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Características de los Dolores de la Santísima Virgen

Las características de los dolores de la Santísima Virgen han de tener, claro está, relación íntima con las fuentes de donde nacen; y de aquí el tratar ahora nosotros de ellas, pues si bien más adelante, cuando, consideremos cada cual de aquellos dolores, se nos ofrecerán con viva claridad sus caracteres respectivos, importa mirarlas antes por un aspecto genera la para formar idea general del martirio de María, porque sólo, cuando hayamos percibido la completa unidad de sus padecimientos, podremos comprender mejor sus maravillosos pormenores. La primera de las notas singulares del martirio, de María, fue el prolongarse casi durante su vida entera. Es opinión autorizada que hasta el momento de la Encarnación no supo la Santísima Virgen que había de ser Madre de Dios; cabe, de consiguiente, que hasta entonces, y por don de profecía, previese como una vislumbre de que su vida había de ser vida de grandes padeceres y de heroico sufrimiento; pero no es probable que desde luego, conociese clara y distintamente el pormenor de sus dolores. Grande debió, sin embargo, ser el cambio obrado en ella desde el instante de albergar en sus entrañas al Verbo Encarnado, pues claro está que desde aquel instante su unión con Dios debió ser tan inefablemente estrecha, tan profunda y completa su conocimiento del misterio de la Encarnación, y tan, extensa su comprensión de las recónditas profecías hebraicas, que indudablemente también la Pasión de Jesús debió manifestársele en espíritu, junto con los treinta y tres años de pobreza, trabajos y humillaciones, y, por consecuencia, no pudo menos de prever siquiera los trances principales de su propia compasión. Es lo menos que podemos suponer acerca de este punto, pero en realidad podemos pensar mucho más. Pero ahora no podemos seguir a los autores que ponen el comienzo de los dolores de María en la profecía de Simeón, no obstante parecernos muy probable que las palabras de aquel Santo fuesen el instrumento escogido por Dios para enaltecer el espíritu de María, y manifestarle en consecuencia con los más vivos colores el cuadro animado y distinto del terrible porvenir que le aguardaba. Casi por irreverente tendríamos el pensar que en aquellos nueve meses de su unión íntima con el Verbo Encarnado nada hubiese María comprendido acerca de su misión de padecer y de sangre, ni conocido las leyes de la expiación y de la redención, ni sabido en fin, a ciencia cierta la gran parte que le estaba reservada en el amargo cáliz de su Hijo. Ello es, de todos modos, que a contar desde el instante de la profecía de Simeón, cuando no el de la Encarnación, María no dejó de padecer hasta el fin de su vida. Junto con los padecimientos de su Hijo estaban presentes siempre en su espíritu sus propios padecimientos, sin gustar jamás alguno de aquellos momentos de reposo que suelen dar tregua a nuestros pesares. El camino de su vida todo estuvo cubierto de sombras tenaces y uniformes. En la más lúgubre suerte de los hombres hay siempre alternaturals de mayor o menor crudeza, que son ya de por sí un alivio de la desventura: por tenaz que sea nuestro dolor, alguna vez nos consiente respiro, y de cuando en cuando sus nubes abren paso a los rayos del sol, aunque sea por poco tiempo. El infortunio que a veces nos persigue durante toda nuestra vida, parece que en ciertas ocasiones como que se cansa

de molestarnos, o cambia de dirección, cual si renunciase a su presa o le otorgarse, al menos, una tregua para tomar aliento. No así en María; el dolor la tenía verdaderamente encadenada, sin darle jamás tregua ni reposo; era como una parte de su vida misma, que no había de abandonarla hasta la muerte. Su Pasión no fue para Ella el triste fin de una hermosa existencia, ni un fúnebre ocaso del sol tras un día de alternatural entre luz y tinieblas, ni una tragedia aislada de setenta y tres años laboriosamente pasados en las ordinarias vicisitudes de la vida humana; sino que fue parte de un todo consecuente a sus antecedentes; fue un acrecentamiento de tinieblas, es verdad, pero parte, al fin, de las tinieblas de una vida que, por lo tocante al padecer, no había jamás visto la luz. Esto debemos tenerlo presente siempre, si queremos formar una idea general de los dolores de María, que no fueron, no, acontecimientos separados, sino fases continuas de una existencia destinada inexorablemente por el cielo a girar en una órbita de padecimientos singulares, acá y allá iluminada con el fulgor en unos más que en otros.

Los dolores de la Santísima Virgen no sólo duraron lo que su vida, sino que acrecieron incesantemente; cuanto más se acostumbraba a la vista del padecer, tanto más real y terrible se le presentaba el padecimiento. Y este acrecentamiento continuo de padecer no ha de creerse ni que fuese incompatible con las luces de María, ni que menguara sus fulgores; antes bien, prestaba nuevos lineamientos, nuevas penas, nuevas profundidades y nuevo bienestar a sus continuas meditaciones, exactamente como nos sucede a todos nosotros, aunque en grado bastante inferior; pues sabido es que mientras más meditamos, por ejemplo, en los misterios de la Encarnación, más luces alcanzamos sobre todo lo concerniente a ellos. Y es natural; mientras más nos remontamos, mayor horizonte descubrimos; cuanto más se acostumbran nuestros ojos a la suave oscuridad de esos abismos, tanto más advertimos lo imposible de sondear su profundidad. Consideremos ahora lo que esto debió ser para María, cuya mirada fija y penetrante distaba tan inconmensurablemente de nuestras meditaciones fugaces o superficiales; para María, que pasó su vida entera meditando y cuyo corazón estaba tan henchido por el asunto de sus meditaciones. Claro es, por otra parte, que mientras más se aproximaba la consumación de aquellos misterios, tanto más temible se mostraban al espíritu de María y cuanto más se condensaba su fúnebre sombra, tanto más terror le causaban. Desde la hora y punto que los rugidos de la tempestad comenzaron a sonar en su corazón, ella estrechaba más y más contra su pecho al amado Jesús que entonces le pareció más hermoso que nunca. Pero no había remedio: la cercaba por doquier una mar inmensa y sin orillas, y ella no tenía otro refugio sino aquel vasto océano: tal era la voluntad de Dios. ¡Y Jesús, entre tanto, más hermoso cada día! Sus doce primeros años corrieron produciendo frutos de amor y de celestial belleza, que exceden a todo cálculo humano; durante los dieciocho siguientes, cada palabra, cada mirada; cada acto de sumisión de Jesús estaban llenos de misterios divinos, y entretanto la vida de María, casi toda entera, no era ya suya, sino de Jesús; de Jesús, que había llegado a ser para Ella su luz, su vida, su amor, su todo. Venidos luego los tres años del ministerio público del Salvador, se habría dicho que el recién nacido de Belén, el Niño de Nazaret, nada era en comparación de aquel predicador de amor, cuyas palabras, obras y milagros no parecía sino que

habían gravado al mundo con más peso de sobrenatural hermosura que podía soportar, hasta el punto de que los hombres se lanzaron furiosos a extinguir aquella luz que los ofendía con sus vivísimos resplandores. A medida de la hermosura de Jesús crecía el amor de su Madre, y con el amor la angustia; por mejor decir, estas tres cosas crecían incesante, majestuosa, rápidamente. ¿Será posible que aquellos tres años de la vida pública de Jesús no aparten de María el cáliz de la Pasión? Para rescatar al mundo, ¿serán menester las crueles agonías del Calvario, sin que basten, y aun sobren, las tiernas pláticas del Salvador, ni sus lágrimas de hombre, ni sus vigilias en las montañas, ni sus trabajosas peregrinaciones, ni su hambre y su sed, ni su mansedumbre y paciencia, ni la elocuencia de sus milagros, ni la maravillosa y encantadora sabiduría de sus parábolas? Sólo una palabra hay que pronunciar aquí pero que lo dice todo: Jesús había llegado a ser para María un tesoro que no podía quitársele sin arrancarle con él la vida. De este modo se acumulaban sobre Ella las causas de dolor; cada cual de sus pensamientos suscitaban en su espíritu otro; cada cual de sus afectos encendía en su corazón otro más vivo, y así crecían sus dolores más que las plantas del más frondoso jardín, y con tanta mayor rapidez cuanto más avanzaban los tiempos.

Otro carácter singular de los dolores de María es que afectaron más a su alma que a su cuerpo; no que su cuerpo fuera exento, ya lo hemos dicho antes, de dolores especiales y terribles, pero comparados a los de su alma, nada eran, pues entre unos y otros no mediaba género alguno de proporción. Costoso de sufrir es, sin duda, el padecimiento físico, tan costoso que a veces se hace intolerable, y parece como si furioso se lanzara sobre nuestra vida para devorarla. Pero si es cierto que nadie puede tener padecimiento corporal por cosa fácil, ¿qué vale comparado a las penas del alma? ¿Quién de nosotros lo ignora? Y, sin embargo, las aflicciones de nuestro espíritu, comparadas a las de la Santísima Virgen, son tan materiales y rastreras, que pudiera hacernos tener por criaturas de otra especie que ella. Si cuanto más pura y delicada es un alma tanta más cruda es su tribulación, ¿cuáles no serían las de aquel vaso de gracia inmaculado? Para calcular su extensión no tenemos medida, porque la capacidad de padecer de nuestra Madre excede de los límites de nuestra comprensión. Todo cuanto sobre esto podemos entender es que ningún padecer humano puede comparársele; que la región de dolores a que se elevaron los dos corazones de Jesús y de María reside en una altura inaccesible a todo corazón humano. Las padecimientos de María constituyen un martirio, digámoslo así, inverso, porque sus angustias partían del alma para rebotar, permítasenos también la frase, en su cuerpo, torturándole y quemándole, mientras que, respecto de los otros mártires, por el contrario, el alma difunde un bálsamo refrigerante en las llagas del cuerpo y el cielo los ilumina con resplandores que apagan la llama de las hogueras y la encendida mirada de las fieras hambrientas. Aun de Jesús mismo se distinguió María sobre este punto en cierto modo, pues si bien el alma de Jesús fue crucificada en Getsemaní y su cuerpo en el Calvario, mientras ningún golpe hirió el cuerpo de María ni de sus venas se derramó sangre alguna, en cambio es verdad que de la carne y de la sangre de María se habían formado la carne y la sangre de Jesús, y era bastante que este cuerpo y esta sangre padecieran por El y por ella. Constituye esto un carácter íntimo de los dolores de

María, muchas veces independiente de las circunstancias exteriores, y que requiere de un gran discernimiento de espíritu para ser bien apreciado, por lo cual hay que tenerle presente siempre como uno de los más distintivos.

Si por un momento osamos pensar en lo que la Teología llama circumincesión de las tres Personas divinas (o sea la existencia infinita de cada una de ellas en las otras dos, sin detrimento de su distinción recíproca); si nos atreviéramos a escudriñar el modo de esa existencia inefable, ciertamente excederíamos el lindero propio de las prerrogativas de María, criatura al fin, y como tal, infinitamente distante del Creador; pero la idea de aquella eminente unidad divina pudiera, en cuanto cabe, servirnos como de tipo para apreciar debidamente la unión que media entre Jesús y su Madre. No parece sino que el corazón del uno estaba en él del otro; la hermosura de Jesús puede decirse que ponía fuera de sí a María; ella no quería ni estimaba sino lo que su Hijo; con El pensaba, con El sentía, y, en cuanto es posible, con El se identificaba; en suma, no vivía sino para El; su vida era para Jesús un instrumento de que podía El disponer según su voluntad. A la par de El aquella bienaventurada Madre daba el corazón todo entero a su sacratísimo Hijo, se regocijaba de todo cuanto ella era, de todo cuanto tenía y de todo cuanto podía hacer o padecer, únicamente por la razón de que otro tanto le era dado sacrificar en obsequio a Jesús. Por otro lado, era como si María hubiera sido la hija y Jesús el Padre, se apoyaba en El, le obedecía con perfecta sumisión, no abrigaba un solo pensamiento que no fuese de su Hijo, y aun sólo en El pensaba; dejando a solo Jesús el querer y el ordenar, ella no guardaba para sí más que el seguirle, servirle, padecer con El, conformarse a El y adorarle con su amor. Entre todas las maravillas que leemos sobre la vida de los santos y de su unión con Dios, nada hay comparable a la unión de Jesús y de María; era unión verdaderamente singular en especie y en grado; igual sólo a sí misma, no semejaba ninguna otra sino aquella supereminente cuya inefable realidad vislumbramos entre las sombras del misterio, es decir, la unión de la Trinidad Santísima. Pues bien, viviendo María, menos con vida propia que con aquella otra que llevaba fuera de sí; mejor dicho, siendo aquella vida que llevaba fuera de sí y en Jesús más interior y realmente suya que su propia vida, nace de aquí una de las notas singulares de sus dolores, consistente en que no tanto los padecía en sí misma como en aquel a quien mucho más que a sí misma amaba. Dolores padece el linaje humano que pueden asemejarse a los de María; no fue ella ciertamente, ni lo será, la única viuda traspasada por la pena de ver a su Hijo único acometido y derribado por la muerte en la flor de su edad, pero ninguna madre ha sentido ni sentirá como María, porque ninguna ha vivido en unión tan estrecha con el hijo amado; ninguna otra ha tenido un hijo que fuese Hombre y Dios juntamente; ninguna otra, por tanto, ha podido amar y adorar juntamente al fruto de sus entrañas.

Otro carácter especial de los dolores de María consiste en que, siendo grandemente varios, por el hecho de ser al mismo tiempo interiores, todos acudieron y se concentraron en un solo lugar: es decir, en su corazón. Para el corazón de los mártires, la variedad misma de tormentos aplicados a los varios miembros del cuerpo de cada cual, era una especie de alivio. Todos nosotros sabemos cuán agudo se hace el padecer

concentrado en un solo nervio, sobre todo si se prolonga horas, días y aun semanas; éste es un padecer diferente de los que cambian de sitio, aun cuando sean los más difíciles de sufrir. Pero si de cualquier miembro o nervio se va, para fijarse tenaz e idéntico el dolor en el corazón, su crudeza excede a todo cálculo. Pues bien; por de pronto la variedad de los dolores de María era casi infinita, infinidad procedente de las dos naturalezas de Jesús, la divina y la humana, que de suyo producían diversidad innumerable de padecimientos, multiplicación indefinida de sus respectivas causas y acrecentamiento no menos indefinido de su amargura. Las penas corporales de la Pasión, juntamente con sus aflicciones de espíritu; la profunda ignominia, la gritería, los gestos y aun los claros intentos de la turba que a Jesús rodeaba, eran otros tantos géneros de padecer para María. Pues agregales ahora el que le provenía de la completa unidad de sus afectos exclusivos, porque ella no amaba más que a un ser y en él concentraba todas las causas de su martirio, ningún otro objeto había en su corazón que compartiese con aquel sus dolores. La triste viuda puede consolarse con las infantiles caricias del hijo pequeñuelo que le dejó el difunto esposo; la sonrisa de un ángel no le sería más deliciosa; y de hecho aquel gozo es para ella una grada celestial que alivia poderosamente el peso de su viudez. Pero María no alcanza tregua a sus pesares; sin número y todo como son, se acumulan todos en un solo dardo sobrenatural, único y múltiple a un mismo tiempo, y con toda su violencia la hieren en el centro mismo de la vida, en el magnífico santuario de su amantísimo corazón.

Aún hay más sobre esto; no solamente para María no hay fuera de Jesús, otro objeto, otro deber, otro amor que pueda distraerla de sus penas, sino que, en rigor, aquello mismo que naturalmente habría debido aliviarlas no sería más que para exacerbarlas. Allí donde habría debido encontrar luz, la cercaban tinieblas más espesas que las de Egipto; la ponía en trance de muerte aquello mismo que debiera darle vida. La bondad misma de su Hijo avivaba con singular crudeza cada una de las espadas que atravesaban su pecho; la muerte de Jesús era para ella tanto más terrible cuanto mejor conocía la infinita santidad de la sagrada víctima. En suma: el amor mismo del Salvador a su Madre, amor que, por su propia naturaleza, era para María más que un consuelo, pues era su vida misma, resultaba ser lo más cruel de su compasión. Si María hubiese amado menos a Jesús o Jesús menos a María, los dolores de ésta no habrían excedido, como excedieron, toda comparación con ningún dolor humano. Lo que cada tormento tenía de excesivo para María, nacía completamente del exceso de su amor. Pero, al menos, la divinidad de Jesús, el secreto esplendor de su naturaleza gloriosa e impasible, ¿no será para María un fortísimo sostén? ¡Oh dogma el más adorable de la fe! ¡Cuántos y cuántos corazones angustiados, y ánimos atribulados, y almas turbadas por la tempestad en medio del común naufragio, han buscado en ti su reposo, y como en blando y delicioso lecho han logrado paz y calma, mientras que todo por fuera y por dentro, arriba y abajo, era tormento y guerra! ¡Para cuántos millares de almas la creencia en ti ha sido como visita de un ángel que mandó a la tempestad plegar las negras alas y aun ablandó la rudeza del lecho de la muerte! ¿Y nada serás en pro de Aquélla que te conoce como ninguna otra de las criaturas de Dios? ¡Ah! No; ese dogma, esa misma

divinidad de Jesús será para su santa Madre un nuevo abismo de dolor, hasta, entonces desconocido, y en el cual ella sondará profundidades inconmensurables, sin tocar al fondo nunca; esa misma doctrina será para ella como, un cerco de aflicciones, y nos la mostrará desfallecida y errante en un mar de padecer. Todo en el martirio de María parece sujeto a la ley de los contrarios; aquello mismo que debiera ser para ella puerto de refugio, se le convertía en oleada tempestuosa, que con violencia cruel la interna más y más en un océano sin orillas. El ser demasiado fuerte para que pudiera ahogarse, acumulaba mayor angustia. Entre los dolores humanos hay quizá alguno que a éste de