B. EL CONTEXTO ESPAÑOL
3. El Cenáculo de Leonid, punto de encuentro del exilio
Cuando deciden fundar estos cenáculos, los intelectuales piensan no sólo en la misma necesidad de cultura y literatura, sino también en evitar la desintegración del grupo rumano en sí, especialmente después de 1977193. En cuanto a las editoriales y colecciones del exilio español, en una entrevista194 con el memorialista y poeta Dumitru Bacu195 de 1983, Leonid Mămăligă Arcade196 habla sobre los encuentros literarios que
193 Como consecuencia de la adhesión al movimiento ‘Apelo de Praga’, del escritor Pavel Kohout,
movimiento iniciado por Paul Goma.
194 En: http://www.alternativaonline.ca/Interviu0710.html, la 1ª parte.
195 Miembro del cenáculo desde 1958, poco tiempo después de su llegada a Francia.
196 Al principio encontramos a Leonid Mamaliga (L. M. Arcade) en París con una beca, terminando
sus estudios, incluso los del doctorado y en 1953 ya escribe su primera novela, Timbrele de altădată (Los sellos de otros tiempos), no publicada, pero leída en el Cenáculo de Rue Ribera, que conduce Mircea Eliade. En 1966 publica la novela Poveste cu ţigani (Cuento de gitanos), en su propia editorial. Colabora en algunas de las publicaciones del exilio. Elegido miembro de la Academia Rumano-Americana de Ciencia y Arte, recibe el Diploma de Honor en 1965 y muere en París en 2001. Los que le conocieron
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solían darse en su casa de Neully desde 1958 (aunque la fecha de constitución del cenáculo es en mayo de 1963)197. Es entonces cuando, prácticamente, se convierte en el cenáculo Caietele Inorogului, aunque la mayoría habla del ‛Cenáculo de Leonid’. Para Theodor Cazaban este es el lugar donde se siente ‘en casa’ y, en su diálogo con Cristian Bădiliță (2000/2010), no puede olvidar que el cenáculo literario de París tiene sus orígenes en luna serie de encuentros en un café, insistiendo en que en París la cafetería es un lugar respetable para un encuentro (Ídem, 129).
Arcade hecha de menos a la solidaridad literaria-cultural que mantiene unidos a los miembros del grupo de aquellos tiempos: “En los casi treinta años éramos decenas, – vamos, diré cien– los que vivíamos de la pluma fuera de las fronteras del país, -comenta el autor, “a pesar de la dispersión geográfica, nos conocíamos unos a otros, casi como los alumnos de la misma clase del instituto, conociéndo no sólo los libros editados sino incluso el último artículo y el último poema”. Desde luego, es una solidaridad humana y de generación.
Sus nombres se encuentran, simultáneamente, como dice el comentarista, en una serie de revistas como: Luceafărul, Caiete de Dor, Ființa Românească, Revista
Scriitorilor Români, Prodromos, y en las manifestaciones culturales de París, Roma, del
Centro de Investigaciones o de la Sociedad Académica, y casi todos hablan “de una tendencia de acercamiento. El calificativo es insuficiente. El primer exilio ha sido beneficiario, en el plano cultural, de un clima de verdadera y hermosa colegialidad”, explica Arcade (n. t.). Aparte de los habituales de París, al cenáculo acuden, entre otros, los ya conocidos Mihai Niculescu (de Londres) o Mircea Eliade, cuando pasa por la capital francesa.
hablan de él como una persona acomodada, propietario de un inmueble de diez pisos en Neully-sur-Seine en cuyo sótano funciona el cenaculo Neully-sur-Seine (Al. Ștefănescu, RL, 32, 14/08/2009: 10)
197 En el mismo año D. Bacu publica en Madrid el libro de memorias: Pitești, Centru de Reeducare
Studențească, un documento testigo de los horrores que se cometen en esta prisión con los jóvenes
alumnos y estudiantes, mostrando al mundo occidental los increíbles hechos ocurridos detrás del Telón de Acero, en la Rumanía comunista. En 1971, el mismo libro se publica en inglés, bajo el titulo: The anti-
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“Cada verano la llegada de los Eliade es una fiesta”, comenta Sanda Stolojan198 y añade: “Cada vez que viene a París, Mircea Eliade lee en el Cenáculo de Neully, donde Leonid Mămăligă, anfitrión incansable invitaba a los escritores del Exilio y, a veces, a algún escritor que venía del país” (n. t.). Theodor Cazaban (Bădiliță 2010: 129) se acuerda de que Eliade “venía con sed, con alegría, desde Chicago a París, para leer literatura rumana. Ionescu nunca vino. Cioran, lo he dicho, éra un salvaje...” (Bădiliță 2010: 129; n. t.). Lacenaculista Sanda Stolojan, la que –según las afirmaciones de Radu Porocală199– cree en las virtudes curativas de la memoria200, habla de Horia Stamatu, como de un “antiguo exiliado, gran poeta y rumano patético, establecido en Friburgo, pero con el corazón siempre cerca de sus amigos de París, que se reúnen para escucharle en el Cenáculo de Neuilly”. No obstante, para Ilie Constantin –otro miembro del cenáculo, desde 1974–, el autor del Kairos es “el poeta - faro del cenáculo”201.
Lo cierto es que en la casa de Neuilly sur Seine se reúnen los escritores rumanos de Europa y América (Niculescu 2004), que leen sus creaciones o participan en los debates provocados por la lectura de unos escritores jóvenes, que entonces empezan el camino del exilio, y de otros escritores ya con antecedentes en la literatura. Los ‘jueces’ severos, presentes en el cenáculo, aprecian la calidad de lo que éstán escuchando. “En una atmósfera intima, de convivencia, de confianza recíproca, se podían escuchar noticias recientes de todas las zonas nebulosas del exilio rumano”. Es más: “el cenáculo de Leonid Arcade (Mămăligă) era una isla iluminada de cultura rumana en el océano tumultuoso del mundo actual”, todos considerándose alli, „acasă!“, es decir, familiarmente, en su casa.
198 Sanda Stolojan, en Memoria, 1998, 25/94-98.
199 Escritor y periodista, exiliado desde 1977 (después de ser acusado de alta traición contra el
régimen), en Grecia, desde 1982 vive en Francia, es corresponsal del servicio rumano de la emisora La
Voz de America, colaborando también con RFI y la emisora Antenne 2. Es director del Instituto Cultural
Rumano de París hasta diciembre de 2006, cuando dimite con una carta abierta, acusando la burocracia, la excesiva centralización, la administración confusa y la corrupción intelectual de la institución, que no hacen precisamente un buen servicio a la imagen de Rumanía fuera de sus fronteras.
200 “El acordarse es la primera cosa que le debo, junto con aquellos a los que ha entregado su
amistad”, añade Radu Portocală, en el mismo artículo, “Gând pentru Sanda Stolojan”, en la Revista 22, 10/08/2005.
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Basarab Nicolescu aprecia el grupo de Neully, cuyo “cuadro estable ha sido encontrado y estructurado alrededor de dos ejes: la búsqueda de nuevas formas de expresión literaria y la edición de libros”. El prestigio del cenáculo se debe a los intelectuales que lo frecuentan, tanto del grupo de exiliados como desde el país de entre los que están de paso por París. Eva Bering (2001) lo considera una verdadera institución que en los años 50 reúne a exiliados y visitantes del país, es decir escritores e investigadores que se encontraban en París y de paso participaban en las reuniones del cenáculo (Ídem 206-207; n. t.).
Sin duda, todos ellos pasan allí por una experiencia enriquecedora. Theodor Cazaban se acuerda de algunos participantes del país (Bădiliță 2010: 130), después de la liberalización del sistema político de Rumanía, como Alejandro Paleologu, Petru Comarnescu, Ștefan Bănulescu, Sorin Titel, Ioan Alexandru, Marin Sorescu, Paul Goma, Nicolae Manolescu, Marin Preda y Marin Sorescu (que en los últimos años deja de acudir a los reuniones, por miedo). A estos pueden sumarse otros: Ștefan Bănulescu, Ion Negoițescu, Matei Călinescu, Barbu Cioculescu, Ovidiu Cotruș, Ana Blandian, Ion Caraion, Dumitru Țepeneag, Paul Goma (Manolescu F. 2010: 53).
Desde 1978 las sesiones del cenáculo incluyen unos debates o conferencias y su particularidad reside en el uso de la lengua rumana y el hecho de que dura, en el tiempo, casi igual que el exilio (Ídem). En suma, el cenáculo de la Caietele Inorogului debe su éxito a su longevidad y a la actividad intensa para difundir la cultura y literatura rumanas. Según algunos, aproximadamente tres mil páginas leídas en más de treinta años de existencia y cinco libros editados en la colección Caietele Inorogului. Eso significa que no han publicado muchos libros, como ellos mismos reconocen (Bădiliță 2010: 129-130).