I. TEORÍAS QUE FUNDAMENTAN LA INVESTIGACIÓN
2. MASCULINIDADES
2.4 Masculinidades hegemónicas, tradicionales
Algunos autores como Bonino (2003) consideran que en la modernidad las fuentes de legitimidad más importantes para formar las identidades se basan en la familia, el trabajo y especialmente las concepciones de feminidad y masculinidad, y analiza que estas van sufriendo una lenta transformación. Sin embargo, con respecto a los modelos y la construcción de las identidades masculinas, la investigación y los análisis permiten comprobar que los cambios sociales, el comportamiento, su configuración, continuidad y su transmisión permanecen frecuentemente estables. Esto se da porque todavía existe una estructura predominante y legitimada, la cual es el referente social para la construcción de identidades masculinas, la identifica como “la masculinidad social tradicional” (p. 7), otros autores la llaman “masculinidad hegemónica” (Connell, 2003).
Se ha estudiado la conformación de diferentes manifestaciones de la masculinidad en contextos y momentos históricos diferentes, que nacen de las mismas transformaciones de la masculinidad hegemónica, como producto de los nuevos planteamientos sobre la igualdad y el reconocimiento de la diversidad. Estas han sido llamadas “masculinidades”. Algunos consideran que tienen una relación jerárquica, donde existe una manifestación predominante por su valoración social, llamada por consiguiente hegemónica, que también cambia según épocas y lugares (Bonino, 2003).
66 En el presente estudio fundamenté el concepto de “masculinidades” tomando en cuenta que existen múltiples formas de este a pesar de que el modelo hegemónico domina en muchas situaciones. Para Connell (2003) se debe conocer, entre las características sobre las masculinidades, su condición de ser tanto colectivas como individuales, que a menudo son contradictorias, cambian con el transcurso del tiempo y están cargadas de sentido político, ya que se encuentran ligadas a la historia de las instituciones y a las estructuras económicas. Se definen en términos generales como una configuración de la práctica de género que garantiza la posición dominante de los varones y la subordinación de las mujeres, lo que se ha reconocido como la legitimidad del patriarcado (Connell, 2003).
La formación del patriarcado, como una creación histórica elaborada por las mujeres y los varones, constituye un proceso que tardó casi 2500 años en completarse. La primera forma del patriarcado se ubica en el estado arcaico, cuya unidad básica de organización era la familia patriarcal, que expresaba y generaba constantemente sus normas y valores (Lerner, 1990).
El concepto de patriarcado se refiere a la relación entre un grupo dominante y uno subordinado; tiene sus orígenes en las relaciones familiares, donde el padre ejerce el poder absoluto sobre el resto del grupo familiar y a cambio este tiene la obligación de dar apoyo económico y protección. En esta organización patriarcal, las responsabilidades y obligaciones no están repartidas equitativamente en la familia. En el caso de los hijos, la dominación es temporal hasta que ellos pasan a convertirse en jefes de familia y en el caso de las hijas y esposas dura de por vida, ya que si las hijas se casan pasan a la dominación y protección del esposo. En las culturas patriarcales la estructura subjetiva de los varones se caracteriza por el alejamiento de lo femenino y esto se interpreta como una forma de renunciar a la identidad materna y lograr así la identificación con el padre, al cual se le atribuye socialmente poder y estima (Lerner, 1990).
Las masculinidades hegemónicas implican la voluntad de dominio y control, tienen un fuerte poder configurado casi intacto, “es un corpus construido sociohistóricamente, de producción ideológica, resultante de los procesos de organización social de las relaciones mujer/hombre a partir de la cultura de dominación y jerarquización masculina (…) [Es] un
67 sello de identificación para los varones pero no es algo de su esencia [ni es algo que voluntariamente se adopta] (…), es un orden que impregna profundamente las identidades, y fundamentalmente es una normativa existencial” (Bonino, 2003, p. 10).
Al ser el resultado de procesos de organización social, las masculinidades hegemónicas determinan capacidades y valores, dentro de los que se identifican el poderío visible, la dominancia, la actividad, la racionalidad, la individualidad, la eficacia, la voluntad de poder, la certeza y la heterosexualidad. Estos valores son de gran importancia social, son considerados los primeros en la jerarquía, son las metas de realización de los seres humanos en general y en la ideología patriarcal se adjudican a los varones. Asimismo, se manifiestan por una normativa derivada de cumplimiento, que se materializa en creencias o afirmaciones no racionales y arbitrarias, relacionadas entre sí, que sustentan la masculinidad y son bastante estables (Bonino, 2003).
La masculinidad hegemónica conforma así una serie de creencias y reglas de comportamiento. Algunos autores las han denominado como “emblemas”, “mandatos básicos” o “imperativos”. Bonino (2003, p. 14) las denomina “creencias” y las califica como afirmaciones no racionales y arbitrarias, que son parte de una jerarquización y valores imaginarios; no racional y, por consiguiente, con un arraigo más subjetivo y emocional; se han convertido en estructuras sociales estables. Llama “creencias matrices” a las que tienen un poder de construir, producir y organizar la identidad y representan las definiciones biológicas de la masculinidad. Este autor identifica cuatro creencias: la autosuficiencia prestigiosa que adjudica a los varones la independencia y el poder; la belicosidad heroica que corresponde al varón ser un luchador, valeroso para cumplir los mandatos de la masculinidad; el respeto de la jerarquía, lo que implica tener un prominente lugar dentro de la estructura masculina, pero a la vez un modo de sometimiento a los mandatos; y la cuarta afirma que ser varón es adquirir la superioridad sobre las mujeres, la oposición a estas y no parecerse a ellas (Bonino, 2003, p. 14).
Asimismo, derivadas de estas matrices, Bonino (2003) define tres creencias existenciales que afirman que ser varón implica una ubicación vital en determinados lugares existenciales para dar sentido a las masculinidades hegemónicas. Dentro de estas creencias
68 identifica la posición de una identidad privilegiada; es decir, estar en el lugar de mayor valor (autoridad, poder, razón), en contraste con una identidad femenina de menor poder. La otra creencia corresponde a la esencia masculina de conquistar y demostrar, la cual señala el privilegio de tener naturalmente un lugar, pero que a la vez este debe ganarse. La tercera creencia dicta que los varones y las mujeres tienen diferencias insalvables y que el género masculino posee semejanzas estructurales, lo que promueve en ellos un sentimiento corporativo y el rechazo a la alianza con las mujeres en ciertas áreas.
De acuerdo con la experiencia de Salas (2005) en el trabajo con varones, las masculinidades hegemónicas propician y soportan en buena medida la violencia masculina (contra otros y contra sí mismos), que es uno de los mayores problemas sociales de esta época, por la frustración, el sentimiento de debilidad y la ira que lleva fácilmente a la violencia, sobre todo en el ámbito más íntimo y privado de las relaciones primarias. Los varones poseen mandatos implícitos o explícitos que dan lugar a un sistema de convivencia en el que unos pueden agredir a otros y sobre todo a las mujeres. En toda esta violencia intrafamiliar y de género, los varones han sido asumidos, hasta el momento, sobre todo como el problema y muy poco como parte de la solución.
En respuesta a estos mandatos de la masculinidad hegemónica, los comportamientos de los varones se caracterizan por una poca elaboración acerca de sí mismos, los contactos íntimos entre ellos son escasos, las relaciones con sus hijos e hijas, pero sobre todo con los primeros, son cuidadosas, “recatadas”; hay un temor generalizado a expresar ciertos afectos, principalmente a otros varones; no hablan de sí mismos, en particular de lo que “va por dentro” y en general restringen la expresión de sus sentimientos. Estos comportamientos desembocan en un factor común: “el temor de ser considerados como una mujer, el temor a la homosexual, la homofobia”, que es la base fundamental de la constitución de la masculinidad. También es notorio que a los varones no les gusta asumirse como portador de género, es algo que les es ajeno, que no les pertenece y ante esto es muy factible el sentimiento de que “es un problema o un asunto propio de las mujeres” (Salas, 2005, pp. 34-37).
69 Esta situación se ha definido con el concepto de alteridad, donde el varón, de acuerdo con los valores tradiciones patriarcales, percibe a la mujer como el otro, debido a la categorización negativa que se ha establecido para ellas y la positiva para los varones; de esta forma, la mujer es la alteridad, el otro secundario, inferioridad, término que también se usa en aquellos grupos donde se perpetúa la discriminación, la exclusión y se dan relaciones de poder (De Beauvoir, 1969).
Con respecto al poder y la dominación del modelo hegemónico, en la gran mayoría de las sociedades los varones han dominado, y a través de la historia se ha perpetuado el poder masculino. Esto ocurre en el marco más amplio de estructuras sociales de opresión y poder del mundo que las personas interiorizan, de manera que la dominación humana llega a formar parte de su visión de vida, y es así como la organización económica y política sirve de base y perpetúa la dominación masculina. De aquí que enfoques de la masculinidad como el de Kaufman (1989) concluyen que se debe enfrentar el poder y la dominación patriarcal a nivel de la sociedad en conjunto. Es imposible separar lo personal de lo social.
El patriarcado implica más que la dominación de algunos seres humanos sobre otros. Se refiere también a la relación con la naturaleza, conllevando a las inequidades sociales, a las catástrofes nucleares y ecológicas, a innumerables formas de opresión basadas no solo en diferencias sexuales, sino en otras como las desigualdades físicas, nacionales, religiosas. Tal es así que el patriarcado se considera una de las bases de las sociedades del mundo, tanto capitalistas como socialistas, desarrolladas y subdesarrolladas (Kaufman, 1989).
También algunos autores han utilizado el término “machismo” como sinónimo de patriarcado (Troya, 2001). Es el término con el cual se definió a un tipo particular de masculinidad en México y se extendió a América Latina y a otros ámbitos para hacer referencia a la dominación masculina. Se entiende como machismo “la personalidad masculina y el patrón de comportamiento que le corresponde, caracterizado por una excesiva intransigencia en las relaciones entre hombres (homofobia, subyugación de las masculinidades alternativas), y arrogancia y agresión sexual en las relaciones hombre- mujer” (Troya, 2001, p. 86). Así las sociedades machistas se caracterizan por el exceso de
70 poder y privilegios masculinos con la correspondiente inferioridad y falta de poder de las mujeres.
El significado del concepto de machismo también cambia según el tiempo histórico y el contexto en que ha sido empleado, pero se distinguen en este concepto dos interpretaciones de carácter más general: una hace referencia a la autoconfianza masculina, mientras la segunda, a la duda y la debilidad de los varones. Es decir, hace alusión a la fuerza y la capacidad de dominar, ejercer poder sobre las mujeres y otros varones más débiles, pero también se ha visto el machismo como rasgos débiles del varón donde se expresa la inseguridad y el descontrol en conductas como ser mujeriego, bebedor e incapaz de mantener el hogar económicamente (Fuller, 1997).