CAPÍTULO VI LUNA DE OAXACA
DEL ISTMO A OAXACA
S
ALINA Cruz está comida por la selva y elmar, sus calles mitad hierba mitad arena salada. El puerto está muerto en estos días, sin barcos ni movimiento alguno, sólo vivo en el mar que le besa su piedra abandonada.
HEMOS pasado en la ciudad dos días, vueltos al mar, al sol y la luna, sin ciudad apenas, entregados del todo a la delicia de la playa. Pero las noches, después de la luna del malecón, la brisa suave y blanca, nos ha dado la ciudad con toda la desolada tristeza de un pasado esplendor toda- vía evidente en el abandono de ahora. Grandes hoteles de finales de siglo, con restos de lujo en sus paredes y en sus puertas siempre abiertas, y en las calles las cantinas vacías, una casa sí y otra también. Aun parece flotar en el aire la alegría y el movimiento de ayer, el dinero de los marinos y de los comerciantes de tierra adentro rodando por las me- sas de juego de los cafés, en las galleras y por los discretos hotelitos de la avenida principal, cerrados hoy tristemente a piedra y lodo.
EN una vieja cantina con preciosos espejos biselados y la barra larguísima de esa caoba oscura y brillante de los barcos, hemos gustado lentamente un ron más viejo toda- vía, con un perfume y una suavidad extraordinarios, ma- reado aún de antiguo mar, sin nombre ya la chata botella que nos acabamos. La noche es más dulce cuando salimos.
EN la noche última nos acercamos al baile del jardín, con kiosco para la música en medio. Las muchachas de Salina Cruz no nos aceptan con nuestra indumentaria más que tro- pical y nuestra ignorancia de la complicada etiqueta de pre- sentaciones, petición de pieza, etc. Y nos contentamos con mirarlas bailar por la abierta plazoleta, a la luz de la luna, los danzones más suaves en su ambiente que nunca, con sus no- vios y amigos locales, mucho más numerosas ellas que ellos.
SALIMOS para Oaxaca de noche aún para ganar tiempo y poder hacer con luz el difícil camino del regreso. Y desde el coche presenciamos el amanecer en el trópico, a nuestra espalda el mar presente todavía. Toda la selva nos envuel- ve de rumores y de luces, los pequeños carriles abiertos a machete en la arboleda –¿a dónde llevan?– luminosos de pronto, dulce y pesado, casi pegajoso, el aire.
DESAYUNAMOS fuerte en el mercado de Santa María de Tehuantepec, pequeño y recogido bajo sus arquerías de piedra, que empieza a moverse con el primer sol. Tamales de hoja y pollo frito, un chorro de mezcal en el café de olla.
AL volver al coche nos reclama –¡qué grito de color!– el mercadillo de las flores que comienza a desplegar su fra- gante y luminosa maravilla sobre el suelo, mientras llegan
a él, con más flores en la mano, la espalda o en la cabeza, las lindas tehuanas. Y toda la mañana nueva está llena de flor, de femeninas voces y figuras, cuando nos vamos.
(¿POR qué no volvemos a Juchitán?)
LA selva siempre. Obsesionante con su hermosura inva- sora, parece crecer mientras más nos adentramos en ella y vamos trepándole –mucho mejor que el otro día– sus mon- tes altos. Y la mañana trepa con nosotros, al mismo tiem- po, calor de fuego ya, sol total.
OTRA vez el monte seco, selva alta, la tierra dura y blan- ca, sin fragancia, escapándose al cielo en las lomas inase- quibles. ¡Qué sed ya –mediodía casi– del agua de Nejapa, del refresco de tamarindo bajo el toldo!
MITAD de camino siempre entre dos ansias, Nejapa: me acerca el Istmo tu selva y el misterio de Oaxaca
EN Nejapa comemos y nos vamos luego a ver otra vez el tendejón, con la Guadalupe de las flores de papel. Se nos antoja ahora más seca y oscura, después de ese brillo de to- das las cosas del Istmo, las cintas de su orla casi descolori- das. En cambio, el refresco de tamarindo nos sabe a gloria, húmedo el aire de frescura, más fino a los ojos, los labios ya como nuevos.
EL nudo de montañas que trepa hasta Primo Fitz vuelve a darnos la fuerza casi nerviosa de su abrazo y nos sobre-
coge de nuevo su contemplación. Indudablemente las dos Américas se sujetan aquí la una a la otra, y ahora que cono- cemos las dos vertientes del macizo se nos entra muy den- tro la esencia de estas tierras oaxaqueñas partidas por él: los valles que tuvieron primero la piedra de Monte Albán y Mitla y luego el antiguo Marquesado, con sus laureles y sus iglesias de piedra verde, sitio para fundar; y las selvas del Istmo, que van quedando atrás –Juchitán en los ojos– sitio para perderse, paraíso encontrado.
LOMA Larga por un momento y ya estamos frente al valle de Tlacolula, camino de Oaxaca, ¡Qué sensación de casa, de estar en casa, de pronto! Saboreamos a la derecha la silueta de Mitla, casi pegada a la falda, violeta ya, de la serranía, y descansamos un rato en Tlacolula, casi atarde- ciendo sobre sus tabachines. La mayoría se lanza sobre los refrescos y las nieves para abandonar del todo el calor que traemos. Algunos preferimos el lento trago de mezcal añe- jo, que nos vuelve al cuerpo el sabor de estas tierras. ¡Con razón alguien dijo el otro día que estaban benditas!
ATARDECER del todo en esta nueva entrada a Oaxaca. Y nos gana en seguida el misterio verde de los laureles, el aire quieto casi, cielo puro y distante en los primeros luce- ros.
CAPÍTULO XIV