros» (2 Cor 13,13).

Del mismo modo podría hablarse de Padre, Hijo y Espíritu en las palabras de despedida que pronuncia Jesús en el evangelio de Juan donde el Espíritu tiene los rasgos personales de un «protector» y «auxiliador» (esto es lo que significa —y no «consolador»— «el otro Paráclito», Jn 14,16). El Espíritu es como el vicario en la tierra del Cristo glorificado. Fue enviado por el Padre en nombre de Jesús. Por eso no habla por sí mismo, sino que se limita a recordar lo que dijo Jesús.

De todo esto tiene que haber quedado claro que la cuestión clave de la doctrina

trinitaria no es, según el Nuevo Testamento, la cuestión, declarada «misterio»

impenetrable (mysterium stricte dictum), de cómo tres magnitudes tan distintas pueden constituir una unidad ontológica, sino la cuestión cristológica de cómo hay que expresar, en conformidad con la Escritura, la relación de Jesús (y, por consiguiente, del Espíritu) con el propio Dios. Al mismo tiempo, no hay que cuestionar en ningún momento la fe en el Dios único que el cristianismo tiene en común con el judaísmo y el Islam: fuera de Dios no hay otro Dios. Pero de capital importancia para el diálogo con judíos y musulmanes es la convicción de que el principio de la unidad no es, según el Nuevo Testamento, la «naturaleza» (physis) divina, común a varias magnitudes, tal y como se piensa desde la teología neonicena del siglo IV El principio de la unidad es, terminantemente, para el Nuevo Testamento igual que para la Biblia hebrea, el Dios uno (ho theós: el Dios = el Padre), de quien todo procede y a quien todo se dirige.

Por tanto, según el Nuevo Testamento, cuando se habla de Padre, Hijo y Espíritu, no se hace una afirmación ontológico-metafísica sobre Dios ni sobre su naturaleza íntima, sobre la estática esencia interior, que descansa en sí misma, que incluso está abierta para nosotros, de un Dios trino. Se trata, antes bien, de aseveraciones soteriológico-cristológicas sobre cómo Dios se revela en este mundo a través de Jesucristo: sobre la actuación, dinámico-universal, de Dios en la historia, de su relación con el hombre y de la relación del hombre con él. Hay, pues, a pesar de los muy diversos «papeles», una unidad de Padre, Hijo y Espíritu en el hecho de la Revelación y en la unidad de la Revelación: Dios mismo se revela en el Espíritu a través de Jesucristo.

hombre de hoy, «comprender más fácilmente a los cristianos cuando éstos hablan de Padre, Hijo y Espíritu? Pues el diálogo con el judaísmo y el Islam será importante piedra de toque para comprobar si los cristianos afirman en serio que son monoteístas». Voy a tratar de resumir en tres tesis lo que, desde una perspectiva neotestamentaria y con la mira puesta en el mundo actual, considero el núcleo bíblico de la doctrina tradicional sobre la Trinidad:

Creer en Dios Padre significa creer en el Dios uno, creador, conservador y consumador del mundo y de los hombres: esa fe en el Dios uno la tienen en común el judaísmo, el cristianismo y el Islam.

Creer en el Espíritu Santo significa creer en el poder y la fuerza de Dios que obran en el mundo y en el hombre: esa fe en el Espíritu de Dios también puede ser común a cristianos, judíos y musulmanes.

Creer en el Hijo de Dios significa creer en la revelación de Dios en la persona de Jesús de Nazaret, quien es así la palabra, la imagen y el Hijo de Dios. Sobre esta diferencia capital tendrían que seguir dialogando las tres religiones proféticas.

Llegados a este punto, es posible que alguien plantee una pregunta crítica: «¿Tienen para usted estas declaraciones tan teológicas una importancia claramente existencial o son simplemente “verdades de la fe”, “dogmas” y, todo lo más, “liturgia”, “doxología”, alabanzas de la “gloria” de Dios?».

13. Espíritu de libertad

Creer en el Espíritu Santo, en el Espíritu de Dios, significa para mí aceptar con confianza que Dios puede estar presente dentro de mí, que Dios, como fuerza y poder misericordiosos, puede llegar a enseñorearse de mi espíritu ambivalente, de mi corazón tantas veces cerrado. Y aquí hay algo para mí muy importante: el Espíritu de Dios no es un espíritu que esclaviza. Pues es el espíritu de Jesucristo, que es espíritu de libertad. Ese espíritu de libertad ya se traslucía en las palabras y obras del Nazareno. Su espíritu es ahora, definitivamente, Espíritu de Dios, desde que el Crucificado fue glorificado por Dios y vive y reina en la forma del ser de Dios, en el Espíritu de Dios. Por eso puede decir Pablo con toda razón: «Donde está el Espíritu de Dios, allí está la libertad» (2 Cor 3,17). Y con ello no alude sólo a una libertad de culpa, de ley y de muerte, sino también a una libertad para obrar, para vivir llenos de gratitud, de esperanza y alegría. Y eso, pese a la resistencia y a las constricciones de la sociedad y de la Iglesia, pese a los defectos de las estructuras y a los fallos personales del individuo. Ese espíritu de libertad señala, como espíritu del porvenir, hacia delante: pero no me muestra un más allá donde buscar consuelo sino un presente donde he de esforzarme y acrisolarme.

Y como yo sé que el Espíritu Santo es el espíritu de Jesucristo, también tengo una

medida concreta para examinar y discernir los espíritus. Ya no se puede interpretar

equivocadamente el Espíritu de Dios y tomarlo por una oscura fuerza divina, desprovista de nombre y susceptible de desfiguración. No: el Espíritu de Dios es, inequívocamente, el espíritu de Jesucristo. Y eso significa, de una manera concreta y práctica: ninguna jerarquía, ninguna teología, ninguna corriente entusiástica de las que apelan, prescindiendo de Jesucristo, al «Espíritu Santo», pueden reclamar para sí el espíritu de Jesucristo. Ahí están los límites de todo ministerio eclesiástico, de toda obediencia, de toda colaboración en teología, Iglesia y sociedad.

Creer en el Espíritu Santo, en el espíritu de Jesucristo, significa para mí — precisamente a la vista de tantas corrientes neumáticas y carismáticas— que el Espíritu no es nunca mi propia posibilidad, sino siempre fuerza, poder, don de Dios, que hay que recibir con fe y confianza. No es, pues, un espíritu del mundo, de la Iglesia, de la jerarquía o de la exaltación entusiástica; es siempre el Santo Espíritu de Dios, que sopla donde quiere y cuando quiere y que no es en modo alguno apto para una cosa: para justificar poderes absolutos de gobiernos y de doctrinas, dogmáticas prescripciones de fe carentes de fundamento e incluso el piadoso fanatismo y la falsa seguridad en la fe. Nadie —obispo o catedrático, clérigo o laico— «posee» el Espíritu, pero todos y cada uno pueden rezar una y otra vez: «Ven, Espíritu Santo».

Pero al poner toda mi esperanza en ese Espíritu, tengo motivos para creer no en la Iglesia, pero sí en el Espíritu de Dios y de Jesucristo, que están también en esa

Iglesia, la cual consta de hombres que fallan, como yo. Y al poner mi esperanza en ese Espíritu, estoy preservado del peligro de despedirme, con resignación o cinismo, de la Iglesia. Al poner mi esperanza en ese Espíritu, puedo decir en conciencia, pese a todo: creo la santa Iglesia, credo sanctam Ecclesiam.

- VI -

Resurrección de los muertos

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