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El carácter negativo de la ley

In document La Institucion de la Ley Biblica, Tomo 1 (página 113-118)

EL TERCER MANDAMIENTO

1. El carácter negativo de la ley

El tercer mandamiento declara: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano» (Éx 20:7; Dt 5:11).

Antes de empezar un análisis de este mandamiento, es importante llamar la atención a un aspecto de la ley que la hace en particular ofensiva a la mente mo- derna: es negativa. De los diez mandamientos, ocho se indican en términos nega- tivos. Los otros dos: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo», y «Honra a tu padre y a tu madre», están respaldados por una cantidad de leyes subordinadas que son todas de carácter negativo. El mandamiento del sabbat es negativo: «no hagas en él obra alguna» (Éx 20:10; Dt 5:14), de modo que, en su forma completa, nueve de los diez mandamientos son negativos.

Para la mente moderna, las leyes de negación parecen opresivas y titánicas, y el anhelo es que gendarmes positivos de la ley reemplacen a la policía. En ese sentido, el líder de los Panteras Negras, y el candidato presidencial de Paz y Li- bertad, Eldridge Cleaver, declaró en 1968 que «de ser electo, eliminaría el pro- grama de pobreza y sustituiría a la policía con “agentes de seguridad pública”»1.

Los agentes de seguridad pública produjeron un reino de terror en la Revolución Francesa, y no sin razón, porque una ley positiva solo puede conducir a la tiranía y al totalitarismo.

La mejor proclama de un concepto positivo de la ley fue el principio legal romano: la salud del pueblo es la ley suprema. Este principio ha pasado tan com- pletamente a los sistemas legales del mundo que cuestionarlo es cuestionar una premisa fundamental del estado. El principio es básico al desarrollo estadouni- dense, donde las cortes han interpretado la cláusula de «bienestar general» de la constitución de los Estados Unidos en términos radicalmente ajenos a la inten- ción original de 1787.

Un concepto negativo de la ley confiere un doble beneficio: primero, es prác- tico, porque un concepto negativo de la ley trata de manera realista con un mal en particular. Dice: «No robarás», o, «No darás falso testimonio». Una declaración

1 Van Nuys, California, The News, «Channel 28 to Interview Black Panther Leader» [«Canal 28 entrevistará a líder de los Panteras Negras»] (domingo, 11 agosto 1968), p. 10-A.

negativa lidia directa y claramente con un mal en particular: lo prohíbe, lo hace ilegal. La ley entonces tiene una función modesta; la ley es limitada, por consiguiente

el estado es limitado. El estado, como agencia impositiva, está limitado a lidiar con

el mal, y no a controlar a todos los hombres.

Segundo, y directamente relacionado a este primer punto, un concepto limitado de la ley asegura la libertad: excepto por los aspectos prohibidos, toda la vida del

hombre está más allá de la ley, y la ley por necesidad es indiferente a ello. Si el mandamiento dice: «No robarás», quiere decir que la ley solo puede lidiar con el robo; no puede gobernar ni controlar la propiedad que se adquiere con honradez. Cuando la ley prohíbe la blasfemia y el falso testimonio, garantiza que las demás formas de expresarse estén permitidas. El carácter negativo de la ley es la preserva-

ción de la vida positiva y la libertad del hombre.

Pero, si la ley es positiva en su función, y si la salud del pueblo es la ley su- prema, el estado tiene jurisdicción total para imponer la salud total de la gente. La consecuencia inmediata es una doble penalidad para las personas. Primero, se promueve un estado omnicompetente, y el resultado es un estado totalitario. Todo llega a estar dentro de la jurisdicción del estado, porque todo pudiera contribuir a la salud o la destrucción de la gente. Debido a que la ley es ilimitada, el estado es

ilimitado. Se vuelve tarea del estado, no controlar el mal, sino controlar a todos los hombres. Básico a todo régimen totalitario es el adoptar un concepto positivo de

la función de la ley.

Esto quiere decir, segundo, que no puede existir ningún tipo de libertad para el hombre; no hay, entonces, ningún tipo de cosas indiferentes, de acciones, intereses y pensamientos que el estado no pueda gobernar en nombre de la salud pública. Decir que el estado tiene la capacidad de administrar el bienestar general, de go- bernar la salud general y total del pueblo, es dar por sentado que existe un estado omnicompetente, y asumir un estado competente en todo es dar por sentado un pueblo incompetente. El estado se vuelve entonces la nodriza de una ciudadanía cuyo carácter básico es infantil e inmaduro. La teoría de que la ley debe tener una función positiva da por sentado que el pueblo es esencialmente infantil.

En este punto algunos pudieran comentar que la fe bíblica, con su doctrina de la caída y de la depravación total tiene un concepto similar del hombre. Nada puede estar más lejos de la verdad. La fe evolucionista, al proponer largas edades de desarrollo del hombre, sostiene, por un lado, que el ser humano todavía está gobernado por impulsos y motivos antiguos, primitivos, y, por otro, que el hom- bre de hoy sigue siendo un niño en relación a un crecimiento evolutivo futuro.

La fe bíblica, por el contrario, sostiene la creación original de un hombre maduro y bueno. El problema humano no es una naturaleza primitiva, ni infanti- lismo, sino irresponsabilidad, una rebelión contra la madurez y la responsabilidad. El hombre es un rebelde, y su curso no es infantilismo sino pecado, no ignorancia sino insensatez voluntaria.

En esencia, no se puede proteger a un necio, porque el problema del necio no son otras personas sino él mismo. El libro de Proverbios da considerable atención al necio. Al resumir la enseñanza de Proverbios, Kidner declara, referente al necio, que

La raíz de su problema es espiritual, no mental. Le gusta su insensatez, y vuelve a ella «como perro que vuelve a su vómito» (26:11); no tiene reveren- cia por la verdad, y prefiere ilusiones cómodas (ver 14:8, y nota). En esencia, lo que rechaza es el temor de Jehová (1:29); es eso lo que lo hace necio, y es eso lo que hace trágica su complacencia, porque «el desvío de los ignorantes los matará» (1:32).

En la sociedad el necio es, en una palabra, una amenaza. En el mejor de

los casos, desperdicia tu tiempo: «pues en sus labios no hallarás conocimien- to» (14:7, NVI); y puede ser más que un serio fastidio. Si tiene una idea en su cabeza, nada lo detendrá: «Mejor es encontrarse con una osa a la cual han robado sus cachorros, que con un fatuo en su necedad» (17:12), lo mismo si es una broma pasada de rosca (10:23), alguna pelea en que debe meterse (18:6) o enfrentarse a la muerte (29:11). Dale amplio campo, porque «el que se junta con necios será quebrantado» (13:20), y si quieres despedirlo, no lo envíes con un recado (26:6)2.

Se podrían citar numerosos incidentes para ilustrar lo proclive que es el necio a la necedad: rescáteselo de un apuro, y se meterá en otro. Un enfermo, por fin persua- dido a dejar a un curandero que estaba tratándolo, se fue a consultar a otro peor. Y esto no debe sorprender a nadie; el necio es por naturaleza proclive a la necedad.

Para examinar un aspecto en que la ley ha funcionado positivamente, y la mayo- ría pensaría que con notable éxito, revisemos la situación de la medicina. El control del estado sobre la profesión médica fue en gran parte promovido e impulsado por fondos de Rockefeller. Las escuelas de medicina las pusieron bajo el control del estado, tanto como la profesión médica. Se proscribieron los consultorios médicos no aprobados, y, se nos dice, el resultado ha sido un progreso asombroso.

Pero, ¿se ha debido el progreso al control del estado o al trabajo de la profe- sión médica? ¿Acaso la profesión misma no ha labrado su propio progreso? Claro, hay tantos charlatanes ahora como entonces, y tal vez más. El gobierno federal de los Estados Unidos de América calcula que más de dos mil millones de dólares se gastaron en 1966 en lo que algunas autoridades han calificado de charlatanería médica, aunque el término, significativamente, lo cubre todo desde fraudes hasta prácticas no oficiales y desaprobadas3. Es más, el peligro ahora es que a cualquier

2 Derek Kidner, Proverbs, An Introduction and Commentary (Inter-Varsity Press, Chicago, 1964), p. 40.

3 Ver James Harvey Young, The Medical Messiah, A Social History of Health Quackery in Twen-

investigador médico cuya labor no consigue aprobación, no solo lo clasificarán como charlatán sino que puede tener serios problemas legales. Todavía más, la profesión médica estándar, aceptada, junto con las compañías que fabrican medi- cinas, han estado bajo ataques muy serios de parte del Congreso por negligencia seria. Diversas «drogas maravilla» usadas de manera experimental y puestas a la venta con pruebas inadecuadas han tenido consecuencias serias4. Las revistas mé-

dicas también han hablado de serias sobredosis en los hospitales5.

Aun concediendo la responsabilidad de los médicos al recetar imprudentemen- te, la realidad es que muchos pacientes, muy conscientes de los peligros de las nue- vas drogas (y de drogas antiguas también), exigen que se las receten. Y, dadas todas las posibles salvaguardas legales, ¿cómo se puede esperar perfección en los médicos o en los pacientes? Siempre habrá algunos médicos y algunos pacientes necios.

Pero la cuestión es más profunda. Incluso conforme los controles del estado sobre la medicina han aumentado, al mismo tiempo han aumentado las acusa- ciones de negligencia médica, y los médicos de hoy están en peligro constante de pleitos judiciales. La destreza de los médicos y los cirujanos estadounidense nunca ha sido mejor, pero tampoco las quejas legales. Esto señala un hecho curioso: el estado se ha apropiado del poder controlador básico de la profesión médica, pero el estado, en lugar de asumir la responsabilidad, ha aumentado la culpabilidad de los médicos. Una agencia federal aprueba una droga, pero el médico carga la culpa si hay reacciones adversas.

Cuando la ley del estado se adjudica una función positiva para proteger la salud y el bienestar general de su pueblo, no asume la responsabilidad. La gente queda absuelta de la responsabilidad, pero la profesión médica (o las firmas co- merciales, dueños de propiedades, y otros similares) asumen la responsabilidad

legal total. Los pasos hacia la responsabilidad total son graduales, pero son inevita-

bles en una economía de beneficencia pública.

Los historiadores a menudo elogian el ejercicio de la medicina de la antigüe- dad pagana, y por lo común le acreditan mucho más mérito del que tenía. Al mismo tiempo, acusan al cristianismo de corromper y detener el progreso médico. Pero la declinación de la medicina antigua empezó, según ellos mismos dicen, en el siglo III a.C.6 Entralgo ha señalado que, en realidad, el cristianismo rescató a la

medicina de las presuposiciones estériles7.

4 Ver Morton Mintz, By Prescription Only. Segunda edición, revisada (Houghton Mifflin, Bos- ton, 1967).

5 See «Medical Care Can Be Dangerous» [«La atención médica puede ser peligrosa»], en Preven-

tion (agosto, 1968), p. 80ss.

6 J. Beaujeu, «Medicine» [«Medicina»], en Rene Taton, ed., History of Science: Ancient and Me-

dieval Science, from the Beginnings to 1450 (Basic Books, Nueva York, 1957, 1963), p. 365.

7 Pedro L. Entralgo, Mind and Body, Psychosomatic Pathology: A Short History of the Evolution of

Pero, en el Egipto antiguo, en Babilonia y en otras partes, el médico estaba sujeto a responsabilidad total. Si el paciente perdía la vida, el médico perdía la suya. Incluso cuando no era culpa suya, el médico era responsable de manera total. Pero, incluso cuando era culpa del médico, ¿qué hacía al médico totalmente responsable? El paciente, después de todo, había venido voluntariamente, y el médico no era un dios. O, ¿debía serlo? El trasfondo pagano europeo, así como también otras prácti- cas paganas, asociaban la medicina con los dioses. Al médico se le exigían prácticas ascéticas, así que gradualmente lo convirtieron en monje. Esta influencia pagana, combinada con el neoplatonismo en los primeros siglos de la era cristiana, condujo al médico a ser ascético. Pickman anotó, con relación a los franceses,

Evidentemente, atractivo del ascetismo ante el pueblo en esos días era me- nos por cuestiones de su efecto psicológico en el ascético mismo, que su efecto físico en aquellos a quienes ministraba. Fue el arma escogida del humanitarismo. Por eso pronto el médico que no se hacía monje perdía su profesión8.

Solo poco a poco, con la cristianización de occidente, se fue abandonando este concepto pagano de la medicina, y, con eso, el concepto de responsabilidad que exigía que el médico fuera un dios o, de no serlo, que sufriera.

Los controles del estado sobre la profesión médica continuamente han res- taurado el viejo concepto de responsabilidad, y los médicos se hallan excep- cionalmente sujetos a pleitos judiciales. Se ha vuelto peligroso que un médico administre atención de emergencia junto a la carretera en un accidente debido a su proclividad a que lo demanden. El día tal vez no esté muy distante, si la tendencia presente continúa, en que a los médicos se les juzgue por asesinato si el paciente muere. Hubo indicios de esto en la Unión Soviética en los días finales de Stalin.

Si la ley asume una función positiva, se debe a que se cree que las personas son un factor negativo, o sea, que sean incompetentes e infantiles. Entonces, en tal situación, a los hombres responsables se les penaliza con responsabilidad total. Si un delincuente, que por su delincuencia es un incompetente, entra en la casa de hombre, la ley lo protege en sus derechos, pero al ciudadano responsable y que obedece la ley se le puede acusar de asesinato si mata al invasor cuando su propia vida no corre peligro real, y no se agota todo otro recurso. Un rufián puede me- terse en la propiedad de un hombre, subir por la cerca o romper la puerta para hacerlo, pero si se rompe la pierna en un agujero destapado o zanja, el propietario es responsable por los daños.

8 Edward Motley Pickman, The Mind of Latin Christendom (Oxford University Press, Nueva York, 1937), I, 457.

Cuando la ley pierde su negatividad, cuando la ley asume una función positiva, protege a los delincuentes y a los necios, y penaliza a los hombres serios.

La responsabilidad y la obligación son hechos ineludibles: si uno las niega en

un aspecto, no las elimina sino que más bien las transfiere a otra cosa. Si los al- cohólicos y delincuentes no son personas responsables sino enfermos, alguien es culpable de enfermarlos. Por eso, el Dr. Richard R. Korn, profesor de la Escuela de Criminología de la Universidad de California en Berkeley, ha dicho que no se debe arrestar y encarcelar a las prostitutas, porque son «niñas pobres marginadas en busca de una vida mejor»9. Si estas prostitutas son solo «niñas pobres margi-

nadas en busca de una vida mejor», otros tienen la culpa de su suerte y no ellas, porque las intenciones de ellas eran buenas. Más de unos pocos están listos a nombrar a los culpables: la sociedad. Pero las prostitutas, sus proxenetas, y el bajo mundo son parte de nuestra sociedad en el sentido general, y es obvio que a ellos no se les está culpando. Es claro también que lo de sociedad culpable se refiere a personas responsables y triunfadoras. Bajo el comunismo, los cristianos y los capitalistas tienen la culpa de todos los males de la sociedad. Como culpables, hay que liquidarlos.

No es posible evadir la responsabilidad y la obligación: si se niega una doctrina

bíblica de la responsabilidad, una doctrina pagana toma el lugar. Y si se reemplaza lo negativo de la ley bíblica con una ley que tiene una función positiva, ha tenido lugar una rebelión contra el cristianismo y la libertad. Un concepto negativo de la ley no solo es salvaguarda de la libertad sino de la vida misma.

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