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CARL SCHMITT SOBRE LA DEMOCRACIA PARLAMENTARIA

Carl Schmitt es conocido sobre todo por un corto número de tesis muy provocativas, una de las cuales sostiene que el liberalismo niega la democracia y que la democracia niega el liberalismo. En el prefacio a la segunda edición de The Crisis of Parliamentary

Democracy, de 1926, razona que es menester distinguir entre

liberalismo y democracia, y que una vez especificadas sus características respectivas, resulta evidente la naturaleza contradictoria de la moderna democracia de masas. Democracia, declara Schmitt, es el principio según el cual los iguales deben ser tratados por igual; esto implica necesariamente que los no iguales serán tratados de manera desigual. De acuerdo con esto, la democracia requiere homogeneidad, que sólo existe sobre la base de la eliminación de la heterogeneidad. Así, las democracias han excluido siempre lo que amenazaba su homogeneidad. Considera que la idea liberal de la igualdad de todas las personas en tanto personas es extraña a la democracia; es una ética humanitaria individualista y no una forma posible de organización política. Para él, la idea de una democracia de la humanidad es impensable, porque una igualdad humana absoluta, una igualdad sin el necesario correlato de desigualdad, sería una igualdad despojada de su valor y su sustancia

y, por tanto, carente de sentido.169 La única manera que tenemos de

entender el sufragio universal e igual es en el marco de un círculo dado de iguales, puesto que sólo cuando hay homogeneidad tiene sentido la igualdad de derechos. Por esta razón, en los diferentes Estados democráticos modernos en que se ha establecido la igualdad humana universal, la igualdad de derechos siempre ha significado en la práctica la exclusión de los que no pertenecen al Estado.

Schmitt concluye que la moderna democracia de masas descansa en una confusión entre la ética liberal de la igualdad humana absoluta y la forma política democrática de identidad de gobernados y gobernantes. En consecuencia, su crisis deriva de «la contradicción de un individualismo liberal cargado de pathos moral y un sentimiento democrático gobernado esencialmente por ideales políticos. Un siglo de alianza histórica y lucha común contra el absolutismo regio han obnubilado la conciencia de su contradicción. Pero la crisis se despliega hoy de modo más asombroso aún, y

169 Carl Schmitt, The Crisis of Parliamentary Democracy, Cambridge, Mass., 1985, págs. 11-12.

ninguna retórica cosmopolita puede impedirla o eliminarla. En su profundidad, es la contradicción inexorable del individualismo liberal

y la homogeneidad democrática».170

No es el único problema que ve Schmitt en la democracia parlamentaria. También le objeta ser la unión de dos principios políticos completamente heterogéneos: uno, de identidad, propio de la forma democrática de gobierno; el otro, de representación, propio de la monarquía. Ese sistema híbrido es el resultado del compromiso que la burguesía liberal ha conseguido establecer entre la monarquía absoluta y la democracia proletaria mediante la combinación de dos principios opuestos de gobierno. Schmitt afirma que el elemento representativo constituye el aspecto no democrático de ese tipo de democracia y que, en la medida en que el Parlamento da representación a la unidad política, se opone a la democracia: «En tanto democracia, la democracia moderna de masas intenta realizar la identidad de gobernados y gobernantes, y de ese modo se enfrenta al Parlamento como institución inconcebible y anticuada. Si se toma en serio la identidad democrática, ninguna otra institución constitucional puede resistir el criterio único de la voluntad del

pueblo, sea cual fuere su forma de expresión».171

Schmitt sostiene que la alianza antinatural que se estableció en el siglo XIX entre ideas parlamentarias liberales e ideas democráticas ha entrado en crisis. El régimen parlamentario ha perdido su razón de ser porque, en las condiciones propias de la moderna democracia de masas, los principios sobre los cuales se asentaba han perdido credibilidad. Según este autor, la esencia del parlamentarismo liberal es la deliberación pública sobre un argumento y el contraargumento correspondiente, el debate público y la discusión pública. Se pretende que a través de ese proceso de discusión se alcanzará la verdad. Es, dice, una típica idea racionalista que sólo se puede captar en el contexto del liberalismo entendido como sistema metafísico consistente y omnicomprensivo. Sostiene que «normalmente, sólo se analiza la línea económica del razonamiento, según la cual la armonía social y la maximización de la riqueza se siguen de la libre competencia económica de los individuos, de la libertad de contrato, la libertad de comercio, la libertad de empresa. Pero todo esto es únicamente la aplicación de un principio liberal general, que dice exactamente lo mismo: que la verdad puede hallarse a través de un choque irrestricto de opiniones y que la competencia proporcionará armonía».172

De acuerdo con Schmitt, lo que ha sucedido es lo siguiente. El orden parlamentario liberal se basaba en el confinamiento a la esfera privada de una serie de importantes temas de división, como la religión, la moral y la economía; hacía falta un orden para crear la homogeneidad, condición necesaria para el funcionamiento de la democracia. De esta manera, el Parlamento pudo aparecer como la

170 Ibíd., pág. 17. 171 Ibíd., pág. 15. 172 Ibíd .. pág. 35.

esfera en donde los individuos, separados de sus intereses enfrentados, podían discutir y lograr un consenso racional. Pero con el desarrollo de la moderna democracia de masas vino el «Estado total», que las presiones democráticas por la extensión de los derechos empujaron a intervenir cada vez en más campos de la sociedad. Se invirtió entonces el fenómeno de la «despolitización», característico de la fase anterior, y la política empezó a invadir todas las esferas. No sólo el Parlamento perdió cada vez más importancia, puesto que muchas decisiones relativas a temas cruciales empezaron a tomarse medíante distintos procedimientos; también se convirtió en la arena donde se enfrentaban intereses antagónicos. Esto, para Schmitt, marcó el final del Estado liberal y la democracia. Dice que, en esas condiciones, la idea de que la apertura y la discusión eran los dos principios que legitimaban el parlamentarismo ha perdido todo fundamento intelectual: «Sin duda, hoy en día no hay mucha gente dispuesta a renunciar a las viejas libertades liberales, en particular la libertad de expresión y de prensa. Pero en el continente europeo no hay muchos más que crean que estas libertades aún existen donde puedan constituir un peligro para quienes ostentan realmente el poder. Y sólo una minoría cree todavía que las leyes justas y la política correcta se pueden conseguir con artículos periodísticos, discursos en las manifestaciones y debates parlamentarios. Pero la creencia en el Parlamento no es otra cosa que esto. Si en las actuales circunstancias de la actividad parlamentaria, la apertura y la discusión han terminado por ser una formalidad vacua y trivial, el Parlamento, tal como se desarrolló en el siglo XIX, ha perdido su

fundamento y su significado anteriores».173

Schmitt escribió estas líneas en 1923 y su análisis, naturalmente, se refería en particular a la situación de la República de Weimar, pero sigue teniendo vigencia en la actualidad. De hecho, las democracias liberales de hoy no están al borde del abismo; sin embargo, la enorme literatura sobre la crisis de legitimidad en las últimas décadas y la creciente preocupación por la indiferencia masiva respecto de la política indican que los problemas que plantea Schmitt siguen aún sin resolver.

Sin duda, muchas cosas han cambiado en la teoría política liberal. Se ha abandonado cualquier intento de dar una justificación ética y filosófica de la democracia parlamentaria, a favor de lo que Macpherson ha llamado modelo de democracia de «equilibrio». Muestra que ese modelo no pretende tener ningún componente ético y trata a los ciudadanos simplemente como consumidores políticos. Sus principios básicos son: «En primer lugar, la democracia no es otra cosa que un mecanismo de elección y legitimación de gobiernos, no un tipo de sociedad ni un conjunto de fines morales; y en segundo lugar, el mecanismo consiste en el enfrentamiento entre dos o más conjuntos autoescogidos de políticos (elites), organizados en partidos políticos, que compiten por los votos que los habilitarán para

gobernar hasta las próximas elecciones».174 Muchos piensan hoy que

esta concepción «pluralista elitista» de la democracia es lo que explica la falta de interés y de participación en el proceso democrático, y que necesitamos recuperar el llamamiento ético que se hallaba presente en la teoría política de liberales como Mill, Maclver o Dewey. Es un asunto importante, al que volveré más tarde. Por el momento sólo quiero indicar que para lograr esta recuperación tenemos que aceptar la crítica de Schmitt a la democracia parlamentaria. Lejos de haber perdido valor con las transformaciones que las democracias liberales experimentaron con posterioridad, esa crítica es hoy más pertinente que nunca y en muchos casos los fenómenos que describe sólo han ganado en vigor. Por ejemplo, muchas de las actuales preocupaciones de Bobbio sobre el peligro del «poder invisible» confirman las predicciones de Schmitt. Bobbio denuncia la reaparición de los arcana imperi y el creciente papel que desempeña el secreto, en el que ve «una tendencia del todo incompatible con la que inspiró el ideal de democracia concebida como apoteosis del poder visible por parte de los ciudadanos, pues tiende, por el contrario, al máximo control de los sujetos por parte de

quienes ejercen el poder».175 Las evaluaciones de estos fenómenos

difieren de Bobbio a Schmitt, pero ambos reconocen que el problema que así se ha creado puede socavar la legitimidad del sistema parlamentario.