Desde el fondo de mi podrida almita algo me dijo que no era para nada bueno. Ante mí mismo me hice el oso y seguí limpiando el arco de piedritas; por primera vez se me había dado por jugar de arquero. El correo del zar repitió su mensaje y me cagué en mi negra sangre.
Concurrí presto con mi mejor cara de ángel. Él estaba meta timba. —Pollo, vos sabés que a mí no hay que mentirme, ¿no?...
—No, si yo no miento nada...
—Esperá que te pregunte... ¿O es que estás nervioso?... —No, Batres, yo no estoy nervioso, te juro que no.
—Está bien. ¿Quiénes fueron los tres que salieron y afanaron los tamangos?
—¡¿Qué tamangos?!... Batres, yo no afané nada, te lo juro.
Y me hice la cruz tres veces seguidas. Trataba de ser todo lo convincente posible y rogaba que mi jeta fuera la de uno que no sabe de qué le están hablando.
—Yo no estoy diciendo que fuiste vos.
Con un siete y medio real el Negro Díaz le saca la banca, ¡justo ahora! No era mi día de suerte. El Rengo Batres entregó el mazo con bronca. Mala fariña, el maldito es muy mal perdedor.
—Pero es que yo no sé nada.
—¡Cómo que no sabés nada! ¿Para qué carajos los llamó Cara de Remolacha? ¡¿Para jugar a las bolitas?!
El Rengo Batres se está enchinchando y esto se está poniendo más fulero de lo que yo pensaba. Calma. Ante todo calma. Y para colmo a King Kong no se lo ve por ningún lado.
—Vos estás muy piyadito, Pollo. Parece que te olvidaste que sos un pendejo de mierda. ¿Te olvidaste que sos un pendejo de mierda, eh?... Contestá, guachito hijo de puta, cuando te hablo...
—No, Batres, no me olvidé. —¿Seguro que no te olvidaste? —Seguro, Batres.
—A ver, decí: soy un pendejo de mierda. —Soy un pendejo de mierda.
—Más fuerte.
146
Lo grité con voz firme y valiente y el pecho henchido de emoción. Quería dejarlo contento de una vez por todas para que no se enfureciera más.
—Eso es. Paso. Ahora quiero saber quiénes fueron los que se afanaron un par de tamangos que un viejo de mierda vino a reclamar. ¿Está clara mi pregunta?
—Sí, Batres.
—Bueno, al terminar esta mano tengo que saberlo, ¿estamos?...
Muevo mi santa cabecita de arriba abajo y el Rengo hijo de puta agarra sus cartas. Rezo para que le vengan cartas buenas y gane. Las junta y las va descubriendo de a poquito. Un cinco. Un cuatro. Un cinco. ¡Dios mío! ¿Alguno de la barra se habrá avivado que estoy con el Rengo Batres para que llame a King Kong? Se queda con el cuatro. Le vienen otro cuatro y un tres. Estaban jugando sin abrirse. Tira las cartas y me sonríe.
—Parece que vos no me traés suerte, Pollo. Terminé la mano y no sé nada... ¿Cómo puede ser?...
Desenreda las piernas, las abre en y, se inclina para atrás con las manos apoyadas en el suelo. Antes que pudiera contestarle algo, me chapó de los huevos y me echó sobre las cartas.
—No, Batres, que me duele... Ay, ay, ay, ay, Batres, que me duele, por Dios...
—¿Así que te duele?, pobre Pollito, entonces me vas a decir lo que quiero, ¿no?...
—Te lo juro por mi vieja que no sé nada, Batres, te lo juro por mi vieja. Me empezó a apretar sin asco. Volví a gritar que no sabía nada y de un cazote me hizo callar.
—Nada de gritos porque me enojo, y cuando yo me enojo soy muy malo, ¿sabés?, pendejo de mierda hijo de mil putas.
Sonreía y ponía cara de lástima el hijo de todos los santos. Para que no gritara me puso su manaza en la boca y me aplastó el mate contra el suelo. Me desabrochó la bragueta.
—Vamos a ver de qué tamaño la tienen los pendejos de mierda, ¿eh, muchachos?
Algunos se rieron. Me sacó bien afuera la pijita y los huevitos.
—¡Oia, son huevitos de pajarito! Jua, jua, jua. Agarró la pijita y tiró fuerte para arriba. Era tremendo el dolor. Me apretó los huevitos de tal forma que creí que me los había reventado. En la desesperación le arañé la mano. ¿Para qué lo habré hecho? Les dijo a los demás que me agarraran de las piernas y los brazos y ahí empezó la faena en serio. No sólo me los apretaba sino que los retorcía también. La manota estaba tan bien colocada sobre mi boca que me era imposible morderla. Lloraba como si me estuviera arrancando un ojo sin anestesia.
La mano aflojó y yo tomé aire.
147
—En serio, Rengo, soltalo que le podés reventar los huevos. ¿No ves que es un pendejito?
Juré ser presidente de la república solamente para declararlo prócer al Negro Díaz.
—¿Te duele, Pollo?... ¿No ves que no dice nada?
Y el muy hijo de mil reputas sonreía lo más simpático que podía.
—Dejalo, el Pollo es un buen pendejo, no debe saber nada. Total, desde hoy ya les prohibimos las salidas a todos, y listo. ¿Para qué nos vamos a hacer problemas?
Yo rogaba que el Negro Díaz siguiera hablando. La Rubia Mireya también puso su granito de arena.
—Tiene razón el Negro, Rengo, agarralo a patadas pero acordate de Culo Sentado, a ver si en una de ésas sin querer se arma un quilombo padre. ¡Bravo! ¡Otra! Que me cague a patadas pero que me largue los huevos, ¡Dios sea loado! Me largó los huevos y sacó la manota de mi boca. Hice varias muecas para volverla a su estado normal. Me sequé la cara. Me dio un viandazo y me estrelló contra la pared.
—Vení para acá, pendejo de mierda, sentate y escupite la pija. La función no había terminado. Me la escupí. Se rieron.
—Pero eso es un gargajo de gorrión... A ver, una escupida como la gente, si no...
Traté de juntar la mayor cantidad posible de saliva haciendo todo el ruido que la garganta me permitía.
—No, no, no, eso es una escupida maricona.
Hizo funcionar su naso y me estampó un verdoso más grande que mis dos huevitos juntos. Escupieron todos. Mi poronguita y mis huevitos quedaron envueltos en una enorme telaraña pegajosa.
Esos gargajos los recuerdo con mucho cariño, me hacían mucho bien, me refrescaban y aliviaban el dolor. Por mí podían seguir escupiendo hasta el otro día. Pero faltaba la yapa. Me agarró del cogote y me estampó contra la pared. Con la mano libre me daba de los dos lados, al derecho y al revés. Al doblárseme la cara por los viandazos, estampillaba mis dos perfiles contra los ladrillos.
—Desde hoy se terminaron las salidas ¡paf! se sale únicamente con nuestro permiso ¡paf! ¿Oíste, mocoso de mierda?, ¡paf!, al que llegue a salir sin nuestro permiso ¡paf! lo hacemos mierda ¡paf!, ¿oíste, pendejito? ¡Paf!, y esto es en serio, Pollo ¡paf!, ¿oíste, soretito?, ¡paf! le metemos una zanahoria en el orto, ¡paf! ¿Oíste?, ¡paf!...
—¡Sí, sí, oí oí! —¡Paf!
Me despidieron con unos humillantes voleos en el culo. Me molestó mucho, los huevos estaban bien pero los voleos en el culo, como que estaban de más... No era esa la forma de tratar a un jefe, aunque sea un jefe de pendejos...
148
¡Porque un jefe es siempre un jefe! ¿O no?...
Tomé el camino del baño, caminando con las patas abiertas. Todas las cargadas que se podían hacer en estos casos me las hicieron. Hasta un hijo de puta me zampó un pelotazo en el mate. Agarré una baldosa y todos se abrieron. Enseguida vino la barra a socorrerme. Al Chino Vera no lo veo. Gutiérrez me dice que Cara de Remolacha lo amasijó. El Chino Vera se le retobó y le dio con un cepillo en el mate. Cara de Remolacha lo terminó de reventar y lo encerró en el cuartito de limpieza de arriba de la cocina, porque los otros dos cuartitos de siempre, los de penitencia, están ocupados.
—Al Chino Vera se le piantó un diente de adelante. ¿Sabés lo que parece?... Parece un túnel.
Aparte de la barra eran muchos los que venían a verme. Había resultado medio héroe, sin querer. Medio, por la altura. No cualquiera se niega a contestarle al Rengo Batres. Y mucho menos un pendejo.
Me senté en el borde de la pileta con las piernas colgando de los lados, de atrás me sostenían la espalda y mis dos manos acariciaban los huevitos y la garchita que un momento antes creí perder. Si en verdad existe el agua bendita, seguro estoy que era la que salía por aquella canilla con un trapo atado para que no perdiera. Los dientes del Chino Vera no me preocupaban tanto como sí un problema de conciencia que me serruchaba el marote. Me sentía muy contento que todos me palmearan por mi buen comportamiento con el Rengo Batres y es muy lindo que piensen que sos un pendejo macanudo. Aunque a decir verdad: me importaba tres carajos lo que pensaran de mí los demás. Y así pudiera engrupir a todos me molestaba que Martínez creyera que me había portado como un héroe. A pesar de estar enojado tenía que decirle la verdad. Yo no me había hecho el valiente, lo que pasó fue que yo quería batirle todo al Rengo Batres, pero el muy boludo me tenía la boca taponada; yo estaba dispuesto a denunciar a mi vieja con tal de que me soltara los huevos. Ocurrió que cuando tuve la boca libre también me soltó los huevitos, así que no iba a ser tan boludo de batirle todo de gratarola nomás. Aguantar unas trompadas después de que te retuercen los huevos es como si después de atropellarte un tren te atropella un monopatín. Tenía que decírselo ya a Martínez. Era una boludez pero tenía que decírselo. A pesar de estar peleados nos respetábamos y nuestro respeto se debía a nuestra sinceridad. Conversar con él me iba a hacer mucho bien. Le pediría que me explicara de una vez por todas cómo hacía él para ser más valiente. Porque eso sí, nadie dudaba de que Martínez se quedaba sin huevos antes de traicionar a un amigo. En cambio yo, que me creía tan machito, no me hice batidor de pura suerte nomás. Sí, tenía que llamarlo, tenía que hacerlo ahora antes que se me pasara la calentura. Después capaz que no me animaba. Los huevitos y la pijita revivían, meé y todo.
—Gutiérrez, llamalo a Martínez, decile que venga que le tengo que decir algo.
149
la dirección. —¿Por qué?
—Porque Espiga lo vio cuando le alcanzó el cepillo al Chino Vera... El cepillo que le zampó en el mate a Cara de Remolacha. Cara de Remolacha se puso medio loco. Me había olvidado de decírtelo. Bueno, la verdad que no te lo quise decir.
150
CAPÍTULO XLI
Balmes nos explicaba que las minas se dan cuenta del tamaño de la pija de los hombres por el largo del cuello, por el tamaño de los pies, por la nariz, por el largo de las piernas y por los dedos de la mano.
—¿Ves?, doblate el dedo del medio hasta donde te llegue, bueno, de ahí hasta la punta del dedo es el tamaño de tu chipote. Los que tienen brazos muy largos también la tienen larga, y casi todos los flacos y altos.
—Escuchame, Balmes, sólo falta que digas que los que la tienen larga son los que tienen pija larga y chau...
—Vos te la boleteás, Balmes... ¿Entonces cómo el petiso Lugo tiene semejante pedazo?... ¡Si parece la manguera de los bomberos, parece!
—Pero, ¿son boludos ustedes, che? ¡Estoy hablando en términos generales! ¡Manga de ignorantes! ¡Lo que pasa con el petiso Lugo es que es un petiso desproporcionado! ¿O acaso no saben que toda regla tiene su excepción?... Che, por favor, son una manga de ignorantes ustedes...
—Está bien, está bien, no te enchinches. —A ver... ¿De qué tamaño es la tuya?
Estiré el dedo lo más que pude y como jefe de la barra salvé el honor. —Che, ¿no es más fácil medirse la pija derecho viejo y chau?...
Por su parte, Gutiérrez estaba preocupado con los pendejos:
—Che, Balmes, y si uno se afeita, ¿crecen igual que la barba, crecen más rápido?...
En adelante, en vez de mirarnos directamente la garcha para ver si había crecido, nos la pasábamos estirando el dedo.
El Chino Vera estuvo una semana encerrado. Solamente lo sacaron el primer día para que lo viera el dentista. Apenas si lo pudimos ayudar con un poco de morfi. Como no podíamos salir a la calle se la tuvo que aguantar sin chocolate, que tanto le gustaba. Cuando hablaba, la boca parecía un túnel.
Al no haber cuartitos disponibles, Martínez se salvó de caer encerrado, lo tuvieron cagando fuego dos días y después lo dejaron tranquilo. Me mandó decir con Gutiérrez que estaba con bronca con nosotros porque por nuestra culpa todas las salidas estaban controladas y al no poder salir él, el Jorobado Mendoza buscó otro campana. Me amargó mucho que perdiera el empleo por una estupidez nuestra, pero mucho más me amargó que me lo mandara a decir. Eso significaba que estaba enojado en serio. Se alejaban las posibilidades de reconciliación.
151
El Loco Flores era loco de verdad y nosotros éramos tan boludos que, a pesar de saberlo, a veces le llevábamos la corriente. Desde el techo de la galería nos entreteníamos cagando a hondazos a las gallinas del quintero. Para quitarse el aburrimiento, al Loco Flores se le ocurrió agujerear los vidrios del invernadero. Como por las ventanas de los dormitorios altos nos podían ver, tomamos las precauciones del caso: nos escondimos detrás del tanque de agua. En verano nos dábamos flor de baño en ese tanque.
Entusiasmado por llevar tres vidrios de ventaja, el Loco Flores se descuidó y se dejó ver por el Detective, que no estaba de guardia, pero por esas putas casualidades abrió la ventana y lo chapó in fraganti. Los demás nos salvamos gracias a que el Detective al gritarle se deschavó solo. Nos apretamos bien contra el tanque y le dijimos al Loco flores que no nos mirara.
—¡Que así nos batís la cana, boludo!
Y el Loco flores puteando a todos los santos y a su mismísima vieja, costumbre que nos contagió a todos, se deslizó por la columna camino a la cana. Gutiérrez tiró la bronca porque se acordó que el Loco Flores llevaba el Misterix en el mameluco y él todavía no lo había leído. Así que chau Misterix.
Dejamos pasar un rato y luego con mucho cuidado nos fuimos uno por uno para abajo. El que caía, caía y se la aguantaba bien piola-piola. Nos salvamos.
En principio el Loco flores la llevaba liviana porque el Detective no se había avivado de los vidrios perforados. Lo mandaron a limpiar el baño solamente. Al rato cae el quintero y atan cabos. El Loco Flores acudió inocentemente al llamado del Toro Piceda. Seguramente creía que le diría que secara bien el baño.
Los cazotes de sorpresa son los que menos duelen porque uno no se predispone al dolor con anticipación, recibís el golpe y chau, el dolor es justamente el necesario para tal golpe. En cambio, cuando estás prevenido, antes que el golpe te llegue ya estás dolorido y cuando te llegó, el dolor que sentís es dos veces más intenso que el que corresponde. Es algo así como una regla de tres simple.
Con la ventaja de no poder adivinar el futuro, el Loco Flores recibió el cazote del Toro Piceda en un concluyente, perfecto y limpio nocaut. Podemos suponer sin temor a equivocarnos que para el Loco Flores el golpe no existió. No existió porque el susodicho Loco flores, gracias a quedar sin conocimiento ipso facto, no alcanzó ningún grado de dolor correspondiente a ese golpe. Por lo general un nocaut arriba de un ring es una ventaja para el perdedor porque ya no la liga más al oficializarse el fin de la pelea. En el caso del Loco Flores, a dicha ventaja el Toro Piceda se la pasó por las pelotas, y antirreglamentariamente la emprendió a las patadas sin preocuparse de árbitros, jueces, tiempo y público. Notó el Toro Piceda que el Loco Flores no respondía a los golpes, lo agarró del cuello del mameluco y lo arrastró hasta el baño. Canilla que se abre, agua que cae, marote que se moja, Loco Flores que se
152
despeja y pierde. Biaba mediante, ya sin contar con las ventajas anteriormente explicadas el Loco Flores aterriza de cabeza dentro del cuartito.
A la segunda noche, además de algo para morfar nos pidió una frazada. Estábamos en pleno invierno y hacía un tornillo de la gran puta. Sacrificamos a un boludo y el Loco Flores tuvo su frazada. A la tercera noche pidió cigarrillos y fósforos porque no aguantaba sin fumar. Se los pasamos acompañados de una cebolla.
Al otro día nos enteramos que casi se cocina vivo. Había hecho una fogatita con unas revistas, el boludo se durmió y se le prendió el colchón. Tuvo suerte que en el dormitorio de los grandes estuvieran meta timba y que a pesar de los truenos escucharan sus gritos y pataleos. El sereno tenía tal pedo que no encontraba la llave. Se lo llevaron medio quemado y asfixiado. No pudimos despedirnos del Loco Flores. Inmediatamente pintaron el cuartito para tenerlo siempre listo por lo que pudiera ocurrir inesperadamente.
El Tuerto Heredia y el Rengo Batres se tenían ganas desde hacía rato. La gota que desbordó el vaso fue que el Tuerto Heredia se quiso pasar con la Rubia Mireya. Hubo un desafío a lo macho y una tarde se encerraron en el baño del dormitorio de arriba. Nadie podía subir. Las dos escaleras estaban controladas por los grandes. Cara de Remolacha no era boludo y sabía lo que estaba pasando, pero se hizo el oso.
Bajaron los dos con la trompa hecha mierda. En unos días desaparecieron los chichones y se normalizaron los ojos.
La Rubia Mireya siguió sacudiendo su melena sobre el pecho del Rengo Batres y el Tuerto Heredia se desquitó cagándonos a patadas a toda la pendejada.
Al paso del tiempo me iba perfeccionando en el taller de mimbrería. Los jefes, dos hermanos mellizos, se preocupaban para que aprendiéramos.
—Así cuando salgan de acá tienen una profesión y se pueden defender en la vida.
Tanto hinchaban los nísperos que un día el Turco Elías los embretó.
—Ya me tienen podrido con esto de la profesión, se creen que somos tan boludos para cagamos de hambre tejiendo esterillas... ¿Profesión para qué? ¿Para después ir a laburar a una tumba?