I. TEORÍAS QUE FUNDAMENTAN LA INVESTIGACIÓN
2. MASCULINIDADES
2.6 Cambios en las masculinidades tradicionales
Algunos estudiosos consideran que las construcciones tradicionales de masculinidad están fuertemente arraigadas; sin embargo, analizan que es un valor culturalmente construido, basado en relaciones sociales que no son estáticas; por consiguiente, es susceptible de ser modificado, de ser construido de manera diferente. Para Carabí (2000, p. 23) “los grupos marginados han provocado que el varón comience a revisar los presupuestos en que se ha asentado su masculinidad y con ello, la posibilidad de construir nuevas sociedades”, surgiendo así en las últimas dos décadas una serie de grupos de varones y áreas de investigación en diversos países del mundo (Australia, Canadá, Estados Unidos, Holanda, Inglaterra, los países escandinavos, España), que parten del principio de que las masculinidades tradicionales pueden cambiar. Un ejemplo de estos es el Centro de Estudios de la Condición Masculina, dirigido por Luis Bonino en Madrid (Carabí, 2000).
También se nombran en América otros países donde han surgido grupos de reflexión y acción en torno a las masculinidades; algunos corresponden a iniciativas que nacen desde la sociedad civil y otros como procesos de investigación, en países como Chile, Brasil y México (Keijzer, 2011).
En Costa Rica, en el Instituto WEM (Instituto Costarricense de Masculinidad, Pareja y Sexualidad) se trabaja con varones para promover el cambio en función de sí mismos y en construir relaciones de equidad con las mujeres. Asimismo, realiza esfuerzos en reunir las iniciativas en el ámbito centroamericano y del Caribe para promover y facilitar las
75 experiencias, enfoques y propuestas en torno a las situaciones de las masculinidades en el área y el trabajo desarrollado con los varones (Campos y Salas, 2002).
Bonino (2004) plantea, por una parte, la dificultad al cambio por la fuerza que posee la masculinidad hegemónica, basada en mitos y mandatos sociales propuestos como modelos de ser, que se transmiten de generación en generación y se convierten en las matrices organizadoras de la subjetividad masculina, cuyo principio es la superioridad del varón. Asimismo, por otra parte, resalta la capacidad de cambio de los varones.
El autor antes citado analiza en su primera postura que, a pesar de la diversidad que existe entre los varones, hay en ellos una resistencia a alejarse de ese patrón estructurante que se ha internalizado de lo que significa la masculinidad. Este patrón hegemónico es difícil de transformar, ya que se caracteriza por la rigidez y la lógica de las categorías como mujer/varón; salirse de ellas supone una censura interna que cuesta tolerar por su poderosa fuerza normativa. Sin embargo, reconoce la presencia de cambios lentos, existen “otros ideales no hegemónicos de masculinidad” que pueden “fisurar” los tradicionales (Bonino, 2004, p. 2).
Son varias normas de identidad y pensamiento las que contribuyen a impedir los comportamientos igualitarios en la subjetividad masculina y no ver así la necesidad del cambio, como el pertenecer al grupo dominante y ser el centro de referencia; ahí el único cambio posible va en relación con situaciones de beneficio para sí mismos, lo que Bonino denomina “cambios egocéntricos” (Bonino, 2004, p. 3). El mandato de ser superior a las mujeres no permite el cambio hacia la igualdad, porque sostiene la identidad masculina; la igualdad es una amenaza a esta, ser varón es ser más y diferente a la mujer y si estas no respetan la jerarquía es entendido como un atentado a la propia identidad, queda dañada la autoestima del valor y le genera malestar e intolerancia. En la mente de los varones no está internalizada la igualdad con las mujeres; en este sentido, los varones han cambiado algunos comportamientos, pero no la “matriz organizacional” (Bonino, 2004, p. 3) que corresponde a los ideales tradicionales internalizados. Se tiende a vivir los avances de las mujeres hacia la igualdad como un intento de dominación femenina y una derrota masculina.
76 Siguiendo el pensamiento de este autor, no se ha avanzado lo suficiente en un cambio a nuevas masculinidades. En los varones se perciben sentimientos contradictorios ante la igualdad; esta no se asimila, siempre se tiende a una actitud de rigidez, no al diálogo; más bien, se opta por conductas impositivas. Actualmente, los varones se enfrentan a nuevas exigencias de roles de género, a lo cual responden con conductas que siguen perpetuando la desigualdad: responsabilizan a las mujeres, se encierran en sí mismos, se aíslan o muestran posiciones autoritarias tradicionales o paternalistas. En sí, la desigualdad es parte del hábito y está incorporada en la subjetividad masculina en la relación con las mujeres. A lo anterior el autor suma la ausencia de modelos sociales que fomenten la igualdad como parte de los ideales masculinos.
Sin embargo, se considera que a pesar a todos estos obstáculos y resistencias se perciben actitudes favorables de los varones motivados por los cambios de las mujeres que los orientan a la igualdad, principalmente en el espacio público, siendo menos en lo impersonal y lo doméstico. Por ello, considera que la tarea a realizar en pos de la igualdad es aún de gran envergadura y lo más importante es “poner en evidencia a los varones, decir qué de su poder de dominio se juega en lo cotidiano. Los varones siguen ejerciendo dominio y es importante conocer sus modos para contribuir a la transformación de las relaciones” (Bonino, 1998, p. 3).
En las últimas dos décadas, se han organizado movimientos de varones para presentar sus luchas y reivindicaciones, cuyo tema principal es la masculinidad hegemónica; estos tienen en común percibirla en proceso de transformación, por lo que deben luchar y no como algo garantizado y natural. Asimismo, responden a los desafíos que despiertan los avances y el cambio en las mujeres. Estos movimientos, si bien son todavía pequeños, han cobrado importancia, porque en diversos ámbitos están formando opinión y teoría (Bonino, 1998).
Con respecto a estos grupos de varones, se han identificado diversas posiciones motivadas ante el cambio de las mujeres, algunas a favor, otras en contra o con actitudes ambivalentes al cambio. La posición a favor del cambio de las mujeres se fundamenta en el trato igualitario, lo cual implica también el cambio de los varones. Sin embargo, hay una
77 posición a favor del cambio que tiene una connotación “utilitarista”, donde se invierten los roles tradicionales y se le delega a la mujer toda la iniciativa. En el extremo opuesto, la posición en contra recibe resistencia porque se percibe como un atentado a la relación natural entre mujeres y varones, tanto en el espacio público como en el privado. Las actitudes ambivalentes se mueven entre favorecer y la indiferencia, todo depende en que los cambios de las mujeres no cuestionen sus derechos y roles adquiridos ni les generen contradicciones (Bonino, 2002, p. 42).
Para Kaufman (1997), igualmente, la influencia de los movimientos feministas, si bien socaban el poder y los privilegios de los varones como para que se opongan al feminismo, han tenido también un impacto masivo durante las dos últimas y media décadas, dándose por parte de los varones un mayor apoyo a las ideas de liberación de las mujeres (en el contexto de Canadá y Estados Unidos). Se ha visto cómo muchas de las estructuras del patriarcado se están volviendo inoperantes y algunas instituciones han sido obligadas a adoptar medidas que promueven la igualdad.
Este mismo autor señala que el cambio en los varones va más en función de acoger la teoría que en modificar el comportamiento y, en menos casos, este se pone a la altura de las ideas. Al mismo tiempo que se problematiza la opresión de las mujeres, los varones empiezan a responder de manera diversa, desde movimientos reaccionarios, antifeministas hasta organizaciones masculinas que apoyan el feminismo. Estos últimos son los minoritarios, todavía se mantienen posiciones fuertemente patriarcales y no se han logrado organizaciones masivas que promuevan el cambio (Kaufman, 1997).
En los movimientos de masculinidades se han dado dos corrientes principales; una de estas es el denominado mítico poético (Robert Bly) que hace énfasis en el dolor y en el costo de ser varón y va en contra de la feminización de los varones. El otro movimiento es a favor de la causa feminista que se ha enfocado en el poder y los privilegios de los varones, incluyendo la violencia masculina. Ambos planteamientos han sido criticados por basarse en solo un aspecto de la masculinidad: el mítico poético, en el dolor; y el profeminista, en el poder de los varones, ignorando que la experiencia femenina es más compleja y la
78 relación crucial que existe entre el poder y el dolor (Kaufman y Kimmel, 1993; Kaufman, 1997).
Este recuento sobre las masculinidades tiene como fin comprender su desarrollo para contextualizar el objetivo de la investigación: conocer la experiencia de un grupo de jóvenes varones que viven en exclusión social. La idea es mirar y ubicar este tema en los referentes de las juventudes y la clase social, y poder demostrar que las asimetrías sociales son múltiples y simultáneas, que están entrelazadas en las condiciones de la vida de los jóvenes. Se trata de ver las masculinidades desde la juventud y la exclusión social en nuestro contexto, sin dejar de considerar que son muchas las categorías que se necesitan para explicarlas y que es importante analizarlas desde todos los sistemas de opresión. Igualmente, se necesita entender que se requiere escuchar la posición de estos jóvenes no desde las voces académicas, autorizadas, sino desde su propia experiencia.
Asimismo, al tratar la temática de género es importante considerar las jerarquías y exclusiones que se han realizado con respecto a este y reflexionar sobre las nuevas formas de pensarlo. Actualmente, en el estudio de las masculinidades, cualquier idea universal recibiría numerosas críticas porque no estaría tomando en cuenta los contextos culturales concretos en donde se producen. En esta investigación se analiza la experiencia del género en la juventud y en la exclusión social.