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Imaginar: el ciclo utópico (1855-1863)

IV. Verde sobre Santiago

2. Un bosque sobre el Campo de Marte

Ha pensado el sur de la Alameda como la posición para un pulmón para San- tiago, recomendando que se disponga “un bosque de olivos siquiera, en nuestra pampa!” (Vicuña Mackenna, 1854, p. 134). Luego, esboza con más ambición y precisión su plan:

“…podría prolongarse la Alameda por la calle Dieziocho hácia la Pampa donde plantaríamos un bosque de árboles indíjenas i estranjeros que nada nos haria envidiar ni los parques de Lóndres, ni el bosque de Boulogne, ni el Prater mis- mo de Viena” (Vicuña Mackenna, 1856b, p. 254).

En otro artículo, agrega el Casino de Florencia a sus referentes, todos agru- pados bajo el concepto de bosque (Vicuña Mackenna, 1857a). Precisa también que no intenta forestar todo el predio del Campo de Marte, sino una de sus esquinas: “un bosquecillo de poca estension que sirviera de contraste a aquella pradera desnuda i en la que se encontrara en el torbellino de este paseo una sombra misteriosa a que acojerse” (Vicuña Mackenna, 1857a, p. 164). Así, en las ideas preliminares, el torbellino de la Pampilla sigue latiendo protagónico en medio del Campo.

Asociado a la operación del Campo de Marte, está el desarrollo de barrios mo- dernos. Se admira de las operaciones inmobiliarias de los terraces, en Londres y cómo estos emprendimientos privados generan riqueza y belleza urbana:

“…estas acertadas i benéficas especulaciones que en poco tiempo producirían una revolucion en nuestra mezquina arquitectura, criarian hábitos de como- didad i aseo en las familias i harian pronto cambiar de aspecto a nuestro la- berinto de tejados, zaguanes i mojinetes!”(Vicuña Mackenna, 1856b, p. 155).

Los barrios de Londres y de la Rue de Rivoli en Paris, le sirven de referente para plantear un modelo de gestión público-privada, que daba como resultado la imagen de un barrio oligarca. A partir de esta observación, señala en 1857 que urge, para salvar Santiago, iniciar la instrucción de la arquitectura en el Instituto Nacional para que estos profesionales regularan la forma de los edifi- cios particulares. En otras palabras, a Vicuña Mackenna le urge un urbanismo normativo, para “ilustrar esa libertad salvándola de la estafa, el capricho o la ignorancia; pues la arquitectura como arte tiene sus reglas invariables que solo los arquituertos chilenos pueden desconocer”208 (Vicuña Mackenna, 1857a, p.

157). El trazado de las nuevas poblaciones se haría también asistido de los co-

nocimientos de la agricultura.

La imaginación del joven exiliado tiene una posición concreta en la ciudad de Santiago, que, en su opinión, debe desarrollarse no sobre el pestilente Yungay –siguiendo el patrón de las ciudades europeas que se expanden hacia el Oes- te– sino buscando las brisas frescas del sur. Así, traza el plan para el parque Cousiño y el barrio Ejército en sus líneas fundamentales.

No resulta antojadizo imaginar la transformación del Campo de Marte si se considera su historial recreativo. Según la novela de Blest Gana (1862), la elite lo utilizaba como paseo para sus carruajes, y la clase popular ya tenía la Pam- pilla en sus predilecciones. Del mismo modo, la recurrencia y relevancia de las celebraciones de septiembre ha cargado al paseo de un sentido de fiesta e in-

208 Brunet de Baines había dirigido desde 1849 el primer programa de formación de arquitec- tos civiles en la Universidad de Chile, de donde egresara Fermín Vivaceta. A la muerte del francés, la escuela queda en un receso que solo se interrumpiría el mismo año en que Vicuña Mackenna describe este desolador estado de situación, cuando por fin retomara la cátedra Lucien Henault.

tegración, especialmente el día 19, cuando el Campo de Marte es el epicentro. Tornero (1872, p. 486) describe el lugar en una de esas ocaciones como

“un campamento todavía mas pintorescamente adornado que las calles de la Alameda en la Noche buena. Una población, lo menos de cincuenta mil almas, se rebulle i codea en aquella inmensa sábana de verdura. Los cantos de las chin- ganas ambulantes, los gritos entusiastas de las ramadas, los bailes animadores, las descargas producidas por los ejercicios de fuego ejecutados por las tropas cívicas i los regimientos de línea residentes en la capital; todo esto, i a mas la algaraza que lleva consigo cada carreta, cada carreton i los mil otros indescrip- tibles vehículos que van a aquel pandemonium a aumentar el delirio universal”.

El auspicio oficial de las celebraciones populares y la participación en ella de las clases altas señala el espacio como un lugar de contacto entre clases. Con- tacto que, como señala Acuña (2008) recibe una doble lectura: por una parte la figuración apaciguadora de una sociedad aparentemente integrada, pero, a la vez, la incómoda constatación de contrastes grotescos. Tornero (1872, p. 487) describirá con nostalgia, más adelante:

“Antes las familias de la clase alta daban a esa escursion el carácter de un paseo campestre. Al efecto, hacian preparar la mejor carreta de sus haciendas, la engalanaban con cortinajes i almohadones i emprendian la marcha hacia la pampa al paso lento de los bueyes, i entretenidas al ver las pechadas con que los jóvenes, vestidos de huaso i bien montados, se empeñaban en conquistar el puesto de honor en la culata de la carreta. Después de dar una vuelta por el campo, se detenían en un sitio apartado del tráfico, estendian sus alfombras sobre la verde campiña i principiaban el ataque a los fiambres i licores que traian preparados, reinando por supuesto la mas cordial confianza i alegria entre todos los concurrentes.”

Según las “Memorias de 80 años” de Ramón Subercaseaux (citado en Baeza, 1959), el Campo de Marte era una llanura seca y polvorienta, rodeada por un foso en sus cuatro lados, pero que verdeaba y se cubría de flores amarillas de agosto a noviembre. Blest Gana (1862) también lo describe cubierto de hierba en las celebraciones patrias. Por ello, puede decirse que, aún siendo un baldío, el Campo de Marte ofrece un marco paisajístico formativo y ha de haber influi- do en la fruición estética de los santiaguinos, con su perspectiva cordillerana y las arboledas perimetrales que se retratan en el plano de Mostardi Fioretti

(1864). En efecto, Peralta (2007) insinúa la relevancia del marco climático en la elección del 18 como día patrio en 1837. El verdor de los campos, la brisa del sur, el disfrute del sol eran parte de aquella pedagogía paisajista y nacionalista que el Campo de Marte tan bien expresaba en primavera.

El lugar exhibe ciertas particularidades que influiyen de manera decisiva en la configuración del imaginario de espacio público republicano. Como señala Hidalgo (2009), aún se relaciona la gesta independentista con el Ejército, y, en ese sentido, la visita al lugar está cargada de contenido patriótico. En otro plano superpuesto y sin configurarse aún como parque, el paseo encarrozado de la elite anticipa la sofisticación estética que pronto requerirá de un marco ajardinado. Como se narra en Martín Rivas (Blest Gana, 1862), el día 19 obliga un paseo a todos los estratos de la sociedad. El novelista observa que la revista social es mucho más relevante que la revista de tropas, ironizando acerca del “espíritu de análisis” del género femenino:

“Entre las señoras, sobre todo, no se admite el paseo por sus fines higiénicos, sino como una ocasión de mostrarse cada cual los progresos de la moda y el poder del bolsillo del padre o del marido (…). En Santiago, ciudad eminen- temente elegante, sería un crimen de lesa moda el presentarse al paseo dos domingos seguidos con el mismo traje” (Blest Gana, 1862, p. 159).

Las salvas de las tropas, son apenas un ruido de fondo para una celebración que en realidad transcurre en las calles perimetrales. Junto a la cárcel peniten- ciaria, hoy calle Tupper, se encuentran incómodamente los siúticos, los rotos y los futres. La confianza y familiaridad que se expresaba puertas adentro en los

picholeos de la casa de doña Bernarda, tienen lugar, embarazosamente, en el

espacio público y a la vista de los pares.

El esparcimiento popular seguirá subsistiendo como el primer anfitrión del lu- gar, especialmente en las Fiestas Patrias. Como observan Salinas et al. (2007), el concepto de independencia y emancipación que se conmemora, era inter- pretado por el sentimiento popular, como la libertad de beber y transgredir el orden establecido; una lectura alternativa de la idea de formación de Nación. El llamado de acudir “A la Pampa” el 18 de septiembre, se mantendrá en el ima-

ginario hasta ya entrado el siglo XX y la jarana del pueblo seguirá invocando el nombre del baldío aún en medio del Parque Cousiño. Los modos de sociabili- dad del bajo pueblo resistirán invictos el engalanamiento y la exclusión del XIX, generando un conflicto con el ajardinamiento del parque que subsistirá hasta nuestros días.

Pero el Campo es también el lugar de escape para las clases altas. El paseo se aparecía como un espacio muy distinto al oscuro salón y la tertulia. Sus aires y “agrestes olores del campo” hacían que Martín Rivas viera a su enamorada por primera vez sin la actitud altiva, sino sumergida en una auténtica alegría, montada en su caballo (Blest Gana, 1862, p. 161). Del mismo modo que le suce- dió a Vicuña Mackenna en los asfixiantes salones de Saratoga, el paisaje actúa como un antídoto a la rigidez cortesana del salón, al escrutinio de los pares y la vigilancia de los padres. En la novela, la joven Leonor invita a Martín a cabalgar por el Campo y galopan hacia el sur, escapando simbólicamente de la ciudad, en el primer momento romántico del libro para el desafortunado protagonista. El momento de libertad es tan simbólico que lo anima a romper su timidez y desafiar el sistema que lo estructura. Leonor, con el viento en la cara, le parece una niña sencilla y alcanzable, libre de la mortaja social que le imponía la vida urbana. En el límite sur de Santiago, los dos jóvenes están por primera vez solos unos segundos. La periferia y el paisaje es el lugar de la libertad y de la espe- ranza para estos personajes que representan una dramática esclavitud de los códigos y compromisos sociales.