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ECLESIOLOGÍA DE JUAN: Evangelio, Apocalipsis, Cartas

Elementos constitutivos de la Eclesiología lucana

5. ECLESIOLOGÍA DE JUAN: Evangelio, Apocalipsis, Cartas

De entrada es preciso superar la impresión de subjetivismo e individualismo religioso que puede dar el Evangelio de Juan. Algunas de sus afirmaciones, en efecto, leídas en clave individualista, han propiciado y hasta afianzado a lo largo de la historia esa impresión, con las consiguientes actuaciones en el plano de la espiritualidad cristiana. Hasta tal punto ha podido estar afianzada esta impresión, que es legítimo hacerse esta pregunta: ¿tiene Juan (sobre todo en el Evangelio) una Eclesiología?

Resulta absolutamente claro que «el interés primario del cuarto evangelista se dirige a la cristología»83: es Cristo preexistente en el seno del Padre, Enviado del Padre por excelencia, luz del mundo, pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo, pastor y puerta del rebaño, etc.., el que ocupa el centro de atención del cuarto evangelio. Y sin embargo, «si se mira profundamente en el evangelio de Juan, se advierte que a la Iglesia se le ha asignado un puesto muy determinado en la obra de la salvación»84. Hasta tal punto está presente la comunidad eclesial en la obra de Juan, que Brown no duda en afirmar que «la eclesiología juánica es la más atractiva y excitante del Nuevo Testamento»85.

La concepción eclesiológica de Juan en el Evangelio, viene expresada sobre todo en las dos grandes imágenes de las que se vale:

1. En primer lugar, la imagen del rebaño (10,6-16) que es verdaderamente directriz. Es una imagen que, además de estar presente a lo largo de todo el Evangelio —desde el inicio hasta el último capítulo llamado «adicional»—, tiene una honda raigambre veterotestamentaria: Dios, el dueño de las ovejas, las va encargando a distintos pastores que no siempre responden al corazón de Dios. Por eso, suscitará un Pastor por excelencia, bueno y verdadero, que no sólo reunirá a las ovejas y las servirá, sino que dará su misma vida por ellas.

En esta imagen, además de las condiciones del Pastor, aparece, por una parte, la preocupación (verdaderamente esencial en la visión de Juan), por la unidad de todas las ovejas entre sí (Jn 10,16); y, por otra, la perspectiva de la universalidad: se supera el ámbito de los creyentes de procedencia estrictamente judía, apareciendo el horizonte de una universalidad sin límites geográficos ni étnicos, por la que desaparecen entre los discípulos las barreras de cualquier tipo que fueran. La comunidad juánica, además, en cuanto «rebaño» no está regida únicamente por Cristo Pastor en el tiempo de su presencia terrena, sino que seguirá estándolo igualmente cuando ese Pastor desaparezca y, en su nombre, aparezcan otros pastores (cf. Jn 1,42; 6,68ss; 21,15-17).

2. La segunda gran imagen juánica es la de la vid y los sarmientos (15,1-8), con la que se pone de relieve lo que puede llamarse el misterio más íntimo de la Iglesia, su esencia, su vida interna: la unión íntima de los creyentes con Cristo.

También aquí es fácil descubrir la raiz veterotestamentaria de la imagen, al recordar que Israel es una viña plantada con todo mimo e ilusión por Dios para que le dé frutos (cf. Is 5,1-7; 27,2-6; Jer 2,21; Ps 80,9-16). En esta imagen se ponen de relieve dos aspectos importantes en la visión eclesiológica de Juan: por una parte, la de la pertenencia personal, en cuanto el discípulo pertenece al pueblo elegido por Dios: «la viña es el pueblo del Dios Sebaoth» (cf.Is 5,1-7); y, por otra, la estrecha relación existente entre cada discípulo y el Maestro que los llama. La exigencia de Cristo a sus seguidores de

«permanecer en Él» como el sarmiento en la vid, tiene una proyección más allá del Cristo histórico: es una exigencia planteada a todos aquellos que habrían de creer en Él por la palabra de aquellos a los que directamente Jesús se había dirigido en la Cena (cf. Jn 17,21). De esta forma, la autocomprensión de la Iglesia en Juan va por la persuasión de que «en ella se cumple la más profunda comunidad con Cristo, la única que capacita para “dar frutos”»86.

En estas dos imágenes resume Juan su doctrina eclesiológica haciendo ver que «la vid se hace fructuosa en el nuevo pueblo de Dios a causa de su unión con Cristo que le otorga vida y virtud divinas»; y, al mismo tiempo, el rebaño, «por su interna ligazón a Él, llega a ser verdadera y plena comunidad de Dios»87.

Teniendo como fondo estas imágenes es posible encontrar los elementos eclesiológicos fundamentales presentes en el Evangelio de Juan:

1. Al igual que para Lucas, existe también para Juan un «tiempo de Jesús» y un «tiempo de la Iglesia», que, como en Lucas, se caracteriza precisamente por la presencia del Espíritu, pero con la diferencia de que en Juan ambos tiempos están ya presentes en la palabra de Cristo. Efectivamente, la mirada del Jesús de Juan se abre siempre hacia el futuro y, en ese sentido, se orienta hacia la Iglesia. La del Espíritu es una presencia no sólo en el creyente individual, sino también y particularmente en la comunidad eclesial.

2. En la eclesiología del Evangelio de Juan junto con la misión confiada a toda la Iglesia y en particular a los Doce (Jn 20,21), aparece la centralidad de la Palabra (1,14; 3,31-36; 6,65-69; 8,31-37.51-53; 14,22-24) y la acogida de la misma como forma y garantía a la vez de acoger al mismo Cristo. Aparecen, además, el Bautismo con agua y Espíritu contrapuesto al bautismo de agua de Juan (Jn 1,26.31.33; 3,5-11); la Eucaristía como comida que produce una identificación con Jesús (Jn 6,26-58); la capacidad de perdonar y de retener los pecados (Jn 20,23); Pedro y el discípulo amado como dos aspectos del discipulado: el del ministerio (piedra firme, pastor) en nombre de Jesús, y el de la intimidad con el Maestro.

3. La naturaleza comunitaria de la fe en Cristo vivida en la Iglesia, que se expresa de forma eminente en las dos mencionadas figuras simbólicas de la vid y los sarmientos (cap. 15) y del rebaño (cap. 10).

4. La vivencia de la permanente presencia de Cristo en persona, en la vida de la comunidad creyente. Se puede afirmar que la autocomprensión de la Iglesia en Juan va por la línea de que «en ella se cumple la más profunda comunidad con Cristo, la única que capacita para dar frutos»88.

5. El culto celebrado y vivido «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23-24), como contexto general en el que hay que celebrar los sacramentos del bautismo y de la

eucaristía, que constituyen la nueva Pascua cristiana.

6. La fuerte componente misionera. Porque, aunque «el Evangelio de Juan no sea un escrito declaradamente misional, no puede desconocerse su interés misionero»89. De hecho, a lo largo de su Evangelio, presenta Juan a un Jesús preocupado misioneramente por los demás (cf. 4,1-42; 8,1-20; 10,1-21; 12,20-26).

7. La persecución de que serán objeto los miembros de la Iglesia al igual que lo había sido el propio Maestro. Aunque, al igual que ocurrió con el Maestro que «venció al mundo» (Jn 16,33), también la comunidad eclesial saldrá victoriosa de las dificultades y persecuciones.

5.2. Apocalipsis

En cuanto a la eclesiología presente en el Apocalipsis, he aquí las ideas centrales de este escrito:

El objetivo del libro es poner de relieve la fuerza de la fe de la comunidad creyente, así como la confianza de la Iglesia en Cristo, siempre presente en ella.

La Iglesia es el verdadero Israel de Dios, el nuevo Pueblo que, después de una peregrinación larga y hasta dolorosa por la tierra, llega a su plenitud y consumación escatológica (cf. 7,1-17).

Entre el antiguo Pueblo y el nuevo Pueblo, existe una verdadera continuidad, como quiera que, en definitiva, el Pueblo de Dios es único, representado en la visión de la mujer, figura de una sola Iglesia que tiene su antecedente en la Antigua Alianza y su consumación escatológica en la Nueva Alianza instaurada de forma definitiva e irrepetible en Cristo y por Cristo.

Entre la Iglesia peregrina en la tierra, iglesia de mártires (cf. 7,14ss; 13,7-10; 20,4) y el conjunto de hombres salvados definitivamente en el cielo, existe una estrecha relación que se decanta a favor de los miembros peregrinos de la Iglesia. No existe, en efecto, «sino una única Iglesia en el cielo y en la tierra, que se encamina a su triunfo y a su acabamiento en las bodas del Cordero»90. Esta única Iglesia, peregrina y hasta mártir y al mismo tiempo gloriosa y triunfante, es la esposa del Cordero, profundamente unida a Cristo, anhelando llegar a su plena consumación, llamada a convertirse en la nueva Jerusalén (cf. 21,2-5).

La Iglesia que aparece en el Apocalipsis es, ante todo y sobre todo, la Iglesia de Jesucristo, el gran presente (misteriosamente) y, al mismo tiempo, el gran ausente (visiblemente), pero que constituye el centro de la comunidad eclesial, y que tiene

todavía que venir. Esta Iglesia se sabe y se siente radicalmente redimida por la sangre del Cordero. Es una Iglesia que, aunque interiormente tentada de apostasía, es una Iglesia mártir, es decir, que confiesa su fe en medio de dolores, persecuciones y sacrificios. Es, efectivamente, una Iglesia perseguida por el mundo (12,1-12) cumpliéndose la palabra del Señor: «si a mí me persiguieron a vosotros os perseguirán también» (cf. Jn 15,20); pero es también una Iglesia a la que se le promete el triunfo aunque no vaya a ser en un futuro próximo, sino a largo plazo. En definitiva, «también en el Apocalipsis la Iglesia, en cuanto Iglesia de Jesucristo, es una magnitud escatológica» (...) «Por ser la Iglesia de lo santos y de los siervos de Dios, que dan testimonio de Jesucristo hasta la muerte, en la fe y la esperanza, ha de soportar toda clase de agobios y sufrimientos y toda clase de seducciones y tentaciones por parte del poder desarraigado del mundo. Pero también valen para ella las promesas de una victoria en cuya gloria puede y debe verse ya proféticamente»91.

Resulta interesante —como se verá en su momento— observar que la imagen que nos da el Apocalipsis de la Iglesia, «se asemeja grandemente a la de la Carta a los Hebreos. En ambos escritos la Iglesia se halla “en camino” en esta tierra, en lucha y probación y a la vez en unión íntima con el cielo, tendiendo a su fin escatológico»92.

5.3. Cartas

Las Cartas de San Juan, sea cual fuere el autor de las mismas, tienen como factor motivante, una concepción cristológica errónea que circulaba entre los cristianos (la naturaleza humana de Cristo es sólo aparente), y, por eso mismo, sustancialmente alejada de la concepción del cuarto Evangelio. A causa de esta concepción falsa de la persona y del misterio de Cristo, se produce un verdadero cisma en las iglesias dependientes del entorno de Juan.

A partir de esta situación doctrinal frente al misterio de Cristo, en las Cartas, al igual que en el Evangelio, el tema de la Iglesia está siempre en el trasfondo de la doctrina, apareciendo en ellas, con mayor claridad que incluso en el Evangelio, los elementos estructurales de la Iglesia.

En las Cartas, efectivamente, pueden descubrirse algunas lineas teológicas fundamentales en orden a conocer los valores de las comunidades juánicas93. Estas líneas son: ante todo el bautismo como auténtica generación de Dios que hace realmente al bautizado hijo suyo porque nace de la «semilla de Dios». Gracias a esa «semilla» que es el mismo Espíritu Santo, el bautizado puede no sólo vivir sin pecado (1Jn 3,9) sino también perseverar en la doctrina auténtica (1 Jn 2,20.27). Esa filiación divina se expresa

y reconoce en la recta confesión de Cristo (1Jn 2,22; 4,2ss; 5,1) y muy especialmente en el amor fraterno (1Jn 2,9ss; 3,14.23; 4,20ss; 5,2). Los verdaderos hijos de Dios son los que constituyen realmente la Iglesia: la Iglesia que posee el Espíritu (1Jn 3,24; 4,13) y que, por eso mismo, posee la comunidad con Dios (1Jn 1,3.6; 2,3ss).

La comunidad eclesial en las Cartas es una comunidad que se funda en el amor proveniente de Dios, y que, por consiguiente, está en profunda comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, gracias a la presencia y acción del Espíritu. Es una comunidad que vive de la Palabra, manifestada en la persona de Jesús, Palabra transmitida «desde el principio», que dispone de la vida y la da gratuitamente a quien quiere. Es una comunidad creyente situada en el mundo oscuro y hostil: un mundo que ha entrado en la misma comunidad, sobre todo a causa de la negación de la autenticidad de la naturaleza humana de Jesús el Cristo (cf. 1Jn 2,22; 4,2ss). Es una comunidad «a la cual se dirige el representante y portavoz de un grupo existente dentro de ella»94. De hecho, el sujeto y autor de la primera Carta se denomina a sí mismo como «el anciano» y reivindica para sí una autoridad espiritual, en virtud de la cual habla en nombre de la comunidad ortodoxa. Esta comunidad ha comenzado a vivir en el final de los tiempos. Tiene, por eso, una innegable y decisiva orientación escatológica.

En 1Jn 5,6-9, aparecen los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía en profunda conexión con la presencia transformante y santificadora del Espíritu. Existe además en la comunidad la capacidad de perdonar pecados y de limpiar de toda injusticia (1Jn 1,9), aunque, de todas formas, no se dice nada acerca de los posibles ministros de ese perdón.

Como se ve, la Iglesia de las Cartas es «una comunidad fundada por la acción del amor de Dios en Jesucristo, dotada del Espíritu que revela esta acción de Dios en verdad. En ella actúa como testimonio y mandamiento la palabra transmitida y confesante; el bautismo y la eucaristía desempeñan un papel importante en cuanto sacramentos que dan testimonio por la fuerza del Espíritu, y se da la confesión y el perdón de los pecados. Es, pues, la comunidad de los que creen, conocen y aman, la comunidad de los que han sido purificados por el perdón de Dios y de Jesucristo, descansan en Dios y gozan de su favor»95.