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CAPÍTULO X

In document Medina, Enrique - Las Tumbas [PDF] (página 64-100)

Los domingos nos levantábamos un poco más tarde. Seis y media. Eran los días más tranquilos. La disciplina no era tanta. Después de hacer la limpieza teníamos todo el día para pasarlo en el campo de deportes. El que no quería hacer deportes hacía la suya tranqui-tranqui.

Los grandes de buena conducta o acomodados, salían con permiso especial. También había unos mariconcitos que salían porque los familiares habían hecho los trámites oportunos.

Ínfulas de cantor tenía Martínez, se despachaba cantando Mama vieja y

Primero la patria, primero el deber, después de la patria, guitarra y mujer. No nos

avivábamos que guitarra y mujer significaba la joda loca. Ese domingo el comedor presentó un aspecto extraño. Apareció un cura. Como nos tomaron por sorpresa nos tragamos la misa sin chistar. Pero el domingo siguiente, cuando el cura dijo el dominus obispos el chicato Gamboa le contestó desde una punta:

—¡El culo te pellizco!

Hubo risas y algunos gritos. Los celadores fueron a detectar al que había gritado, sin conseguirlo. Siguió el cura y llegó al orate frates, el que gritó ahora fue al Loco Valdez:

—¡El culo te late!

Desde la otra punta siguió Camproli: —¡Y si te pica, rascate!

Y el comedor tembló en un griterío ecuménico. Los celadores no sabían por dónde empezar para hacernos callar. Volaron marrocos al altar. A los pendejos nos dijeron que saliéramos, pero nos escurríamos a otro lugar y seguíamos gritando; no nos íbamos a perder la fiesta. Las puteadas que largaban los grandes eran muy fuertes y la pendejada nos desgañitábamos para no ser menos. El cura tuvo que irse. Ese domingo no hubo campo de deportes, ni salón de actos, ni salidas de acomodados, ni radios para escuchar el partido. Todo el mundo en cana limpiando. Hubo quilombo porque Lechuza siguió aceptando apuestas cuando se creía que los partidos ya estaban en el segundo tiempo; el asunto era que el granujiento Ladiya sabía cómo iban los resultados porque tenía una radio escondida y le avisaba al Lechuza, y éste aceptaba o no la apuesta según le conviniera. Los capos los salvaron de una estrolada flor, salomónicamente hicieron devolver la guita de las apuestas y se arregló el fato.

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pasaría algo. Nunca supimos el motivo. La señal era cinco minutos después que la última fila recibiera el postre. Seguramente para que pudiéramos hacer la digestión. Se dejó de hablar y quedamos a oscuras. Levemente, en las banderolas se reflejaba algo de la luz de la calle. Y se armó la gran fiesta. Platos, jarras, cuchillos, marrocos, sobras y todo aquello que se pudiera levantar y tirar voló en busca del punto calculado cuando la luz estuvo prendida. Corridas, caídas, gritos descomunales, platos de aluminio que sonoramente rebotaban en las paredes, celadores que aullaban y Martínez que me agarra de los pantalones y me tira debajo de la mesa. Me agarra la mano y la dirige en la oscuridad, ensarto los dedos en algo blando. Se había afanado de la mesa vecina el plato de dulce de leche que estaba destinado a la jeta de Cara de Remolacha. ¡Este loco era más rápido que el Capitán Marvel! Comimos el dulce de leche sin importarnos del Apocalipsis. En un segundo limpiamos el plato. Calculé por dónde estaría Espiga y tiré el plato de filo. Algunas mesas se volcaban y se utilizaban como escudos, solas o de a dos. La joda de resguardarse era que apenas fichaban a un grupo protegido, le llovían los tiros. No hubo que esperar mucho para que los chistosos prendieran fuego en servilletas y manteles, algo poco inteligente porque fósforo que se prendía, proyectil que allá iba. King Kong habría hecho alguna apuesta, porque si no, no se justificaba que estuviera parado en un rincón defendiéndose con un mantel que mantenía tenso pisándolo y estirándolo hacia arriba con los brazos en alto. Todo rebotaba. Al agotarse los proyectiles menores hubo que recurrir a la reserva pesada, las sillas. Un enemigo no identificado le largó una de emboquillada. Seguramente la silla dio en el blanco porque King Kong convencido de ser el personaje de la película arremetió hecho una furia volteando lo que encontrara delante. Con Martínez y el Tanito nos habíamos acercado al sector de los grandes porque allí estaba lo lindo. Pero cuando una silla me afeitó la cucusa y oímos gritos bastantes sombríos y la aplanadora llamada King Kong rugió el juramento de descabezar a la platea íntegra, decidimos retornar nuestra seguridad. El Tanito iba adelante arrastrándose, nosotros detrás cubriéndonos con una silla. A medida que avanzábamos devolvíamos lo que nos tiraban. Le gritamos al Tanito que no se adelantara mucho, para estar unidos, por cualquier cosa; pero nadie oía a nadie.

Una silla voladora chocó contra nuestra silla, la venció y fuimos al suelo. En un salto estuvimos de pie y en el raje nos dispersamos. Choqué contra una columna y una jarra me abolló el mate. Me agaché para seguir pero fue imposible, chocaba por fuera. Un grupo de tres o cuatro que se estaban dando se me cayeron encima. De alguna manera era una protección pero me asfixiaba. Cerca escuché gritos y llantos descontrolados. Era el Tanito. Además de faltarme el aire, ligaba algún cazote desviado, y patadas. Ardió un mantel cerca y esto alejó a los que tenía encima. Respiré. Grité de miedo. Me liberé y seguí gritando al pedo. Intuí algo grave en los gritos y llantos del Tanito. Él no era maricón. Grité, grité, grité. Cuanto más gritaba era peor porque más se me caían

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encima.

Un tamango me aplastó la mano y otro me acarició la nariz. Y la luz hija de puta no se prendía nunca. Martínez había escuchado mis gritos y venía en mi ayuda.

—Pollo, ¿dónde estás? —¡Aquí abajo!

—¿Dónde? ¿En qué lado? —¡Qué sé yo! ¡No puedo salir!

Al saberlo cerca, volví a tener confianza de que saldría con vida de ese infierno. King Kong seguía amasijando y sus puteadas cada vez se acercaban más. Había que rajar para otro lado. Fui a la voz de Martínez. Nos tocamos. Ya era otra cosa, dividir el miedo tranquiliza algo.

—¿Estás lastimado, Pollo?

—Creo que en el mate, me ligué una jarra, pero no siento sangre. —Busquémoslo al Tanito que está gritando como loco.

—¿¡Tanito, dónde estás, Tanito!?

—¡Acá estoy acá, ayúdenme! ¡Me duele el ojo! ¡Luz! En esa puta oscuridad el grito del Tanito nos guió. —¡Luz, hijos de puta prendan la luz!

Llegamos y los gritos del Tanito los tuve en la mano. Estaba hecho un ovillo contra la pared. Cuando lo tocamos se enfureció y nos pateó. Le dijimos que éramos nosotros y se calmó, sin dejar de llorar.

—El ojo, Pollo, el ojo, me dieron en el ojo, me duele mucho, tengo sangre. Al Tanito nunca le había temblado tanto la voz. Tuve miedo de estar ahí. Lo levantamos y lo llevamos cubriéndolo. Martínez le decía que no era nada. Y seguían volando proyectiles. Y la luz que no se prendía. Y King Kong que se enfurecía cada vez más. Y el Tanito que seguía llorando y pidiendo por su ojo. Y Martínez que le quería hacer tragar que no era nada. Y yo sin saber qué hacer más que cubrirlo.

Un ruido de vidrios rotos nos heló. Martínez supuso que tenía que ser la ventana que daba a la cocina o la del economato. Más gritos. El chocar de los proyectiles cambió su música. Ahora volaban los vidrios rotos y otra era la melodía. Estalló el ventanal que faltaba. De algún lado agarré un mantel y nos cubrimos, fue inútil porque no teníamos la fuerza de King Kong. El Tanito trompeaba la pared.

—¡El ojo, tengo lastimado el ojo! ¡Prendan la luz hijos de puta!

Pero los hijos de puta no lo oían. Martínez me gritó que tratáramos de ir hasta la puerta. Lo intentamos con el Tanito en el medio.

Una avalancha nos desparramó en el suelo. Intenté ponerme de pie pero me volvieron a tirar.

—¿Dónde estás Pollo?

La voz de Martínez me dio la fuerza que me faltaba. Volvimos a unirnos para que una silla nos cayera en el mate. Yo la aguanté pero él me gritó que

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tenía sangre. Lo toqué y me enchastré la mano. —No te calentés, es apenas un tajito.

Le mentí como si pudiera ver. De canto, un plato me dio en plena frente. No me dolió mucho porque vino de refilón.

—¿Dónde estás, Pollo?

Y dale con repetir el disco. Ya era una vergüenza que me tuviera que buscar a cada rato. Quise gritar pero estaba tan aturdido que no pude. Me agarré de una pierna creyendo que era de él pero no, recibí un tacazo en el pecho. Rodé y zafé. Traté de abrir grandes los ojos, pero por más que me esforzaba, en esa oscuridad de mierda no se veía un carajo. Apreté los dientes y escuché los gritos del Tanito que seguía con la misma monótona cantinela:

—¡La luz, prendan la luz, tengo lastimado el ojo, hijos de puta, me sangra, me duele mucho!

Llegué a una pared. Escuché el ruido de una silla. Estiré el brazo y la busqué. La agarré. Me la puse en la cabeza con las patas hacia arriba. Temblaba. Otra silla se estrelló contra mi mano. Ni me moví. Oí al Tanito. Cerré fuerte los ojos. Un pedazo de vidrio chocó en la pared. Y se hizo la luz. Algunos proyectiles tardíos producto de la inercia continuaban su vuelo en busca de un objetivo. King Kong se liberó de un amasijo en el que estaba trenzado. El Colorado Valdez tenía un plato en la mano y buscaba con desesperación a quien zampárselo, pero ya no tenía gracia porque todos lo veían. La fiesta había terminado. Descansaron nuestros gritos y empezaron los de los celadores. El único que no acató la orden de silencio fue el Tanito. Desde una punta del comedor Facha Bruta voló hacia el hermanito. Le sacó la mano de la cara y rugió:

—¡Hijos de puta! ¡Cuando sepa quién fue, juro que lo mato!

Y se mordió con rabia la uña del pulgar. Cara de Remolacha se acercó y nosotros también. El Tanito gritaba y lloraba. Tenía la cara ensangrentada. Facha Bruta, sin dejar de jurar y recontrajurar, lo levantó y junto con Cara de Remolacha salieron corriendo y en un taxi lo llevaron al Hospital Rivadavia. Los que no sabían qué había pasado con el Tanito preguntaban y se condolían. Se levantaron las mesas, las sillas, todo volvió a la normalidad. Por un tiempo estábamos desahogados. ¿Hasta cuándo?... El Negro Díaz le revisaba el marote a King Kong. Éramos muchos los heridos. Pero por el momento parecía que el Tanito era el único grave. Lo busqué a Martínez y no lo encontré.

Espiga y el Tuerto Heredia, despeinados y rojos del susto, nos hicieron salir al patio para formar filas.

—¡Separados! ¡Bien firmes! ¡Quietos! ¡Mirando al frente! ¡Silencio! ¡Talones juntos! ¡El que diga una palabra se chupa un mes en el cuartito!

Enojado, el Detective era de cuidado. A un cachaciento retobado le dio tal puntinazo en el culo que lo dejó retorciéndose en el suelo un largo rato. Con los ojos le pregunté a Martínez si le dolía la herida. Me levantó las cejas diciéndome que no y qué tal andaba yo con mi chichón en la frente. Nada grave. Macanudo.

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Entonces quedémonos piola-piola.

A las dos horas nuestros cuerpos se empezaron a enfriar. El frío empezaba a cagarnos la vida. Por atrás uno pidió permiso para ir al baño y recibió un cazote fenomenal. A las cuatro horas volvió Cara de Remolacha. Tenía una cara rara, no era el enojo fácil de siempre, era un enojo muy rojo y contenido, abría la boca intentando hablar pero no emitía sonido. Hasta que se controló y pudo decirnos, con un tono alto y seco pero sin gritar, casi como lamentando lo evidente:

—¡Basuras de mierda!

Empezó con nosotros. Caminaba por el medio de la fila y pegaba de revés. Viandazo y puteada. Puteada y viandazo. A la fila de la derecha con el revés de la izquierda. A la fila de la izquierda con el revés de la derecha.

Cuando se venía acercando mi turno me di cuenta que había sido reverendo huevón al ponerme en la fila derecha. En la mano izquierda tenía su famoso anillo. Como me dio en el medio de la cara y no en el pómulo, pude amortiguar el golpe. Igual caí. Era admirable Cara de Remolacha, tenía una polenta bárbara, no sólo no se cansaba de fajar sino que hasta a algunos de los grandes conseguía hacerlos tambalear.

Durante dos semanas estuvimos encanados. Ni deportes ni recreos ni postres, nada de nada. Sólo limpiar, limpiar y limpiar el santo día. Cuando no limpiábamos, estábamos parados por horas en filas o contra la pared. Lo ideal era hacer limpieza, evitábamos los calambres. Los acomodados de siempre, como los jefes de mesa, de dormitorios, y alcahuetes en general, que en otras oportunidades menos graves se salvaban de limpiar, esta vez aceptaban escobas y cepillos por ser el mal menor. El Tanito nunca más volvió. Perdió el ojo y lo pasaron a otra tumba. Fue un hierro de papel.

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CAPÍTULO XIX

Se llamaba José María Trajano, pero le decíamos únicamente María, casi cantando el Maaaríííaaa. Se las ingeniaba para que cualquier mameluco le remarcara el culo como la puta madre y no había uno que se resistiera a encajar los cinco dedos en tremendo ojete. Tenía la manía de hacer anillos con los carozos. Era artista, tocaba el piano. Por este detalle se lo respetaba. Trabajaba en la zapatería y por el pasillo del fondo se pasaba a los otros talleres para hacerle la paragüita a los necesitados de Dios. Los amores preferidos de María eran el Cerdo, Catorce Líneas y dos o tres empleados sin importancia. Catorce líneas fue el gran amor, el pasional. Y debido a eso, un buen día, la pobre María se cayó por la ventana de un pabellón, dio sobre un techo más bajo y aterrizó en el patio. Lo llevaron a la enfermería con la gamba rota y un extraordinario ataque de nervios. El rumor fue que se había querido suicidar porque el guachito de Catorce Líneas lo abandonaba. Fue a parar al hospital Rivadavia. Ese día, el impecable y tableado guardapolvo blanco de Catorce Líneas no se vio por el comedor. Hubo conmoción en las altas esferas de la tumba. Y cómo no... ¡Ante un hecho tan indignante y bochornoso! Después de unos días, Catorce Líneas se decidió a mostrar su pintita en el comedor. Al día siguiente, el guardapolvo blanco dejó de ponérsele colorado. Al mes volvió la dulce María. Las altas autoridades, muy inteligentes por cierto, para evitar nuevos hechos molestos, hicieron trasladar a otra tumba al impecable Catorce Líneas. De todas maneras la buena María se consoló muy pronto y el piano del salón de actos volvió a dejarse acariciar por sus hábiles manos.

El Cerdo era un perfecto cerdo, física y mentalmente. Aparentaba la edad de los celadores, era petiso, culón, pelo color sangre, sangre con pus, feo como culo de mono, culo de mono pelado y llagoso; y por sobre todo príncipe de los hijos de mil putas. Siempre andaba detrás de la pendejada haciéndose el bueno. Estaba bien junado y tenía que conformarse con los maricones conocidos. Con el cuento de que algunos tenían que estudiar para los exámenes, se levantaba a media noche, se venía a nuestro dormitorio, y les hacía el favor de despertarlos para machacar en el baño. Fue tomando confianza y, ¡oh casualidad!, él también tuvo que estudiar. Traía una frazada y un libro. Una noche lo despertó sólo a Morrone:

—Es que los demás no quisieron que los despertara porque no iban a estudiar...

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seguías dormido. La lata del Cerdo no te dejaría pensar. No en vano el muy turro tenía su fama. Al ratito el Cerdo te dice que podían ir al comedor a conseguir unos marroquitos. Morrone, cómo estarías de dormido. En el comedor nunca había nada, Morrone. ¿Acaso no sabías que todo se guardaba en el economato con doble llave? ¿Acaso no sabías que en nuestro armarito siempre había algo para morfar?

Al otro día Martínez me comentó que tenías un golpe en la cara y que estabas muy triste. Yo no le di pelota. Tampoco presté atención a tu falta de interés en jugar al fútbol con nosotros. Cerdo guacho. Se escondieron en un rincón porque él oía pasos y podía ser el sereno. ¿Acaso no sabías que el sereno llegaba siempre mamado, se sentaba en la sillita de la galería alta y apoliyaba hasta el otro día? Cuando se te apoyó detrás ya era tarde. Ni Cristo padre te salvaba. Te fajó y te rompió bien el culo. Te juro que Martínez y yo nos exprimimos el bocho para cagar al Cerdo. Pero era muy difícil. Vos nos contaste demasiado tarde y el tiempo jugó en contra. El Cerdo ya había desparramado que te había cojido fácil y que eras un putazo. Si nos hubiéramos enterado al otro día nomás, Santillán podía haberlo convencido a King Kong para que lo matara. Martínez se animó a escupirle la puerca jeta y terminó en la enfermería con los ojos en compota. Te fuimos raleando. Al principio extrañamos al mejor güin izquierdo del equipo. Después, cuando alguno, por cargarnos, preguntaba si éramos amigos tuyos, decíamos que no; al principio con dolor y tristeza, a lo último con mucha bronca.

La mañana que Espiga vino a despertarnos, Martínez me dijo que nos estábamos portando mal con vos. Espiga levantó tu colchón para que cayeras al suelo. Pero vos no caíste, cayó la almohada que habías colocado para que te suplantara. Dijeron que te metieron en otra tumba más jodida después de agarrarte en la calle. Mucho después supimos que nunca apareciste y los correos entre las tumbas nunca confirmaron tu presencia en ninguna de ellas. Ojos chiquitos, nariz chata, cara redonda, orejas de repollo, cuello de cerdo, pelo con sangre y pus, buena pilcha y anillo enorme amarillo.

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CAPÍTULO XX

Estábamos de malas. Me senté contra el árbol de la lavandería y me puse a leer unos Patoruzitos viejos. Martínez se estiró en el suelo y me usó de almohada, un fósforo le bailó entre los dientes. El Flaco Céspedes intentaba acertar con el ritmo de la canción El Baile de los Chinitos. Martínez escupió el fósforo.

—¡Así no es tarado!... Es así: Un paso aquí, un paso allá, y bailan bugui-

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