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Cualidades internas y aspectos externos

CUALIDADES INTERNAS Y ASPECTOS EXTERNOS

La respuesta al intelecto debe ser de esta manera: «yo creo que el Crea- dor escucha todas mis peticiones y rezos por ayuda». Si somos capaces de mantenernos firmes en nuestras respuestas a ambos, el intelecto y el co- razón, entonces el Creador se revelará a nosotros, de modo que veremos y sentiremos únicamente al Creador.

En cada uno de nosotros hay setenta deseos fundamentales. Éstos se llaman Las setenta naciones del mundo. Por lo tanto, nuestras almas co- rresponden al Partzuf de Zeir Anpin en el mundo de Atzilut, el cual in- cluye setenta Sefirot. Después de que comenzamos a buscarnos una mayor cercanía con el Creador, y recibimos la Luz de la Cabalá, nos son otor- gados sentimientos y deseos que nunca imaginamos que existían.

Los setenta deseos derivan de dos fuentes, debido a que nosotros avanzamos en combinación de las dos líneas: la derecha y la izquierda. Nuestras acciones de acuerdo a la línea derecha son contrarrestadas por nuestras malas (egoístas) inclinaciones (cáscara, Klipá) que se oponen al trabajo del corazón, a lo cual se le llama Klipat Yishmael.

El trabajo en la línea izquierda es contrarrestado por una fuerza ma- ligna, contraria al trabajo del intelecto, cual es llamada Klipat Eisav. Sin embargo, cuando progresamos más en nuestro trabajo, vemos que para entrar en el reino espiritual debemos librarnos de ambas klipot (Eisav e Yishmael), porque no desean recibir las leyes del reino espiri- tual, tal como se menciona en la Biblia, que el Creador ofreció la To-

rá, las leyes del reino espiritual a Eisav y a Yishmael antes de dársela a Israel, pero no quisieron recibirla. Sólo después que vemos que no so-

mos capaces de recibir las leyes espirituales altruistas, ya sea por la fuer- za derecha o la izquierda, progresamos cuidadosamente hacia la línea media, la cual se llama «haremos, y luego oiremos», lo cual se denomi- na «con el propósito de otorgar», y es entonces cuando es considerado

Israel.

Debido a que todos nosotros, junto a nuestros pensamientos, inten- ciones y deseos, estamos completamente sumergidos en nuestro egoís-

mo, no somos capaces de pensar de forma independiente, objetiva y sin egoísmo. Por lo tanto, somos incapaces de criticarnos.

En general, no tenemos ninguna necesidad de criticarnos, puesto que ya sabemos que todo lo que hacemos está basado en nuestros deseos egoístas. Sin embargo, en el trabajo sobre nosotros mismos, haciendo una labor que va en contra de nuestros deseos, cuando invertimos esfuerzos en el desarrollo de los anhelos espirituales, necesitamos examinar nues- tro estado. Nosotros mismos debemos evaluarlo, no el Creador, Quien ya sabe cuál es nuestra situación.

La manera más segura de probar nuestro verdadero estado espiritual es ver si sentimos alegría cuando trabajamos por el bien del Creador. De ser así, vemos que la prueba no radica en determinar si ejercemos gran- des esfuerzos físicos o emocionales, sino en examinar nuestro estado in- terno. ¿Mantenemos la misma alegría, sin importar si recibimos del Creador lo que imaginamos es o no necesario para nosotros?

La Cabalá habla que el individuo es como el mundo entero, pues- to que dentro de cada uno de nosotros se encuentra todo lo que nos ro- dea: el universo, las naciones, los gentiles, los justos de las naciones del mundo, Israel, el Templo e incluso el Creador mismo, que es el punto en nuestros corazones.

En primer lugar, la Cabalá enseña lo referente a nuestras cualidades internas, y luego prosigue con los aspectos externos que se consideran consecuencias de las cualidades internas, y por lo tanto, se designan con los nombres respectivos. Además, el estado espiritual de las cualidades internas afecta directamente el estado espiritual de los aspectos externos y la influencia de este último sobre nosotros.

Como seres humanos, nuestro estado espiritual inicial es el egoísmo. El que comienza a esforzarse para acercarse al Creador se conoce como «una persona justa de los pueblos del mundo», ¿cómo puede uno verificar si ya está, de hecho, en este nivel? Debido a que el hombre posee solamente deseos egoístas, todo lo que carece de la satisfacción del ego es percibido como si hubiera sido arrebatado, como si lo deseado hubiera sido poseí- do, y luego robado del individuo.

Tenemos este sentimiento porque nuestro «pasado» espiritual, en nive- les espirituales previos, nuestras almas fueron colmadas completamente con el bien, pero cuando descendimos espiritualmente a este mundo, todo eso se perdió. Por consiguiente, en el momento en que sentimos un deseo por algo, equivale a estar lleno de quejas hacia el Creador por lo que fue ex- propiado, o por lo que nunca fue brindado, aquello que uno anhela.

De tal forma, si somos capaces de decir de todo corazón que todo lo hecho por el Creador es por el bien de todos nosotros, y sentir alegría y amor hacia nuestro Creador, como si hubiésemos, de hecho, recibido de Él todo lo que podríamos imaginar para nosotros mismos, y justificar to- do lo que Él supervisa, entonces hemos completado exitosamente la prue- ba de nuestras intenciones (kavaná). Quien ha tenido éxito de esta manera se conoce como una «persona justa de los pueblos del mundo». Si con la ayuda del Creador seguimos trabajando en corregir nuestro deseo de recibir, entonces el objeto de la verificación ya no son más nues- tros pensamientos, sino nuestras acciones. El Creador nos da todo lo que siempre deseamos, pero debemos estar preparados para devolver todo, al tiempo que recibimos únicamente la parte que somos capaces de captar en favor del Creador.

En muchas situaciones experimentamos las pruebas como una op- ción entre dos posibilidades: sentimos como si la mitad de nuestros de- seos nos guiaran hacia un lado, y la otra mitad hacia el otro. En general, no sentimos dentro de nosotros ninguna lucha entre las fuerzas opuestas del bien y el mal, ya que solamente las fuerzas del mal gobiernan dentro, y el problema que sigue surgiendo es cuál fuerza traerá el máximo bene- ficio para nosotros.

Cuando las fuerzas opuestas son equivalentes, no podemos elegir o pre- ferir una sobre la otra, ya que nos sentimos que estamos entre dos fuerzas que nos están influenciando. En este punto, nuestra única solución es di- rigirnos al Creador, para que Él nos conduzca hacia el lado del bien.

Así, estamos obligados a considerar todo lo que nos acontece como si fuera un juicio desde lo Alto.

Cuando lo hagamos así, ascenderemos rápidamente a la meta de la Creación. A fin de entender la Creación en general, y los detalles de lo que nos sucede, debemos entender el objetivo final de la Creación. Lue- go, entenderemos las acciones del Creador, debido a que todas ellas de- penden de y emergen de la meta final.

Esto es similar a nuestro mundo, en el que si no reconocemos el resul- tado futuro, somos incapaces de entender las acciones de cualquier perso- na. Se dice: «No muestre algo por completo si está a la mitad del trabajo».

El Creador representa la Creación entera, la Luz. Su meta es compla- cernos con esta Luz. Por consiguiente, lo único que Él debe crear es el de- seo de estar complacidos. Todo lo que existe representa la Luz y el deseo de estar satisfechos. Todo lo demás creado, aparte de nosotros, tiene como único propósito ayudarnos a alcanzar la meta final de la Creación.

Nosotros existimos dentro del Creador, en el océano de Luz que lle- na todo con Sí misma. Pero podemos percibir al Creador solamente al grado en el que somos comparables a Él en Sus cualidades. La Luz pue- de penetrar solamente aquellos deseos que mantenemos, los cuales son similares a los del Creador.

En la medida en que nos diferenciamos de las cualidades y deseos del Creador, no lo percibimos a Él, porque Su Luz no nos puede penetrar. Si todas nuestras cualidades son opuestas a las de Él, entonces no lo per- cibimos del todo, y nos imaginamos a nosotros mismos como si fuéra- mos los únicos en el mundo.

El Creador se esfuerza por darnos placeres a través de Su cualidad del

deseo de dar. Por esta razón, Él creó todos los mundos y a sus habitantes

con la cualidad contraria, el deseo de recibir.

El Creador generó todas nuestras cualidades egoístas; por lo tanto, no somos culpables de nuestro estado inferior. No obstante, el Creador desea que nos corrijamos y así nos convirtamos en seres como Él.

La Luz da vida a todas las sustancias: inanimado, vegetal, animal, y el ser humano. En nuestro mundo, la Luz se oculta y así no podemos sentirla. Cuando nadamos en el océano de Luz del Creador, si una par- te de esa Luz nos penetra, se le llama el Alma.

Debido a que la Luz del Creador da vida, emite energía vital y pla- cer, entonces aquellos que no reciben la Luz, sino que sólo obtienen un resplandor insignificante para sostener su existencia física, se consideran muertos espiritualmente y carentes de alma.

Solamente unos pocos en este mundo, conocidos como cabalistas (Ca- balá, derivado de la palabra lekabbel: «recibir la enseñanza sobre el mé- todo de adquirir la Luz»), logran la capacidad de adquirir la Luz. Cada uno de nosotros comienza desde su estado original, durante el cual esta- mos totalmente inconscientes del océano de Luz en el cual nadamos.

Debemos, por lo tanto, lograr la reposición completa de la Luz. Tal es- tado se conoce como La meta de la Creación o La corrección final. Además, este estado debe ser alcanzado durante una de nuestras vidas terrenales.

NIVELES ESPIRITUALES

Las etapas del proceso en el cual nos vamos llenando gradualmente de la Luz del Creador, se llaman Niveles Espirituales o Mundos. Las prue- bas y tribulaciones de la vida nos fuerzan a dirigirnos hacia la meta de la Creación. Sin embargo, en vez de placer, el ego experimenta grandes su- frimientos; está dispuesto a renunciar al deseo de recibir, a fin de acabar

con el sufrimiento, debido a que no recibir nada es preferible a recibir tormentos.

Diversas aflicciones nos persiguen hasta que renunciamos al impul- so de recibir, y deseamos solamente el de dar. La única diferencia entre las personas es el tipo de placer que cada uno espera recibir: animalistas (placeres corporales, encontrados también en los animales), humanos (fa- ma, honor, poder) y cognitivos (descubrimientos, logros).

En cada uno, el ímpetu hacia cada uno de esos placeres está com- puesto de proporciones únicas específicas de la persona. El intelecto hu- mano se presenta simplemente como una herramienta para ayudarnos a alcanzar nuestros deseos. Mientras estos deseos puede que cambien, el intelecto ayuda a encontrar formas de lograr una variedad de metas.

Cuando el ego empieza a sufrir, deja el deseo de disfrutar y se trans- forma en uno inclinado a dar. Se dice que el período necesario para erra- dicar completamente el ego es de 6.000 años. Sin embargo, este número no tiene ninguna relación con nuestro concepto del tiempo.

El egoísmo es conocido como el Cuerpo. Cuando estamos bajo su in- fluencia, sentimos que está muerto espiritualmente. Es decir, matamos el cuerpo al salir de éste en cinco etapas, desde la más simple hasta la más egoísta.

Por aquellos deseos egoístas que logramos resistir, recibimos la Luz del Creador. De esta manera, recibimos cinco tipos de Luz de manera se- cuencial: Nefesh, Ruaj, Neshamá, Jayá y Yejidá.

Las etapas de nuestra elevación espiritual incluyen:

1. La búsqueda tras los placeres egoístas de este mundo. Puede que terminemos nuestras vidas sin salir de esta etapa, a menos que comence- mos a estudiar la Cabalá. Luego, pasaremos a la segunda etapa.

2. El reconocimiento del egoísmo como malo y dañino para nosotros, seguido por nuestra renuncia a su uso. Precisamente al centro de nuestros deseos egoístas se encuentra la fuente, o semilla de nuestra espiritualidad. En cierto momento de nuestras vidas, comenzamos a sentir un deseo y anhelo por la comprensión y percepción de la espiritualidad. Si nos comportamos de acuerdo a estos deseos, los desarrollamos y los cultiva- mos, en vez de suprimirlos, estos deseos comenzarán a crecer.

Más adelante, al añadir la intención apropiada, adquirida como pro- ducto de la guía de nuestro Maestro, comenzamos a sentir por primera vez la Luz espiritual en nuestros nuevos deseos espirituales. Su presencia nos ayuda a lograr la confianza y la fuerza que necesitamos para seguir corrigiendo nuestro egoísmo.

3. El logro del estado en el que sólo deseamos complacer al Creador con cada una de nuestras acciones.

4. La corrección del deseo recién adquirido para dar, por los deseos de recibir en favor del Creador. Para hacerlo, debemos utilizar nuestros deseos de obtener placer, pero con una intención en favor del Creador.

El comienzo de esta tarea se llama «el renacer de los muertos». En es- te estado, transformamos los deseos egoístas rechazados en los opuestos, ganando así doblemente. Somos capaces de gozar al Creador y de nues- tra semejanza a Él. La conclusión del proceso de convertir el egoísmo en altruismo se conoce como «el final de la corrección».

Cada vez que corregimos una parte de nuestros deseos, recibimos una porción de nuestras almas, y esta Luz nos permite continuar hasta que nos transformamos completamente y recuperamos nuestras almas. La cantidad de Luz, esa parte del Creador, corresponde exactamente a nues- tro prototipo de egoísmo, tal como fue creado por el Creador.

Al transformar totalmente nuestro egoísmo en altruismo, podemos eliminar por completo cualquier barrera restante para la recepción de la Luz del Creador. Puede que a este punto nos sintamos plenos del Crea- dor, fusionándonos completamente con Él al percibir todo el océano de Luz a nuestro alrededor y al disfrutarlo.

Repetidamente, hemos sido hechos para estar conscientes de nuestro limitado potencial para entender al mundo.

Cuanto menos nos entendemos, menos podemos entender al Crea- dor.

Todas nuestras percepciones son el resultado de sensaciones subjeti- vas, las reacciones de nuestros cuerpos a los estímulos externos.

En otras palabras, recibimos y percibimos solamente la cantidad de información que se envía selectivamente a nosotros, de acuerdo con la calidad y cantidad, o profundidad, de nuestro potencial de percibirla.

CUATRO PERSPECTIVAS FUNDAMENTALES

Debido a que carecemos de la información concreta sobre la estruc- tura y función de nociones superiores evasivas que no podemos sentir, nos permitimos filosofar y discutir sobre cómo podrían ser construidas y cómo podrían funcionar. Esto es similar a las discusiones de los niños sobre quién tiene razón, respecto a algún tema totalmente desconocido.

Cuando las filosofías religiosas, seculares, científicas y seudocientífi- cas procuran definir el alma y el cuerpo, todas ellas se enfocan en cuatro perspectivas fundamentales:

Perspectiva religiosa

Todo lo que existe en cualquier objeto es su alma. Cada alma se dife- rencia de otra por sus cualidades, conocidas como las cualidades espiritua-

les de una persona. Las almas existen independientemente de los cuerpos

antes de su nacimiento; es decir, antes de ser vestidas en el cuerpo, y des- pués de la muerte del cuerpo. Este último es un proceso totalmente bio- lógico de proteínas que se descomponen en partes. (El concepto de un

creyente no es igual al de quien es religioso).

Así, la muerte del cuerpo físico no afecta al alma en sí misma, sino que sirve solamente para separar el alma del cuerpo.

El alma representa algo eterno, debido a que no está compuesta de materiales de este mundo. El alma, por naturaleza, es indivisa. No con- siste en varias partes y, por lo tanto, no puede ser dividida, ni desinte- grada, por consiguiente, no puede morir.

El cuerpo físico biológico es la vestidura externa del alma. Es la pren- da con la que se viste el alma y, actuando por medio del cuerpo, exhibe sus cualidades intelectuales y espirituales, así como su carácter. Esto puede ser comparado al momento en que conducimos un coche, exhibiendo nues- tros propios deseos, carácter e intelecto en la manera en que lo manejamos.

Además, el alma da vida y movimiento al cuerpo y lo protege de tal manera que, sin el alma, al cuerpo le falta vida y movimiento. El cuerpo en sí mismo es materia muerta, tal como se aparece a nosotros después de que el alma lo deja en el momento de la muerte.

Al momento de la muerte lo llamamos «la salida del alma del cuer- po». Como resultado, todos los signos de vida dependen y están deter- minados por la presencia del alma.

Perspectiva dualista

Como resultado de los progresos científicos, ha surgido una nueva perspectiva respecto al cuerpo físico: la creencia de que nuestros cuerpos también pueden existir sin ninguna clase de componente espiritual que los vigorice.

De hecho, el cuerpo puede existir absolutamente independiente del al- ma. Esto ha sido comprobado a través del uso de los experimentos bioló- gicos y médicos que ahora son capaces de revivir el cuerpo o a sus piezas. Sin embargo, el cuerpo en un estado como este, no es más que un objeto biológico que existe de forma independiente, compuesto de sus- tancias albuminosas. El factor que determina diversas cualidades perso- nales es el alma, la cual desciende en el cuerpo desde lo Alto, como en el

primer enfoque. La diferencia entre el enfoque dualista y el punto de vis- ta religioso, se centra en el hecho que el enfoque religioso propone que tal cual como el alma provee al cuerpo con vida, también le confiere sus cualidades intelectuales y espirituales.

El punto de vista dualista sostiene que el alma le concede al cuerpo sólo cualidades espirituales, dado que a partir de experimentos, es evi- dente que el cuerpo puede existir por sí mismo, sin la ayuda de ningún poder superior adicional. Así, la única función del alma es ser la fuente de todas las buenas cualidades que son espirituales, pero no materiales.

Es más, este enfoque establece que, a pesar de la capacidad del cuer- po de existir independientemente, no obstante, es el producto del alma. Ésta se considera primordial, puesto que es responsable del nacimiento y mantenimiento del cuerpo.

Perspectiva del no-creyente

Un no-creyente es alguien quien niega la existencia de cualquier es- tructura espiritual, así como la presencia del alma en el cuerpo. El no- creyente solamente reconoce la existencia de sustancias materiales y sus propiedades.

Así es como se interpreta, debido a que no hay alma, el intelecto del ser humano, así como el resto de las propiedades del ser humano, es el resultado del cuerpo que lo generó. La visión es que el cuerpo es un sis- tema que controla sus características al enviar directrices a través de se- ñales eléctricas mediante conductores de los nervios. (Un no-creyente no es lo mismo que el no-religioso).

Los no creyentes dicen que todas las sensaciones del cuerpo ocurren por la interacción de terminaciones nerviosas equipadas con estimula- dores externos. Las sensaciones pasan a través de los conductores de los