• No se han encontrado resultados

CAMINO DE TEHUANTEPEC

CAPÍTULO VI LUNA DE OAXACA

CAMINO DE TEHUANTEPEC

C

ON la luz del amanecer –¡qué tierno el aire de Oaxaca en la hora friolenta!– sa- limos para Tehuantepec. El Tule tiene el primer sol en su copa frondosa cuando pasamos, barco verde saliendo de la au- rora. Seguimos el mismo camino de ayer, valle de Tlacolula adelante. Parece distinto con esta luz, más propicia por lo menos al final de la cita de la canción pero los caballeros que cruzamos a lomos de potranca pa- recen ir más bien hacia el trabajo.

AQUÍ está Loma Larga, que al sol, alto ya, nos acerca rudamente, con su pelada fuerza serrana. A la derecha co- mienza el camino nuevo para nosotros, que llevamos toda la ilusión del Istmo traducida en canciones.

MATATLAN. Las buganvilias enredan su sangre violeta, roja, rosada, tan suave en lo vivo del grito de su color, por los callados cañaverales.

EL campo se hace cada vez más inmenso en su silencio. De vez en cuando un humo pequeño denuncia un jacal. Y

MIRADOR Primo Fitz. La carretera se va haciendo ex- traordinaria, colgada sobre el abismo, las inmensas lomas verdes muy cerca o angustiosamente lejos. El paisaje pesa de tal manera que se acabaron las canciones, los ojos bien abiertos.

¿ADÓNDE va ese hombre solo, carretera adelante, en medio de la mañana anchísima, con un jarro negro en la mano, los ojos perdidos en el monte desierto?

EL paisaje parece lunar, con sus manchas oscuras y blancas, todo pelado y duro, en este apretado, macizo nudo de montañas. Aquí se sujetan mutuamente las dos Améri- cas en un abrazo casi nervioso. No hay huella del hombre en la inmensidad del silencio y el automóvil se nos antoja de repente descubridor de nuevas tierras, rodando por una carretera tan genial que tampoco parece obra de manos humanas. Y ahora, en un recodo, como una broma que nos hace romper con risas el silencio asombrado que llevamos, un cartel: “El Cupido.”

LA carretera se termina de pronto, cortada por unos grandes tractores atravesados en ella, abandonados y solos en la mañana. En la obra no hay nadie a quien preguntar y tiramos a la buena de Dios, monte arriba, por un camino de tierra, todo menos carretera. El calor pesa ya en medio del seco monte selvático.

GRAMAL. De sus jacales callados y solos sale una mujer con unos ojos negros maravillosos, y angustiados que nos pregunta ansiosa: “¿Han visto a los de la Cooperativa?” No sabemos qué responderle, asombrados casi de verla, vuel-

tos de pronto a una realidad trabajadora y social extraña a esta naturaleza que nos envuelve totalitariamente.

EL automóvil no puede con estos agrios repechos. El ca- mino pedregoso que vamos trepando no está hecho para él. Lo dejamos descansar de vez en cuando para que no arda materialmente su motor renqueante. Y nos maravilla entonces, sin su ruido familiar, el silencio imponente de estos montes.

LLEGAMOS a Nejapa, paraíso escondido en medio de la selva seca. El automóvil se rejuvenece al meter sus ruedas en el fresco arroyuelo que cruza la entrada del pueblo y es una fiesta de agua la que llevamos por un momento a cada lado. Nos sentimos de nuevo entre los hombres, alegres, casi riendo de ver correr tras de nosotros a los asombrados chiquillos del pueblo. Nos detenemos en la ancha plaza con soportales y nos entramos un rato por su sombra, que ha- cen más fresca –casi jugosa– los puestos de fruta. Pasado el primer alboroto de nuestra llegada, la mañana calurosa pesa otra vez sobre nosotros con su ardiente, inmensa so- ledad, estas piedras humanas incorporadas del todo a la selva de que surgen milagrosamente,

NEJAPA callada y sola, con toda tu plaza al cielo. A tu mañana asomado, ¡qué soporta al silencio!

ALMORZAMOS en los soportales y nos asomamos lue- go un poco por el pueblo y al oscuro tendejón del centro de la plaza, decorado preciosamente su fresco interior. Hay

un altarcillo en un rincón con unas flores de papel conmo- vedoras a los pies de una Guadalupe muy poco clásica, or- lada –estampa al fin– de cintas de colores. Y al borde de la plaza, junto al camino que hemos de seguir, un entoldado con refrescos, bien picado de hielo inverosímil, nos recla- ma enseguida.

REFRESCO de tamarindo en la frescura del toldo. En la plaza, ¡cuánto sol! En la boca, ¡cuánto gozo!

CUANDO decimos que vamos a Tehuantepec miran el automóvil con una especie de irónica incredulidad que no se traduce en palabras, y para tranquilizarnos nos dicen que tardaremos poco, unas cuantas horas nada más.

ABANDONAMOS Nejapa con la sensación de que Te- huantepec está detrás de lo desconocido, de una selva que quizás nos guarde toda una noche que sentimos próxima a pesar de las largas horas que nos separan de ella. Y el camino se va haciendo cada vez más duro y cerrado para el automóvil que nos lleva. Hay que buscarle a veces la con- tinuación, porque se interrumpe de pronto o termina en medio del agua. Materialmente tenemos que sacar el coche en volandas de muchos sitios, o bajarmos de él y empujarlo para que logre remontar una cuesta increíble.

(EL historiador Ramón Iglesia –que dirige la expedición– se ha crecido en el viaje. Está viviendo del todo, en medio de la naturaleza, cualquiera de las crónicas que antes supo analizar tan hondamente. Y hay –por encima de la preocu- pación que le da la responsabilidad del grupo– una especie

de alegría vital en toda su actitud que yo voy admirando y midiendo silenciosamente. Muchas veces hemos hablado los dos de la crisis estupenda que representó para él nuestra guerra española en su concepción de la historia y, sobre todo, en su concepto de lo que debe ser el historiador. Después de haber hecho historia activamente, de haber sido protagonis- ta de su curso violento, se ven las cosas de otra manera, se piensan y se escriben desde otra altura, iluminadas de otra luz más verdadera. Y el Ramón capitán de hace seis años, historiador de toda su vida, se encuentra ahora precisamen- te frente al paisaje de la historia que más ha investigado y que más amorosamente ha visto. Y parece que el paisaje le está entregando para lo ya hecho y, más aún, para lo que tie- ne que hacer, una nueva esencia de todo, valores distintos. Frente a la selva hosca e inquietante que tenemos ante los ojos, que parece cerrarnos del todo el camino del Istmo, Igle- sia se multiplica y organiza nuestro esfuerzo colectivo como el capitán maneja a sus huestes, y vamos subiendo y bajando las barrancas, evitando y salvando los caminos más difíci- les, sacando el coche de baches y ríos en que parece que nos podemos quedar para siempre. Y lo hacemos todo con segu- ridad y alegría, dóciles a su vigilancia y a sus voces, admiran- do el dominio de la situación que revelan todos sus gestos, aceptando sin protesta las órdenes que nos da y el esfuerzo que nos pide. Pero aparte de todo ello –los ojos brillantes tras las gafas, incansable en su ir y venir, sonriente y serio, la frente quemada del sol–, Ramón está gozando en grande esta tarde extraordinaria, este escenario que le entrega vivo, relampagueante de pronto, el color verdadero de todo lo que hablaban aquellas papeletas para siempre olvidadas, la his- toria presente con toda su estatura, desnudo y vibrante el nervio de su fuerza. “Ahora sí que lo entiendo todo”).

NOS alegra de pronto encontrar de nuevo la carretera panamericana, que seguiremos un buen rato hasta que se interrumpa otra vez. La selva se va haciendo más densa todavía a sus lados, con una fuerza invasora, pero la es- pesura es más verde y más tierna y tiene una fragancia extraordinaria en los oros que le entrega el sol de la tarde altísima.

EL aire es más dulce ahora y hay una casi brisa que nos consuela del calor pasado.

¡Qué dulce va el aire bajo el sol rabioso! La selva se mece en su verde oro. Y el aire se queda enredado y solo en los tiernos bosques bajo el sol rabioso. ¡Qué dulce va el aire, corazón ya todo!

DE repente –no anoto el nombre con el entusiasmo y se me olvida– un pueblo pequeño, escondido en la selva, apercibido apenas en unas mujeres que lavan ropa en un río, y al borde de la carretera un tendejón de bebidas. La cerveza sabe a gloria, fría en los labios, la botella helada como una caricia en las manos. El aire está azul y transpa- rente y da gusto oír correr el riachuelo cercano en el silen- cio pesado, caliente, de la tarde. “Hoy sí que llevamos un cohete de naturaleza, Catita”.

LA selva nos ahoga luego con su caluroso abrazo, el co- che cada vez más lento, la sed recién apagada más despier- ta que nunca. Va cayendo la tarde pesadamente y es una verdadera borrachera de color el sol final sobre las ramas entrelazadas, el verde tierno prisionero del verde oscuro, brillo sólo en el aire, todo desatada furia alrededor, sujeta furiosamente a la tarde total.

EL calor me vence y me duermo con el atardecer que parece despertar –el sol caído ya, descanso posible– toda esta selva obsesionante y siempre presente.

El corazón ya no puede con tanto bosque furioso. Los ojos que aún me quedaban se cierran tristes y solos. Y cuando el sueño me vence hay otra selva en su fondo. Rayos y cielo se vuelcan sobre la selva de pronto, y el corazón se levanta desnudo, claro y hermoso y los ojos que ahora quiero se abren alegres y solos. Contigo, selva, esta tarde corazón quebrado y roto. Ahora, contigo y tormenta, alto corazón gozoso.

LA tormenta se ha desatado de repente. La selva, sacu- dida por una lluvia ensordecedora que detiene al viento, nos muestra su verde terror a la luz de los relámpagos, he-

rida por los rayos. En medio del estruendo nos quedamos. El cielo es negro entre su fuego continuo y parece más cer- cano que nunca, como si fuera a estrellarse en este mar revuelto de verdes entrevistos, de trepidante verdura cas- tigada.

Y de repente también, como por ensalmo, sólo la tierra mojada como recuerdo del instante recién escapado, el cie- lo se abre puro y limpio y tranquiliza con su honda lejanía alta la selva otra vez rumorosa, casi suave bajo la luna que llega.

CON la carretera misma, el coche se detiene frente a un río que nos parece anchísimo en la noche. ¿Podremos pa- sar? El profesor Miranda, olvidado del método de la cien- cia política que acaba de publicar en el lejano y descono- cido México D.F., opta por el de medir la profundidad del agua con su estatura, y, guiado por los faros del automóvil, atraviesa el río, buscando el mejor vado. Pasamos una vez más.

TEHUANTEPEC nos recibe, al fin, bajo la luna, todo su caserío casi apagado. El ingeniero jefe de Caminos –que aloja con su familia a las muchachas- está asombrado del viaje y se hace cristianamente cruces no sabemos si de nuestra ignorancia entusiasta o de la suerte que hemos te- nido.

LA ducha nos descansa de todo el día de calor y nos re- cuerda que comimos en Nejapa hace más de ocho horas. Y por Tehuantepec dormido, el aire suave y fresco lleno de luna, nos vamos al mercado a cenar.

CAPÍTULO XI