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Casos y cosas de Medellín –Los petardistas

In document El periodismo en Antioquia (página 93-103)

Esto de no ahogarse en un vaso de agua y estar siempre a flote en las altas mareas de los apuros individuales y domésticos, es el arte más difícil que ha descubierto el ingenio de los hombres.

¿De qué sirve esa familia siempre contenta y dándose tono aunque es pobre? –¿Por qué Fulano de tal, en vez de reventar la víspera, -pues que no tiene un Cristo sobre qué morir, - vive satisfecho y se trata a cuerpo de rey? –¿Quién protege a Zutanita, hija de padres proletarios y que sin embargo va adelante con las que llevan la bandera de la moda? Preguntas son éstas que hoy se hace todo mundo, hasta los que no nos oponemos a que cada cual haga de su capa un sayo.

Y sin embargo nada de eso es un enigma. La familia aquella, Fulano y Zutanita viven del arte de petardear, arte fundado en una virtud, -la constancia, -en un vicio feo, -la desfachatez, -en otro abominable, -la maña, -y en el alarmante lema de los bandoleros y perdonavidas, -“al prójimo contra una esquina.” Con todo, para los que practican este arte diabólico, no hay Código penal, ni horca, ni cárcel, ni presidio, ni destierro: todos delinquen en la seguridad de que son inmunes, todos están convencidos de que sea cual fuere el viento político que corra, salen vencedores, porque para ellos no hay justicia humana ni tropiezo que los espante. Es ésta una partida de comunistas que ven lo ajeno como propio, pero que en vez de aire feroz y la mirada amenazadora de los petroleros, tienen un exterior amable, sonríen con encanto y acarician como los

gatos: sin dejarse ver las uñas. Tienen talento, mucho talento, y han comprendido que asaltar con revólveres a los pasajeros o levantar la bandera del socialismo para saquear la propiedad ajena, es obra de estúpidos que no tienen dos dedos de frente. Para ellos los históricos y célebres jefes de las gavillas de Sierra-Morena y de los beduinos son unos papanatas con babero, y Rochefort un sandio de chamarra. Velar, vivir en continua zozobra, huir, luchar, pasar trabajos, gritar como un condenado, sudar la gota gruesa...¡éste es el colmo de la crasitud! ¡Cuánto mejor no es tomar lo ajeno con la voluntad aparente de su dueño, señorear a toda una sociedad que hace vanos esfuerzos por aparentar desprecio, levantarse un palmo sobre los tímidos que por no dar cuatro dan dos, y poder decir con arrogancia: el mundo es...de los petardistas!

Escribo estas líneas bajo una impresión de cien atmósferas. Tengo los nervios hechos nudos y la boca me sabe a golpe.

Sabrán ustedes que D. Raimundo León ha dado en la flor de hacerme creer que somos amigos íntimos, y de vez en cuando me regala con un canasto de naranjas, con seis u ocho tomates de riñón o con un gatito de cada parto de la Niña y de la Chola, como llaman en su casa dos enormes gatas que han dado más ciudadanos efectivos que todas las Constituciones de Sur-América. En cambio, yo debo prestarle mis navajas de barba, mis periódicos, y uno que otro peso. Las navajas vuelven llenas de mellas a mi poder, y rotos, sucios e incompletos los periódicos. Cuanto al dinero, también vuelve a mi poder, pero en forma de naranjas, de tomates o de gatitos sin destetar.

Para la fiesta de casamiento de una hija de D. Raimundo tuve que prestar el piano de mis sobrinas; y aunque desafinado, fue devuelto al mes. Luego lograron que un maestro enseñara gratis a la niña menor, y el piano emigró por segunda vez a la casa de D. Raimundo, en la seguridad –decía él, -de que se nos hacía un servicio, pues por estar de luto mi familia, el instrumento, a más de estorbarnos, se desmejoraba con el

ocio. A los diez y ocho meses logré recuperarlo con la avería del pedal roto y algunas cuerdas menos.

Hace poco recibí la siguiente esquela de D. Raimundo: “Queridísimo amigo: Esta noche viene a casa Casimirito Río que viene a negociar unas barras de oro con los comerciantes del comercio, y como es muy de la casa y las muchachas lo desean ocsequiar con algunos trozos necesitamos peano y como no tenemos peano hay que conseguir un peano. Sería inrogarte una ofensa muy fea sin perdón de Dios no preferirte y te preferimos y mandamos por el peano de allá. Te abraza tu amigo que espera el peano, Raimundo.”

Comprendí que la familia de D. Raimundo pretende beberse el caudaloso Río, y que ese es el objeto del obsequio con los trozos de que habla el padre y con el destrozo del piano. Devolví los peones con la noticia de que el instrumento está destemplado y que de nada servirá; pero a la media hora se presentaron aquellos con otra esquela de D. Raimundo. “No te afanes tanto por nosotros, me decía el bribonazo; vos nos apestas con tu bondad: manda ese peano así destemplado y todo”.

-De ninguna manera, Tío, dijo una de las muchachas. Y metiendo en el bolsillo de mi chaleco la llave del piano, agregó: diga que se me perdió ayer en el río.

Volví a despedir a los peones con la nueva noticia de la pérdida de la llave, y creo que ya está ganada esta batalla y que el piano se ha salvado.

Como D. Raimundo hay millones de prójimos; porque ha llegado la época en que medio mundo, en vez de reírse del otro medio, se lo come con el feroz deleite de un canibalismo refinado.

Ejemplos:

-Mi amo, que ya manda por los libros de que le habló, es un recado que todos estamos acostumbrados a recibir.

-“Volverán las oscuras golondrinas...pero mis libros no volverán, dice la víctima dando un suspiro.

*

-Carlos, el domingo necesito tu caballo para mi mujer; ve que esté bien herrado.

Carlos envía el caballo, que es la niña de sus ojos y que le cuesta un sentido al mes, y se queda en su casa recordando las fatigas de una semana de trabajo y matando el tiempo en buscar consonantes para una oda a la amistad.

*

-La niña Toribia que muchas saludes y que le vuelva a prestar otro tirito la sombrilla y las pulseras.

-Dígale que lo siento en el alma; pero que Rosa salió con ellas, contesta la señorita. Y agrega para su coleto: ¡qué tal que no hubiera salido Rosa! Apenas hace ocho días que Toribia nos devolvió una pulsera dañada, y ya vuelve a mandar por ellas.

Poco después vuelve la mujer y dice: Que le preste siquiera el paraguitas de su mamá, y que le mande un polvito de melutina y una untadita de pomada.

Siempre me pringó Toribia, murmura la señorita. *

-Va U. A la zarzuela. D. Antonio? -Si, señor.

-Ya tiene palco?

-Pues...hice el encargo de uno...contesta D. Antonio vislumbrando un petardo que se le viene encima.

-Voy a proporcionarle una molestia: como Sinforianita está indispuesta, no podemos llevar los muchachitos a la función. Podría U. dejármeles un rinconcito en el palco?

-Cómo no! Contesta D. Antonio apretando los puños entre los bolsillos de los pantalones.

Los niños van temprano a casa de D. Antonio, y éste carga con el pegote, les compra boleta de entrada, los coloca en los mejores puestos y lidia dos de ellos que se duermen desde que empieza el segundo acto de la función.

* -Querido, necesito tu firma.

-Hombre, soy enemigo de firmar manifestaciones. -No se trata de eso, hijo...

-Pues tampoco firmo adhesiones.

-¡Qué adhesiones ni que niño muerto! Se trata de un documento, porque necesito sacar algunas cositas del almacén de D. Roque.

-Vas a abrir la pulpería?

-No, hombre: los efectos son para Lucía y las muchachas: tres matillas, tres cortes de merino, tres pares de zapatilla, corbatas, guantes...

-Pero yo no tengo crédito, hombre. No soy rico...

-¡No seas majadero! Pon tu firma al pie de este documento y deja a mi cargo lo demás.

-¿Por Dios, hombre, no ves que si no puedes pagar me lleva la trampa?

-Cómo es la cosa: ¿dudas de mi honradez?

-Eso no; pero ni tú ni yo tenemos con qué cubrir esa deuda. -Te equivocas, porque antes de quince días, a falta de uno, tendré dos empleos que me han prometido. Con que... firmas?

Y la víctima, acosada, hostigada y vencida, firma al fin, y a los tres meses es llamada ante el Juez para exigirle que pague la fianza.

*

-Con que se van el domingo para el Poblado, no? -Sí, doña Ursula.

-Pero sí que pasean ustedes! Y una que vive metida en aquel cucarachero... Por mí no lo siento; pero aquellas pobres muchachas sin ninguna distracción me parten el alma.

-No estuvieron el domingo con las Ortices en Pandeazúcar y con la familia de doña Cruz en Santa-Helena, en Diciembre?

-Sí; pero lo hicieron por fuerza...porque las obligaron. Como son tan bobas y no saben estar sino con gente de confianza...A ustedes sí que les tienen confianza... Ya ve: ¡las quieren tanto! Con que es cosa resuelta que se van el Domingo?

-Es muy seguro doña Ursula.

-Por qué no se llevan esas muchachas? Hasta les podían servir de algo a ustedes...

-Propóngales U., doña Ursula.

Y doña Ursula le acomoda a aquella familia la pejiguera de sus tres hijas que son tres harpías que creen merecerlo todo, que viven de casa en casa, que se convidan a todos los paseos y que después murmuran de la familia que les soportó sus impertinencias.

*

-Hombre, Juancho, ¿tienes entre tus curiosidades cinco pesos que me prestes?

-No tengo. -¿Cuatro?

-¿No tengo nada?. -¿Tres?

-¡No, hombre! -¿Dos?

-¿¡Y machacas!? -¿Uno?

-¡Si te digo que estoy pelado! -¿Una cincana?

-¡No seas enfadoso! -¿Un real?

-¡Anda al infierno!

-Dame entonces un cigarro.

(Histórico. Esta clase de petardistas triunfa siempre, como los revendedores de sombreros blancos).

*

-Aquí me siento D. Andrés: U. verá si deja morir de hambre aquellas pobres mujeres o me presta dos pesos.

-Pero, señor, ¿cómo puede ser eso si U. tiene un empleo? -Pues ai verá cómo son las cosas...

-¿Y qué hace U. con su sueldo?

-¿No sabe, D. Andrés, que esos miserables treinta pesos los pagan en billetes del Banco Nacional, que tienen un descuento de diez por ciento?

-¿Bien: le quedan 27 pesos y lo que señora y su hija deben ganar?

-¿Y quién le dijo a U. que los víveres están regalados? -Amigo, yo convengo en que tendrán alguna escasez, más no que les falte lo necesario.

-Y sin embargo, aquí me tiene U. con el estómago silvando de hambre y resuelto a no irme sin los dos pesos.

Como el hombre es terco y su presencia fastidia a D. Andrés, este suelta, al fin, algunas monedas.

*

Ejemplos como éstos encuentra el lector a la vuelta de cada esquina, en la calle, en la casa, en todas partes.

Convengamos con D. Andrés en que hay muchas personas cuyos recursos no son abundantes; pero que bastarían para su subsistencia.

¿Entonces por qué viven petardeando? Unos porque consumen en el vicio lo que sólo alcanzaría para las necesidades domésticas; otros porque falta en sus casas el método, que es para el hogar lo que el crédito para la industria; y casi todos porque se salen de su esfera, quieren ser más de lo que son y comen, visten y viven como ricos. Esto hace que los apuros y las necesidades se multipliquen y que sea preciso poner en tormento el ingenio para salir de ellos, y he aquí a mis hombres y a mis hembras convertidos en la más atroz, la

más temible calamidad social, en comunistas con cubierta de azúcar, en vampiros que a la luz del sol le chupan hasta el quilo a su prójimo. Lo peor de todo es que en este ejercicio indigno pierden la vergüenza, último baluarte del honor que está en camino de capitular.

¿Hay remedio para este achaque social? Sí, lo hay y muy eficaz: a la maña, a la vileza y al cinismo de los petardistas, opóngaseles un carácter enérgico y resistente. La debilidad de carácter no les permite a las víctimas otra defensa que algunas evasivas inútiles que pronto desaparecen ante la astucia y la avilantez de los victimarios.

Si todos tuvieran valor para despedir con nones gordos a cada maula que se presente a que le suplan su ineptitud y su holgazanería y a que le satisfagan sus necesidades innecesarias, pronto acabaría la comedia de lechuguinos pobres pero emperejilados y rumbosos que pretenden picar alto, de damas encopetadas que en vez de acomodarse la medianía que les cupo en suerte y halagar con la sencillez y la modestia, hacen el risible papel del grajo de la fábula, y de familia sin oficio, que jamás comen comidas calientes ni a horas, y que pasan el tiempo haciendo vanas ostentaciones, aparentando comodidad y holganza y componiéndoselas para explotar a sus amigos.

¡Basta de farsa! Acabe de un golpe la indigna fantasmagoría! Al mendigo, al pobre vergonzante, al que no puede trabajar, se les debe socorrer y prestar el apoyo que merecen; pero a los pordioseros orgullosos y disfrazados con oropeles, a la fanfarronería insolente y audaz, a la soberbia ineptitud y al ocio pretencioso, se les debe hacer frente con ánimo airado y echarles los perros. Carácter, pues, amigos míos, mucho carácter!

*

¡Lectores, perdón! ¡Reñidme, escarnizadme, ultrajadme! Todo lo soportaré; pero con la cara entre el sombrero, porque ya se me cae de vergüenza.

¡Cuatro hombres acaban de salir con el piano de mis sobrinas!

¿Queréis saber lo que sucedió? Los peones se presentaron por tercera vez con una boleta de D. Raimundo, en la cual me dice que estoy de buenas, que en su poder está la llave del piano, hallada por uno de los muchachos en el río, y que por tanto debo apresurarme a enviar el instrumento.

La llave estaba y está aún en el bolsillo en que la puso mi sobrina. Luego D. Raimundo mintió como un bribón, y a mi no me quedaba otra salida que dejarle comprender que yo también había mentido como otro bribón, o mandarlo a la punta de un cuerno o... enviarle el piano. Me decidí por lo último (rayos del Sinaí); pero después de abrir el instrumento, para evitar que D. Raimundo lo dañe por abrirlo con alguna ganzúa.

¡“Ahórcame, lector he aquí mi cuello!” ¿No soy un hombre sin carácter, un pusilánime indigno de la confianza pública? No merezco que me descuarticen con cuchillo de palo? ¡Ah! ¿Estoy arrepentido de mi debilidad, siento que me animan la energía y el coraje, y me creo capaz de llamar a los peones y hacer que entren el piano, si están todavía descansando a la vuelta de la esquina? ¡Voy corriendo! Y ustedes verán entonces un hombre que sabe tenérselas tiesas con los petardistas! Pero allí viene uno de los peones con otra boleta. ¿Qué más querrá ese infernal D. Raimundo?

Acabo de leer la boleta. Dice así: “generoso y buen amigo: La traída del peano vale a lo sumo la cantidad de un peso; pero estos pícaros de piones fueron y se plantaron en doce riales. Cuidado como les vas a darles más de un patacón. No te dejes robar y perjudicar así a sabiendas. Yo no les pago, porque estoy sin blanca. Chola está para dar a luz: ¿cuántos gaticos encargas? Es bueno que vas ir pensando si te convienen machos o hembras o al partir. Muy tuyo, Raimundo”.

No hay remedio: si no pago la conducción del piano, me expongo a no conseguirlo pronto, porque se enojará la familia de mi estimabilísimo amigo D. Raimundo.

¡Estamos perdido, lectores! Es más fácil que un radical contrate el empréstito de la Nación, que conseguir carácter para vencer a los petardistas. Humillémonos, pues, como gallos criollos, degradémonos, mintamos como gandules para con toda esa leña comerlo crudo.

¡Paso al comunismo zalamero! ¡Hurra, cosacos con levita!

Medellín, Julio de 1886. Don Juan del Martillo.

M

ANUEL

U

RIBE

Á

NGEL

Una paila histórica

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