CAPÍTULO VI LUNA DE OAXACA
POR TLACOLULA Y MITLA
gigante, levantando hasta las manos quietas todo el tem- blor del suelo mexicano. Todo México en árbol de repente. El sol empieza a temblar en su sombra, entregado a una dulzura suya que le desconocíamos.
SALIMOS de la sombra del Tule hacia el mar, como quien gana la playa con los ojos, todo el árbol un entero, frondoso submarino.
A nuestra izquierda, en medio del monte, escondidas en su falda, las piedras lejanas de Santiago de los Borrachos.
NOS acercamos al pueblo de Tlacolula, cantando en me- dio de su anchuroso valle, que se va llenando poco a poco de sol. A pesar de la hora, dudosamente propicia a esos efectos, nos viene a los labios la canción.
“Y a l’hora que asté sabe la espero en la barranca montado en la potranca pa darnos al amor…”
NOS duele sin querer el amor de la antigua pareja, en es- tas agrias tierras, sequeronas de suyo, verdes sólo a la espal- da, con un verde trepador del húmedo misterio de Oaxaca.
“Si juera asté tan changa como es asté de chula que en todo Tlacolula no hay otra como asté.”
Y vemos pasar entre los llanos al mozo, destanteado por la hora, malhumorado de lo mucho que “malorió” el chilpa- yate que trajo la muchacha.
TLACOLULA. Por un patio arbolado entramos a la igle- sia. La decoración se parece a la de Santo Domingo en su retorcido barroco de ramas y de hojas, pero el oro es más viejo y la luz, a pesar de la hora temprana, mas caliente. To- dos los altares están materialmente sembrados de ofren- das humildes, de flores de papel, de lindos retablillos con leyendas de primorosa ortografía dando gracias al negro Cristo por las mercedes recibidas y los milagros favorece- dores. En el roto de un viejo cuadro, el delicioso remiendo de unos animalitos indefinibles con cintas rosas al cuello.
AL salir de la iglesia, en un oscuro tendejón cercano, que huele todavía al cerrado de la noche recién pasada, proba- mos un viejo mezcal de pechuga, tierno en los claros años de su vida larga. Al salir, la mañana parece más luminosa y acogedora que nunca.
AL fondo, saliendo de la bruma que aun le oculta las faldas, Loma Larga nos cierra el prometedor camino del Istmo. ¡Mañana te veremos de cerca!
Nos desviamos de la carretera hacia Mitla y al rato en- tramos por su caserío chaparro hasta una plazuela con preciosos laureles. (Aquí también, Oaxaca, tus laureles, enamorados al fino aire del pueblo después del agrio cami- no del llano.) Nos detenemos frente a una casa revocada de blanco: “La sorpresa. Oficina de Correos.” Y mientras se deshace en dos sitios distintos el único cartel, se nos antoja estupenda la correspondencia que hasta aquí llegue. “LA Sorpresa” tiene un precioso patio, con plátanos y árboles, frescos sólo del cantar del agua cercana. En el ex-
tremo de uno de los soportales, la larga mesa de limpios manteles nos ofrece la sorpresa del desayuno. Carne, hue- vos, la sardina entomatada sobre las tortillas anchas de la tierra, unos tamales de hoja, panes dulces y chocolate. Un buche de agua fresca y nos tumbamos en el suelo de piedra, bajo la sombra verde y amarilla, pegajosa casi en su cálida carnosidad sensual, de los plátanos. El cielo canta, solo, arriba, como en el cielo ya, sin trabas.
CAMINO blanco, polvo fino en los pies sobre el pedrus- co, hacia las ruinas de Mitla. Los cactos altos de un verde casi brillante en esta hora, parecen querer clavar la dura tierra al cielo, y nos llevan callados, cuesta arriba, encerra- dos en su verde solemnidad, en su silencio erecto, quema- da de sol su arisca superficie. El cielo arde y echa fuego, ha- cia abajo, pesada en la espalda su anchura profunda, como queriendo escaparse por nosotros, desde nosotros a otro cielo más bajo que le aguarda. Y vuelve arriba con el sol, aire fino, casi leve, de pronto.
PRISIONEROS siempre de los cactos, bajamos a una hondonada. En lo alto de la nueva cuesta, lejos todavía, cercana en la mañana su piedra dorada, una iglesia. Y a su alrededor, adivinadas, las piedras que venimos buscando, chaparras, sin perfil ninguno todavía en la ladera del mon- te, borradas aun por el paisaje seco y adusto. De repente, en el silencio de la mañana, quieto ya el sol, nos paraliza una música de tambores y trompetas. Y en el recodo del ca- mino se aparece, pasado un rato, una banda de ocho o diez hombres, sus trajes blancos sobre el blanco del polvo del camino, brillantes a la sombra delgada de los cactos. Apa- gadamente, con tristeza lánguida que ablanda el duro aire
azul, tocan una especie de marcha. Atrás, a hombros, viene una caja de madera ¿negra? con unas secas, pocas flores encima. Y detrás mujeres y niños, algún hombre más.
EL entierro pasa entre nosotros, que nos hemos que- dado quietos, la espalda pegada a una tapia de redondas piedras, temblando. Al frente de los músicos, delante de todos, viene, borrachas todavía las piernas del mezcal del duelo, el padre del muerto. Guarda la seriedad del mo- mento, la cara morena como de piedra, secos y perdidos los ojos, ausente de su borrachera y de sí mismo, puesto sólo en la circunstancia, presidiendo. Se tambalea alguna vez, cuando la música pierde también su paso, pero los ojos quietos, solemnes, le recuperan en seguida, le vuelven los pies a la casi danza precisa. El féretro, bailando solemne- mente sobre los hombros de los cuatro que lo llevan, siem- bra su madera en el aire y ondea en él por un momento la delgada bandera de sus flores. Los negros rebozos de las mujeres brillan en el aire, agachados al sol, como ilumina- dos sólo por la débil llama de los cirios que sostienen las manos. Las niñas llevan también las velitas, con un ritmo en el paso pequeño que no rompe el ritmo final de todo, herida de solemnidad –leve su música ahora– la mañana.
PARADA en estas caras serias, ajenas a todo, vueltas a una lejanía que se niega a los ojos, la hora se pierde, tiempo quieto de pronto. Lo irreal de la música que la llena, de este entierro danzante, tremendamente serio, de estas velas encendidas que hacen temblar la gloria del sol – perdido ya también, ya marco sólo -, se nos mete en los ojos, muy hon- do, por el pecho, a buscar el frío de la espalda estremecida, único recuerdo que nos vuelve el ser al cuerpo. Y entre los
cactos, por la piedra blanca, el polvo blanco, blanca la luz sobre la caja, en las flores, sobre los rebozos, bailando, se nos marcha el entierro de los ojos, cuando ya creíamos en él, cuando nos íbamos con él por la mañana, el muerto casi nuestro en pena ya sentida, compartida con estos seres que lo acompañan por el campo. La música con que se aleja por el monte solo nos lo sigue clavando en la mirada y lo vemos llegando a la ciudad que habíamos olvidado, camino del necesario cementerio.
GREGORIO García Melchor, zapoteca, con su gorra de funcionario de la arqueología, nos acompaña en la visita a las ruinas, intentando explicárnoslo todo. Nos gana al fin en él no la erudición que su oficio y la costumbre le han dado: hay en sus explicaciones un orgulloso amor por lo que enseña, mostrado con tal vehemencia en algún mo- mento, que se nos antoja el señor de este antiguo palacio. Cuando elogiamos el color de unos frisos, sacado al aire con tal armonía que se olvida la ciencia sequerona de los que lo hicieron para goce de nuestros ojos, Gregorio García exclama: ”Si aquí había cosas preciosas hasta que vinieron los españoles a deshacerlo todo”. Es tan vivo el recuerdo que parece el mismo Gregorio el desposeído. Y sin querer me siento como culpable ante sus negros ojos, nacidos a la luz entre su amor a estas piedras, suyas del todo hasta en el sufrimiento.
VAMOS entrando en las tumbas, amplias y húmedas, calientes del sol que guardan hace horas –del sol de hoy–, calientes, sobre todo, del sol de los siglos, que ha ido que- mando su oscuridad. Estamos ahora ante la columna de la muerte. Abrazado a ella un hombre deja siempre un espa-
cio libre entre sus manos: los dedos cuentan los años de vida que le resta pasar en estos valles. Gregorio conmina casi: “Son creencias de la comarca. Debe usted respetarlas y hacerlo”.
EN la columna de piedra mi muerte guardada estaba. (También yo tengo una muerte en estas ruinas calladas) Me abracé muy fuerte a ella por si era enamorada, que ya la muerte mi vida otra vez me la buscara perdido en la tierra mía el monte bañado en alba. Y no le hice el amor como la señora manda. En esta piedra de Mitla no quiero decepcionarla. Abrazado a la columna ya la respuesta esperaba. Y la piedra habló muy quedo unas palabras extrañas. En ellas iba mi suerte con la muerte entrelazada. Gregorio, que las entiende, pone sus dedos sin trampa en el trozo que desnudo a la piedra le quedaba. Y once dedos da la piedra: tengo la vida contada.
Once años, muerte mía, todavía nos separan. Y yo lo siento, señora que el frio me enamoraba de tu cadera en la piedra, fresco amor de esta mañana.
LA iglesia pequeña, pegada a las ruinas, nos molesta ahora. Tiene un aire invasor que nunca le habíamos atri- buido a las piedras también. La fe que pretende encerrar dentro no cuenta en la impresión de ahora. Es la piedra misma, amarilla y rosada, la que resulta blanda e intru- sa en el señorío del pedregal, junto a estas piedras indias, dueñas otro día del viento, antes, mucho antes de ese ayer tan vivo que relumbraba en las palabras de Gregorio. Nos vamos.
ADIOS, Gregorio García, entre estas ruinas pastor de tanta vida callada. ¡Que te cobije su amor!
BAJAMOS por el monte de Mitla. En las piedras del camino, temblando entre el polvo blanco, parece resonar todavía la música del entierro.
AL pasar por Tlacolula entramos en un tendejón fresco y oscuro, con el solo brillo de la loza diseminada por los anaqueles. Y compramos mezcal añejo y mezcal de pechu- ga en unas preciosas ollitas redondas, de barro negro, la letra esmaltada y brillante encima, con su atadillo de paja y su saquito de sal de gusanos. En los labios por un mo-
mento –el trago corto y limpio– la esencia de la tierra, su calurosa, suavísima sangre (“Esta tierra está bendita”, dice alguien que entiende y sabe de verdadera unción.)
POR un camino que las lluvias han deshecho llegamos a Tlacochahuaya, con sus pobres casas pegadas a un pre- cioso convento popular. Sobre el encalado, que recubre la piedra casi totalmente, bailan y viven esculturas de santos, pintados en rojo y azul. Lo mismo el policromado que las carnes y paños son de la tierra, de las gentes de la tierra, de los hermanos antiguos de Gregorio García ganados a otra fe. Pero su mano lo gana todo también cuando entramos. La iglesia es un vergel de enormes flores y pájaros multi- colores. El oro viejo de los retablos cobra otra fuerza en- tre estas flores, una fuerza que se pierde enredada en los ramos, en las hojas, en los preciosos pétalos toscos, flor silvestre. Catolicismo indígena, lo menos católico posible, lo más cristiano y puro en su sencilla fe.
CAPÍTULO IX