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Tradición manuscrita y ediciones

S. Guarner II, Valencia, 1984, págs 277-278.

8. Tradición manuscrita y ediciones

El nombre de C. Lachmann (1793-1851), fundador de un ri­ guroso método de crítica del texto, está particularmente asocia­ do a la interpretación del poema lucreciano de la que su edición señaló un hito memorable. H asta 1850 en que apareció ésta, to­ das las ediciones se fundamentaban en los códices itálicos que a continuación mencionaremos. Lachmann, en cambio, basó su edición en los dos códices leidenses, el O (Oblongus) y el Q

(Quadratus), conservados en la biblioteca universitaria de Lei­

den, evidenciando que eran mejores que los itálicos, lo que hoy día está fuera de duda.

Lachmann había deducido que O y Q derivaban de un mismo arquetipo (A) que él creyó poder reconstruir. De hecho, de los cuatro grupos de versos colocados en el códice Q, no así en el O que es anterior, después del libro sexto, a saber: 2, 757-806; 5, 928-979; 1, 734-785; 2, 253-304 y en este orden, dedujo que cada página del arquetipo contaría 26 versos, pero en la última página de cada libro habría menos de 26. El propio arquetipo habría sido escrito en Francia en el siglo IV o V. Concluyó, ade­ más, que la escritura del códice sería la capital rústica, como la del Mediceo de Virgilio. Tales conclusiones de crítica textual hicieron época, si bien posteriormente los críticos las corrigieron y modifi­ caron en parte.

Es cierto que algunos errores del texto lucreciano pueden expli­ carse por confusión de algunas mayúsculas, C y G, D y B, etc., pero otros apuntan a un arquetipo escrito en minúscula, así las confu­ siones entre a y u, entre o y e . Dicho arquetipo se servía de un tra­ zo horizontal sobre una letra para señalar la abreviatura de las na­ sales m o n, el cual, si exceptuamos los finales de palabra o verso, no fue usado antes del siglo VIII. Profundizando en estos hechos se

llegó a la conclusión que el modelo de O y de Q no había sido es­ crito en mayúsculas, sino que sería un códice en minúscula escrito en el siglo VIII en Irlanda o Francia, y el arquetipo supuesto por

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Lachmann no era sino un ascendiente en el 'stemma’ del verdadero arquetipo de los códices leidenses. Asi, pues, las conclusiones del crítico berlinés relativas al número de versos por página deben re­ ferirse al manuscrito intermedio del siglo VIII.

8.1. Los varios testimonios del poema lucreciano

Prim eram ente hemos de considerar los dos códices ya m en­ cionados. Ambos designados por su forma. También se les sue­ le llamar vosianos porque estuvieron en posesión de I. Vossius antes de pasar en 1690 a la bilioteca de la Universidad de Lei­ den. Uno y otro constituyen el fundamento insustituible para fijar el texto del poema.

El Oblongus es un códice en folio, del siglo IX con la escritura

minúscula Carolina, pero en el que se han introducido títulos en ma­ yúscula que indican el contenido de los pasajes y corresponden a una fecha muy antigua. El Oblongus es copia directa del arquetipo, presenta correcciones de al menos dos correctores diversos, pero contemporáneos del manuscrito, y las correcciones de uno de ellos, el Hibernicus, al parecer, resultan de la colación realizada con el ar­ quetipo.

El Quadratus está escrito en cuarto, a dos columnas por página, en letra más pequeña y menos cuidada que el O. N o parece que sea copia directa del arquetipo, sino de una copia del mismo, distinta del O. anterior al siglo X. En todo caso no ha experimentado una

revisión inmediata después de la copia, sino la de un corrector del siglo XV. Presenta espacios vacíos correspondientes a los títulos en mayúscula del O. Por otra parte, como apuntamos, ofrece la singu­ laridad de los cuatro grupos de versos sacados de su lugar y puestos al final. Lo que hace suponer que Q, sin duda copiado después de O, añadió al final los fragmentos que se habían perdido en el ar­ quetipo tomados de otra copia del mismo, anterior a la pérdida.

Disponemos asimismo de dos fragmentos del texto lucreciano conservado en Copenhague y en Viena. Forman el primero las sche­

dae («hojas manuscritas») Gottorpienses o Haunienses que en sus

8 folios contienen todo el libro I y los 456 primeros versos del II. Este fragmento es muy parecido al Q, con las mismas lagunas que éste en ambos libros: 1, 734-785; 2, 253-504, copiado, por ende, del mismo códice que Q, pero menos cuidado que éste, y no ofrece otro interés que el de confirmar, si acaso, las variantes de O frente a Q.

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El fragmento de Viena está formado de 6 schedae Vindobonenses

priores que contienen el pasaje 2, 642; 3, 621, omitiendo como Q

2, 757-805, escritas también a dos columnas y tan semejantes a las

schedae Gottorpienses que se las considera pertenecientes a un solo

y mismo manuscrito; y 4 schedae Vindobonenses posteriores, las que contienen el pasaje 6, 743-1284 con los cuatro grupos de ver­ sos sacados de su lugar que Q recoge al final; derivan de un ma­ nuscrito distinto de las otras schedae, pero copiadas del mismo ar­ quetipo.

Por otra parte, contamos con numerosos códices italianos, del si­ glo XV ( 8 en la biblioteca Laurenciana de Florencia, 6 en la Vati­ cana, 7 en Inglaterra, 1 en Munich y algunos otros en otros luga­ res): todos derivan del códice lucreciano que Poggio Bracciolini des­ cubrió, quizá en Fulda, y envió a Italia dejándolo en préstamo m u­ chos años a su amigo N. Niccoli; entre ellos sobresale, sin duda, la copia que del códice de Poggio, y a ruegos de éste, hizo Niccoli, pero no parece que lo transcribiese con demasiado cuidado y fide­ lidad, ya que no siempre entendió la letra y las abreviaturas. Esta copia se halla ahora en Florencia (Laur., 35, 30) y de ella proceden todos los restantes códices itálicos.

Según el estudio realizado por Munro, el manuscrito de Poggio, y en consecuencia la copia de Niccoli como principal representante de la familia itálica, derivaría del mismo arquetipo que O y Q y su acuerdo con uno de ellos tiene gran importancia para garantizar la lectura genuina.

La genealogía de los manuscritos puede ser reconstruida, expre­ sada sintéticamente en el «stemma» siguiente:

[A]: ascendiente en mayúscula del arquetipo [a]: arquetipo en minúscula

---1

[P]: manuscrito hallado por I Poggio

O(blongus), siglo IX

“ I I- - - 1 1

Q(adratus), siglo IX GV U [p]: copia de Poggio

L(aur.), copia de Niccoli Itálicos, siglo X V 50

50 Las letras del «stem m a» entre corchetes verticales responden a manuscri­ tos, rectamente supuestos, pero hoy día inexistentes.

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8.2. Ediciones

La «edición príncipe» fue realizada en Brescia el año 1473, por Ferrando de Brescia, seguida por otras muchas de finales del siglo XV y a lo largo del siglo XVI; de estas últimas destacamos la de Lambino con comentario, aparecida en París en 1563, que uti­ lizó ya algunas lecciones del Q, y la de Gifanio con notas margina­ les, publicada en Amberes en 1566. Luego hasta Lachmann se hi­ cieron menos ediciones, pero cabe citar la de Havercamp, realizada en Leiden en 1725, quien conoció los dos códices O y Q, pero los utilizó sólo parcialmente. Ahora bien, éstas no eran ediciones crí­ ticas hechas con criterios demostrables y método crítico riguroso. La primera edición crítica de prestigio fue la ya citada de Lach­ mann, realizada en Berlín en 1850. Una cuarta edición la publicó en Berlín, en 1882, en tanto publicaban y a sus respectivas edicio­ nes J. Bernays en Leipzig, 1852-1894 y H. A. J. Munro en Cam­ bridge, 1864 y en Nueva York, 1886.

Ahora bien, los criterios a seguir para una edición actualizada del poema lucreciano son en buena parte los de Lachmann y de es­ tos dos críticos más próximos a él, pero en parte son diversos.

Si tenemos en cuenta la forma con que el poeta realizó su obra, no del todo acabada, con un plan general bien determinado, elabo­ rando las distintas partes con interrupciones y sin establecer la de­ bida conexión entre ellas, volviendo repetidamente sobre aspectos ya tratados, rehaciendo algunos párrafos, amigo como era de repe­ tir ciertas fórmulas; y si a esto añadimos que el editor del poema, Cicerón o su mandatario, no se decidió a poner orden en el ma­ nuscrito, antes bien se contentó con publicarlo íntegramente, in­ troduciendo las adiciones, correcciones y repeticiones marginales en el lugar indicado, no es extraño que se produjeran omisiones en el propio manuscrito del poeta y que se añadieran por inadvertencia ciertas aclaraciones improcedentes.

Así, pues, conviene ser muy prudentes en cambiar la lectura del manuscrito, salvo el caso de evidentes errores materiales, y sobre todo ir con mucha prevención con las enmiendas enlazadas en dos o tres pasajes, como muy a menudo aparece en Lachmann. Tai con­ servadurismo es aún más necesario si tenemos en cuenta que cier­ tas aparentes desconexiones del pensamiento han sido falsamente detectadas por insuficiente conocimiento del sistema epicúreo. En efecto, quien lee las ediciones de Lachmann, Bernays o Munro en­ cuentra numerosos versos y hasta grupos de versos considerados in-

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terpolaciones. Como bien indica C. Giussani, ya A. Brieger en 1894 las eliminó en su edición para la biblioteca Teubneriana.

Por tanto, criterios fundamentales para la crítica más actua­ lizada son: 1) respeto a la autoridad de los códices para no in­ currir en el riesgo de corregir no ya el texto genuino, sino el pensamiento y la intención del poeta; 2) el objetivo ha de ser no tanto el de conseguir un texto más equilibrado, seguido y de­ purado que aquel que se nos ha transmitido como de Lucrecio, sino reconducir el texto, en la medida de lo posible, al estado en que lo dejó el poeta; 3) con relación a las abundantes repe­ ticiones hay que convenir en que algunas se deben a error de los copistas, pero otras muchas son intencionadas en conexión con el pensamiento. De éstas, la mayor parte son auténticas; otras atribuibles en hipótesis a un lector filósofo, amante de es­ tablecer aproximaciones ideológicas, hoy día rechazado, pueden ser del propio Lucrecio, al menos será prudente no excluir la posibilidad de que lo sean.

En todo caso señalamos como las mejores ediciones críticas actuales por orden alfabético: la de C. Bailey, Oxford, 1900, con sucesivas reimpresiones hasta 1967, autor asimismo de la edi­ ción en 3 volúmenes con prolegómenos, aparato crítico, traduc­ ción y comentario del poema lucreciano en Oxford, 1947, con reimpresión en 1963; la más reciente de C. Büchner, prestigio­ so especialista en Lucrecio publicada en Wiesbaden, 1966; la de A. Ernout, con texto crítico acompañado de traducción, París, 1920, con sucesivas reimpresiones hasta 1964, autor también junto con L. Robin de un comentario exegético y crítico del poe­ ma De rerum natura, París, 1928, con reedición en 1962; la de W. E. Leonard-S. B. Smith, acompañada de comentario, W is­ consin, 1942, con reimpresión en 1961; la dej. Martin, Leipzig, 1934, con reedición en 1963 y versión alemana en 1972.

A partir de estos autores, en particular de Bailey y Ernout en sus ediciones comentadas, así como de Fellin-Barigazzi, Torino, 1963, con reimpresión en 1983, edición sobria, con revisión de texto y notas, pero muy documentada, hemos elaborado nues­ tro trabajo ofreciendo una traducción ajustada al texto lucrecia­ no, pero correcta y de fácil lectura. Asimismo, hemos tratado de dilucidar las consabidas lagunas del poema ayudados por la interpretación de los mejores especialistas.

, Las observaciones de crítica textual que acompañan al texto de nuestra traducción han debido ser numerosas a causa del es­

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tado de imperfección en que ha sido trasmitido el texto lucre­ ciano. Alcanzan el número de 49 en total51.