En 1964, en un ensayo titulado «Post-Liberal Democracy?», C. B. Macpherson sostenía que necesitábamos elaborar una teoría de democracia que rompiera los vínculos que se habían establecido entre el principio ético liberal de autorrealización humana y la economía capitalista de mercado. Decía este autor: «Hace cincuenta años el mundo era prácticamente la reserva de las sociedades capitalistas liberal-democráticas occidentales. Sus economías eran triunfales, y también lo eran sus teorías. A partir de entonces, dos tercios del mundo ha rechazado la sociedad liberal-democrática de mercado, tanto en la práctica como en la teoría».162 He aquí que
veinte años después el viento parece soplar en dirección contraria. De Latinoamérica a Europa Oriental, cada vez más se ha presentado el mercado como condición necesaria para el éxito de la democratización hasta convertirlo en símbolo central de los que luchan por la creación de una «democracia poscomunista».
162 Crawford Brough Macpherson, Democratic Theory: Essays in Retrieval, Oxford, 1973, pág. 183.
Esto, naturalmente, no quiere decir que Macpherson estuviera equivocado al defender el desarrollo de lo que él llamaba «socialismo liberal-democrático». Pienso que hoy en día esa teoría es más necesaria que nunca. No cabe duda de que, en un momento en que somos testigos del comienzo de una nueva configuración política, con la inauguración de un diálogo prometedor entre liberales de izquierda y posmarxistas, Macpherson es un punto de referencia importante. Su tesis de que los valores éticos de la democracia liberal nos proporcionan recursos simbólicos para librar la batalla por una democracia liberal radical empieza a ser aceptada por muchas fuerzas de la izquierda cuyo objetivo es la extensión y la profundización de la revolución democrática. En efecto, quienes deseamos redefinir el socialismo en términos de democracia radical y plural compartimos la creencia de Macpherson en la radical potencialidad del ideal democrático liberal.
Sin embargo, hay en el enfoque de Macpherson ciertos problemas, que intento plantear contrastando su posición con la de otro socialista liberal-democrático: Norberto Bobbio. Bobbio y Macpherson comparten el compromiso de extender la tradición de democracia liberal en una dirección más radical. Quieren defender los principios liberales, pero expandiendo el alcance del control democrático, y consideran que la cuestión decisiva para la izquierda es cómo lograr un socialismo compatible con la democracia liberal. Sin embargo, hay importantes diferencias en la manera de representar ese socialismo liberal-democrático. Aunque Bobbio está de acuerdo en que se necesita un mayor grado de participación, el suyo no es precisamente un modelo de democracia participativa y no pone tanto énfasis como Macpherson en la democracia directa. Tampoco cree Bobbio que alguna vez se pueda superar la escasez y que podamos trascender las premisas individualistas del liberalismo. Para él, la solución consiste en ligar estas premisas a la noción de justicia distributiva, como en el tipo rawlsiano de «contrato social» en el que los derechos sociales modernos proporcionan la base para la
igualdad requerida por una política democrática moderna.163
Macpherson defiende los ideales de la democracia liberal y sus principios éticos, pero es muy crítico con sus instituciones. Por su parte, Bobbio defiende esas instituciones y apunta a adaptarlas para abrir el camino a más igualdad y a una mayor responsabilidad democrática. A primera vista, las diferencias entre ambos parecen ser las clásicas entre cierta forma eurocomunista de socialismo democrático y socialdemocracia. Sin embargo, cada vez se reconoce más que, abandonada ya la dicotomía reforma /revolución, esa distinción no es muy útil. Si se toma en serio el compromiso con el marco liberal-democrático, sólo puede haber diferentes estrategias para la democratización, que se juzgará de acuerdo con sus objetivos. Desde ese punto de vista, Bobbio suele mostrarse más radical que Macpherson, que carga con excesiva exclusividad el énfasis en las relaciones económicas de clase, en detrimento de las exigencias de
los «nuevos movimientos sociales». Por esta razón no asume adecuadamente la extensión en que es menester desafiar estas relaciones de dominación para que se pueda realizar el principio liberal de iguales derechos de autodesarrollo. Bobbio, por el contrario, reconoce que el proceso de democratización tiene que trascender la esfera de las relaciones políticas para abarcar todas las relaciones sociales: género, familia, lugar de trabajo, vecindario, escuela, etc. En consecuencia, para él el problema es combinar la democratización del Estado con la democratización de la sociedad. Dice al respecto: «Hoy en día, si se necesita un indicador de progreso democrático, no hay que buscarlo en la cantidad de personas que tienen derecho a voto, sino en la cantidad de contextos ajenos a la política en los que se ejerce el derecho de voto. Una manera lacónica, pero efectiva, de expresar esto mismo es decir que el criterio para juzgar el Estado de democratización logrado en un país ya no es establecer "quiénes" votan, sino "dónde" pueden votar».164 Aunque creo que Bobbio tiene
razón en que el proceso de democratización no debe concebirse exclusivamente como si consistiera en la transición de la democracia representativa a la democracia directa, pienso que se equivoca cuando presenta la democracia representativa como el tipo privilegiado de institución democrática. Por ejemplo, afirma lo siguiente: «Brevemente, podemos decir que no se puede entender el modo en que se está desarrollando la democracia moderna como la emergencia de un nuevo tipo de democracia, sino más bien como un proceso de infiltración de formas totalmente tradicionales de democracia, como la democracia representativa, en nuevos espacios, en espacios ocupados hasta ahora por organizaciones jerárquicas o
burocráticas».165 A mi juicio, esto es completamente insatisfactorio.
Hay muchas relaciones sociales en las que las formas representativas de democracia serían completamente inadecuadas, y en consecuencia las formas de la democracia deberían ser múltiples y adaptadas al tipo de relaciones sociales en las que se implementarán los principios democráticos de libertad e igualdad. En algunos casos se adapta mejor la democracia representativa; en otros, la directa. También deberíamos tratar de imaginar nuevas formas de democracia.
Sin embargo, Bobbio tiene básicamente razón cuando advierte que no debemos esperar el surgimiento de un tipo completamente nuevo de democracia y que las instituciones liberales han de permanecer. A este respecto, presenta un correctivo útil a Macpherson, cuyas opiniones sobre este tema son más ambiguas. Por supuesto, Macpherson no propone desembarazarse de las instituciones políticas, pero a menudo parece aceptarlas como un mal necesario que tenemos que tolerar por el peso de la tradición y las circunstancias reales en las sociedades occidentales. Por esta razón, en The Life and Times of Liberal Democracy presenta como lo más realista su modelo 4B de democracia participativa, que combina una
164 Ibid., pág. 56. Véase página 133 de la presente edición. 165 Ibíd., pág. 55
maquinaria democrática directa/indirecta piramidal con un sistema
continuado de partidos.166 Pero no descalifica el modelo 4A, el sistema
piramidal de consejos, que, según él, correspondería a la mejor tradición de democracia liberal, que no tiene en cuenta la importancia decisiva de las instituciones políticas liberales para la democracia moderna.
Tomar en serio el principio ético del liberalismo es afirmar que los individuos deberían tener la posibilidad de organizarse la vida como lo deseen, de escoger sus propios fines y de realizarlos como mejor les parezca. En otras palabras, es reconocer que el pluralismo es constitutivo de la democracia moderna. En consecuencia, es preciso abandonar la idea de un consenso perfecto, de una armoniosa voluntad colectiva, y aceptar la preminencia de conflictos y antagonismos. Una vez descartada la posibilidad de lograr la homogeneidad, resulta evidente la necesidad de las instituciones liberales. Lejos de ser una mera cobertura de las divisiones de clase de la sociedad capitalista, como parecen creer muchos demócratas participacionístas, esas instituciones garantizan la protección de la libertad individual respecto de la tiranía de la mayoría o de la dominación del partido/Estado totalitario. En una democracia moderna ya no hay idea sustancial de vida buena sobre la cual todas las personas puedan estar de acuerdo, sino un pluralismo que las instituciones liberales fundamentales —separación de Iglesia y Estado, división de poderes, limitación del poder del Estado— contribuyen a asegurar. En las condiciones de la democracia moderna, que se caracteriza por lo que Claude Lefort llama «disolución de las marcas de certidumbre»,167 la interconexión de
instituciones liberales y procedimientos democráticos es la condición necesaria de la extensión de la revolución democrática a nuevas áreas de la vida social. Por esto el liberalismo político es un componente central de un proyecto de democracia radical y plural. Bobbio tiene razón en afirmar que la democracia moderna debe ser
pluralista168 y en urgimos a reconocer que las metas socialistas sólo
se pueden alcanzar aceptablemente en el marco de la democracia liberal.
Creo que la democracia debe compaginarse con el pluralismo porque, en las condiciones modernas, bajo las cuales ya no se puede hablar de «el pueblo» como entidad unificada y homogénea con una única voluntad general, la lógica democrática de la identidad de gobierno y gobernados no puede garantizar por sí sola el respeto a los derechos humanos. Unicamente en virtud de su articulación con el liberalismo político puede la lógica de la soberanía popular evitar caer
166 C. B. Macpherson, The Life and Times of Liberal Democracy, Oxford, 1977, pág. 112.
167 Claude Lefort, Democracy and Political of Liberal Democracy, Oxford, 1988, pág. 19.
168 Bobbio, The Future of Democracy, pág. 59. Utilizo el término «pluralismo» para indicar la aceptación, por parte de todos, del final de una concepción sustancial de bien común y no en el sentido en que la usa la ciencia política norteamericana, como en el modelo «pluralista-elitista».
en la tiranía. Se entiende mejor este peligro sí se examinan las críticas a la democracia liberal procedentes de la derecha, y quiero mostrar ahora adonde puede conducir el rechazo del pluralismo analizando el desafío de Carl Schmitt a la democracia parlamentaria.