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Características del sector agroalimentario

Capítulo 3: Características agroalimentarias de Bolivia y ascenso del MAS

3.3. Características del sector agroalimentario

En Bolivia, la agricultura es un sector importante que ocupa el 15% de la producción nacional. Después del sector de los hidrocarburos, es el sector económico más importante del país (BCB, 2008). Sin embargo, Bolivia es el país con la mayor inequidad en la distribución de alimentos en toda América Latina (Weisbrot y Sandoval, 2008:3). Además, las tierras cultivables tampoco están distribuidas de manera equitativa.

Bolivia cuenta con diferentes tipos de agricultura. Una de ellas es la agricultura de campesinos e indígenas orientada a la subsistencia y autoabastecimiento. Son agricultores que cultivan a pequeña escala (de 0 a 1,5 hectáreas de tierras por unidad familiar), en múltiples parcelas y a base de fuerza de trabajo familiar. Esta agricultura es desarrollada principalmente por campesinos que habitan las regiones del Occidente del país donde se concentra la mayor parte de la población quechua y aymara. También es el sector donde la pobreza es más acentuada. Se caracteriza por utilizar tecnología tradicional, producción de alimentos de volúmenes reducidos y dirigida mayormente al mercado local y para el consumo de subsistencia (Urioste, 2009). La agricultura de subsistencia también es practicada por los indígenas de tierras bajas que mediante sistemas manuales habilitan nuevas parcelas donde cultivan arroz, yuca, plátano y algunas plantas frutales. Según los datos de la Encuesta Nacional Agropecuaria (2008), la superficie total que cubriría la agricultura de subsistencia alcanzaría las 758 mil hectáreas, representando el 27% de total de la superficie cultivada en el país.

Por otro lado, existe en Bolivia también la agricultura campesina e indígena de tipo mercantil. Nos referimos a aquellas unidades que tienen una superficie cultivada entre 1,5 y 50 hectáreas. Dado que la fuerza laboral familiar es insuficiente, a menudo estas propiedades son trabajadas en base a máquinas agrícolas y la mayor parte de la producción tiene fines mercantiles. En este segmento predominan los cultivos de arroz, quinua, hortalizas, sorgo, banano y algunas frutas como la piña (F. Delgado y M. Delgado, 2008). Por otro lado, durante muchos años el sector agrícola en Bolivia estuvo dominado por la agroindustria que había desplazado casi en su totalidad a sectores tradicionales de la agricultura a pequeña escala. Las oportunidades

60 comerciales para la agroindustria comenzaron en 1985 como parte de las nuevas políticas económicas para superar la hiperinflación. Todo esto, coincidió con los precios altos que propiciaron el crecimiento de las exportaciones de los productos agrícolas.

La producción agroindustrial en Bolivia se encuentra prácticamente concentrada en el departamento de Santa Cruz ubicado al este del país. Como se evidencia en el Plan de Uso del Suelo Departamental (2009), una parte importante de los suelos con mayor vocación productiva se destina a monocultivos industriales. Dado que la agricultura en la región se realiza a secano, los patrones de precipitación son determinantes en el éxito de las labores productivas y por lo general permiten la realización de dos campañas agrícolas por año. Durante la campaña de verano, la soja es de lejos el principal cultivo llegando a ocupar cerca de 890.000 hectáreas, seguido por el maíz con 178.000 hectáreas (CAO, 2013). Por otro lado, las características de la campaña de invierno difieren según la zona productiva, porque mientras en el denominado “norte integral” la humedad permite realizar una segunda siembra de soja, en la “zona este de expansión” predominan cultivos como el girasol y el sorgo. (Crespo, 2013)

Un factor asociado a la problemática alimentaria en Bolivia, son aquellos cultivos articulados a la industria y a la exportación. Una reclasificación del ordenamiento tradicional que presentan las estadísticas sobre los principales cultivos en el país, permite observar que hacia 2007-2008, del total de la superficie cultivada, alrededor del 64% alberga cultivos que en mayor o menor medida requieren ser procesados industrialmente para consumo humano o animal final, lo que demuestra el creciente peso de la industria sobre la agricultura (Figura 6). Esta situación puede estar llevando a sectores campesinos a procesos de especialización productiva y a la conformación de pequeñas unidades campesinas que incorporan paulatinamente maquinaria y trabajo asalariado en ciertas fases culturales. Pero también puede significar que otro contingente de unidades productivas campesinas, aun sin alterar necesariamente sus formas de producción, se organicen de acuerdo a los requerimientos de calidad, oportunidad y cantidad que le requiere la industria capitalista. (Zeballos, 2011)

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Figura 6: Producción (principales cultivos) 2007 / 2008

CULTIVOS

SUPERFICIE CULTIVADA VOLUMENES DE PRODUCCION

(Ha) % (t) % CEREALES BASICOS 356.288 14,8 495.304 4,5 ESTIMULANTES 25.507 1,1 24.742 0,2 FRUTAS 100.865 4,2 945.716 8,6 HORTALIZAS 108.531 4,5 374.772 3,4 INDUSTRIALES 1.544.543 64,0 7.512.774 68,6 TUBERCULOS 173.114 7,2 1.271.017 11,6 FORRAJES 102.832 4,3 331.240 3,0 TOTAL 2.411.680 100,0 10.955.565 100,0 Fuente: MDRAyMA, 2008.

Entre las gestiones agrícolas 1998/1999- 2002/2003, la superficie cultivada no sobrepasó las 2.054.709 hectáreas. A partir de la gestión agrícola 2003/2004 se presenta un incremento de la superficie cultivada que llega a 2.648.790 hectáreas en 2005/2006. A partir de 2006/2007 se advierte un leve descenso que llega a 2.610.048 hectáreas y que se agudiza en la gestión agrícola (2007/2008), donde se contabilizan 2.411.680 hectáreas (Figura 7). Las tasas anuales de crecimiento de la superficie cultivada muestran una tendencia a menores ritmos de crecimiento desde la gestión 2004/2005 y desde 2005/2006 las tasas son negativas, llegando en 2007/2008 a - 7,6%.

El comportamiento de la producción agrícola entre 1998-1999 y 2005-2006 a nivel nacional se caracteriza por aumentos y descensos no muy marcados y alternados. Sin embargo, se nota un importante descenso de la producción entre las gestiones agrícolas 2004-2005, 2006-2007 de 11.693.721 toneladas métricas a 10.178.442 toneladas métricas respectivamente, presentándose un ligero incremento en la gestión 2007-2008 en la que se registra una producción de 10.955.565 toneladas. (INE, 2011)

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Figura 7: Evolución de las tasas de crecimiento anual de superficies cultivadas y de volúmenes de producción. 1999/2000 - 2007/2008 AÑO SUPERFICIE CULTIVADA (Ha) TASAS DE CRECIMIENTO (%) VOLUMENES DE PRODUCCION (t) TASAS DE CRECIMIENTO (%) 1999/00 2.054.600 -1,9 9.349.627 5,05 2000/01 2.020.920 -1,6 9.295.142 -0,58 2001/02 2.148.935 6,3 10.276.566 10,56 2002/03 2.054.709 -4,4 11.226.369 9,24 2003/04 2.395.190 16,6 11.097.801 -1,15 2004/05 2.555.133 6,7 11.693.721 5,37 2005/06 2.648.790 3,7 11.508.649 -1,58 2006/07 2.610.048 -1,5 10.178.442 -11,56 2007/08 2.411.680 -7,6 10.955.565 7,63 Fuente: MDRAyMA, 2012.

La producción agroindustrial está destinada mayormente a la exportación y sólo una parte al consumo nacional. Estas exportaciones responden a la demanda global de materias primas agrícolas de países emergentes como China, India y Brasil. Según la CAO (2013), las exportaciones están dominadas por productos agroindustriales como la soja, girasol, azúcar y derivados que en conjunto y a lo largo de los últimos años han abarcado el 68% del total de las exportaciones agroalimentarias. También están compuestas por productos provenientes de la pequeña agricultura o agricultura campesina e indígena de tipo mercantil. Los principales productos son el cacao, café y quinua. (INE, 2011)

En cuanto a las importaciones de alimentos, según el Banco Central de Bolivia (BCB, 2009), se habrían incrementado en los últimos años porque los productos importados se internan a precios

63 cada vez más elevados. Es decir, Bolivia importa cada vez mayores volúmenes de alimentos procesados o de consumo final a precios crecientes. Las importaciones de alimentos en parte, se deben al déficit persistente en la producción nacional de algunos productos de primera importancia como el trigo, pero el crecimiento también obedece a procesos de desplazamiento de la producción nacional por alimentos importados, así como el aumento en el consumo de alimentos procesados o industrializados por la población boliviana. (INE, 2011)

Las anteriores características que hacen a la cuestión agroalimentaria de Bolivia, muestran o reflejan la condición del país como productor de materias primas agrícolas de exportación e importación creciente de alimentos procesados e incluso de alimentos de origen campesino e indígena. Las exportaciones dependen por supuesto de los precios internacionales volátiles, mientras que la mayor importación de alimentos significa una mayor inseguridad alimentaria y deterioro de la capacidad productiva del sector agrario nacional. (Urioste, 2009)

Por su parte, Ormachea (2009) señala la estructura del consumo de alimentos de los hogares como otro factor asociado a la seguridad y soberanía alimentaria en Bolivia. Según Ormachea (2009: 13-14), con base a datos de la Encuesta de Presupuestos y Gastos realizada por el INE (2006 y 2007), el gasto de los hogares bolivianos en alimentación asciende al 37,1% del total de gastos. De este total, el 75% son gastos en alimentos dentro del hogar y el 25% son gastos realizados fuera del hogar, aunque los porcentajes presentarían diferencias a nivel regional. Así, por ejemplo, en el caso de la región del Altiplano el gasto en alimentación de los hogares representaría el 40,3% del gasto total, en los Valles el 37,8% y en los Llanos el 33,5%; diferencias que se explicarían por la presencia en la región de los Valles y sobre todo en la región de los Llanos, de hogares con mayores ingresos, lo que implicaría un nivel de consumo de otros productos y servicios también mayor. Las diferencias significativas también se presentarían entre los hogares urbanos y rurales, pues mientras los primeros destinan el 34,6% de sus gastos en alimentación, los segundos destinan un 47% (INE, 2011). En resumen, ante cualquier proceso que implique un alza en los precios de los alimentos queda claro que los hogares más afectados, o lo que se denomina más vulnerables ya que destinan proporciones importantes del gasto del consumo total en alimentos, llegarían a ser los siguientes: de manera general y en el plano territorial, los hogares rurales, y a nivel regional, los hogares con residencia en el Altiplano, especialmente aquellos de las áreas rurales. Son los hogares obreros los que tienen jefes de hogar cooperativistas y trabajadores por cuenta propia tanto en áreas urbanas, pero sobre todo en áreas

64 rurales, los que se verían más afectados ante procesos inflacionarios en los componentes de la canasta alimenticia (BCB, 2012). Por otro lado, debe considerarse lo señalado por Escobar y Samaniego, citados por Ormachea (2009:15), en sentido de predominar una tendencia hacia el consumo (cambio de hábitos de consumo) de productos manufacturados (arroz, azúcar, fideo, aceites y grasas) con efectos negativos sobre la producción campesina tradicional. Esto será analizado en relación al impacto de la crisis en el capítulo 5.

Otros de los factores asociados a la seguridad y soberanía alimentaria en el país es la participación del sector agrícola y pecuario en el Producto Interno Bruto (PIB). Para Ormachea (2009:28-29), la contribución campesina a la oferta interna de alimentos es cada vez menos importante, pues mientras años anteriores se calculaba que aportaba con el 70% y hasta con el 80% de la producción nacional de alimentos, hacia el 2006 la agricultura campesina aportaba tan solo con el 36,8%. Por otro lado, la agricultura empresarial y semi-empresarial aportaba con el 44,6% y los importadores con el 18,6%, es decir, la producción campesina contribuía con el 55%. Asimismo, entre nueve productos analizados, la supremacía de la producción campesina era notoria hacia el año 2006 en relación a la fruta (95%), papa (90%) y leche (67%), aunque en la producción de arroz y maíz la producción campesina compartía su participación casi en un 50% con el sector empresarial y semi-empresarial (49% versus 51%, respectivamente), mientras que su participación en la producción de carne apenas llegaba al 30% y en dos productos agroindustriales, como el azúcar y aceites, su participación era nula, es decir, que el 100% estaba en manos del sector empresarial y semi-empresarial. Estos tres últimos productos empezaron a constituirse en componentes centrales de la nueva dieta boliviana.

En contraste con la relativa importancia que aún tiene la población asentada en el campo y como resultado de la presencia relevante de vastos sectores campesinos inmersos en relaciones precapitalistas de producción, en los últimos veinte años es posible advertir una clara tendencia hacia un menor peso de la agricultura en relación al PBI, pues mientras en 1988 participaba con el 11,2%, en 2007 lo hacía con el 9,8%. Esta tendencia se observa también en el caso de la ganadería. (Zeballos, 2011)

Ormachea (2009:13), señala que en Bolivia no existen grandes cantidades de tierras aptas para la agricultura y que la poca superficie que hay está concentrada en uno o dos departamentos del país. Por otro lado, señala que existe un deterioro de las tierras de los campesinos de occidente, es

65 decir, los procesos erosivos se constituirían en el principal factor de degradación de los suelos. Según Cabrerizo (2008), la superficie susceptible de erosión en el país abarca 450.943 km2 (41,5% del territorio nacional); la erosión y degradación de los suelos en la micro región altiplano seria generalizada, desde moderada a severa, y algunas áreas serian de muy difícil recuperación por la inversión económica y técnica que requieren. Esta situación obedecería a una sobreexplotación de las grandes parcelas de cultivo por el minifundio existente, así como por el abandono de prácticas de rotación y descanso. Es decir, en Bolivia los suelos agrícolas arables sin limitaciones solamente ascienden a 16.840 km2 (1,5% del total de la superficie del país), los suelos agrícolas arables con limitaciones ascienden a 286.780 km2 (26,1%) y los suelos aptos para la ganadería ascienden a 345.120 km2 (31,0%). Del total de los suelos agrícolas arables sin limitaciones el 82,8% se concentra en el departamento de Santa Cruz y del total de los suelos agrícolas arables con limitaciones el 48,4% también se concentra en este departamento. En relación a los suelos con aptitudes para la ganadería, un 28,9% se concentra en el departamento de Santa Cruz y un porcentaje prácticamente similar (29,0%) en el departamento de Beni. En el caso de los Valles se presentarían también procesos de degradación de suelos, debido a la erosión hídrica, la salinización y contaminación de la tierra y prácticas inadecuadas de manejo de suelos y cultivos, agudizadas por las condiciones sociales, económicas y de mercados imperantes. En otras palabras, las zonas del Altiplano y los Valles (aquellas donde se asienta la mayor parte de las unidades productivas de campesinos pobres del país) serían las que enfrentan serios problemas para el desarrollo de la agricultura y la ganadería. (Prudencio, 2008)

La agricultura familiar campesina tiene una gran importancia ambiental y social en Bolivia. Las prácticas agrícolas del sistema de producción campesino han demostrado ser una contribución para el mantenimiento de la fertilidad de los suelos y la sostenibilidad de los agroecosistemas (Tapia, 2009; Soliz, 2005). Geográficamente, la agricultura familiar campesina se encuentra dispersa a lo largo del territorio nacional y se constituye en el sector mayoritario en cuanto al número de unidades productivas. De hecho, según la Encuesta Nacional Agropecuaria, de las 775 mil unidades productivas existentes en el país cerca de 728 mil (94%) corresponden a la agricultura familiar de base campesina indígena (INE, 2009). El grueso de estas unidades productivas campesinas se encuentra concentrado en las regiones del Altiplano y los Valles. Sin embargo, existe una gran variedad de situaciones dentro de la agricultura familiar campesina, es

66 decir, desde unidades familiares con serias limitaciones productivas y altos niveles de pobreza, hasta unidades familiares especializadas que lograron insertarse exitosamente al mercado y poseen ingresos económicos relativamente estables. Consecuentemente, la situación alimentaria de las familias campesinas varía de una zona a otra. Una gran parte de los municipios altamente vulnerables a la inseguridad alimentaria se encuentran en los valles interandinos de Cochabamba, Potosí y Chuquisaca, donde las condiciones biofísicas y de infraestructura restringen las actividades agrícolas.

Dada la importancia de la tierra para la viabilidad de la agricultura campesina, la reforma agraria de 1953 fue el hecho histórico más significativo en la configuración de la economía campesina en Bolivia. Esta reforma tuvo un impacto profundo en el Altiplano y Valles porque logró recuperar prácticamente la totalidad de las tierras. No obstante, a través del tiempo la problemática de la tierra en estas regiones se ha complejizado como resultado de las presiones demográficas y de mercado. En la región del Altiplano, la tierra es cada vez más escasa debido principalmente a la excesiva parcelación que deriva de los procesos de herencia, principal forma de acceso a este recurso. Paralelamente, se evidencia un proceso de cambio en los derechos de propiedad porque el derecho comunitario está siendo paulatinamente reemplazado por el derecho individual familiar. Sin embargo, la preservación del derecho sobre la tierra continua ligado al respeto de normas comunales como la rotación de cargos, trabajos colectivos, entre otros. Esta dinámica genera una creciente conflictividad entre campesinos que pese a mantener sus propiedades abandonaron la actividad agropecuaria para dedicarse a otras actividades económicas en las ciudades. (Urioste, Barragán y Colque, 2007)

En cuanto al predominio de la pequeña parcela individual sobre la propiedad comunal, Ormachea (2009) sostiene que la propiedad familiar individual de la tierra es la que hoy en día predomina al interior de las comunidades campesinas e indígenas. Por ejemplo en el caso del Altiplano de La Paz, las tierras comunales tienden a desaparecer para ceder paso a la presión de nuevas parcelas individuales y cómo en los valles también se presentan tendencias hacia la fragmentación de áreas colectivas comunales en parcelas individuales (Ormachea, 2009). La presencia mayor o menor de la pequeña propiedad parcelaria en las comunidades campesinas o indígenas, representa una etapa más en el proceso de disolución de la comunidad tradicional o de economía natural. La apropiación privada de la tierra al interior de las comunidades implica la campesinizacion de los comunarios y el desarrollo de los procesos de diferenciación social en su interior. La existencia

67 de comunarios parcelarios ricos y parcelarios pobres expresa esta desestructuración y esta diferenciación social.

Muñoz (2010), constata en su estudio sobre mercados de tierras en Bolivia que en distintas regiones se están dando procesos de diferenciación campesina más marcados, donde la pequeña parcela campesina está cediendo paso a la pequeña y mediana empresa capitalista. Estos procesos son más marcados en las zonas de colonización de la región de Santa Cruz donde, como señala Ormachea, un buen número de campesinos cuyo origen se remonta a los procesos de colonización, se han convertido en “farmers” (pequeños capitalistas) o campesinos ricos al influjo del desarrollo de la agricultura de corte capitalista agroindustrial. (Ormachea, 2009) El modelo productivo agroindustrial implementado en Bolivia se caracteriza además por un uso intenso en capital y tecnología. Desde la siembra hasta la cosecha las labores se realizan empleando maquinaria agrícola especializada debido a que es necesario sembrar grandes extensiones para que el emprendimiento sea rentable (Suarez y Crespo, 2010). Paralelamente, la utilización de insumos agrícolas modernos desde una amplia gama de fertilizantes, insecticidas, herbicidas, hasta semillas transgénicas se encuentran generalizados. De hecho, se estima que más del 90% de la semilla de soja en Bolivia es transgénica (Catacora-Vargas, 2012). En una evaluación realizada por el Instituto Nacional de Innovación Agropecuaria y Forestal (INIAF), de 40 variedades registradas, solo una fue identificada como no transgénica. (PROBIOMA, 2013) Si bien las características tecnológicas de la producción agroindustrial en Bolivia son esencialmente las mismas que el resto de los países del Cono Sur (Vargas, 2003), un rasgo distintivo del sector agroindustrial boliviano es la diversidad de tipos de productores. Esta diversidad es fruto de procesos históricos de colonización protagonizados por poblaciones nacionales y extranjeras, así como de dinámicas de mercados más recientes. Existe un complejo abanico de productores con diferentes nacionalidades, escalas de producción y formas de organización. Según los datos de la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO, 2013), durante la campaña de verano 2009/2010, de las 631.500 hectáreas de soja cultivadas, el 37% corresponde a productores nacionales, mientras que el restante 63% a productores extranjeros. Estos datos respaldan el argumento de que en Bolivia existe un proceso de extranjerización de la tierra que estaría ocupando una parte de los mejores suelos del país. (Urioste, 2011)

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Recapitulación

Bolivia a pesar de su gran potencial agropecuario, va progresivamente incrementando sus niveles de importación de alimentos y por ende su dependencia de mercados externos para abastecer la demanda nacional de alimentos. La actual configuración de la estructura agrícola de Bolivia ha estado fuertemente influenciada por la apertura comercial y la apuesta estatal que se produjo en el marco del proyecto neoliberal desde 1985. Al mismo tiempo que se buscaban mercados para la soja y millonarios proyectos de inversión para la agroindustria, se daba paso a una competencia desigual del sector campesino con productos del exterior y se desmantelaban los programas estatales de apoyo y asistencia técnica a estos productores.

Los principales elementos que caracterizan la estructura agroalimentaria y explican la problemática alimentaria en Bolivia y que permiten mostrar el proceso y el contexto en el que surge el Plan Nacional de Desarrollo (PND) y las políticas agroalimentarias del gobierno de Evo