Apenas nos despertó el celador ya estábamos vestidos y listos para rajar. Esa semana no nos tocaba limpieza. Fuimos al patio. Llovía. Ahora tenía gripe yo. Nos aseguramos que nadie vichara para el portón y hacia él rajamos. Todavía estaba oscuro. Yo tenía miedo de salir a la calle por Martínez, él ya tenía una entrada en el cuartito y lo tenían medio controlado. Subí primero. Él me tenía las puertas para que no hicieran ruido. Nos quedamos un ratito en el rincón del techo de la chanchería para que se nos pasara la agitación. La copa del árbol de la vereda no frenaba un carajo la lluvia. Los dos teníamos miedo pero lo disimulábamos. Había que hacer la primera salida a toda costa si no, no nos animaríamos nunca más. Me seco la cara y le indico con la cabeza que vigile la entrada principal que voy a bajar. Se estira en el techo y saca lo más que puede la cabeza.
—Dale.
Bajo por la pared. Los ladrillos gastados por el uso de los zapatos de los grandes forman una escalera natural. Me paro en el murito y me sostengo del alambrado. Miro a lo largo de la vereda y no veo a nadie en la puerta principal. Solamente tengo que saltar dos metros, cruzar la calle a los pedos y esconderme en la esquina de enfrente. Estoy empapado. Las manos las tengo duras de frío y los deditos se me están hinchando. La puta que los parió, tengo sabañones, apenas vuelva me meo las manos.
—Cruzá.
Mentalmente digo ¡za-zám! y, como el Capitán Marvel, vuelo a la esquina. Le toca a Martínez. Baja apresurado. Casi se va a la mierda. El muy boludo no se da cuenta de que con el agua todo se pone resbaloso. Miro a la puerta principal y el estómago me hace ruidos raros. Le hago señas con la mano y vuela hacia mí. Perfecto.
—¿Ahora qué carajo hacemos?
—Doblemos en aquella esquina a ver si encontramos el parque.
—¿A qué mierda vamos a ir al parque ahora si no se ve un carajo y llueve como la puta madre?
Estornudo. Me tapo un agujero y sueno fuerte, los mocos salen verdes y espesos. Hago la misma operación con el otro agujero. Luego la manga.
—Vamos por la vereda de enfrente que te mojás menos.
Corremos y doblamos la esquina. Caminamos al tuntún. Hay poca gente en la calle y como están apurados o no quieren mojarse no nos dan pelota.
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Paramos en una esquina. Martínez se abrocha la camperita hasta arriba y se levanta el cuello, como lo hacen los grandes. Lo imito. Con las camperitas puestas disimulamos la mitad del mameluco y pasamos desapercibidos.
Encontramos el parque. Le digo a Martínez que ahí hay juegos y una pileta de natación. Quiere ir. Le digo que la próxima vez.
—¿No ves que nos vamos a embarrar al pedo?
En las entradas de algunas casas vemos botellas de leche y diarios al alcance de la mano. Martínez me levanta las cejas y seguimos de largo. El primer round siempre es de estudio.
Un colectivo nos termina de empapar los pantalones. Un kiosco. Una lechería. Un bar. En una esquina la gente espera el tranvía. Usan pilotos y paraguas. El cine no lo encontramos por ningún lado. Insisto en retornar; debe faltar poco para el desayuno.
Retomamos por el mismo camino para no perdernos. Miramos hacia la puerta principal. No hay nadie. De afuera, el portón se ve chico. Primero sube Martínez. Cara de Remolacha está paseando por el jol. Esperamos. Se va. Bajamos a los santos pedos. Volvemos a respirar. Cruzamos el patio disimulando que pateamos una piedrita. Cara de Remolacha nos llama.
—¿Che estúpidos, son imbéciles ustedes? ¿Cómo se ponen a jugar con esta lluvia? ¡Vayan a secarse rápido!
Ese desayuno tuvo un sabor muy especial porque en silencio festejamos nuestra primera salida.
En la tercera volvimos con una botella de leche y el diario La Nación. Siempre había un diario en mi casa pero jamás se me había ocurrido abrirlo. Ahora era distinto. Era algo de afuera y lo habíamos afanado. Lo miramos bien, todas las páginas. Al principio no había nada que mayormente nos interesara, salvo un chiste estúpido, pero más adelante leeríamos las páginas de deportes y las noticias policiales.
El primero que se animó a afanar en un kiosco fue Martínez. Ni me avisó, le salió del alma. Mientras yo compraba unas figuritas él se afanó un paquete de pastillas. Después lo hacíamos una vez cada uno. A veces teníamos que salir rajando. Nunca nos agarraron. Teníamos mucho cuidado de que no hubiera canas cerca. Y además nos íbamos bastante lejos de la tumba.
Más difícil era afanar revistas. Los diarieros estaban en la vereda igual que uno y podían corrernos sin darnos la ventaja que nos daba el que estaba detrás del kiosco de caramelos, y si encima corrían más rápido, sonábamos. Por eso los afanos de revistas eran con clase. Una sola vez nos corrió uno. ¡Y por culpa mía, la puta que lo parió! Siempre listos, hasta eso teníamos calculado. Rajábamos en distintas direcciones.
La revista la llevaba yo y el tipo se me venía encima. Yo cargaba siempre con el botín por ser el más rápido. El tipo ya casi estaba encima, no había más remedio que tirar la revista a la mierda. Pero el hijo de puta me seguía igual. Ni se molestó en levantar la revista. Martínez me había engrupido. El tipo quería
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cagarme a patadas nomás. Doblo una esquina y me cuelgo de un tranvía que me salva. El guarda me quiere cobrar boleto. Le digo que no tengo plata y me tira en la otra esquina.
Después de un tiempo vinieron las escapadas de noche. Eso era mucho más jodido. Solamente los grandes, los bien cancheros, se rajaban de noche. Algunos con la vista gorda del sereno. Por supuesto a cambio de un litro de vino o un atado de fasos.
La diferencia fundamental que notamos en la primera escapada de noche, fue extrañar el quilombo que hacían los gorriones en la copa del árbol que daba al techo de la chanchería. Ya nos habíamos acostumbrado a ese barullo infernal que siempre temíamos podía batirnos la cana. Martínez decía que los gorriones se despertaban cabreros porque habían cojido mal y fajaban a las gorrionas.
Las primeras salidas de noche fueron muy cortas. Siempre en el recreo después de cenar. Era el primer round de otra pelea. Aprendimos a controlar las calles más oscuras, las paradas de los canas, los colectivos y tranvías que iban para el centro. El centro era nuestra mayor ilusión.
Ese día nos dieron mamelucos limpios. Al acostarnos los pusimos debajo del colchón envueltos en una frazada para que no se les marcara el elástico. Cuando se durmieron todos nos levantamos y nos pusimos los mamelucos con las rayas bien planchadas. Las almohadas ocuparon nuestro lugar. Nos pusimos dos corbatitas afanadas. Por más que le había enseñado, Martínez necesitaba ayuda para hacerse el nudo. Antes de salir del dormitorio nos relojeamos en el espejo. Usamos la frazada de franela y nuestros zapatos Mérito brillaron optimistas.
El sereno dormía su curda. Como gatos subimos al techo de la lavandería. Siempre cuidando de no ensuciarnos. El enorme patio estaba desconocido. ¿Sería que estaba solitario? Una luz fuerte vigilaba.
Tocamos la vereda y nos sacudimos el revoque del murito. Caminamos varias cuadras para tomar el tranvía lejos de la tumba. Subimos. Estaba lleno, sólo algún tarado nos miró raro. Tuvimos suerte y nos sentamos. Martínez se sentó al lado de la ventanilla. Viajamos sin decirnos una palabra y con los ojos fijos en la calle.
¡Y divisamos el obelisco!, el consolador mayor de Buenos Aires. ¡Habíamos llegado al centro! El famoso centro del que tanto hablaban los grandes. Bajamos y nos pusimos a caminar haciendo buena letra.
El problema era ¿por dónde empezar a mirar? Nos parecía mentira tanta luz, tanto color... Todos caminaban como si tal cosa, con sus propios mundos a cuestas, en cambio nosotros necesitábamos ojos de repuesto para disfrutar ese mundo que no nos pertenecía y que estábamos conociendo de prepo y con culpa. Nos codeábamos a cada paso para señalar aquello que nos sorprendía. Yo, ya caminaba por el aire; Martínez siempre en tierra firme, no dejaba de estar atento. Distinguía un cana a la legua. Anduvimos cruzando esquinas, retrocediendo, doblando y esquivando el peligro en zig-zag.
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La gente salía de los cines y llenaba las veredas y hasta las calles ¡Qué de cines, mama mía! Martínez estaba maravillado, las luces, los negocios, la gente, el tráfico intenso, lo habían enloquecido. Bares, confiterías, teatros, cines, sastrerías, cines, cines, cines.
Los afiches de las películas detenían nuestra marcha. Debajo de nuestras porras comenzaron a acumularse las ilusiones.
Martínez sacó un cigarrillo. Se lo hice guardar. No había que llamar la atención. Un montón de gente se amontonaba sobre un mostrador. No aguantamos la tentación y pedimos dos porciones de pizza. La gente nos miró con curiosidad. Por temor a preguntas o malas sorpresas, decidimos ir comiendo la pizza por la calle.
Martínez se entusiasmó con las vidrieras que tenían ropa. A cada rato me señalaba a un tipo bien vestido:
—Mirá qué bien empilcha ése.
Yo me enculé con las minas. La tumba nos había dado alguna madurez. Es decir, antes la gente era la gente y nada más; ahora una mina era un churro que tenía lindo culo o linda cara. Un tipo tenía tal pilcha o iba en auto. Un viejo no valía una escupida. Un artista de cine o un jugador de fútbol, o un boxeador, era el asombro...
Se nos había pasado el tiempo y había que volver a la tumba. Me tuve que poner firme porque el loco no entraba en razones.
—Esperá un cachito más, un cachito más.
—Un cachito más ¡las pelotas!, ¿no ves que somos los únicos pendejos que andamos yirando?... Si nos llega a chapar un cana o llegamos tarde... ¡Puede ser peligroso! ¡Arruinamos lo ganado hasta ahora!...
Había que conformarse con ese corto primer round nomás. La vuelta fue más sencilla que la salida. Casi estoy seguro que hubiéramos podido entrar por la puerta principal lo más campantes. Todo estaba en orden. El sereno seguía durmiendo su curda. Todos dormían.
Nos acostamos y seguimos parlando en voz baja. Al otro día nos fuimos a apoliyar al fondo del taller de mimbrería. Nuestra barra nos cuidaba las espaldas. Aunque nosotros no habíamos batido nada sospechaban que andábamos en algo y se sentían orgullosos de tener jefes misteriosos.
Como el ambiente de la tumba estaba algo caldeado, dejamos pasar más de una semana para la próxima salida. Habíamos dado vuelta el comedor patas arriba por la comida de mierda y la cana nos había hecho una visita.
La segunda salida la hicimos con más seguridad. Martínez quiso entrar en un cine pero ya era tarde. Cruzamos por el obelisco. En un teatro los porteros abrieron las puertas porque la función había terminado. Pero igual pudimos ver en el escenario un montón de artistas que se inclinaban y el público los aplaudía. Unas cuantas candomberas tenían las gambuchas al aire. En el medio de todas se adelantó una culona que me paralizó. Nos acercamos para ver mejor y los porteros nos sacaron carpiendo. El público salió. Levanté un programa y
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leí Blanquita Amaro. Todas las noches siguientes que nos plantábamos, nos parábamos frente al teatro hasta que abrieran las puertas. Blanquita y sus hermosos pelos de alambre y su fenomenal culazo, me habían conmocionado para el resto de la vida...
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CAPÍTULO XXIX
Ya conocíamos las calles. Caminábamos Corrientes desde Callao a Florida como si fuera nuestra casa. Cuando nos creímos dueños del centro empezamos a pedir guita. Sacábamos bastante, Martínez siempre sacaba más que el doble de lo que sacaba yo. ¿Sería por su pelo sobre la frente o porque levantaba las cejas? ¡Era más simpático!, o qué sé yo, el asunto era que él se la piyaba más.
—Hay que tener muñeca, hermano, mucha muñeca.
—No seas fanfarrón ¿querés? ¿Te venís a mandar la parte conmigo? —¿Sabés lo que pasa, Pollo?
—¿Qué?
—Que vos sos fulero.
Y yo engranaba. Se decía que cuando yo puteaba, el mundo entero dejaba de hacerlo; era porque yo me apropiaba de todas las puteadas que se habían inventado hasta la fecha. El asunto era que tenía una facilidad bárbara para putear de corrido durante el tiempo que quisiera. Tenía el orgullo de saberme el mejor en la materia y cuando podía hacer alarde de mi capacidad no desaprovechaba la oportunidad.
—Por qué no te vas a la reconcha puta de la reputísima madre que te recontra puta parió hijo de mil putísimas y reputas madres y la concha puta sangrante de tu recontra mil veces recontra reputa hermanita...
Y seguía duro y parejo recorriendo el árbol de todas las familias habidas y por haber y luego terminaba con los santos del cielo y el infierno. Martínez gozaba cuando me escuchaba putear, yo no paraba hasta que él me decía:
—Puteate algo, Pollo.
Y nos cagábamos de risa. Él pasaba un brazo por mi hombro y yo hacía lo mismo con él. Emparejábamos el paso y caminábamos haciendo eses. Simplemente para joder a la gente nomás.
Mongo o algún chabón nos había dicho que en las paradas de tranvías y colectivos se encontraban moneditas. Ni hablar. Cruzábamos las calles mirando el suelo. Yo lo cuidaba como quien cruza a una viejita o a un ciego, para que no lo atropellaran. Y el muy maldito encontraba.
A veces afanábamos las propinas que estaban sobre las mesas. También los terrones de azúcar, las servilletas, los escarbadientes... Éramos una plaga hecha y derecha... Algunos hijos de puta cuando pasaban a nuestro lado nos atropellaban como si no se dieran cuenta. Martínez fue a un bar a cagar y volvió con los ojos en blanco. ¡La puerta del baño tenía un agujero hecho
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especialmente para junarle la pija a los que meaban! Otra vez, yo voy a mear a un cine y un tipo que meaba a mi lado me señala las verrugas de mi mano. Inocente, con mis verrugas sosteniendo la pijita, confirmo:
—Verrugas.
Y sigo meando lo más tranquilo. El tipo campaneó que estábamos solos, zampó su mano en mi meadero y manoteó mi garchita. Me llevé tal jabón que se me cortó el chorro. De un salto estoy en el jol del cine, lo agarro de la manga a Martínez que estaba embobado en el afiche de una rubia y lo hago correr como loco.
—¡Vení, seguime, metele!
En dos cuadras lo dejé sin aliento. Cristo, uno nunca termina de sorprenderse en esta vida de mierda. Martínez no me creía que el tipo tenía bigotes.
—¡Carajo, te digo que sí, que el tipo tenía bigotes!
—¡No seas boludo! ¡Los putos no tienen bigotes! ¡Acaso la Rubia Mireya tiene bigotes!
—¡Escuchame papafrita! En la tumba no se puede usar bigotes, solamente King Kong se los deja de vez en cuando y se lo hacen sacar.
—¡Papafrita tu hermana! Decime una cosa ¿quién se va a cojer un puto con bigotes? ¿eh?... ¡Nadie! O sea que el tipo no tenía bigotes, y si tenía bigotes no era cangrejo y vos soñaste que te chapaba el nabo.
Cuando Martínez tenía ganas de discutir era terrible, así que era mejor dejar las cosas ahí.
—Está bien, todas las vacas son tuyas. Cuando no la ganás, la empatás. En la calle Lavalle, nuestra preferida, había una confitería o club nocturno, Nobel se llamaba, donde nos gustaba pararnos a ver dos retratos hechos por Raf, esa era la firma. Uno era de Roberto Caló y el otro del negro Esteban; una típica y una jazz. Martínez soñaba con poder entrar a esos lugares.
—No te calentés Pollo, ya vamos a ser grandes.
Yo me soñaba grande y famoso dibujante. Las minas más hermosas del mundo se peleaban para que yo les hiciera un retrato.
Dominábamos la noche pero no nos servía de nada. Salvo para caminar. Durante sábados y domingos desaparecíamos de la vista de los celadores, queríamos acostumbrarlos a que no nos vieran para que, cuando nos quisiéramos escapar, no notaran nuestra ausencia.
Así fue que un domingo después de almorzar nos metimos en un cine. En el afiche estaba Humphrey Bogart, que era el ídolo de los grandes de la tumba. Tenía una cara fiera y una pistola en la mano. Nos gustó mucho. Cuando terminó la película volvimos a los santos pedos a la tumba, nunca habíamos estado tanto tiempo afuera.
Una vez que ya teníamos relojeado el tiempo, volvíamos como quien vuelve a su casa. Encima nos dábamos el lujo de jugar un partidito.
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habitués a la Piojera que estaba cerca de la tumba. Él sería un gran actor y yo le dibujaría los afiches. Lo malo de él es que era muy veleta. Ayer quería ser el mejor jugador de fútbol del mundo, hoy el mejor actor, mañana el mejor bandoneonísta. En fin, de todas maneras ya teníamos planificado nuestro futuro en común. En nuestros planes copiábamos a los grandes. En realidad no éramos originales.
Aunque no entendíamos cómo un hombre podía cojerse más de una vez a la misma mina, habíamos llegado a la conclusión que había que casarse. Él lo haría con una idéntica a Verónica Lake y yo con una bailarina. Como él ganaría mucha guita se compraría un auto y los fines de semana saldríamos los cuatro a pasear por los teatros y cabarets. Sí señor, nos teníamos reservada ¡flor de vida!...
Lo que lo tenía verdaderamente preocupado era que si su Verónica iba a ser artista como él, también iba a besar a un montón de tipos. No le gustaba nada el asunto a Martínez. Lo convencí de que habría algún truco, un papel invisible, un espejo o algo así.
Cuando volvíamos a la tumba, Martínez siempre cantaba. Yo le pedía Los
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CAPÍTULO XXX
En plena merienda el Gitano Suárez estaba en otra, entonces el Negro aprovechó y en vez de llenarle la taza le sirvió el matecocido con un cuellito bárbaro. El Gitano Suárez, boludo no era.
—¡Oia! ¿Qué hacés? ¡Se te fue la mano con el cuellito!
—Bueno, quédate piola-piola o le bato a Cara de Remolacha que estás haciendo porquerías en la mesa.
Era una de las tantas formas de correr la coneja. Como si tal cosa, el Negro