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CENTROS DE SALUD: ENSAYOS EN UN TEMA NUEVO

Lisandro Sara

Poco se ha escrito sobre la arquitectura hospitalaria y sus transformaciones en consonancia con los nuevos parámetros funcionalistas de la arquitectura moderna. En su Historia de las

Tipologías Arquitectónicas, Nikolaus Pevsner recopila aquellos casos que oficiaron como casos modélicos en su redefinición. Apoyándose en este material, Arístides Cottini en El hospital en la historia analiza el proceso que comienza con la adaptación de antiguas abadías europeas, en años próximos a Revolución Francesa, hasta llegar a las complejas organizaciones sanitarias de 1980. Demuestra la incidencia de los avances en la medicina y la tecnología constructiva en la redefinición tipológica que, partiendo del claustro, continúa con la organización en pabellones hasta llegar a los “modernos” monobloques y poli-bloques1.

Nuestro objetivo es aproximarnos al debate técnico sobre la arquitectura hospitalaria en Argentina desde finales de los años '20 hasta su reformulación por el Dr. Ramón Carrillo dos décadas más tarde, a partir de presentar las distintas propuestas sobre el tema de Ermete De Lorenzi y su estudio. No se trata de un recorte arbitrario. Remite a una de las etapas más prolíficas en ensayos y redefiniciones donde una renovada profesión buscaba legitimar sus incumbencias como ciencia del espacio social, aportando soluciones y criterios en un área hasta el momento signado por las iniciativas de los médicos higienistas. Un proceso del que los siete proyectos que presentamos dan elocuente muestra

Estado y (estado) sanitario 

En nuestro país, hasta mediados de 1920, se consideraba a la enfermedad como un fenómeno de responsabilidad individual, a la que contribuía la asistencia de distintas organizaciones

comunitarias. Creados en consonancia con las distintas pestes y epidemias del siglo XIX, los únicos hospitales públicos eran municipales. Estaban orientados a mitigar los dolores de los que "menos tienen" en resguardo de la supervivencia del resto de los ciudadanos cuya salud estaba en manos de la medicina privada ejercida en forma individual, si podían costearlo, o en el marco de distintas asociaciones de socorros mutuos formadas con relación a las nacionalidades de procedencia. El rol del Estado nacional no era significativo y sus restringidas políticas eran elaboradas por el Departamento de Higiene.

En 1927 comienza a predominar la afiliación a mutuales por la inserción laboral, más que por la nacionalidad, tal como lo demuestra el Censo de las Mutualidades de ese año. De ese modo

quedaba definida una cartografía compleja donde se superponían sociedades de beneficencias de inmigrantes, mutuales formadas en relación con un oficio o una empresa, hospitales de caridad o vinculados a la filantropía pública de carácter local, y clínicas privadas. Estas últimas

generalmente formaban un anexo a la vivienda de un médico, si bien ya era evidente la constitución de algunas sociedades colectivas de profesionales con una sede específica.

La situación sanitaria en Rosario no fue distinta a la de otras ciudades argentinas afectadas por el aluvión inmigratorio europeo. La ciudad, que en 1880 contaba con 35.000 habitantes, se

transformó en un conglomerado de 340.000 almas medio siglo después. Este crecimiento explosivo, vinculado a la actividad portuaria, a los servicios de la región cerealera más importante del país y a una industria incipiente, supuso también un estado de crisis sanitaria continua a la que se enfrentaba con insuficiencia de medios y espacios adecuados. Esta crisis no sólo tenía que ver con la propagación de algunas enfermedades infecciosas, sino con problemas vinculados a la deficiente higiene urbana. El barrio Refinería, en torno al cual residía casi un cuarto de la población en su mayoría obreros, todavía en la época del Centenario carecía de pavimentos, servicio de cloacas y de algún tipo de recolección de residuos. A esto se sumaba la precariedad de las viviendas donde se hacinaban hasta diez personas por cuarto, las largas jornadas de trabajo, el azote epidémico, la pobreza y la cruda hostilidad de un ambiente

patológicamente peligroso. Preocupada, la dirigencia puso en marcha un conjunto de dispositivos orientados a levantar redes de control y disciplinamiento social. La alimentación, la vivienda, la bebida, el trabajo, la sexualidad, la fecundidad, el cuidado de la salud, el combate de la

enfermedad y el tiempo libre fueron algunas de las preocupaciones puestas en discurso.

Se necesita de un plan orgánico con estructura eminentemente nacional, de alta política preventiva y proteccionista, profiláctica general y curativa(...) La lucha debe ser intensa y metódica en el medio familiar, con una vigorosa campaña de educación popular; robusteciendo los organismos actuales y dando la mayor difusión posible a ...(las medidas que aseguren)... un mejor rendimiento social2.

Esta frase resume, de alguna manera, los conceptos que solamente algunos años más tarde aplicaría el Estado nacional en su política de salud, durante la gestión de Ramón Carrillo

El monobloque 

En este marco, las principales entidades sanitarias de Rosario respondían al tipo pabellonal. Se trataban de los conocidos conjuntos formadas por varios pabellones alargados (para albergar una doble hilera de camas), adecuadamente aislados en un parque para favorecer la ventilación cruzada y el aislamiento entre distintos tipos de patologías, y vinculados entre sí por galerías. Otra de sus ventajas era su flexibilidad por crecimiento de nuevas unidades de acuerdo a las necesidades demográficas. Quizá el más significativo, dentro de este esquema, fue el Policlínico e Instituto de enseñanza médica del Centenario, sede de la Facultad de Medicina de la UNL, proyectado por René Barba con el asesoramiento del doctor Tomás Varsi, ganadores del concurso internacional celebrado en 1911. Lo llamativo de este concurso -donde participaron más de diez propuestas, la mayoría firmadas por arquitectos europeos- es que todavía la disciplina arquitectónica insiste en el esquema en pabellones. Con el descubrimiento de las bacterias de Pasteur y el tratamiento antiséptico de las heridas de Lister, a lo que se sumaron los efectos producidos por el uso del éter y el cloroformo como anestesia en las intervenciones quirúrgicas, hacía más de dos décadas que la medicina había cambiado sus presupuestos sobre el contagio, la asepsia y las terapéuticas posibles. Este modo de concebir los hospitales -en

pabellones periféricos a la ciudad, expuestos a las corrientes de aire y las inclemencias del tiempo- ya no tenía razón de ser. Pero la inercia de las formas va a persistir por varios años más, hasta que estas inconveniencias funcionales sean reconocidas por los arquitectos.

Fueron dos las alternativas exploradas por la disciplina: el bloque vertical y el horizontal. El primero suponía una adaptación de las estructuras maduradas en Chicago para oficinas y departamentos. Su ventaja era su imagen de modernidad, abierto al sol, a la luz y a las nuevas

tecnologías, que ofrecía en la altura un sustituto del aislamiento en el verde perseguido por los anteriores complejos. Este modelo fue muy resistido en Europa, al punto que casi no se conocen ejemplos de ellos. En ese medio prefirieron adaptar el tipo pabellonal en conjuntos de bloques articulados de escasa altura, que insistían en la primacía de los recorridos horizontales.

En nuestro país la utilización de ambas variantes estuvo bien diferenciada. El bloque vertical fue el elegido por el sector privado que contaba con los recursos económicos para localizarlos en las zonas céntricas de la ciudad, de donde provenía la mayoría de sus "clientes". De todos modos nunca alcanzaron la contundencia de los ejemplos estadounidenses. Se trataba de construcciones masivas y compactas, aún entre medianeras, que no superaban los ocho pisos, con una tecnología similar a los edificios de departamentos de renta más convencionales. El bloque horizontal fue el tipo adoptada por el Estado, provincial o nacional. En consonancia con las políticas de obras publicas promovidas luego de la crisis del 30, fueron varias las construcciones solventadas por fondos provinciales o nacionales que seguían eligiendo terrenos de considerables dimensiones en zonas periurbanas. Dos razones justificaban esta opción: el menor valor de la tierra y la mayor proximidad a los barrios de los sectores populares a los que estaban destinadas. Un caso interesante desde el punto de vista arquitectónico es el del Hospital de Barrio Belgrano de la ciudad de Rosario. Proyectado como un monobloque horizontal de planta baja y dos pisos altos, la intención -al menos del proyectista- era ampliarlo en vertical hasta alcanzar los diez pisos de altura, cosa que nunca se concretó3.

Este modelo habría de quedar definitivamente consagrado por la gran acción constructiva de los primeros gobiernos peronistas. Formaron parte de un sistema que articulaba pequeños centros de salud en los distintos barrios periféricos y de agentes sanitarios en zonas rurales, con grandes hospitales regionales de derivación, ubicados próximos aunque fuera del ejido de las ciudades más pobladas. Uno de los argumentos de R. Carrillo, autor de este plan sanitario nacional y del programa edilicio consecuente, era la adaptación de los criterios sanitarios a la tradición e idiosincrasia locales, lo que traduce no sólo en construcciones apaisadas, extendidas en el terreno, con amplias galerías, sino aún en ciertas opciones estilísticas dentro del denominado neo-californiano..

Además de estas instituciones orientadas a cubrir las necesidades sanitarias colectivas, existía otra alternativa orientada a los sectores de mayor capacidad económica. Se trataba de los consultorios privados, equipados para funcionar como clínicas de menor escala, con servicios de maternidad, cirugía, radiología y laboratorio bioquímica y, en los casos más complejos, hasta contaban con capillas y auditorios para observar las intervenciones quirúrgicas. Los de mayor magnitud tenían una capacidad de hasta treinta pacientes internados, con sus acompañantes. También en esta escala fueron varios los proyectos donde estuvo involucrado De Lorenzi. Dentro del Fondo Documental podemos rescatar varios ejemplos: Casa y Clínica Borras (Rosario, ¡935),

Casa y Consultorio Baraldi (1935c.), Casa y consultorio del doctor Chiodin (1936 c.) y Casa y Consultorio Gallo (Rosario, 1937).

Las exploraciones de De Lorenzi, Otaola y Rocca 

Como dijéramos, nuestra intención es revisar este fragmento del debate arquitectónico moderno en relación con la obra realizadas por Ermete De Lorenzi y su estudio. Son dos las etapas que podemos distinguir en lo referido a esta arquitectura sanitaria. Una primera, entre 1929 y 1937, en la que participan en una serie de proyectos importantes –muchos de ellos por concursos- para estas nuevas formas de sociedades privadas: colectividades nacionales, mutuales relacionadas con el trabajo y sociedades médicas. Todas corresponden a la ciudad de Rosario y su área de influencia, y en ellas es evidente el protagonismo de nuestro arquitecto en las decisiones y en los no pocos conflictos suscitados. Una segunda etapa corresponde a encargos realizados en 1950, en los epígonos de su actividad profesional, cuando el estudio se estaba desmembrando. Nos

limitaremos a presentar una reconstrucción documental de los casos, destacando las opciones de proyecto más importantes en relación con los debates del momento.

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