EL CAMINO DE LA CABALÁ
El camino de la Cabalá es un largo y difícil período de reevaluación de las metas personales en la vida, de reestimación del ser, definiendo cla- ramente la dirección de los deseos de uno, verdaderamente evaluando las fuerzas motivadoras de sus acciones, intentando superar los deseos del cuerpo y las exigencias de la razón, además de captar por completo el po- der del egoísmo de uno.
El camino de la Cabalá es, al mismo tiempo, un duro y prolongado período de sufrimiento para buscar satisfacer los deseos propios. Es un período de desilusión en el que uno es incapaz de encontrar un «enfo- que» genuino de las aspiraciones personales; es el momento de darse cuenta que la única salida de la máxima fuente de sufrimiento (egoísmo) es el cambio a los pensamientos altruistas, los cuales excluirán cualquier pensamiento sobre uno mismo, y lo conducirá, gradualmente, a pensa- mientos sobre el Creador. Esto último, a su vez, suscitará tales sensacio- nes agradables de serenidad que uno no deseará pensar en cualquier otra cosa.
Solamente después de haber pasado todas las etapas del desarrollo es- piritual inicial –el camino de la Cabalá–, comenzaremos a percibir la Luz Superior –la Luz de la Cabalá–, que brilla más y más sobre nosotros a medida que ascendemos en cada peldaño de la escalera espiritual que nos conduce a la fusión máxima con el Creador.
Por lo tanto, la totalidad de nuestro sendero está comprendido por dos partes: el camino de la Cabalá y la Luz de la Cabalá.
El camino de la Cabalá es un período de preparación para nuevos pensamientos y deseos, durante el cual experimentamos sentimientos de sufrimiento. Pero una vez cruzado este puente, que nos conduce hacia la morada del Creador, penetramos en el mundo de la espiritualidad –el Reino de la Luz–. En este punto, lograremos la meta final de la Creación: la máxima percepción del Creador.
La generación del diluvio se llama El período del trabajo del corazón, mientras que la generación de la construcción de la Torre de Babilonia, es conocida como El período del trabajo con el intelecto. Cada uno de no-
sotros se esfuerza por satisfacer sus deseos desde el primer momento de su vida y hasta el momento final.
La diferencia entre nosotros radica en el objeto del cual deseamos re- cibir placer, mientras que el placer mismo es siempre espiritual. Sola- mente la envoltura externa crea la ilusión de la naturaleza material del placer. Por esta razón, subconscientemente, nos esforzamos en cambiar la vestidura externa del placer, esperando recibir placer en la forma pura de la Luz descubierta del Creador.
Sin embargo, debido a que la diferencia entre nosotros yace en nues- tras aspiraciones a diferentes envolturas externas de placer, juzgamos a la gente de acuerdo a los diversos nombres de esas envolturas o vestiduras de placer que se asume son normales, son ampliamente aceptadas; tales como: el amor por los niños, por el alimento y por el calor, etc. Las otras
vestiduras son mucho menos aceptables, tales como: las drogas, el asesi-
nato o el robo, por lo que debemos encubrir nuestras aspiraciones hacia estas clases de placer.
Sin embargo, toda la humanidad acepta que el egoísmo puede ser uti- lizado sin ninguna vergüenza, dentro de ciertos límites. Aún más, los lí- mites aceptables, dentro de los cuales el egoísmo puede ser utilizado, varían constantemente; al igual que la moda, que dicta qué límites son los mejores.
Cada uno de nosotros, en el curso de nuestras vidas y bajo la influen- cia de la edad, lo cual significa bajo la Providencia general del Creador desde lo Alto; la naturaleza, también cambia las vestiduras que utilizamos para satisfacer nuestra necesidad de placer.
Incluso, de un individuo a otro, el cambio de una envoltura a otra es dramático. Por ejemplo, una niña recibe placer de una muñeca, pero no es capaz de recibir placer al cuidar a un bebé verdadero. Por otra parte, su madre no puede recibir ningún placer de una muñeca, así como es inca- paz de convencer a su hija que se regocije al cuidar a un niño verdadero. Desde el punto de vista de la niña, formado de acuerdo a sus propias percepciones, su madre trabaja arduamente cuidando al bebé verdadero, y no le causa ningún placer. En la mente de la niña, es imposible recibir placer de un niño verdadero porque no es una muñeca. Ella está con- vencida de que su madre será compensada por su duro trabajo en el mun- do por venir, mientras que la niña desea recibir el placer en este mundo, y entonces opta por jugar con la muñeca.
Una niña piensa de esta manera, y uno no va a disentir con ella, por- que no tiene la edad en la que pueda experimentar el placer derivado de
los objetos verdaderos de este mundo. Por lo tanto, éste se origina de los juguetes –lo ilusorio–, de los objetos irreales.
Todos nosotros, siendo creaciones divinas, aspiramos solamente al placer que emana del Creador. Todos nosotros podemos tener el deseo sólo de Él, y todos percibiremos únicamente a través de esta aspiración. En este sentido, no somos diferentes a nuestras almas antes de su des- censo en este mundo, cuando se vistieron con nuestros cuerpos.
Tampoco somos diferentes de nuestras almas después de haber pasa- do todos los ciclos de la vida y regresemos finalmente al Creador.
Nosotros somos creados de modo que deseemos ser gratificados por la Luz que emana del Creador, y esto no puede ser cambiado, ¡ni de- biera ser cambiado!
Todo lo que se requiere de nosotros es que cambiemos las vestiduras externas de nuestro placer, y que reemplacemos la muñeca por el bebé verdadero, ¡y así logremos el placer real! El ser humano es como un niño a la hora de comer, deseando recibir únicamente lo que quiere. Los seres humanos realizarán cierto esfuerzo si están convencidos que el placer lle- gará como resultado del esfuerzo.
Pero si queremos comprometernos en la auto-superación y estudiar la Cabalá, entonces el cuerpo repentinamente plantea la pregunta:
¿Por qué es esto necesario?
Hay cuatro respuestas a esta pregunta:
1. Para mortificar a otros. Esta es la peor de todas las razones posi- bles, porque tiene como propósito causar sufrimiento a otros.
2. Para recibir una buena posición, honor y dinero; o para encontrar una buena pareja para sí mismo. Esta meta es mejor que la primera por- que trae algo útil para otros. Esto se considera como trabajando para otros, ya que la gente compensará a la persona que realice el esfuerzo.
3. Con el propósito de darle a conocer solamente al Creador sobre los estudios y esfuerzos de uno por mejorarse, pero manteniéndolo en se- creto ante otros, evitando así ser apreciado por los demás. Solamente se desea la recompensa del Creador. Esto se considera como trabajando pa- ra el Creador, porque uno espera la recompensa sólo del Creador.
4. A fin de que el Creador acepte todos los frutos de la labor de uno, mientras que el labrador no espere ninguna recompensa a cambio. Y sola- mente en este caso, el egoísmo planteará la pregunta: «¿qué conseguirás con esto?»; no existe una respuesta razonable que pueda darse a sí mismo, por lo que la solución es proceder en contra de la razón y de los sentimientos de uno; es decir, por encima de la razón y de los sentimientos de uno.
De este modo, toda la tarea se reduce a un solo esfuerzo por separar la razón y los sentimientos del proceso de evaluación crítica del propio estado. Por consiguiente, uno deposita la confianza total en el Creador. Todos los esfuerzos personales deben implicar la concentración de to- dos los pensamientos y sentimientos sobre el Creador y en la grandiosidad de la vida espiritual. Pero si la voz interna de la razón lo desafía a uno, plan- teando argumentos para reenfocarse en los asuntos cotidianos, esa perso- na debe responder: «todo lo requerido en verdad ha sido cumplido».
Al mismo tiempo, cada pensamiento y deseo deben ser para el benefi- cio del Creador. Es más, uno debe rehusar aceptar toda la crítica de esta voz interna, incluso cuando uno se encuentra como si estuviera suspendi- do en el aire, sin ninguna base concreta, racional o mental. Tal estado se conoce como encontrándose «por encima de la razón y de los senti- mientos» (lemala me hadaat).
Cuanto mayor es el placer recibido de cierta posesión, más valiosa uno la considera. Cuanto más valoramos algo, más tememos perderlo.
¿Cómo podrá una persona llegar a darse cuenta de la importancia de lo espiritual sin haber experimentado espiritualidad? Uno se percata de esto precisamente mientras se encuentra en el estado de un vacío espiri- tual, cuando uno está preocupado por la falta de incluso la mínima per- cepción de la grandeza de lo espiritual. Esto quiere decir que uno se siente por completo distanciado del Creador, e incapaz de cambiar.
Los esfuerzos de uno en tal estado, considerados como su trabajo coti-
diano, dan lugar a la importancia de lograr la percepción espiritual, cono-
cida como Shabbat (el sábado). Este es un período en el que uno ya no necesita (y en realidad es prohibido) trabajar sobre sí mismo, pero sólo es- tá obligado a observar el Shabbat, para no perder ese regalo del Creador.
Si un individuo tiene un interés personal en algo, ya no puede juz- gar, objetivamente, nada conectado a eso. Por esta razón, si una persona intenta decirle a otra, de manera directa, que cierto comportamiento es incorrecto, es improbable que la persona aceptará esos comentarios, pues- to que el comportamiento en cuestión es conveniente, y por lo tanto es- tá convencida que está actuando correctamente.
Sin embargo, si esa persona acepta comportarse de acuerdo a las ins- trucciones de otros, el tiempo revelará que la verdad yace, no en sus ac- ciones y pensamientos anteriores, sino en el comportamiento que se le sugiere en este momento.
Debido a que la meta del Creador es beneficiar a Sus creaciones (re- firiéndose a nosotros, ya que todo lo demás es creado por Él, solamente
con fines auxiliares), hasta que una persona discierna lo esencial de reci- bir placer y dejar de ver las deficiencias en calidad, nivel, etc., esa perso- na no habrá alcanzado la meta de la Creación.
Pero a fin de recibir placer, que es la meta de la Creación, uno debe primero embarcarse en la corrección de su propio deseo de ser gratifica- do. Uno debe ser complacido simplemente porque el Creador lo desea. No necesitamos preocuparnos por recibir placer, puesto que tan pron- to como se haga esa corrección, sentiremos el placer de inmediato. Por lo tanto, debemos concentrarnos en la tarea de corregir nuestro deseo de recibir el placer, es decir, nuestra vasija.
Esto se puede comparar al proceso de adquirir un apartamento. No debemos preocuparnos por cómo conseguirlo. No debemos preocupar- nos por cómo pagarlo, y por cómo ganar el dinero que se necesita. Tan pronto se arregle el aspecto monetario, poseeremos el apartamento.
Por lo tanto, todos los esfuerzos se deben concentrar en el dinero, no en el apartamento. Lo mismo se puede aplicar al percibir lo espiritual. Todos los esfuerzos deben ser dirigidos hacia la creación de las condicio- nes necesarias para recibir la Luz, y no en la Luz misma. Cuando nos con- centremos en cultivar los pensamientos y deseos altruistas en nosotros mismos, sentiremos el placer espiritual de inmediato.
El beneficio del progreso de la humanidad, pese al hecho que ésta aparenta errar constantemente y nunca parece aprender de sus propios errores, está en el proceso de acumulación del sufrimiento, el cual toma lugar en el alma eterna, opuesta a los cuerpos temporales. Al respecto, ni un solo acto de sufrimiento se pierde. Esto conducirá eventualmente, en algún ciclo de la vida en este mundo, al reconocimiento de la necesidad de dar un giro hacia la elevación espiritual, en la búsqueda de la libera- ción del sufrimiento.
Es correcto designar a los Mundos Espirituales Superiores como an-
ti-mundos en relación a nosotros, puesto que en nuestro mundo todas las
leyes de la naturaleza están construidas sobre la base del egoísmo, de la lucha por captar y entender.
En contraste, la naturaleza de los Mundos Superiores es el altruismo absoluto, es decir, el esfuerzo de dar y tener fe. Los fundamentos de la naturaleza espiritual y de la material son tan diametralmente opuestos que no existe ninguna semejanza entre ellos.
Por consiguiente, todos nuestros intentos de imaginar lo que ocurre en el otro mundo no producirá ningún resultado. Solamente convir- tiendo los deseos del corazón de captar en dar, y cambiando los deseos
del intelecto de entender por creer, contrariamente a la razón, recibiremos las percepciones espirituales.
Ambos deseos están conectados uno a otro, aunque el deseo de cap- tar se encuentra en el corazón y el deseo de entender se encuentra en el cerebro. Esto es así porque el fundamento de ambos es el egoísmo.
La Cabalá explica que el nacimiento del objeto espiritual se inicia cuando «el padre lleva a la madre al exterior» a fin de dar a luz a un hi- jo; la perfección «desplaza» a la razón de analizar los alrededores, para po- der recibir una razón nueva y superior que es independiente de cualquier deseo y, por lo tanto, verdaderamente objetiva.
La simple fe en el Creador no es suficiente. Esta fe debe existir en fa-
vor del Creador, en vez de ser para el beneficio personal del individuo.
El rezo se considera como una forma de dirigirnos al Creador para sus- citar en Él un deseo de ayudar al que busca, a través de la plegaria, lograr una sensación de reverencia y de grandiosidad del Creador.
Es solamente tal giro hacia Él que hace que el Creador reaccione ele- vando a la persona que reza hacia el Mundo Superior y revelándole toda Su grandeza. De esta manera, uno puede recibir la fortaleza necesaria pa- ra elevarse por encima de su propia naturaleza.
Solamente al recibir la Luz del Creador, la cual proporciona la forta- leza suficiente para que uno supere su propia naturaleza egoísta, una per- sona tiene la sensación de haber alcanzado la eternidad y la certeza.
Nada puede cambiar en la persona. De hecho, no puede haber nin- gún regreso al egoísmo, sino al contrario, habrá existencia eterna en el mundo espiritual. Por esta razón, tal persona percibirá el presente y el fu- turo como iguales, produciendo así la sensación de haber alcanzado la eternidad.
EL DESEO DE RECIBIR PLACER
Debido a que el Creador permanece siempre en el estado de reposo absoluto, nosotros, como Sus creaciones, también nos esforzamos por al- canzar el estado de reposo, a fin de lograr lo que deseamos. Él ha creado dos fuerzas para nuestro desarrollo: la fuerza que nos empuja desde atrás, es decir, el sufrimiento que nos fuerza a escapar del estado inaguantable en el que nos encontramos; y la fuerza de atracción, que nos atrae me- diante los placeres anticipados.
Pero solamente la combinación de estas dos fuerzas, en vez de cada una de ellas por separado, nos puede hacer avanzar. Por lo tanto, bajo ninguna circunstancia debemos quejarnos de que el Creador nos ha crea-
do con holgazanería, deduciendo así que debido a Su falla se nos hace tan difícil comenzar a avanzar.
Al contrario, el hecho que seamos perezosos significa que no segui- mos cada pequeña tentación de la vida de forma impulsiva e irreflexiva, sino que evaluamos si el objeto de la tentación vale la pena el esfuerzo re- querido para conseguirlo. No intentamos escapar del sufrimiento direc- tamente. Primero, procuramos determinar el propósito de cualquier sufrimiento que hayamos recibido, y aprender cómo evitarlo en el futu- ro, ya que el sufrimiento nos fuerza a actuar y a movernos, a lo que tra- tamos de oponernos.
En todas las situaciones de la vida, preferiríamos usar todos nuestros egos. Sin embargo, la gente a nuestro alrededor nos impide actuar de tal manera. Las reglas de la conducta social se construyen sobre el acuerdo tácito común para utilizar el egoísmo de tal manera que cause a otros el menor daño posible.
Este arreglo resulta del hecho que esperamos recibir el beneficio má- ximo de cualquier contacto social en el que nos comprometemos. Por ejemplo, el vendedor preferiría recibir dinero sin tener que separarse del objeto en venta. Por otro lado, el comprador quisiera recibir las mercan- cías gratuitamente. Un empleador sueña con trabajadores gratuitos, mien- tras que los trabajadores quieren ser asalariados sin tener que trabajar.
Nuestros deseos se pueden medir solamente de acuerdo al grado de sufrimiento resultante de la ausencia de lo deseado. Cuanto más gran- de es el sufrimiento por la falta de lo deseado, mayor es el deseo por ese objeto.
Se dice: «el Creador desea morar en las creaciones inferiores». Nues- tro propósito en la vida, así como el propósito de la Creación, es crear en nosotros mismos las condiciones apropiadas para que el Divino more dentro de nosotros.
La adoración del ídolo (avodá zará) es la adherencia a los deseos egoís- tas del cuerpo. En contraste, el trabajo espiritual (avodat haShem, avodat
haKodesh) resulta de la adherencia a los deseos o metas altruistas, si aún
no existen los deseos.
El apego espiritual resulta cuando las cualidades de los dos objetos es- pirituales son completamente similares. El amor espiritual es el senti- miento de apego total de dos cualidades opuestas: un ser humano y el Creador. Si los seres humanos no tienen el deseo de recuperar el poder de volver a gobernar sus propios deseos, entonces habrán logrado el amor verdadero del Creador, en vez de una simple subordinación a Él.
La congruencia de cualidades implica que así como el Creador expe- rimenta alegría de tener una influencia positiva sobre Sus creaciones, los seres humanos experimentan alegría del reconocimiento que es posible retribuir algo al Creador.
El retorno, teshuvá, implica nuestro regreso –mientras vivimos en este mundo– al estado espiritual de la existencia, en el tiempo que nuestras al- mas fueron creadas, es decir, al estado del primer Adam antes de su Caída.
Tenemos dos fuentes de acción y dos comienzos: el intelecto y el co- razón, el pensamiento y el deseo. Ambos deben pasar una transforma- ción de su base egoísta a una altruista.
Todos nuestros placeres se experimentan a través del corazón. Por consiguiente, si podemos rehusar cualquier placer, terrenal o egoísta, en- tonces merecemos recibir los placeres verdaderos desde lo Alto, porque ya no usamos más nuestro egoísmo.
Por otra parte, el intelecto no recibe placer por entender lo que está haciendo. Si pudiéramos involucrarnos en una acción en particular, por pura fe, más que por nuestro propio entendimiento, y proceder de ma-