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Construcción de las identidades masculinas

I. TEORÍAS QUE FUNDAMENTAN LA INVESTIGACIÓN

2. MASCULINIDADES

2.3 Construcción de las identidades masculinas

En la actualidad se presentan varios planteamientos sobre la construcción de las identidades; para algunos no existe un acuerdo absoluto sobre el modo en que tiene lugar

62 esta construcción, es un fenómeno complejo y multidimensional que no puede ser explicado de una sola manera (Gros, 2016).

Se identifica, en la modernidad occidental, la heterosexualidad; es decir, la existencia de dos identidades sexuales verdaderas: la masculina y la femenina, en las que se constata la coherencia entre sexo biológico y género; asimismo, una correspondencia y continuidad entre estos, la práctica sexual y deseo. En este caso, la construcción del género lleva un determinismo social, sin posibilidad de cambio, está basado en diferencias sexuales, en cuerpos anatómicamente diferenciados. Asimismo, esta postura responde a estructuras jurídicas, reguladoras, instauradas y mantenidas que responden al orden; son las llamadas “identidad inteligible”, que “están parcialmente articuladas sobre matrices de jerarquía de género y heterosexualidad obligatoria, y operan a través de la repetición” (Butler, 2007, p. 282).

Este régimen heterosexista se ha constituido y naturalizado en la estructura ontológica de la realidad; en otras palabras, se ha dado por sentado como una expresión natural del sexo y se han invisibilizado y excluido los tipos de identidades donde el género no es consecuencia del sexo y otras en las que la práctica del deseo no son consecuencia ni del sexo ni del género (Butler, 2007).

Butler (2007) plantea la identidad como una construcción sociohistórica, variable, que se va formando. Las identidades de género no son estables, son transformables. Los actos de género son corporales, responden a movimientos, posturas y comportamientos. Al ser el género una construcción, no conlleva ninguna forma de determinismo social que niegue la posibilidad de cambio.

Siguiendo el pensamiento de Butler, se parte de una pluralidad de identidades por su carácter construido; critica la matriz heterosexual binaria que no permite la diversidad de identidades y considera replantearse de manera radical estas construcciones ontológicas de la identidad; hace énfasis en que se sostenga la construcción variable de estas. Así, las identidades se instauran y se abandonan, ya que el género “es una complejidad cuya totalidad se posterga de manera permanente, nunca aparece completa en una determinada coyuntura en el tiempo” (Butler, 2007, p. 70). Es decir, “Si los atributos y actos de género,

63 las distintas formas en las que un cuerpo revela o crea su significación cultural, son performativos, entonces no hay una identidad preexistente con Ia que pueda medirse un acto o un atributo; no habría actos de género verdaderos o falsos, ni reales o distorsionados” (p. 275).

Por otra parte, desde la postura heterosexual diversas teorías explican la construcción del género femenino y masculino con enfoques tanto sociales como biológicos; estos últimos asumen que se nace con una identidad de género equivalente al sexo biológico. El psicoanálisis es una de las teorías psicológicas que ha tenido gran influencia en los planteamientos sobre la identidad de género; para algunos ha sido el punto de partida del pensamiento moderno sobre masculinidad, ya que problematizó la temática y señaló la importancia de dicho cuestionamiento. Para Freud la identidad de género se adquiere por medio de la identificación con las figuras parentales y la internalización de las normas sociales. La masculinidad se forma en el proceso de renuncia a la madre como objeto primario de deseo, para alcanzar la identificación con la figura paterna. Es el temor a la castración lo que lleva al niño a renunciar a sus fantasías eróticas con la madre para identificarse con el padre; aunque el niño no abandona del todo su amor con la madre, sino que lo difiere al crecer cuando recibe a una mujer equivalente a su madre (Fuller, 1997, Connell, 2003).

Otros estudiosos han propuesto la identificación con ambas figuras en la construcción de las identidades masculinas; de igual manera, parten de que los niños establecen la identificación simbólica con la figura materna, pero conforme crecen, tanto los niños como las niñas, desarrollan una identidad individual de género en el proceso de internalización de las normas de la cultura, respondiendo a demandas sociales para asumir las conductas de género propias de su sexo biológico. Este proceso es llamado separación-individuación (Mahler, Pine y Bergman, 1975). En este estadio, el niño varón enfrenta una situación diferente a la niña, porque debe superar la simbiosis original con la madre para constituir una identidad independiente acorde con la cultura masculina. De acuerdo con esta teoría, la masculinidad implica la separación del niño de su madre y su ingreso a una posición social

64 definida como distinta y opuesta a la de ella. Esta teoría no deja de sustentarse en una diferencia natural, en la anatomía que diferencia a los géneros (Fuller, 1997).

Por su parte, Chodorow (1999) en el proceso de identificación da gran importancia a los roles del padre y la madre en el cuidado de las y los hijos. De igual manera, considera a la madre como primera experiencia de identificación (simbiosis) que luego el varón reemplaza por la identificación con el padre u otro varón adulto. Esta se caracteriza principalmente por la identificación de un rol, cargado de significado social, para obtener así un estatus masculino y negar la identificación con la madre, reprimiendo actitudes, comportamientos, sentimientos, roles y apariencia femeninos. Esto conlleva a la devaluación de la femineidad a nivel cultural y psíquico para tomar significados que tiendan a no reflejar los afectos y a obtener el prestigio social. Así el varón debe realizar grandes esfuerzos a lo largo de su vida para conservar su masculinidad. Las identidades de género masculino están definidas por la negación de la dependencia del otro, estableciendo una relación de diferenciación y separación.

Otro autor que explica la masculinidad no como el resultado de características físicas o psicológicas innatas es Kaufman (1989). Define las identidades masculinas considerando la internalización del rol social que se caracteriza por la negación de aspectos pasivos en las personas, el monopolio de la actividad por parte de los varones y el deseo de ser nutrido y cuidado. Asocia lo masculino al poder en las sociedades patriarcales que se caracterizan por el dominio de lo masculino sobre lo femenino. Este autor trata, como lo explico más adelante, de la fragilidad y la tensión que caracterizan las identidades masculinas.

En resumen, la construcción de la identidad de género es un proceso que involucra la reproducción y proyección social. Cada joven asume modelos particulares que le dan sentido a su vida y motivan o dirigen su actuar. La identidad que alcanza tiene como base sus expresiones, comportamientos, sentimientos y relaciones en el ambiente en que se ha desarrollado; es un nexo entre la experiencia individual y la vida social. El joven adquiere una representación de su yo que a la vez es corroborada por el reconocimiento que los otros hacen de esta. La identidad viene a estructurar y dar coherencia a la existencia del joven. Esta construcción del yo es histórica, en el sentido de que se va reajustando en el desarrollo

65 de la vida de acuerdo con las nuevas relaciones que se van estableciendo y los ambientes en que se vive.

Lo que señala Butler (2007) para la “categoría de mujeres” (p. 67) es también válido para la de varones: insistir en la coherencia y unidad de estas categorías binarias es negar la multitud de interacciones culturales, sociales y políticas en que se construye el género. Sin dejar de considerar este planteamiento de Butler, en esta investigación se estudia dentro de las identidades las denominadas masculinas, siempre partiendo de que: “El género es una complejidad cuya totalidad se posterga de manera permanente, nunca aparece completa en una determinada coyuntura en el tiempo” (p. 70).