Fecundo asunto ha sido siempre en la Iglesia para la poesía y el arte, no menos que abundante manantial de contemplación y de lágrimas para las almas piadosas, pues no sólo es de suyo misterio singularmente bello, sino que los gentiles se han complacido en tenerle, después de la Epifanía, por el comienzo de la conversión obrada en ellos por Nuestro Señor. En efecto, vemos aquí a Jesús huir de su pueblo para refugiarse en una comarca pagana, y santificar allí con su presencia la tierra misma que desde antiguo había sido principal enemiga de su raza, y era entonces modelo típico de todas las formas de la idolatría. En aquella región, inundada de tinieblas, logra una morada pacífica donde pasar, libre de persecuciones, su tranquila infancia; en pos de sus huellas van cayendo los ídolos derribados de sus altares; se difunde en las feraces márgenes del Nilo una secreta virtud que se extiende a los abrasados arenales de toda la tierra egipcia, santificándola y escogiéndola para que en sus estériles llanuras brotasen, como flores en el desierto, legiones de santos que le convirtiesen en un paraíso. Sabido es, en efecto, el señalado lugar que entre las magnificencias del Occidente cristiano merecieron aquellos Padres del desierto, vivos e indelebles ejemplares de ascética disciplina, asunto de universal admiración y modelo de todas las generaciones ulteriores de santos católicos. Esto explica el por qué en el Occidente pagano surgieron tan numerosos y populares tradiciones acerca de la huida a Egipto y de la residencia de la Sacra Familia en aquellas tierras.
Tranquila en su apartamiento la aldea de Nazaret, no le valdrá para eximirse del sutil espionaje de una tiranía suspicaz, egoísta y medrosa, que allá mande a sus oficiales en busca del Santo Niño. ¿Le descubrirá entre los inocentes de aquel pacífico retiro? Por lo menos no cesará de intentarlo con maligna tenacidad; la quietud y el reposo no se han hecho para Jesús y María, y no importa que Jesús sea el príncipe de la paz, pues lo es de una paz que el mundo no da ni entiende. María está recién llegada; su corazón destrozado necesita que al menos su cuerpo logre algún descanso, pero no, el descanso no vendrá hasta la hora en que debe venir, y eso no tal como se hubiera esperado. A media noche el Señor se aparece en sueños a José, custodia terrenal de los más preciados tesoros del cielo, y le manda levantarse, tomar al Niño y a su Madre, y huir con ambos a Egipto. Ya entonces los tres Reyes habían regresado al Oriente sin participar a Herodes que habían encontrado al Rey recién nacido ni mostrarle quién era; Herodes les había mandado que volviesen a su corte, pero la Sagrada Escritura no dice que ellos lo prometieran; y si por ventura lo habían prometido, debieron de recibir en sueños mandato de Dios que los relevó de cumplir su promesa. Pero el tirano no se resignaba a ser burlado así, y por ver de lograr su rabioso intento, decretó la degollación de los inocentes e inundó a Belén con su sangre. ¡Oh María! ¡Cruel hermana fuiste de aquellas infelices madres que la noche de Navidad te habían visto sin albergue y errante en las calles de Belén, mientras ellas acariciaban a sus pequeñuelos en los umbrales de sus casas! ¡Qué lúgubre concierto de gemidos surge del estrecho pico de la colina mientras el torrente de sangre tiñe los arroyos de las calles empinadas! Comenzaba a cumplirse allí la
ley de la Encarnación, ley que comprendía al manso Jesús. ¡Oh amadísimo Señor nuestro! Aquel tu inmenso amor a nosotros; que había destrozado ya el corazón de tu Madre, llevaba entonces aquel horrendo luto a los dichosos hogares de Belén, y en sus puertas inhospitalarias ponía señal de sangre. Y todo porque Jesús estaba reservado para derramar, tras de padecimientos mucho más crudos, su preciosísima sangre por nosotros! La sombra nocturna velaba silenciosa la aldea de Nazaret cuando la Sagrada Familia partía de ella. Jamás, ni por el santo más heroico, ni por el ángel más obediente, se había cumplido el mandato de Dios con la prontitud que éste lo fue por María. Oyendo las palabras de José, le respondió con mucha sonrisa, y sin turbación ni apresuramiento, bien que llena de maternal solicitud, levantó a su tesoro del lecho en que dormía, y sin otro preparativo, porque su pobreza no lo necesitaba, salió con José, guiada por la pálida luz de las estrellas. Vela allí dejando otra vez su humilde morada y pensando con la serena tristeza de un corazón dolorido en todas las dificultades, trabajos y peligros, primero de aquel viaje, y luego de su residencia en tierra de paganos. El viento frío de la noche silbaba azotando las desnudas ramas de las higueras, y de cuando en cuando se oía ladrar los mastines, no porque sintieran los pasos de los fugitivos, sino por la habitual vigilancia nocturna de aquellos animales. El Hombre Dios iba como había venido sin ser de nadie notado y sin que nadie le echase de menos; la tierra no divisó con una mirada siquiera al Señor del mundo.
Tomando un rumbo que la humana prudencia no les habría aconsejado, echaron por el camino de Jerusalén, que poco tiempo antes habían tomado al regresar a su casa, y dejando a su lado la ciudad santa, pasaron junto a Belén, cual si Jesús quisiera derramar con su aliento la bendición sobre aquellos niños que ignorantes de su cercana cruel suerte, dormían al calor del regazo materno. Así llegaron a la vereda camino del desierto guiados por José que les precedía como la sombra del Eterno Padre, pasaron el lindero de la Tierra prometida, y siguieron hasta perderse de vista en la desierta soledad. Un pobre carpintero y una humilde doncella iban encargados de llevar al Creador del mundo por en medio del desierto y a cuidar de él entre las arenas pedregosas de aquellas áridas arenas. Largos días vieron reproducirse en ellas el nacer y ponerse del sol, el esplendor del mediodía y las vislumbres de la media noche, el cerco de la luna y el viento de fuego; con frío de noche, y de día sin amparo contra un sol abrasador, escasos de provisiones y atormentados muchas veces por la sed; pero siguieron la jornada sin amedrentarse ni pedir prodigios que aliviaran su fatiga, no obstante saber a quién llevaban consigo.
Refiere una antigua tradición que pernoctaron cierta vez en una cueva de ladrones, donde con fina voluntad les dio pobre posada la mujer del capitán de la pandilla; quizá era buena porque le afligían pesares, pues esto es común en las mujeres; tenía un hermoso niño, blanco como la azucena, vida de su alma y único ser inocente y manso de aquella turba feroz y criminal. Blanco dice la leyenda que era el niño; ¡ah!¡ demasiado, porque aquella blancura era la de la lepra, pero por lo mismo su madre le quería más y le estrechaba con mayor ternura en su regazo. ¡Singular posada del Redentor del mundo!, ¡extraño símbolo de la iglesia que a fundar venía! ¡Jesús, María y
José hospedados, al caer de la tarde, en una cueva de ladrones, en compañía de la mujer del capitán y de su niño leproso! María pide a la mujer agua para lavar a Jesús, y lo lava. La mujer, entre tanto, con la perspicacia natural de toda alma buena, nota en sus huéspedes algo extraño y singular; tal vez alguna aureola en la cabeza de Jesús, o algo sobrenatural en la voz de María, o meramente quizá que el espectáculo de tanta santidad le excitará insólitos afectos, ¿quién sabe? Ello es que el corazón de aquella mujer, o avivado por el instinto que rara vez deja de iluminar el amor de una madre, o movido por cierta especie de fe, adivinó que algo dichoso le estaba sucediendo, y va y toma el lebrillo de agua donde se había lavado Jesús, y lava con ella también a su pequeñuelo (Dimas era su nombre), y la lepra deja las carnes del niño, que de repente se tornan rosadas y tan hermosas como una madre podía desearlo. Pasan años, el niño Dimas crece, ensaya sus fuerzas y valor con infantiles hazañas en el desierto, se hace hombre, se una a la pandilla de su padre, y bien que, a precio de su vida de forajido, lleva en sí algo de la bondad natural de su madre, y prosigue su desdichada carrera hasta el día en que Jesús le ve entrar preso y amarrado en Jerusalén. Crucificado allí junto a Jesús y excitado sin duda por la fiebre del suplicio, más que por perversidad natural, el infeliz comenzó a lanzar improperios contra el Justo que a su lado perecía; pero Jesús le miró silencioso, y súbitamente Dimas hubo de ver entonces en El algo celestial, algo que ciertamente no era propio de un malhechor, algo quizá de lo que su madre, treinta años antes, había visto en la cueva de los ladrones. ¡Ah, pobre Dimas! La lepra que ahora te cubre es mucho más peligrosa que la que te curaste entonces lavándote en el agua donde se había lavado a Jesús, pues ahora necesitas ser bañado en sangre. Rápida fue en él la operación de la gracia; quizá tenía un corazón parecido al de su madre, naturalmente dispuesto a recibir el don sobrenatural de la fe; y, en efecto, de pronto sus ojos se abren a la luz, y claramente en cuanto hay en aquella escena, en aquellos improperios, escarnios y blasfemias lanzadas contra Cristo, en aquélla oración de Jesús por sus verdugos, en aquella mirada del Salvador... ¡Ah bienaventurado Dimas! ¡También la Madre de dolores ora en secreto por ti! ¡Mil veces dichoso! Ya te rodea la nube de misericordia y te oigo exclamar, llorando de piadosa ternura: “¡Señor, acuérdate de mí cuando hayas entrado
en tu reino!” (Lc. 23, 42). Con estas palabras del corazón te has levantado más alto que
alguno de los Apóstoles; clavado en cruz y luchando ya con las ansias de la muerte, acabas de saber que no es de la tierra el reino donde se acordarán de ti. Oye: “En verdad
te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc. 23, 43) Mira qué ganancia logras;
te dan el Paraíso por la hospitalidad que tu madre dio en la cueva. Muere Jesús, y de su corazón, atravesado por la lanza, brota la sangre como un suave rocío sobre los miembros del ladrón moribundo, que si no tiene allí a su madre natural, tiene en cambio a otra Madre, cuyas oraciones sin duda le abrieron la puerta del Paraíso para ser primicias de la innumerable muchedumbre que desde aquella hora le compraba a precio de sangre del Hijo de María.
Siglos antes el pueblo hebreo, después de libertado de la servidumbre de Egipto, había vivido errante en aquellas mismas regiones... Las parduzcas arenas, las peñas rojizas de aquel desierto, sus llanuras empedradas de rocas, sus escasos territorios de
frondosidad, las colinas de su litoral, sus pozos tan conocidos de los pastores, habían sido teatro de prodigios tales como no los vio jamás el mundo. Jamás, en efecto, el Creador había intervenido tan manifiestamente ni tan largo tiempo de seguida en favor de sus criaturas; el campamento todo de los israelitas, con su nube y su columna de fuego, con su marcha en forma de cruz, con Efraím, Benjamín y Manasés conduciendo los restos mortales de José, su iglesia ambulante, enriquecida con los despojos de Egipto, eran un milagro perpetuo. En la cima de su monte Sinaí Dios había fulminado, difundiendo en el universo por medio de aquel su pueblo errante, la gloriosa luz y dogma fundamental sobre la existencia de un solo y único Dios; allí habían sido promulgados aquellos mandamientos de moral divina, código fundamental del linaje humano, norma de nuestras acciones en esta vida y ley según la cual hemos de ser juzgados en la otra. Desde nuestra niñez la doctrina cristiana nos ha enseñado a todos a discurrir con los judíos por aquel mundo desierto, y allí hemos aprendido el temor de Dios; en aquella jornada de cuarenta años hemos visto simbolizada la de nuestra vida, y como que hemos tomado parte en las vicisitudes de aquel pueblo peregrino; los nombres de los pozos y de los lugares en donde reposaba resuenan perpetuamente en nuestros oídos como los cantares a cuyo son se mecieron nuestras cunas. Y de aquí que ahora el mismo Creador en persona, humillado a la condición de niño, vaga también errante en aquel famoso desierto, y renovando en sentido inverso el éxodo del pueblo de Dios, viene a morar en el Egipto, expulsado de la tierra deleitosa de los antiguos cananeos por aquel pueblo mismo a quien El había guiado con una columna de fuego, peleando sus batallas, ganándole triunfos, erigiendo sus tribus y repartiéndoles territorios apropiadas a su índole respectiva. Allí donde Miriam, la hermana de Moisés, cantó, a orillas del mar, aquel himno de triunfo, vemos ahora a María con su Magnificat sublime, y a la par de ella otro José más grande y más amable que el antiguo Patriarca, porque si este había salvado la vida a sus hermanos con el trigo por él atesorado en Egipto, aquél iba en el mismo Egipto a ser custodio del pan de la vida eterna. Los dos Josés habían peregrinado en el mismo desierto.
¡Oh! ¡Cuán admirables debieron de ser los pensamientos de Jesús y de María mientras pisaban aquella escena de las antiguas misericordias, grandezas y juicios de Dios! Meditando en esto, puede sernos dado caminar en pos de ellos reverentemente; pero casi irreverente sería exponer nuestras conjeturas acerca de aquel viaje tan arduo y fatigoso. Mirémoslos llegados, en fin, a las orillas del mar Rojo y ante las aguas que mediaban entre ellos y Egipto. Nos costaría mucho trabajo no suponer que la huella de sus plantas consagrase el sitio determinado, sea cual fuere, en donde se inauguró el éxodo, y por muy probable tenemos que desde allí echaron por la cuesta, y rodeando el golfo por Suez, se encaminaron a Heliópolis, que de esta vez iba realmente a ser, durante algunos años, ciudad del sol. La tradición refiere que los árboles inclinaban sus copas y tendían su espeso follaje para servir de quitasoles a la Madre y al Hijo; refiere también que las deformes imágenes de los dioses gentílicos, al pasar el Dios verdadero junto a ellas, caían, como Dagón, derrumbadas de sus pedestales. Allí, en las márgenes de aquel famoso río, donde pobre y menesteroso, Moisés obró sus milagros ante aquellas turbas
de groseros idólatras, moraron los nuevos desterrados de Judea, durante siete años, o cinco, o dos y medio (pues sobre esto hay diversas opiniones); allí José continuó ejerciendo su oficio de carpintero, y María ayudando al sostén de la modesta familia, mientras que Jesús mostraba cada día más sus gracias infantiles, más delicado y mil veces más hermoso entre los hijos de los hombres que la más fresca azucena entre cuantas bañan sus nevadas corolas en las olas del Nilo.
Durante aquellos años fue verdaderamente Heliópolis corazón del mundo; ni por su hermosura ni por su riqueza era nada el jardín de Edén comparado a la ciudad egipcia; los ángeles bajaban a porfía para admirar y adorar el tesoro que en ella se encerraba. Allí, sin que los hombres lo sospecharan siquiera, llegaban las plegarias, los suspiros y las recónditas esperanzas del mundo entero; allí los acentos de pena y dolor de la ciudad misma, de la misma calle, de la casa misma quizá en donde habitaba el verdadero Dios, resonaban en sus oídos de hombre. Día y noche emanaban del alma humana de Jesús, con más abundancia que la más alta inundación del Nilo, actos sobrenaturales de consumada santidad y de precio infinito, merecedores de gracias bastantes a fertilizar todo el desierto de un mundo degradado. ¿Y cómo enaltecer la hermosura del corazón de María durante aquellos años? Su santidad crecía incesantemente; su unión con Dios, íntima ya como no cabe explicarlo en teología humana, se estrechaba más y más cada vez de tal modo, que ya la Madre parecía casi identificada con el Hijo, cuando le consiente la distancia infinita que media entre el Creador y la criatura. También se acrecentaban a la par los dolores de María; en su corazón vivía íntegra y perpetuamente duradera la aflicción causada por el primero, acrecentada por las nuevas aflicciones de ese dolor segundo. ¿Conoció aquel oscuro Egipto la magnífica luz que resplandecía en las márgenes de su famoso río? Aquellos sacerdotes del sol, ¿ofrecieron con menos fanatismo, sin darse ellos cuenta del por qué, sus sacrificios cuando Jesús estuvo tan cerca de ellos, percibiendo el olor de sus sacrílegos perfumes y oyendo sus insensatas plegarias? ¿Nada les avisó de qué tan cerca de sí tenían al Hacedor del sol, al que lo había criado de la nada y le había dado su calor fecundante y su foco de luz esplendorosa; centro de tantas otras órbitas de vida tan vastas y tan apartadas, y de tantas magníficas evoluciones en esferas desconocidas? Cuando aquellas turbas idólatras se juntaban para celebrar las ridículas pompas de aquel asqueroso culto de inmundos animales, ¿no había, por ventura, entre ellas alguien que sospechase que el Creador de toda vida estaba en la tierra, vestido de una naturaleza creada, y que se le podía ver y oír con ojos y oídos mortales? No podemos creer que la presencia de Jesús y de María en aquellos lugares haya dejado de enviar como efluvios vitales, a varias almas algunos rayos de verdad y algún como saludable presentimiento; por ventura, ¿es posible estar cerca de tal Hijo y de tal Madre sin lograr alguna bendición? Pero todos estos misterios de su morada en Egipto forman divinamente parte de la vida oculta del Salvador.
Transcurridos así los años prefijados, muere el rey Herodes, y un ángel del Señor se aparece a José en sueños y le dice: “Levántate, y toma al Niño y a su Madre, y
vete a tierra de Israel, porque muchos son los que querían matar al Niño”. (Mt. 2, 13)
en Heliópolis se molestaría en detenerlos, eran demasiado obscuros. Eran libres de disponer de sí, y partieron. Ya van errantes camino de la patria bajo el solio de las nocturnas estrellas que difunden sus trémulos rayos como cintas luminosas en la corriente del Nilo; ya tocan otra vez las orillas del mar Rojo, y otra vez el viento del desierto se cambia para ellos en aura refrigerante cuando se sientan para reposar en las arenas: otra vez sus miradas se esparcen con regocijo sobre las colinas y viñedos de Judá, tierra predilecta del amor divino. Quisieron visitar el templo de Jerusalén, pero José conocía bien el precio del tesoro que le había sido encomendado, y teniendo miedo de que Arquelao había sucedido a su padre Herodes, no quiso ir allá; sin duda pidió