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La común fe en Dios de las tres religiones proféticas

In document Credo - Hans Kung (página 36-39)

7 ¿Fe en el creador en la era de la biología?

9. La común fe en Dios de las tres religiones proféticas

Lo aquí expuesto sobre la manera de entender a Dios y a la creación no es sólo válido para el cristianismo. También el judaísmo y el Islam creen en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Judaísmo, cristianismo e Islam constituyen, como sabemos, las tres religiones proféticas que creen en un solo Dios, el Dios de Abrahán.

Más importante aún que la proveniencia de la misma región del Próximo Oriente y del mismo grupo de lenguas semíticas es para el judaísmo, el cristianismo y el Islam la comunidad básica de su fe:

la fe en un solo Dios, el Dios de Abrahán, patriarca común, quien según las

tres tradiciones fue el gran testigo de ese Dios único, vivo y verdadero;

una visión de la historia, no en ciclos cósmicos sino orientada hacia una

meta: una historia universal de la salvación, que, desde su comienzo con la

creación por obra de Dios, avanza a través de los tiempos, dirigiéndose — también para cada individuo humano— hacia un final en la plenitud de Dios; la predicación profética y la Revelación, depositada de una vez para siempre en los escritos sagrados, y normativa para todos los tiempos;

la ética fundamental de un humanismo elemental, basada en la fe en el único Dios: las diez (o las correspondientes) «palabras» o «mandamientos» como expresión de la voluntad de Dios. Aquí tenemos un núcleo, una base común para una ética universal de las religiones universales, de lo cual también existen paralelos en las otras religiones.

Dicho con una sola frase: judaísmo, cristianismo e Islam, esas tres religiones abrahámicas, forman el movimiento universal y monoteísta de orientación ética, nacido en el Próximo Oriente semítico y dotado de carácter profético. Y es urgente que esas tres religiones hagan un esfuerzo común en pro de la paz, la justicia y la libertad, en pro de la dignidad y los derechos humanos, sin el fanatismo religioso que amenaza constantemente: una tarea tanto más urgente a la vista de las corrientes fundamentalistas que van ganando terreno en las tres religiones.

Pero aquí, como es natural —yo sólo lo insinúo—, habría que incluir también las religiones de origen indio y chino. Pues ellas también creen en un absoluto, en una suprema y última realidad: Brahman en la tradición hinduista, Dharma, Dharmakaya o Nirvana en la budista, Tao o T'ien/Cielo en la tradición china.

La exposición detallada de las coincidencias y las diferencias entre las religiones de los tres diferentes sistemas —de orígenes semítico, indio y chino— formaría parte de una teología sistemática de las religiones universales. En lo que toca a nuestro

primer artículo de la fe sólo hay que insistir en un punto: no debemos dejarnos engañar por el politeísmo, real o aparente, de las religiones de la corriente india y china. Cuando los indios, los chinos o los japoneses entran en una iglesia barroca bávara o italiana, la impresión que reciben no es precisamente la de una religión monoteísta. A la inversa, todos esos diferentes demonios y dioses de la India, de China o del Japón, son claramente distintos de la única realidad última. También las religiones de origen chino e indio conocen y reconocen algo último, Supremo o sumamente Profundo que determina toda realidad, ya sea como persona dominante o inmanente, ya sea como principio sobresaliente y determinante.

La religión china dispone desde tiempos remotos de dos denominaciones para designar a Dios: de una parte, «Dios de las alturas» (Shang-ti), el supremo dominador de todos los dioses y espíritus anímicos; de otra parte, «Cielo» (T'ien): un poder (orden, ser) cósmico-moral, dotado de inteligencia y voluntad, que dirige sin partidismos el destino de todos los hombres; ambos nombres se unen para designar al ser único supremo, al poder que todo lo trasciende. En el taoísmo chino, esa realidad última y trascendente está representada por el Tao («el Camino»).

En las religiones hinduistas, desde la época de los Upanishads se considera última realidad el Brahman que todo lo abarca, al que el hombre accede por la vía de la concentración mística, por más que esa fe esté vinculada a una plétora de mitos antropo-mórficos y personalistas.

Por supuesto: pese a todos los elementos comunes, no hay que borrar las diferencias entre las religiones, y entre las tres religiones proféticas que creen en el Dios de Abrahán también hay diferencias esenciales. El judaísmo está concentrado en el pueblo de Dios y en la tierra prometida, el cristianismo, en el Mesías e Hijo de Dios, el Islam, en la palabra y el libro de Dios. Pero de esas diferencias hay que hablar hoy, no con espíritu triunfalista y con devoto fanatismo sino con espíritu de avenencia y de paz. Y si en los capítulos que siguen voy a concentrarme en lo específicamente cristiano, pondré todo de mi parte por evitar cualquier apariencia de antijudaísmo o antiislamismo. Me esforzaré por exponer lo específicamente cristiano de forma que judíos y musulmanes no se sientan rechazados sino invitados a, por lo menos, entender un poco mejor el camino, tal vez a recorrerlo durante algún tiempo.

Que la fe en el Dios único tiene consecuencias para la ética es algo que ya ha quedado claro. En una época de transición como la nuestra, en la que muchos (sobre todo intelectuales y personas en posiciones clave) se han contagiado de ese «cinismo universal y difuso», en un mundo en que tantos valores parecen desgastados, tantas convicciones venales, la fe en algo mejor casi perdida, la moral sustituida por la defensa de los propios intereses, será necesario, para que la humanidad pueda

sobrevivir, adoptar y vivir una actitud básica alternativa, una actitud ética. ¿En qué basarla? Si tengo una confianza razonable en Dios, poseo, en mi calidad de hombre, un «punto arquimedeo», un punto de apoyo fijo, desde el cual puedo al menos determinar, mover y cambiar «mi mundo». Un Absoluto al que puedo asirme. La libre vinculación a ese Absoluto me regala la gran libertad frente a todo lo relativo de este mundo, por muy importante, por muy poderoso que ello sea. Sólo ante ese Dios soy responsable en último término y no ante el Estado o la Iglesia, ante un partido o una empresa, ante el papa o cualquier líder. Punto de anclaje de una actitud básica alternativa ética es, pues, esa fe en Dios. Su módulo es —como veremos en el próximo capítulo— la palabra de Dios, su vitalidad, el espíritu de Dios. Su centro es la libertad y el amor, y su ápice —quizás también para algunos hombres de hoy—, nueva esperanza y alegría de vivir.

- II -

Jesucristo:

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