EL PRIMER MANDAMIENTO
4. Las leyes de la membresía del pacto
Los que obedecen el primer mandamiento («No tendrás dioses ajenos delante de mí») son miembros del pacto. Los dos ritos básicos del pacto en el Antiguo Tes- tamento eran la circuncisión y la Pascua, y, en el Nuevo Testamento, el bautismo y la comunión.
15 The Review of the News, vol. IV, no. 22 (29 mayo 1968), p. 16.
16 Helen Hill Miller, Sicily and the Western Colonies of Greece (Charles Scribner’s Sons, Nueva York, 1965), p. 146. Para una referencia al sacrificio de un niño a Moloc por Jimilco de Cartago, ver p. 165.
Génesis 17:9-14 nos da la institución de la circuncisión como señal del pacto. El requisito del pacto es obediencia a la ley moral (Gn 17:1; 18:17-19). «Es más, el carácter ético de la religión del AT lo simboliza la circuncisión»1. La práctica de
la circuncisión estaba ampliamente extendida en todas las culturas, y siempre era religiosa. Es el acto de cortar el prepucio del órgano genital masculino.
Para entender doctrinalmente la circuncisión, dos hechos son significativos: primero, fue instituida antes del nacimiento de Isaac; segundo, en la revela- ción que la acompaña se hace referencia solo a la segunda promesa, relativa a la posteridad numerosa. Estos dos hechos juntos muestran que la circun- cisión tenía algo que ver con el proceso de propagación. No en el sentido de que el acto sea pecado en sí mismo, porque no hay ni rastro de esto en ninguna parte del AT. No es el acto sino el producto, es decir, la naturaleza
humana, lo que es impuro, y necesita purificación y cualificación. De aquí
que la circuncisión no se aplica, como entre los paganos, a hombres adultos, sino a infantes en el octavo día. La naturaleza humana es inmunda y descali- ficada en su propia fuente. El pecado, en consecuencia, es cuestión de raza y no solo del individuo. Es preciso recalcar la necesidad de cualificación espe- cialmente bajo el AT. En ese tiempo, las promesas de Dios tenían referencia cercana a cosas temporales, naturales. De aquí que se produjo el peligro de que la descendencia natural pudiera entenderse como con derecho a la gracia de Dios. La circuncisión enseña que la descendencia física de Abraham no es suficiente para hacer verdaderos israelitas. Hay que quitar la impureza y des- calificación de la naturaleza. Dogmáticamente hablando, por consiguiente, la circuncisión significa justificación y regeneración, más santificación (Ro 4:9-12; Col 2:11-13)2.
La ley, en Levítico 12:3, requiere la circuncisión al octavo día. Todos los que deseaban participar de la Pascua, hebreos o extranjeros, tenían que estar circun- cidados (Éx 12:4-48-43). Jesús y Juan el Bautista fueron circuncidados (Lc 1:59; 2:21), y también San Pablo (Fil 3:5), quien insistió en la circuncisión de Timoteo, que tenía una madre judía y padre griego (Hch 16:3). Pero Pablo no la exigió de Tito (Gá 2:3).
Desde el principio se entendió el significado de la circuncisión y sus conse- cuencias espirituales:
Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz (Dt 10:16).
1 Geerhardus Vos, Biblical Theology, Old and New Testaments (Eerdmans, Grand Rapids, 1948), p. 103.
Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas (Dt 30:6).
Expresiones similares se hallan en Levítico 26:41; Jeremías 4:4; 6:10; Romanos 2:28-29; Colosenses 2:11, etc.
Los comentaristas modernos no ven gran distinción entre la circuncisión he- brea y la pagana3. Las diferencias, por supuesto, son muy grandes. Para el cristia-
no, la diferencia principal es que el rito bíblico lo ordenó Dios como parte de su revelación. Con respecto al significado del rito, en el paganismo es un ritual de iniciación en la edad varonil, y en la tribu o clan. En tanto que otras religiones por lo general reconocen un defecto en la naturaleza humana, también sostienen que el hombre puede remediar el defecto: de aquí la relación de la circuncisión con el inicio de la edad viril. El joven asume sus responsabilidades en la sociedad, y tam- bién su responsabilidad religiosa para conformarse al estándar religioso mediante un acto voluntario. El paganismo es pelagiano hasta la médula. La circuncisión en el octavo día le quita al hombre el poder del rito y lo asigna a Dios: el nene no es capaz de justificarse, regenerarse ni santificarse; es enteramente pasivo en el rito. De esta manera se establece el hecho de la gracia divina. El pacto totalmente representa iniciativa y gracia de Dios, y la señal del pacto representa lo mismo. El mandamiento, por consiguiente, era claro: la circuncisión debía ser en el octavo día (o después), cuando la sangre del niño se coagularía apropiadamente y permi- tiría la operación.
Una ceremonia relativa a la circuncisión es la purificación de la mujer después del parto (Lv 12). La impureza de la mujer tiene referencia a una impureza religio- sa y sacramental. Micklem observa en cuanto a Levítico 12:12:
La traducción impura es peculiarmente desdichada aquí, porque inevitable- mente sugiere desaprobación o disgusto, y resalta el criterio maniqueo del mal inherente en la carne. El pasaje se podía parafrasear: «Cuando una mujer tenga un hijo, el sentimiento apropiado requiere que permanezca recluida por una semana; y entonces hay que circuncidar al niño; aunque ella debe quedarse en casa por un mes, y su primera salida debe ser a la iglesia»4.
El punto respecto al maniqueísmo es correcto, ¡pero está en juego más que un «sentimiento apropiado»! Ni la carne ni el espíritu del hombre caído son limpios ante Dios. No hay más esperanza en las cosas espirituales que en las cosas mate-
3 Ver, por ejemplo, Nathaniel Micklem, «Leviticus» [«Levítico»], en The Interpreter’s Bible, vol. II, p. 60s., y J. P. Hyatt, «Circumcision» [«Circuncisión»], en The Interpreter’s Dictionary of the Bible, A-D, pp. 629-631.
riales. La circuncisión atestigua el hecho de que la esperanza del hombre no está en la generación sino en la regeneración, y el testimonio de la ceremonia de la purificación de la mujer es lo mismo.
Los días de la impureza para un niño varón eran siete; la circuncisión, por su testimonio de la gracia del pacto, terminaba ese período. Para la niña, los días de la impureza eran catorce, y durante ese tiempo la mujer no debía tocar ninguna cosa sagrada y tenía prohibida la entrada al santuario. A estos períodos les seguían días de purificación, treinta y tres después del nacimiento de un varón, y sesenta y seis días después del nacimiento de una hija, después de los cuales la madre iba al santuario con una ofrenda, un cordero de un año, o, en el caso de pobreza, como María (Lc 2:21-24), dos pichones o palomas. La circuncisión servía para acortar el tiempo respecto al nacimiento de varones, y el rito de purificación era testimonio de la membresía en el pacto para las hijas. Era un recordatorio de que la justicia del pacto era de la gracia de Dios para con la madre y el hijo, y que esa gracia, no la raza ni la sangre, es el manantial de la salvación.
El culto continúa en la iglesia, y aparece, por ejemplo, en el Libro de Oración
Común como «Acción de gracias después del alumbramiento» o «Purificación de
las mujeres». Empieza con la declaración pastoral: «Puesto que agradó a Dios Om- nipotente por su bondad concederte un feliz alumbramiento, y te ha preservado en el gran peligro del parto, debes dar sinceras gracias», y concluye con la presen- tación de parte de la mujer de la ofrenda requerida.
El rito tiene referencia, no al pecado actual sino al pecado original, y es un reconocimiento de la caída del hombre y del pacto de gracia. Con el nacimiento la antigua rebelión de Adán se vuelve a introducir en la familia del pacto en la forma de un niño cuya naturaleza la hereda de Adán. Se reconoce esta corrupción here- ditaria, y se implora el pacto de la gracia, en el rito de la purificación de la mujer. No hay razón válida para la descontinuación del rito. Se ha reducido a una simple acción de gracias en el Libro de Oración Común, que es una atrofia del significado, pero que con todo supera en mucho la práctica de otras iglesias.
El bautismo es la señal del pacto renovado, y reemplaza a la circuncisión. Era una señal de purificación religiosa y consagración en el Antiguo Testamento (Éx 29:4; 30:19, 20; 40:12; Lv 15; 16:26, 28; 17:15; 22:4, 6; Nm 19:8). En Ezequiel 36:25-26 se nos da el bautismo («rociamiento») como señal de la regeneración del pueblo del pacto después del cautiverio, y se asocia con un «nuevo corazón». Jeremías 31:31-34 asocia este «nuevo corazón» con el nuevo pacto en Cristo. En términos de estos pasajes, a los prosélitos de Israel los bautizaban antes de la cir- cuncisión, indicando que se tenía en mente el nuevo pacto. Juan el Bautista, al llamar a todo Israel al bautismo, produjo sensación, pues indicaba que la era del Mesías había llegado.
El bautismo, como la circuncisión, debía administrarse a los niños, a menos que fuera a un adulto recién convertido, como señal de membresía del pacto por
gracia. No es de sorprender que la mayoría de los que se oponen al bautismo in- fantil sean lógicamente también pelagianos o por lo menos arminianos. Insisten en afirmar categóricamente la prerrogativa de la salvación del hombre.
El otro rito de la membresía del pacto, la Pascua, fue instituido en Egipto (Ex 12; 13:3-10; Nm 9:1-14; Dt 16:3-4; Éx 23:18)) para celebrar el acto culminante de redención divina de castigar a Egipto. Dios mató a todos los primogénitos de Egipto, y sobrevoló las casas de los israelitas y de otros creyentes en donde la sangre de un cordero o cabrito se había untado en el umbral y en los postes de las puertas, y todos los miembros de la familia estaban, bordón en mano, listos para salir en vista de la liberación que Dios les había prometido. El cordero o cabrito se asaba entero y se lo comía con panes sin levadura (para significar la incorrup- tibilidad del sacrificio, Lv 2:11; 1 Co 5:7, 8) y hierbas amargas, para significar la amargura de su esclavitud en Egipto.
Algo fundamental en la Pascua es la sangre. En el pacto con Abraham (Gn 15:7- 21), Abraham debía pasar entre las piezas divididas de los animales sacrificados, que preanunciaba la muerte del Hacedor del pacto, o sea, la muerte del verdadero sacrificio que vendría, Jesucristo, y el castigo con la muerte de los que traicionaban su pacto. Moisés en el Sinaí tomó la sangre y la roció sobre el altar y sobre el pueblo (Éx 24:4-8) para indicar que el pacto descansaba en la expiación provista entera- mente por Dios, y que el castigo para la apostasía del pacto era la muerte. Stibbs ha resumido muy bien la principal significación de «sangre» en las Escrituras:
La sangre es una señal visible de una vida que ha acabado violentamente; es la señal de vida que se entrega o se quita en la muerte. Esa entrega o privación de la vida es en este mundo lo máximo en dádivas o precio y transgresión o castigo. El hombre no conoce nada mayor. Así que, primero, la mayor ofrenda o servicio que una persona puede ofrecer es su sangre o su vida. «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos» (Jn 15:13). Segundo, el mayor delito o mal terrenal es derramar sangre o quitar la vida, es decir, homicidio o asesinato. Tercero, la máxima pena o pérdida es que derrame la sangre de uno o que se le quite la vida. Por eso se dice del que derrama sangre que «por el hombre su sangre será derramada»; y Pablo dice del magistrado: «… no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo» (Ro 13:4). «La paga del pecado es muerte» (Ro 6:23). Cuarto, la única expiación posible o adecuada es vida por vida y sangre por sangre. Esta expiación el hombre no la puede hacer. (Vea Sal 49:7-8; Mr 8:36-37). No solo que ha perdido ya derecho a su vida por pecador, sino también que toda vida es de Dios (vea Sal 50:9- 10). El hombre no tiene «sangre» que pueda dar. Esta dádiva necesaria pero de otra manera imposible de obtener la ha dado Dios. Él ha dado la sangre para hacer la expiación (Lv 17:11). La expiación es, por consiguiente, solo
posible como dádiva de Dios. O, como P. T. Forsyth lo expresó: «El sacri- ficio es el fruto y no la raíz de la gracia». Lo que es más, cuando nuestro Señor dijo que había «venido para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10:25), estaba implicando su deidad y su condición humana sin pecado, e indicando el cumplimiento de aquello de lo que la sangre derramada de los sacrificios animales solo era tipo. Aquí en Jesús, el Hijo encarnado, Dios ha- bía llegado en persona a dar como Hombre la única sangre que podía hacer expiación. La iglesia de Dios es, por consiguiente, comprada con Su propia sangre (Hch 20:28).
Estos cuatro significados de «sangre» derramada se cumplen en la cruz de Cristo. Allí el Hijo del hombre en carne y sangre humana hizo a nues- tro favor y para nuestra salvación la suprema ofrenda. Dio su vida. (Vea Jn 10:17, 18). Segundo, se convirtió en la víctima del mayor delito de la huma- nidad. Lo mataron vil e injustamente. Tercero, «fue contado con los inicuos» (Lc 22:37; de Is 53:12), y sufrió la pena capital de un malhechor. La mano de la ley y el magistrado romano lo mataron. Por el hombre fue derramada su sangre. Cuarto, él, como Dios hecho carne, dio, como solo él podía dar, su sangre humana para hacer expiación. Ahora, por consiguiente, se puede predicar en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados. Somos justificados por su sangre5.
La Pascua celebraba la redención de Israel, así como el sacramento de la Cena del Señor celebra la redención de la verdadera iglesia de Dios por la sangre de Jesu- cristo. La celebración del sacramento significa la recepción por fe de la redención y limpieza del pecado —y las bendiciones de la vida del pacto— en Cristo mediante su sacrificio expiatorio.
La Pascua era el doble testigo que la sangre requería. Se requería sangre, pri-
mero, de todo Egipto por su incredulidad. El primogénito representaba en su
persona a toda la familia, y la sentencia de muerte se dictó contra ellos como una sentencia de muerte contra todos. Segundo, Israel, no menos que Egipto, estaba sentenciado a muerte. No había en ellos mérito que los salvara, ni podía haberlo. Pero la sentencia de muerte dictada contra el pueblo del pacto la asumió Dios Hijo en el tipo de la sangre del cordero.
El mismo testigo doble de sangre aparece en la cruz. Primero, Israel fue sen- tenciado a muerte (Mt 24) y destinado a la destrucción por su traición al pacto.
Segundo, el pueblo de Cristo fue redimido del pecado por la sangre del pacto y fue
librado del castigo de Jerusalén y Judea.
El sacramento de la Cena del Señor es la Pascua cristiana, «porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta,
5 A. M. Stibbs, The Meaning of the Word “Blood” in Scripture (The Tyndale Press, Londres, 1948, 1962), p. 30s.
no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad» (1 Co 5:7, 8). La primera celebración de la Cena del Señor, en el aposento alto, tuvo lugar a la conclusión y cumplimiento de la Pascua.
El mismo testigo doble es básico en la Cena del Señor, y no se puede celebrar verdaderamente si se niega o soslaya este aspecto. Primero, la Pascua de Israel se celebró en la expectativa de la victoria. Los hebreos debían de comer de prisa; Dios los libraría esa misma noche de su opresor y enemigo mediante un juicio poderoso contra Egipto y el saqueo de los egipcios (Éx 12:11, 29-36). La Pascua cristiana establece la liberación del creyente del pecado y la muerte y su libera- ción del enemigo. Es una salvación espiritual y material. Celebrar la muerte del Primogénito de Dios para nuestra salvación es celebrar la muerte de los enemigos de Dios, de sus primogénitos, en su totalidad, bajo castigo divino. Requiere que nos movamos en términos de victoria (Éx 12:11) a fin de recibirla. Limitar el sa- cramento a una victoria espiritual es actuar como maniqueo y no como cristiano; es ver a Dios como señor solo de lo espiritual y no del ámbito material. Entonces,
segundo, como es bien evidente, la Cena del Señor es victoria debido a su juicio.
San Pablo declaró que el sacramento es juicio contra los creyentes que participan de ella «indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor» (1 Co 11:27-30). Si es juicio contra los creyentes que transgreden, ¿cuánto mucho más la Cena del Señor proclama condenación a un mundo en rebelión contra Dios?
Pero, tercero, los hijos del pacto (los niños varones circuncidados) y las hijas del pacto, participaban del mismo. En verdad, el servicio fue diseñado para declarar el significado del sacramento a los niños varones más jóvenes capaces de hablar, a quienes se le asignó el papel ritual de preguntar: «¿Qué es este rito vuestro?» (Éx 12:26). El padre entonces declaraba el significado de todo. En la iglesia primitiva, los niños participaban del sacramento, según todos los regis- tros. La evidencia de San Pablo indica que familias enteras asistían y participa- ban; era la comida del anochecer (1 Co 11). Antiquities of the Christian Church, de Joseph Bingham, cita la evidencia de una práctica largamente ejecutada de participación de niños e infantes. Esta práctica fue una continuación de la Pas- cua de Israel, y no hay ninguna evidencia bíblica para dejarla. Al mismo tiempo, hay que notar que la iglesia inicial estrictamente excluyó de los sacramentos a los extraños. Los argumentos contra esta inclusión de niños son más racionalistas y pelagianos que bíblicos.
El mandamiento «No tendrás dioses ajenos delante de mí» requiere, primero, que el hombre sepa que su única esperanza de salvación es la sangre del sacrificio de Dios, el Cordero de Dios, y que viva en obediencia agradecida. Segundo, el hombre debe reconocer que toda sangre está gobernada por Dios y su palabra-ley, y que hacer algo aparte de Dios y su palabra-ley es pecado, porque «todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro 14:23). Como Stibbs ha escrito:
Además, la convicción que subyace en las Escrituras del Antiguo Testamento es que la vida física es creación de Dios. Así que le pertenece a él y no a los hombres. También, sobre todo en el caso del hombre hecho a imagen de Dios, esta vida es preciosa a la vista de Dios. Por consiguiente, no solo que ningún hombre tiene derecho independiente a derramar sangre y quitar la vida, sino que también si lo hace, tendrá que dar cuenta a Dios por lo que hizo. Dios exige la sangre de cualquier hombre que la derrama. El asesino trae sangre sobre sí mismo no solo a los ojos de los hombres sino primero a ojos de Dios. Y la pena que establece Dios, y que a los otros hombres se les hace responsables de aplicar, es que se debe quitar la vida del asesino. Tal hombre no merece seguir disfrutando de la dádiva divina de la vida. Debe pagar la pena terrenal suprema y perder su vida en la carne. Es más, el carác-