• No se han encontrado resultados

Elementos en la construcción de la Iglesia

7. ECLESIOLOGÍA EN OTROS ESCRITOS DEL NUEVO TESTAMENTO

7.2. Cartas pastorales

Comencemos constatando que las Cartas pastorales son unos escritos del todo peculiares dentro de la literatura del Nuevo Testamento. De hecho, dice Schnackenburg que «cuando emprendemos el análisis de las Cartas pastorales para percatarnos de su idea de la Iglesia, es un aire totalmente nuevo el que nos rodea»142.

La primera imagen que aparece de la Iglesia en 1Tim 3,15 y en 2Tim2,19ss, es la de «casa de Dios»: pero no una casa en construcción, sino una casa ya construída, un edificio terminado y concluido, bien cimentado y, por eso, sólido y bien plantado. Es una

casa cuyo cimiento —a diferencia de los primeros escritos paulinos— no son los apóstoles y profetas, y ni siquiera Cristo, sino la comunidad misma. Una casa tan reciamente trabada y construida que puede convertirse para sus miembros en verdadero baluarte, en auténtica defensa para preservar la verdad frente al error, a la mentira y superchería de otros tantos falsos maestros que han ido apareciendo en el horizonte de la comunidad (cf. 1Tim 1,20; 2Tim 2,25; Tit 2,12). Es, la Iglesia, una «casa» que es verdadera fundación de Dios, y, por ello, una casa «bien dispuesta», perteneciente no tanto a la esfera «celeste» (a diferencia de la presentación paulina de Efesios y Colosenses), cuanto a la esfera «terrestre».

Un elemento importante aparece en las Pastorales: la tradición (parádosis) apostólica. Es un elemento que tendrá una trascendencia realmente decisiva en la vida de la Iglesia a lo largo de toda su historia. Esta tradición, como viene presentada en las Cartas pastorales, «se guarda recibiéndola en la fe y en el amor, comprendiéndola bajo la asistencia del Señor y en la fuerza del Espíritu y transmitiéndola después de haberla interpretado y asimilado»143. Por eso precisamente, en cada Iglesia particular existe un «apóstol», es decir, un miembro que, de forma oficial, en virtud de la «ordenación», recibe la misión legítima de proclamar, de forma oficial y autorizada, el mensaje cristiano y de preservar la tradición apostólica (cf. 2Tim 3,1-9); recibe, además, una función de gobierno pastoral (como padres que gobiernan y rigen su casa, de una forma benevolente, eficaz y santa al mismo tiempo), y regula la actividad litúrgico-sacramental de la comunidad.

En las Cartas pastorales, en efecto, la Iglesia viene presentada como «casa del Dios vivo», «columna y fundamento de la verdad», «misterio de piedad» (cf. 1Tim 3,15-16), es decir, como un instrumento de Dios, con una finalidad salvífica clara, para la realización de una misión explícita de salvación. Para que siga siendo esto, incluso después de la muerte del Apóstol Pablo, el «ministerio» que éste tenía, recibido de forma personal y carismática directamente de Jesucristo, se transmite de forma institucional mediante la «ordenación» a aquellos varones sensatos y de fiar a los que hay que confiarles, a lo largo del tiempo, ese mismo «ministerio» al servicio de la Iglesia. En todo caso, se puede estar de acuerdo con algunos exegetas cuando afirman que «si las pastorales han descrito una imagen de la Iglesia quizá recargada de preocupaciones de orden institucional, ha sido por la necesidad de dar una respuesta a problemas concretos planteados por la situación histórica determinada, de la cual estos escritos se hacen eco»144.

Desde esta perspectiva, absolutamente preocupada por la fidelidad a la tradición recibida, resulta indudable que «la Iglesia goza en las Cartas pastorales, de una consideración más institucional, que parece contrastar con la esencia pneumática,

celestial, de la Iglesia de las primeras Cartas de Pablo»145.

Además de la imagen de la «casa de Dios», aparece en las Pastorales la imagen de la Iglesia como «pueblo de Dios» (cf. Tito 2,14): un pueblo que, por estar situado entre el «ya» y el «todavía no», está al mismo tiempo lleno de gloria y de ignominia; lleno de gozo y de tristezas; lleno de alegrías y de penalidades; lleno de triunfos y persecuciones (cf. 1Tim 2,5ss; 4,10; 6,14; 2Tim 2,11ss; 4,8; Tito 1,2; 2,13-14; 3,7).

Una tercera perspectiva desde la que es vista y presentada la Iglesia en las Cartas pastorales es la del ministerio personal de Pablo, transformado y transmitido a la Iglesia mediante el ministerio ordenado. Las Pastorales son Cartas no dirigidas a la comunidad eclesial propiamente, sino a los ministros responsables de la misma, y sobre un argumento muy concreto: el ministerio que ejercen en el interior de ellas. En las Cartas pastorales, en las que todo está subordinado a las instrucciones del apóstol Pablo, se percibe claramente el paso del Ministerio carismático de Pablo, al ministerio instituido u ordenado. La Iglesia, por esta razón, aparece bajo el aspecto particular del ministerio eclesiástico. Los ministros, dentro de la comunidad eclesial tienen indudablemente una autoridad. Una autoridad, de todas formas, que es esencialmente espiritual, porque está basada en la fe y en el amor como corresponde a una Iglesia que viene entendida como la «familia de Dios» (1Tim 5,1s). Las Pastorales tienen como modelo propuesto para el orden interno de la iglesia, el de la administración familiar.

Según ésto, la Iglesia, en las Pastorales, aparece como una institución divina pero formada por hombres, que descansa sobre el ministerio apostólico de Pablo que cuida de ella. Al faltar Pablo, su ministerio carismático personalmente recibido de Jesucristo, destinado a perpetuarse en la Iglesia para el servicio de la doctrina, es decir, para la predicación, el testimonio, la enseñanza, la exhortación pastoral, para las actividades de tipo directivo sobre personas y servicios comunitarios y para la regulación del culto, sufre una transformación que le hace pasar del derecho divino al derecho eclesiástico. De esta forma, «los ministerios eclesiásticos, proceden de los servicios personales que Pablo había hecho suyos» (...) «El derecho divino se convierte en un derecho eclesiástico, precisamente con el fin de salvaguardar aquél, dentro de la nueva situación»146.

Teniendo la Iglesia una dimensión ‘terrestre’ es lógico que «al orden y a la buena disposición de esta casa colaboran ante todo los oficios eclesiásticos. Su tarea esencial es seguir edificando sobre el fundamento de Dios, defender su casa de peligros y desplegar también la vida interior»147. Sería por supuesto unilateral «ver en la Iglesia de las Cartas pastorales sólo una institución establecida en la tierra y estableciéndose para un largo tiempo; pero es cierto que en ella decrece la tensión escatológica, se agudizan las virtudes burguesas, se prepara la lucha con las herejías y son reconocibles un orden y una disciplina más rigurosos»148.

El contenido del ministerio, según las Cartas pastorales, abarca dos puntos fundamentales: ante todo, la fidelidad doctrinal. «En este tiempo de estabilización de la Iglesia y de nacimiento de las herejías, la predicación se convierte en tarea magisterial que el Apóstol traspasa a sus discípulos y mandatarios y que es administrada en las iglesias locales por los obispos y presbíteros. Por ello reciben un acento especial, acompañado de urgente monición (parakaleîn) (cf. 1Tim 4,11; 6,2; Tit 1,9; 2Tim 1,9.11; 2,2; 4,2), el adoctrinar, y —frente a las perniciosas herejías—, la sana doctrina (Tit 1,9; 2,1; 2Tim 4,3). Esto explica que la doctrina apostólica venga a ser una heredad (parathéke) que Pablo transfiere a Timoteo y que éste debe guardar (1Tim 6,20) “por la virtud del Espíritu Santo que mora en nosotros” (2Tim 1,14). Así comienza a delinearse el principio de la tradición y sucesión eclesiásticas»149.

En segundo lugar, el ministerio dice relación directa al orden doméstico de la comunidad, gracias a la dirección autoritativa de los Apóstoles, a la que se accede mediante la «imposición de manos» (jeirotonía) u ordenación. Esta imposición de manos es la que da capacidad dentro de la comunidad cristiana para que los designados, «varones fieles, capaces de enseñar a otros» (2Tim 2,2) y de dirigir a la entera comunidad en fidelidad a la tradición, puedan efectivamente tener pleno poder en nombre de Cristo y de forma definitiva. «De esta suerte, los portadores locales de oficios eclesiásticos participan también del poder de enseñanza y de dirección que originariamente se reunían en los Apóstoles»150.

Como se ve, las Cartas pastorales, «tienen a la vista una nueva estructura de la Iglesia. Pero mantienen la convicción de que la nueva forma de la Iglesia y, sobre todo, del ministerio eclesiástico, es una transformación histórica de la Iglesia paulina en la nueva situación pospaulina, y que esta transformación constituye la consecuencia de las instrucciones de Pablo a sus discípulos, y, por tanto, corresponde al espíritu y voluntad del Apóstol»151. De hecho, los requisitos que se le exigen a los presbíteros-obispos (cf. 1Tim 3,2-7; Tit 1,6-9), «reflejan el surgimiento de la Iglesia como una sociedad con normas establecidas que se imponen sobre sus figuras públicas»152.

Cabe consignar todavía la idea de que las Pastorales consideran a la comunidad local (cada comunidad local), como una verdadera realización de la Iglesia de Cristo.

Quedan, con todo, abiertas y pendientes algunas preguntas importantes en relación con la eclesiología de las Cartas pastorales: 1) ¿Ha sufrido una profunda transformación la autocomprensión de la Iglesia desde los tiempos de Pablo a las Cartas pastorales? ¿Se ha dado una transformación de una visión eminentemente escatológica y mística en la concepción paulina de la Iglesia, para pasar a una visión más externa, más realistamente externa, societaria y hasta jurídica de la misma? 2). ¿Es la de las Pastorales, una imagen eclesial a caballo, mezcla o síntesis de las imágenes «jerosolimitana» y «paulina» de la

Iglesia, resultado de una evolución lógica y necesaria por ambas partes?

En cuanto a la primera pregunta, hay que responder que «según todos los indicios, la concepción eclesiológica de las Cartas pastorales podría presentar un grado avanzado de desarrollo histórico y teológico, que supone tanto el antiguo cristianismo palestinense como el paulino. Pero junto a eso debe decirse una vez más, que el estilo y el objetivo de estos escritos determina una imagen de la Iglesia que es —y lo es necesariamente—, unilateral»153.

Respecto a la segunda pregunta hay que afirmar como un hecho evidente que «el elemento institucional y el carismático se han desarrollado en las Cartas pastorales hasta constituir una unidad orgánica, en cuanto aquí la imposición de manos confiere el Espíritu»154.