Nuevo campo se abre a nuestra contemplación, henos aquí ya bien lejos de Belén y de Nazaret, de la santa infancia, de la adolescencia y de la vida oculta del Salvador del mundo. Pasado es también el trienio de su vida pública, y veintiún años desde aquellos tres días de dolorosa ausencia. Desde entonces ha ido pasando también por el corazón de María todo un mundo de misterios, simultáneamente y sin interrupción, mezclados de júbilo sobrenatural y de dolor inmensurable. Ahora ya fijamos nuestra mirada en Jerusalén, teatro de los cuatro últimos dolores, como lo fue también de dos de los tres primeros. Estamos en la mañana del Viernes Santo y en el momento que María encontró a Nuestro Señor con la Cruz a cuestas, que es el cuarto dolor de la Santísima Virgen.
Pero mal propondríamos este misterio sin echar una ojeada retrospectiva sobre los veinte años anteriores; durante ellos María va caminado incesantemente hacia un solo y único término, creciendo continuamente en santidad porque continuamente crece en amor, y creciendo en amor a medida que Jesús crece en hermosura. De aquí que cada dolor la tome, en cierto sentido, menos prevenida, y en otro más; menos, en cuanto cada vez ama más a Jesús, y en El y por El padece, y más, porque, cada vez más santa, es más fuerte para llevar más pesadas cruces. Visto dejamos cuanto se acrecentaba su capacidad para padecer, a medida que su amor se fue acrecentando, desde el regreso de Egipto hasta que fue con Nuestro Señor a Jerusalén para celebrar la duodécima Pascua; la maravilla, pues, de santidad a quien hemos dejado en Jerusalén después de hallar a su perdido Jesús, va a mostrársenos por muy diverso aspecto mientras de corazón la acompañamos en el camino de la Cruz, por cuanto este cuarto dolor, diverso en sí del tercero, le encontró ya con mayor capacidad para padecer. Comparado con las delicias de la Santa Casa durante los dieciocho años de la vida oculta de Jesús, apenas sombras son de ellas las de aquel paraíso terrenal plantado por las manos del mismo Dios, y adonde bajaba, al levantarse el aura vespertina, para conversar con sus criaturas, aún no degeneradas. Imposible formarnos idea de los misterios consumados en aquella morada celestial; con ser pocas las palabras habladas allí durante aquellos dieciocho años, fueron lo que la lengua humana llamaría innumerables, y aun el silencio era allí fuente de gracia; millones de actos admirables se obraron allí, cada cual de ellos tan infinitamente valioso, que hubiera bastado para rescatar al mundo. Inconmensurable universo; durante aquellos dieciocho años estaba día y noche dando gloria a Dios; los astros rutilantes girando majestuosos en sus invariables órbitas; los vastos espacios aún desiertos, con su interna elaboración de materia inorgánica y sus indefinidos períodos de vida inanimada; la tierra con todos sus moradores; los adoradores del Dios verdadero difundidos en el seno de las varias tinieblas de sus diversas regiones; la prez de las pasadas generaciones descansando en el seno de Abraham y en los Limbos de los Santos Padres; las turbas alegres de inocentes niños; la innumerable muchedumbre de espíritus moradores en los antros subterráneos; las benditas almas del Purgatorio en acto de perpetua adoración; todo se
concentraba para mayor gloria del Altísimo, y sobre todo esto, los innumerables ejércitos de ángeles poblando su región inmensa, y con los ojos de su espíritu que ven a Dios cara a cara, rindiéndole sin cesar culto soberanamente perfecto. Pues todos estos mundos eran nada comparados a la santa morada de Nazaret; una hora sola de aquella vid pesaba más que todo el tiempo en la balanza de los siglos, porque sólo le era adecuada la eternidad. En aquella aldeíta, la más escondida quizá de la oscura Galilea, estaba concentrada toda la creación espiritual y material. ¿Por qué así? En los centros de Dios no puede penetrar la vista humana.
Mirada por cierto aspecto, María era como el punto central de aquella órbita abreviada de toda la creación; porque si Jesús era centro para José, para María y para las innumerables cohortes de ángeles que maravillados la adoraban, María ¡oh prodigio admirable! era también centro para Jesús. Nuestro Señor había bajado a la tierra para redimir al mundo, y sólo treinta y tres años se habían señalado de plazo para esta obra inconmensurable. De estos años, doce habían sido dados a María, y durante ellos se habían prosternado ante Jesús unos cuantos pastores, le habían besado los pies tres reyes del Oriente, Simeón le había tenido en sus brazos, Ana le había bendecido, le habían visto con asombro paganos egipcios y con indiferencia los moradores de Nazaret; esto es cuanto de Jesús sabía el mundo, para el cual no era sino uno de tantos niños de Galilea. Se había dado a María durante aquellos doce años que transcurrieron y se acabaron con el más extraño misterio de dolor, cual si fuese para Nuestra Señora una especie de ingreso en alguna región altísima de santidad inefable. A contar desde aquel misterio, comienza un período de dieciocho años, durante los cuales Nuestro Señor parece consagrarse exclusivamente a María y a José, y que fueron para la Santísima Virgen como un largo noviciado seguido bajo la dirección de su Hijo hasta hacer profesión de fe en el Calvario. Aquel período de dieciocho años no podía ser ocioso ni desproporcionado a la obra del misterio público de Jesús, ni a las angustias de su Pasión, sino antes bien debía ser proporcionado a su infinita misericordia; fue el tiempo, digámoslo así, de María, como los tres años de vida pública del Salvador fueron el tiempo de los judíos y como la Pasión fue el nuestro.
Temerario fuera calcular, ni aun aproximadamente, la suma de amor que aquellos años produjeron en el corazón de María, cuyo espíritu inundaba, como tantas otras fuentes de gracias espirituales, la divina hermosura del alma humana de Jesús, el influjo de su celestial ejemplo, el atractivo de todas sus acciones, la eficacia de sus palabras sobrehumanas, su corazón que El mostraba a su Madre sin velo y las frecuentes visiones que le otorgaba de su naturaleza divina y de la Persona del Verbo. Sin especial asistencia, la Santísima Virgen no habría podido vivir en tan estrecha compañía con Jesús; no habría tenido fuerzas para recibir en sí aquella obra de santificación más que angélica; se hubiera consumido de amor. De caber alguna tregua, si lícito no es decirlo así, en aquella gradual e incesante elevación del alma de María, no hubiera sido otra sino cuando Jesús prodigaba su amor a José, adornando con nuevas e incomparables gracias aquella alma, ya de suyo más grande que la de todos los demás santos. ¡Pasar dieciocho años con Dios, sabiendo que lo es, y a toda hora verle, oírle, tocarle, y lo que es aún más
asombroso, mandar en El, en El, autor del universo! ¿Qué lengua humana podría expresar los misterios durante aquel tiempo consumados? Como quiera que el más inimitable de los atributos de Dios para nosotros, hechura suya, sea (¡maravillosa verdad por cierto!) su santidad, y debiendo nosotros ser, según las palabras de Nuestro Señor mismo, perfectos como perfecto es Dios, claro está que el efecto de aquellos dieciocho años en el alma de María fue santidad, y, por consiguiente, amor en grado tan superior como su alma lo era a la nuestra. Pero ¿por qué vías, de qué modo, por infusión de qué dones se obró ese efecto? Y de la prodigiosa rapidez con que se obró, ¿quién pudiera formar idea sino María y José, en cuyas almas Dios moraba como en lugar, digámoslo así, de su descanso? Si el amor fuese cosa únicamente de hombres y de ángeles, tendríamos que darle otro nombre cuando tan alto se remonta como el amor de María. Pero Dios mismo es amor, y por eso cabalmente el nuestro gira en un espacio infinito, con lo cual bien podemos llamar amor la santidad de María sin temor de menoscabar con este apelativo su grandeza sublimada. Cuando tanta pena costó a María, dieciocho años antes, el verse sin Jesús a la puerta de Jerusalén, ¿qué no será hoy cuando su corazón le ama con tantos diversos amores? Por eso, cuando se dice que cada dolor de María excede al que le ha precedido, ha de entenderse que cada nuevo dolor halla en el corazón de Nuestra Señora mayor suma de amor en que alimentarse; tanta, que hace necesaria una asistencia especial del Todopoderoso para que no estalle en pedazos aquel corazón más amado de El que todo lo demás del universo.
Al acabarse aquellos dieciocho años, y comenzarse, por consiguiente, los tres de la vida pública de Nuestro Señor, se ignora el grado de frecuencia con que la Santísima Virgen le acompañaba, si bien se tiene por probable que nunca estaba largo tiempo separada de El; pero el Evangelio nada terminante dice sobre esto, y también difiere el parecer de los santos contemplativos; lo más verosímil es que la Madre no se apartase nunca del Hijo, pues si lícito le fue seguirle durante su Pasión, no es de presumir que estuviese lejos de El durante su público ministerio. Sabemos por ahora, que Jesús obró el primer milagro en Caná de Galilea a ruego de su Madre, si bien otra vez que el Evangelio nos la muestra buscándole con derechos de tal, no nos deja ver claro si le acompañaba de continuo, o si se apartaba de El por algún tiempo. De todos modos, es de suponer que, sea en espíritu, sea por revelación de ángeles, o también por cualquier medio ordinario conociera, incesantemente, todas las palabras y acciones de Jesús durante aquellos tres años, pues ciertamente no es creíble que pudiendo cualquiera de nosotros conocer y aprovechar aquellas palabras y acciones, no las hubiese conocido María y aun santificándose con ellas como nosotros lo podemos.
Para María, aquel ministerio público de Jesús fue como si de nuevo se le revelase, pues le vio por varios aspectos que nunca hasta allí le había visto; todo cuanto nuevo hiciese o dijese entonces Nuestro Señor, por común y vulgar que pareciese, no podía, en realidad, serlo, sino antes bien, tenía que ser dechado maravilloso de bondad y de hermosura, por lo cual era para el amor de María nuevo incentivo que sin cesar le acrecentaban en su materno corazón. Cuando niño había visto a Jesús, por decirlo así, parado, produciendo, como el manantial sus aguas, misterios celestiales con pasividad
aparente, aunque sabiendo muy bien que los producía; cuando adolescente, le había visto ya mostrar maravillosas gracias que cautivaban más cada día su corazón de madre; pero entonces su Hijo habitaba en la santa Casa con personas a quienes conocía, de quien se fiaba, a quien amaba con indecible ternura, y para los cuales era simultáneamente súbdito y soberano; mas ahora ya había comenzado su ministerio público, que se diferenciaba de su vida oculta más que ésta de su infancia, y tenía que mostrarse al mundo, y mostrarse como Dios, sin distinguirse en apariencia del común de los hombres, y acomodarse a multitud de nuevas situaciones, y dirigirse a oyentes de toda clase y condición. Por eso ya le vemos, sea madurando poco a poco la vocación de los Apóstoles, sea dominando a la muchedumbre, sea calmando penas y reprendiendo a pecadores, sea exponiendo las Sagradas Escrituras y explicando a un escogido auditorio lo recóndito de sus parábolas profundas, sea, en fin, con magistral sencillez y prudencia esquivando los lazos que le tendían malignos codiciosos de tomarle por palabras; y siempre, en medio de tal variedad de actitudes, situaciones y tareas, descubriendo todas y cada una de las dotes de su naturaleza humana, y manifestando a toda hora gracias infinitas; eran aquellos tres años como una celestial armonía, cuyos dulcísimos acordes ahora se elevaban, ahora decrecían, cambiándose y combinándose, cesando y volviendo a comenzar, recogiéndose y dilatándose indefinidamente; eran un indescriptible conjunto de mansedumbre y de fortaleza, de prudencia y de sencillez, de indulgencia y de rigor, de humanidad y divinidad. Pues bien; no había, ni era posible que hubiese en todos los actos y palabras del Creador Encarnado un solo punto que de suyo no fuese una revelación para María, como lo era también para los ángeles, aunque en escala inferior, y al mismo tiempo un abismo imposible de sondear para otros ojos que los del mismo Jesús. Maravillosos debieron ser en María los frutos de aquellos tres años de vida pública de Nuestro Señor, más bellos que su infancia y más admirables, que su vida oculta.
Jamás nos formaremos idea aproximadamente exacta de María; del influjo progresivo y maravilloso que en su santificación ejercieron aquellos tres años, los períodos en que esta obra se fue consumando, son no menos prodigiosos y no menos distintamente señalados que los días de la creación. El primero de esos períodos fue la Inmaculada Concepción y sus quince años de sucesivos merecimientos; segundo, la Encarnación, con los doce años de la infancia de Jesús; tercero, los tres días del Niño perdido, con los dieciocho años ulteriores de su vida oculta; cuarto: los tres años de su vida pública; quinto, la Pasión; sexto, los cuarenta días de Jesús resucitado, con la bajada del Espíritu Santo; séptimo, en fin, que pudiéramos llamar el sábado de Nuestro Señor, cuando, ascendido a los cielos y sentado a la derecha del Padre, dejó continuar su celeste giro durante quince años a la órbita inmensurable de la santidad de María, como dejó rodar los astros con el auxilio de su asistencia permanente, de su providencia vigilante y de su presencia real, pero sin poner ya sus manos a la obra, como antes lo había hecho. Se consuma, por último, la santificación de María con su muerte gloriosa, su gloriosísima Asunción y su coronación como Reina de los cielos. Jamás, repito, podremos apreciar los dones de gracia otorgados a nuestra amadísima Madre, sino abrazando el conjunto de estos siete días de su génesis espiritual.
Conforme se iban manifestando más y más las adorables perfecciones de Nuestro Señor durante los tres años de su vida pública, iba creciendo con vigor nuevo el amor de María; y esto constituye punto de vista especial para considerar el presente misterio. En vano, para valuar ese crecimiento de amor, buscaríamos ya medida, que los ángeles mismos no sabrían hallar tampoco, pues ya de largos años antes el amor de María se había remontado tanto a Dios, que sus límites y proporciones son inaccesibles a nuestros ojos humanos, deslumbrados por resplandores que tan cerca emanan del trono del Altísimo. Sin embargo, forzoso nos es proseguir en el estilo que hasta aquí acerca de este punto, bien que, apenas conozcamos la magnitud de lo que hemos de enaltecer. María llegó a Betania el Jueves de la Semana Santa, rebosante de un amor a Jesús muy superior a los tesoros de ternura en su corazón acumulados durante los dieciocho años de la vida oculta del Salvador. Por entonces había ya muerto San José; y si bien el cariño que María le profesaba, profundo y todo como era, lejos de mermar su amor a Jesús, venía a ser nueva forma y como una añadidura del mismo, aquella muerte obró en su alma el efecto que todo cambio de situación le causaba, es decir, acrecentó el amor a su Hijo. Los Apóstoles habían ocupado en el corazón de la Virgen Santísima el lugar que en vida tuvo San José; conocía ella de antemano las gracias que respectivamente había decretado distribuirles Nuestro Señor, y veía claramente cómo los iba disponiendo según sus respectivas vocaciones, aptitudes y caracteres, aprendiendo así del divino modelo a ser digna Reina de los Apóstoles, y multiplicando, en cierto modo, por su amor a ellos el que a Jesús tenía. En aquel período de la vida de Nuestra Señora, como en todos los demás, cada acto de su Hijo, sus pláticas, su conversación, su doctrina, sus austeridades, sus oraciones, sus lágrimas, sus milagros, sus viajes, sus fatigas, su hambre y su sed, y las contradicciones que se le oponían, eran nuevo inagotable manantial de amor para ella, y siéndolo siguieron hasta el fin; aquel incalculable acrecentamiento de amor lo era también proporcionalmente de su capacidad de padecer; así es que, al llegar al término del ministerio público de Jesús, las aptitudes del corazón de María se nos ofrecen más que nunca maravillosas.
Pero si el lector creyere que lo hasta aquí dicho en el capítulo presente es extraño a su materia propia, le diremos que lo consideramos necesario para entender el conjunto del misterio de los Siete Dolores, como quiera que abrazando en su unidad un período de treinta y tres años, cada uno de ellos por su verdad, profundidad, intensidad y carácter propio, corresponde a una determinada parte de ese período total. En efecto, durante él se va manifestando cada vez más la hermosura de Jesús y elevándose proporcionalmente la gracia en el alma de María, y con la gracia el amor, en cada uno de los períodos parciales de esa serie total, la gracia de María se remonta a cierta altura, sólo de Dios conocida y por Dios determinada, a la cual corresponde en Nuestra Señora una suma dada de dolores que la santifican acrecentándose, y otra de fuerzas para sobrellevarlos; en llegando a cada cual de esas cimas graduales, le envía Dios, como por virtud de previo decreto, un nuevo dolor, que se empalma, digámoslo así, con la gracia y el amor del inmediato precedente; y lo mismo al comenzarse aquella serie con los siete años de la Infancia de Jesús, que al terminarse con su gloriosa Pasión, la Santísima
Virgen recoge cada nuevo tesoro de gracia y de amor para aumentar con él su santidad más alta y sólida, si cabe, que antes, embelleciendo su alma con hermosura igual a la de todos los coros angélicos, y remontándose a mucha mayor altura. Resulta de aquí que cada dolor es para María una santificación especial, un renovamiento, una transfiguración, un nuevo grado de unión con Dios. Tenemos, pues, dos puntos de partida para cotejar entre sí los dolores de la Santísima Virgen: primero, cada uno de ellos, como los tormentos de la Pasión de Nuestro Señor, es diferente del otro, y a la par de su crudeza privativa, tiene su especial perfección y singular preeminencia; segundo, todos son igualmente perfectos, pero cada cual con su perfección propia y específica y con intensidad privativa, poderosa a causar mayor padecer que otro, por eso cabe decir, y se dice con toda propiedad que el tercer dolor, por ejemplo fue el más grande. Así entendida, pues, la serie de esos dolores, cabe compararlos a una pirámide, no en cuanto sus bases son más agudas a medida que se van aproximando al vértice, sino en cuanto cada nuevo dolor se estriba siempre en un amor más grande y más padecido, y, por