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Cf Libro 1, 935-950 Citamos, desde ahora, por la numeración decimal.

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sobre temas filosóficos tan áridos y abstrusos? La réplica, en este caso, ha sido dada por la crítica literaria. Esta nos recuerda que cuando el objeto de la exposición literaria, aquí la doctrina de Epicuro, supone una vivencia íntima en el poeta, por la que éste manifiesta entusiasmo y hasta exaltación, tal composición poético-didáctica entra con pleno derecho en el campo de la li­ teratura, con mayor motivo todavía si se consigue con ella una relevante alteza estilística cual es el caso de Lucrecio.

Es bien sabido que el lenguaje filosófico, por su condición de técnico, es esencialmente denotativo: busca la correspondencia precisa entre significante y significado; en cambio el lenguaje poético es connotativo en su esencia: un significante, además del sentido fundamental puede sugerir con frecuencia otras acepciones que lo complementan y enriquecen. Ahora bien, la capacidad lingüística de Lucrecio se manifiesta en que emplea aquellos términos y expresiones que, sin renunciar al colorido poético, no sacrifican la precisión conceptual requerida. Noso­ tros mismos tuvimos la oportunidad de mostrarlo a propósito de los términos que emplea el poeta para plasmar los concep­ tos de átomo y de cada uno de los cuatro elementosl5.

5.2. Poeta de la vieja escuela

En su tiempo, frente a los doctos poetas neotéricos, seguido­ res de los alejandrinos y en particular del modelo calimaqueo, propugna el cultivo de un arte mayor, apoyado en la tradición representada por Homero y Ennio, cultivadores de los grandes géneros. Si para los nuevos poetas un gran libro, un largo poe­ ma, es un gran mal, y abogan por las composiciones cortas em­ bellecidas como pequeñas joyas cinceladas por el orfebre, por el contrario Lucrecio no se cuida de lindezas, sino que se decide por desarrollar un largo poema sin desmayar, como luchador que combate la pobreza de la lengua, particularmente sensible en el ámbito de la filosofía, hasta conseguir su objetivo de ex­ poner con amplitud en su poema el mensaje de Epicuro. Por ello se relaciona estrechamente con la tradición de la epopeya y de los grandes poemas didácticos.

15 Cf. «Térm inos lucrecianos para el concepto de 'átomo’ y de los cuatro ele­ m entos’», H elm antica, 31 (1980), 363, 364 y 382.

U n claro precedente de su obra lo constituye entre los grie­ gos Hesíodo con Trabajos y Días y la Teogonia. Mejor aún, Em­ pédocles de Agrigento, de quien se conservan importantes frag­ mentos y que supone una síntesis entre el pitagorismo y los elea- tas: en su poema 'Sobre la naturaleza’ es modelo para Lucrecio no sólo en el contenido de su obra, sino también en la expre­ sión lingüística y en el entusiasmo expositivo. Nuestro poeta le recuerda y admira en el canto I, 705-829. Uno y otro se sirvie­ ron del verso heroico para sus poemas.

5.3. La influencia ie Ennio

Entre los predecesores latinos, el padre Ennio goza de gran prestigio en Lucrecio. Este se nutre de sus obras y le imita. Como Ennio, considera que la prim era virtud de un poema es su am­ plitud. Es más, según Bickel16, Lucrecio concuerda con Ennio en el espíritu libre de la cosmovisión epicúrea, pues éste había desligado la mentalidad romana de ataduras religiosas y contri­ buido a la secularización de sus pensamientos. Después de En­ nio, y en tiempos de Lucrecio, el epicureismo estaba de moda, por segunda vez, en Roma.

No hay duda que Ennio influye en el aspecto lingüístico, gra­ matical, estilístico y métrico en nuestro poeta, pero de ello ha­ blaremos luego. Ahora conviene recordar a Ennio como ante­ cedente latino del poema lucreciano en su Ephicharmus del que sólo restan 14 versos. Obra ésta no escrita en hexámetros como los Annales, sino en septenarios trocaicos. En ella se brinda una interpretación racionalista de los mitos y la explicación física, también tocada de racionalismo, de la naturaleza y del universo. No consta que Epicarmo, célebre comediógrafo, hubiera escrito un poema 'Sobre la naturaleza’; parece más verosímil que se tra­ te de la traducción de un poema pitagórico atribuido a Epi­ carmo. Éste descubre a Ennio los misterios del mundo consti­ tuido por los cuatro elementos. El espíritu es fuego, el cuerpo humano tierra, los dioses, interpretados alegóricamente, son cua­ lidades de los elementos. Así, como prim er poema didáctico ro­ mano, de corte racionalista, anticipará en cierne la interpreta­ ción de la naturaleza que Lucrecio nos ofrece en plenitud.

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Ya en la época misma del poeta, un cierto Salustio dio a co­ nocer con su Empedoclea el poema 'Sobre la naturaleza’ del fi­ lósofo de Agrigento. Por supuesto, Lucrecio conocía también la

Aratea, traducción de los Phainomena de Arato, que Cicerón rea­

lizó en su juventud: éstos contienen la descripción de los fenó­ menos celestes y, en parte aislada, la doctrina de los signos me­ teorológicos o 'prognostica’. Asimismo de este tiempo son el

De rerum natura de Egnacio y la Chorographia, poema geográ­

fico, de Varrón Atacino.

5.4. ¿Epopeya o poema didáctico?

Aunque Lucrecio está íntimamente ligado con la tradición épi­ ca y se haya dicho que su poema es una «epopeya» de la natu­ raleza, creemos que el concepto de epopeya no le corresponde con propiedad a su obra. A ésta los latinos la definieron como poema épico, y Quintiliano cuenta a Lucrecio entre los autores de epopeya, pues para él el poema didáctico es una rama de la épica: Lucrecio aparece citado entre los autores latinos repre­ sentativos del género a continuación de V irgilio17. Nuestro poe­ ta, es cierto, se sirve del hexámetro, el verso de la épica, y en su poema podemos reconocer un héroe, Epicuro. Héroe que no sólo supera la talla de los hombres normales, sino que es en­ trañablemente admirado por Lucrecio en todo momento, sin ser nunca objeto de censura o menosprecio y hasta se le presenta con rasgos divinos18. Vinculados al héroe aparecen otros dos te­

mas de corte épico: el del combate —se enfrenta con la supers­

tición religiosa y libera a los mortales del terror a los dioses y a la muerte— y el del viaje, en este caso en espíritu —con el ardiente vigor de su espíritu triunfó y se adelantó más allá de las murallas del mundo, recorriendo todo el universo con la fuer­ za del pensamiento para revelarnos los secretos de la naturale­ za— 19. Además la usual invocación a las divinidades al princi­ pio del poema: Ennio en seguimiento de Homero invoca a las Musas, Lucrecio, por su parte pide a Venus la protección ade­ lantándose en ello Virgilio que, si bien al comienzo de la Enei­

17 Cf. Lib. 10, 1, 87. 18 Cf. Lib. 3, 15; 5, 8; 6, 7.

IN TR O D U C C IÓ N

da invoca a la Musa, con todo la diosa Venus está constante­ mente presente en la epopeya como protectora solícita de los troyanos, los Enéadas, los ascendientes de los romanos.

Sin embargo, lo que impide considerar al De rerum natura auténtica epopeya es que no conlleva una exposición o lenguaje narrativos, rasgo éste esencial, ya a juicio de Aristóteles, del gé­ nero épico20. Como afirman Martin-Gaillard: «Lucrecio evoca en algunos versos los combates’ y los viajes’ de Epicuro, pero no los cuenta, y su poema está hecho no de relatos, sino de ex­ posiciones y demostraciones..., no pertenece al género narrati­ vo, sino al demostrativo y didáctico... La tonalidad épica de es­ tas obras —entre ellas De rerum natura— es incontestable, pero no se podría, sin abuso del lenguaje, hablar de ellas como de epo­ peyas verdaderas21.»

5.5. Tema árido tratado con vigor poético

El poema lucreciano como obra didáctica no siempre alcanza un alto nivel poético; a veces resulta árido y hasta prosaico. Se ha llegado a decir que de sus 7.411 versos escasamente 1.800 tienen auténtica inspiración. El poeta desarrolla temas tan abs­ trusos como la existencia y movimiento de los átomos, la ma­ teria y el vacío, los cuatro elementos, la teoría de los simula­ cros, la formación del mundo, los fenómenos meteorológicos y terrestres, etc., y quiere convencer más que hablar al corazón. Se dirige a la razón y para demostrar sus proposiciones esgri­ me diversas formas de razonamiento: silogismos encadenados, argumentos basados en la analogía, en el absurdo, en las con­ secuencias. Para ello recurre a las mismas fórmulas. Se intro­ duce a menudo con illud in his rebus, nunc age; en las enum e­ raciones son frecuentes principio, prim um , huc accedit ut, po­

rro, praeterea, denique; en las partículas o conjunciones ilativo-

causales repite hasta la saciedad nam, ergo, igitur, propterea

quia, ideo quod, menos quippe etenim, etc. Estas y otras mu­

chas redundancias quedan de algún modo justificadas ante la magnitud y dificultad del tema que para el poeta es lo principal

20 Cf. Poética, 1449 b.