Imaginar: el ciclo utópico (1855-1863)
IV. Verde sobre Santiago
1. Cambios en la Alameda
La Alameda de las Delicias ha sido el espacio público que más cambios ha expe- rimentado en las primeras décadas de la República. La pintura de Charton206 presenta una Alameda aristocrática y secular, en donde la iglesia San Francisco es una referencia apenas lejana que se recorta sobre un fondo más imponente ocupado por la cordillera de los Andes. La engalanada algarabía se despliega alrededor de la fuente de Neptuno, que habría sido instalada allí en 1859.207 Los cambios en los hábitos urbanos se precipitan a partir de la década del 50. Blest Gana (1862), en su novela Martín Rivas, da cuenta de una sociedad que ansía y experimenta una transformación espacial. Agustín, el personaje más rastacueros y caricaturescamente afrancesado, es el que siempre lamenta la imposibilidad de perderse en Santiago. Extraña la posibilidad de fugarse en ca- rruaje a los bosques de las afueras de París, encontrando un somnoliento sus- tituto en la periferia campestre. Sin embargo, y a diferencia de lo que retrata El
loco Estero, los paseos ya congregan una masa humana suficiente para hacer
que la aldea de vecinos comience a experimentar el anonimato de una gran ciu- dad. En la Alameda se podían ocultar los que no querían ser vistos, perdidos en la multitud, como el amor prohibido de Rafael y Matilde. Cuatro cuadras cami- nadas en media hora de conversación eran precisas para concretar un encuen- tro furtivo. La Alameda es también el lugar en donde Rivas exhibe finalmente el triunfo de su amor desclasado, paseando del brazo de Leonor.
Pero la idea de elegancia y la concurrencia, contrasta con la sobriedad y rustici- dad que muestra la desolada fotografía de Eugène Maunoury (c. 1860) tomada a la misma fuente de Neptuno. Un solo caballero de sombrero observa la cap- tura del fotógrafo. Quizás tomada en época invernal, la mermada frondosidad de los álamos no oculta del todo las fachadas laterales y el boato de las representa- ciones tampoco está en el precario jardín que rodea la fuente.
206 La pintura está catalogada como de 1850, lo que no se condice con la presencia de la fuen- te, instalada el 59.
207 La misma pieza ornamenta otros paseos del mundo, encontrándose también en la ya men- cionada Alameda Central del DF.
Quizás porque la imagen del bulevar moderno invocaba la presencia del árbol de dosel alto, se da curso a un talaje masivo en la antigua Cañada. Vicuña Mackenna lo denuncia con indignación en 1854, señalando que el “haz municipal” ha inten- tado arrasar con los nobles álamos de las Delicias y también ha puesto a remate los del paseo del Tajamar. El futuro Intendente critica la pérdida de las condicio- nes espaciales propias de las hileras de álamos, en desmedro de la implantación de una estética que desdeña como afrancesada. Los valores de la tradicional Ala- meda son defendidos con veneración:
“...el paseo más elegante del mundo, al menos el único en el que la mirada abra- za de un solo golpe toda la perspectiva en su conjunto de gracia y elegancia, sin la confusion de carruajes, caballos y transeuntes que presentan todos los paseos de Europa. La Alameda de Santiago es el único paseo en que la naturalidad de la intención se ha observado rigorosamente. Si el paseo es para ver, la Alameda es un paseo perfecto pero si el paseo es para ser visto, tambien la Alameda es un modelo. El mal gusto de Europa ha sustituido el lujo a la gracia, o la máscara a la naturaleza. En los Campos Eliseos de Paris y en el Bois de Boulogne, en lugar de «damas» y «caballeros» solo se ven tropeles de carruajes y libreas, no figuras, no elegancia y madera pintada y caballos, pero no jente.” (Vicuña Mackenna, 1854, p. 121)
El movimiento turbulento y la confusión de las multitudes, lo abruman, pero lo que quiere evitar a toda costa en Santiago es el espacio del splin y el sinsentido de la vida en la ciudad moderna. Algo similar concluyó de la Alameda de México, visitada en 1853 cuando estima en más de 200 los fastuosos carruajes que desfi- lan por el paseo cuadrangular. Señala que su pobre arborización y alhajamiento hacen que el lugar no tenga mayor interés que el consabido despliegue del boato (Vicuña Mackenna, 1856b, p. 469).
El paseo en sí, como un dispositivo de encuentro público, es celebrado por Vicuña Mackenna. Ha paseado bajo tilos, nogales y castaños en las avenidas arboladas que corren junto a los canales de New Orleans, en Filadelfia, Dresden, Mendoza –“madre de la nuestra i de todos nuestros álamos” (Vicuña Mackenna, 1856b, p. 433)–, el Corso de Milan, el Glacís de Viena y, la más celebrada de todas, Unter den Linden: “una sombra rústica en el centro de la ciudad, un pedazo de campo conservado aquí a la vista que necesita matices, a los pulmones que aspiran aires frescos, a los músculos que buscan ejercicio” (Vicuña Mackenna, 1856b, p. 311). Insiste en esos ejemplos cuando dedica un artículo en El Mensajero a la arboriza- ción (Vicuña Mackenna, 1857c).
El veinteañero ha nacido y crecido en el paisaje de la Alameda, por lo que no resulta extraño que considere que el moderno y relativamente reciente paseo de O’Higgins es reflejo de una identidad y tradición nacional. Ha visto y admirado
también los campos poblados de álamos, por lo que tampoco ignora la raigam- bre campestre del tipo. Es además un fiel admirador de la especie: “se propaga como una red salvadora jeneratriz de la humedad i la vejetacion, sin la que nues- tro clima tomaria de dia en dia un carácter mas i mas africano, por la bárbara destruccion de nuestros bosques.” (Vicuña Mackenna, 1856a, p. 41). Y resulta también que los detractores del álamo no son figuras de su especial devoción. El Intendente De la Barra, en una carta fechada en 1847 (recopilada por R. Hidalgo & Sanchez, 2006), ya sancionaba al populus por sus raíces invasoras y su forma poco agraciada, sentenciando como inminente su paulatina sustitución.
Por su parte, Sada de Carlos (1854, p. 67) promocionaba el plátano oriental como árbol urbano en desmedro del álamo, agregando también una enfática crítica a su escaso valor productivo, señalando que “…no trepidamos en afirmar que seria de todo punto mui provechoso sustituir a gran parte de las plantaciones de álamos” del país. La blandura de su madera, su escaso poder calorífico, su vulnerabilidad a la humedad, terminan por desprestigiar la racionalidad funcional de su cultivo. Pero, aunque mediaran razones prácticas y silvícolas, la operación implicaba enormes esfuerzos técnicos; lo que permite elucubrar que el fin cosmético de re- modelar la ciudad sumó apuro al desmantelamiento. Sólo la impronta moderni- zadora detrás del cambio de especie, explica que, en tiempos de crisis, se destina- ran importantes recursos a arrasar con la frondosa y sombría Alameda. Vicuña Mackenna (1856b, p. 253) critica también el contraste de este afán cosmético con la precariedad del entorno:
“Plantamos de tilos la Alameda i para ir a la Alameda de las Delicias nos es fuerza atravesar al menos, media docena de bocas calles cuyas acequias rebozan inmundi- cias que manchan la orla, el ruedo, la alforsa, que sé yo? del traje de nuestras damas”
En efecto, al descorrer la cortina de álamos, quedó al descubierto lo agreste, lo popular y lo bárbaro que aún presentaba Santiago en plena Alameda.
Las series de fotos de Eugène Maunoury (c. 1860) registran la operación en proceso. En el tramo de la avenida que enfrenta la iglesia de San Francisco se notan árboles jóvenes. Hacia el poniente persisten saludables álamos, mientras que hacia el oriente una variada gama de follajes indica la presencia de otras especies en la vía que ya tienen algunos años de maduración. En la foto que aquí se presenta, se nota cómo en Santiago conviven distintos tiempos: mientras ár- boles jóvenes son dispuestos en el primer plano y nuevas edificaciones aparecen en la vereda norte, un barrial, caballos sueltos y arquitectura colonial subsisten en la vereda sur, lo que indica que entrando al último tercio del siglo XIX, la Alameda seguía operando como un límite entre la condición más urbana y la más rural, y que la porción más importante del paseo era el eje central.
Curiosamente y aunque tiene a los Grands Boulevards de París y el Glacís de Viena como ideales circunvalatorios, Vicuña Mackenna se sirve de las tradicio- nales alamedas para imaginar la modernización de Santiago. En el siguiente pasaje, esboza el Bulevar de Circunvalación que más adelante trataría de llevar a la práctica:
“Nada habrá más fácil que rodear a Santiago de un lindo boulevard. La úni- ca obra que necesita hacerse es un puente en el Mapocho, enfrente del cerro San Cristóval y una rampla paralela a la calle de San Pablo, entre el puente de Calicanto y la Alameda de Yungai. Pero dicen que los árboles majestuosos del «Tajamar» han sido puestos a remate por la Municipalidad! Si es así aña- damos que ademas del puente y la rampla necesitamos replantar lo que ha sido destruido. Pero tengamos el boulevard sin el que no hai una sola ciudad moderna” (Vicuña Mackenna, 1854, p. 121).
En otro texto, vuelve a señalar para su plan una “avenida uniforme de álamos” (Vicuña Mackenna, 1856b, p. 254), y de forma más explícita, luego, al decir:
Fig. 131 - Vista de la Alameda hacia el poniente c. 1860, Eugène Maunoury. Se observa a la derecha el palacio de la Moneda.
“Cuando las cosas que tienen algún mérito o atractivo están ya medio hechas, ¿no es verdad que es una tentacion mui natural el desear verlas concluidas del todo?”, explicando que el proyecto del bulevar de circunvalación es una “pro- longacion de la Alameda al derredor de la ciudad” (Vicuña Mackenna, 1857a,
p. 163). Así, puede decirse que el Camino de Cintura consistió inicialmente en
la vinculación de los paseos existentes, ya considerados bellos y originales. Del mismo modo, en estos bosquejos es la práctica del paseo moderno lo que parece ser la función simbólica principal, y no la contención y frontera que más adelan- te tomarán protagonismo en el discurso.
La arborización del espacio público aparece como el ingrediente principal de la transformación del espacio que está bosquejando, y se sirve de los referentes europeos que conoce para validarla a sus lectores.
“¿Qué es lo que forma el encanto de los Bulevares de Paris? Los árboles que en doble fila recorren su extension sin duda alguna. ¿Qué hai de mas bello en la plaza de Méjico, reputada una de las mas hermosas del mundo? El jardin central” (Vicuña Mackenna, 1857c, p. 163).
A pesar de su férrea defensa del álamo, se lamenta de la escasa consideración que se ha tenido con los bosques y los árboles nativos,
“I entretanto para los árboles exóticos, se dedican los almácigos esmerados, los conservatorios mas costosos, los sitios de recreo, como la Alameda, los puestos mismo de honor en la plazuela de la Moneda!… El pago de Chile!” (Vicuña Mackenna, 1857c, p. 162)
Formula así una estrategia de permuta por especies chilenas de carácter similar a las introducidas: la araucaria por el pino de Norfolk, el maitén por el fresno, el arrayán por el mirto, el peumo por la haya, el roble por el olmo, el canelo y la patagua por la acacia, el algarrobo por el sicomoro, la luma y el guayacán por el tejo o el boj. Con esto no sólo vuelve a confirmar su manejo botánico, sino la capacidad de visualizar la morfología de cada especie. Hasta el momento, todas las formulaciones de arborización se habían hecho en términos silvícolas, prác- ticos o, a lo sumo higiénicos, pero nunca tan explícitamente arquitectónicos.