Crónica del domingo un artículo en que declara que "jamás, desde la guerra de independencia para acá, ha habido en nuestra historia una protesta armada del oprimido más justa, más natural, más santa" que la de 95; que ella "fue un brote incontenible de desesperación; los que se alzaron en armas tenían de su parte el derecho. Sólo les faltó la fuerza"; que fueron "ciudadanos rebelados contra una tiranía, hombres generosos que pretendieron reivindicar sus derechos detentados"; que "además, otro carácter distinguió y enalteció a los revolucionarios de 1895: su patriotismo, el levantado concepto del honor militar y de la dignidad de la bandera, excelsas cualidades que les impidieron caer y envilecerse ante las más terribles pruebas que puede soportar el soldado. La desnudez, el hambre, la laceria que padecieron, fueron terribles, mas no se cuenta un acto de pillaje; la bandera fue desgarrada, nunca manchada; recibió lluvias de balas, nunca una gota de lodo. Esto enaltece, no sólo al liberalismo, sino a Colombia y a la humanidad".
No nos entretendremos en buscar declaraciones -genéricas unas, concretas otras- en que La Crónica haya sostenido tesis contrarias a la que hoy defiende con entusiasmo lírico. Así como en poesía no gustamos de anotar los ripios de la forma cuando a la concepción preside una alta inspiración, tampoco en política nos esforzamos por esgrimir como argumento preferente el de opuestas declaraciones anteriores. Las contradicciones son los ripios del carácter, y si hay buena fe, deben pasarse por alto.
A quien el artículo de La Crónica habrá sido triplemente desagradable ha sido, sin duda, al doctor Parra; primero, porque habiendo tenido anticipada noticia de la revolución de 95 rehuyó tomar parte en su preparación; segundo, porque una vez acometida, procuró desanimarla y consiguió sembrar el desaliento en las filas de los insurrectos, y tercero, porque aún no terminada la guerra, la improbó y constantemente después la ha vendo censurando como error fecundo en males, si no como imperdonable crimen.
Me supo a chicharrón de sebo, en la frase gráfica con que pinta el doctor Parra la impesión que el acometimiento de la guerra le produjo, pretendiendo, acaso, que el hecho lo sorprendió y cogió de nuevo. Pero aunque hoy el General Acosta esté ahí a la cabeza del Consejo Consultivo, bien puede testificar con cuánta antelación supo el doctor Parra de lo que se trataba.
Y es que, conforme a los brillantes conceptos de La Crónica, si la guerra del 95 fue -después de la emancipación- la más justa, la más natural y la más santa de nuestra historia política, mal hicieron todos aquellos de los oprimidos que, pudiendo, no tomaron parte en la protesta; si los guerreros de 95 fueron ciudadanos rebelados contra una tirania y hombres generosos que pretendieron reivindicar sus derechos detentados, por regla elemental de lógica hay que deducir que quienes no los acompañaron de algún modo en la demanda, fueron insensibles al yugo del despotismo, y egoístas incapaces de ir en la defensa de su derecho hasta donde el cumplimiento del deber lo exige. Si los revolucionarios fueron los patriotas, quienes no los ayudaron no tuvieron de la idea de patria y de lo que su seguimiento implica, sino un concepto incompleto; y si a despecho de las más terribles pruebas que puede soportar el soldado -desnudez, hambre y laceria-, esos gloriosos rebeldes desplegaron las más excelsas cualidades para mantener en alto el honor militar y la dignidad de la bandera, quienes no la empuñaron ni estuvieron al pie de ella, ni en
forma alguna procuraron su triunfo, no saben lo que el amor a una causa obliga, y al quedarse en sus casas, para evitar las penalidades de la campaña, esperando la victoria para aplaudirla y gozarla, o la derrota para criticarla y deprimirla, todo serán -hábiles, prudentes, calculadores- pero no pueden hombrearse con los revolucionaros de 95.
De ninguna boca liberal había salido hasta ahora, en loor de esos revolucionarios, un himno tan elocuente como el de La Crónica. Ese himno tiene un mérito especial: el de ser cantado por qienes no fueron a la guerra. Nada más honroso para los directores de La Crónica que ensalzar acciones que ellos no ejecutaron y encomiar en las demás virtudes que ellos no supieron ejercitar. En vez de negar por envidia el mérito ajeno, reconocerlo, an no sintiéndose uno capaz de alcanzarlo, es disposición de ánimo merecedora de aplauso. También eso es belleza de alma y generosidad.
¡Y ese himno es justo! Como el General Marceliano Vélez lo dio entonces, "la causa de la libertad estuvo en los campamentos de la revolución". Sí: bajo nuestras toldas vino, aterida y angustiada, en busca de refugio, la república; y como, por nuestra mala suerte y por el abandono de nuestros copartidarios, no supimos a derechas ampararla y defenderla, pereció. Grande fue nuestra tristeza, indecible nuestra melancolía por el infortunio del vencimiento inmerecido; pero aun cayendo, había algún dejo de orgullo al compararnos con quienes no habían obrado otro tanto y nos habían dejado solos. Fuimos a batirnos por ideales, no por odios ni por medros. Lo menos que podemos decir de los que no nos acompañaron, es que se equivocaron, y de los que nos censuran, que yerran. Pudo a muchos saberles mal a revolución: a nosotros la tiranía a retama. Es cuestión de paladar. Pero si los patriotas de esa hora pudiéramos otorgarnos un distintivo, al colgarnos al pecho la medalla que dijese: Revolucionario en 95, tendríamos, sin duda, un título a la consideración y respeto de nuestros copartidarios, como hombres de previsión y de valor; y ese
título debería darnos entrada franca en los consejos y del partido, en vez de ser objeto de repugnancia y exclusión, como hoy lo somos.
Y si está de Dios que, aun no restableciéndose el reinado de la libertad, resulte cierta la frase del General Reyes después de Enciso: "No ha sido vencida una revolución, sino la revolución; esta es la última guerra civil de nuestra historia", entonces ¡oh valientes compañeros! ¡los revolucionarios de 95 habremos sido los últimos varones de Colombia!
Colección Pensadores Político Colombianos.