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Chicas materiales

In document Domadores de historias.pdf (página 120-123)

El Cadillac, de la empresa de Alejandro Iglesias, es uno de los más de treinta centros nocturnos de la ciudad de México que ofrecen strip-tease (desnudamiento parcial o total en una pista al son de una música idónea), table-dance (desnudamiento o semi- desnudamiento en una barra) o lap-dance (desnudamiento o se- midesnudamiento en el regazo de un cliente vestido). En general, a la tercera de estas ofertas se confunde con la segunda, de ahí que a este tipo de bares se les conozca como los de table-dance. De todo los centros nocturnos de la capital, los de table-dance se convirtieron en el mayor atractivo desde 1992. Jamás se había

visto tanta belleza en un escenario ni tan disponible a la mirada o al tacto de un asistente promedio: edad entre 25 y 40 años, y cierto poder adquisitivo. En El Closet se oye decir a un cliente atónito: «De las mujeres, lo que más me importa son las nalgas, las nalguitas en plena eclosión». Lo que se ve, no se juzga.

Muchas de las table-dancers son jóvenes de entre 18 y 25 años de edad, provenientes de Chihuahua, Nuevo León, Jalis- co, Sonora, Sinaloa, Tamaulipas, o de Guerrero, Chiapas, Vera- cruz. Entre ellas destacan las madres solteras; sus hijos pequeños se han vuelto la primera razón para insistir en este negocio; en Doble jornada, núm. 105, se informa que en México cada año nacen más de 400.000 niños y niñas de madres menores de 20 años. En ninguna otra ocupación obtendrían los ingresos que logran en table-dance; de acuerdo con datos de inegi, 44% de las y los jóvenes mexicanos de entre 15 y 19 años percibe solo de uno a dos salarios mínimos: entre 600 y 1.200 pesos al mes.

Mara declara ganar menos que Ana –una morena guapa de ojos grandes, de Guadalajara–, quien confesó que obtiene mes tras mes entre 20.000 y 25.000 pesos. «Uy, no, ojalá», responde la rubia, «Ana aguanta mucho de los clientes y es muy cham- beadora, por eso gana tanto. Yo soy muy chambeadora también, pero no aguanto lo que ella y otras soportan. No me gusta que los tipos me pellizquen o toquen cuando paso». Tampoco acepta quitarse la tanga en el table-dance ¿Llegará Mara a los 12.000 pesos al mes? «¡Nooo, para nada!...», replica.

Entonces evitará responder la cifra exacta, pero en otra plá- tica revelará sus ingresos: cada noche la casa le paga 250 pesos por el «show artístico» (el strip-tease en la pista); en una buena noche, además, diversos clientes adquieren para ella entre 20 y 25 boletos de 60 pesos (solo la mitad será para la bailarina) por rutinas de table-dance. Un ingreso adicional –el menor– proviene de la tradicional «ficha» o comisión de cada copa solicitada por la bailarina al alternar con los clientes en sus mesas (el porcenta- je para la bailarina varía de lugar a lugar, pero se aproxima a los 20 o 30 pesos). Sin contar los ingresos por fichaje –no le gusta este– , Mara llega a ganar en una semana laboral de lunes a sába- do 1.500 pesos de salario artístico, y si se estima un promedio de

10 boletos al día –por 60 rutinas de table-dance a la semana– se suman 1.800 pesos.

Los 3.300 de esos rubros tienden a subir, más que bajar, de ahí que una bailarina de table-dance análoga a Mara gane cerca de 12.000 o 13.000 pesos al mes. Se cuenta que, cuando apa- reció el table-dance en la ciudad de México tres años atrás, al- gunas bailarinas de las muy solicitadas, que además ejercían la prostitución, llegaron a ganar hasta 30.000 o 40.000 pesos al mes, como apuntó Miguel Ángel Morales en El Nacional, en su reportaje «Con el Tanga show llegó el adiós a las vedettes», el 20 de marzo de 1993. Las table-dancers dicen adiós al mito de Santa y su oprobio funesto.

De lunes a sábado, Mara se persigna y lleva y trae su ma- leta rectangular desde la casa de huéspedes en que vive, cerca del Monumento a la Revolución, hasta su lugar de trabajo. Los horarios en El Cadillac son estrictos: las bailarinas deben llegar antes de las 8:20 de la noche –un retraso les ocasiona un des- cuento de 50 pesos en su salario o más–. Ya dentro, deben salir casi de inmediato al salón, que recibe clientes desde esa hora. Las bailarinas realizan al menos dos shows cada noche; mientras se dedican a deambular por el salón, saludan a los posibles clientes o a los conocidos; a veces, se sientan a conversar con algún ami- go, pero la mayor parte del tiempo lo dividen entre arrinconarse con el resto de sus compañeras, o ejecutar los respectivos table- dance hasta las cuatro o cinco de la mañana.

Al cerrarse el lugar, las bailarinas aguardan la liquidación del cajero y se retiran al amanecer. A las 6 o a las 7, duermen, ren- didas, hasta después del mediodía. Se levantan, almuerzan fuera o cocinan algo y suelen ir al gimnasio u otras ocupaciones; por ejemplo, Ana llegó a «dobletear» trabajos durante un tiempo: en la noche bailaba y, a las 11 de la mañana, era promotora en una agencia de viajes.

Cada noche, después de encender la pista, Mara se retira a cambiar de ropa en los vestidores. El lugar es pequeño y huele a perfumes y afeites, un espesor mixto de Guerlain y Clarins, de Fuller y Jean Naté. A un lado, se alinean algunos espejos y luces; destaca un desorden de bags, mochilas, guarda trajes. La male- ta de Mara lleva un par de cepillos, una bolsita de cosméticos,

calcetas, dos pares de medias, tres trajes de playa o lencería, el compact-disc de ac/dc o de Bon Jovi; una agenda, un llavero. Aquella noche, al retirarse, llevará también una rosa como esta. «La habría regalado. A veces me envían ramos completos y los tiro. Pero como es una rosa de color rosa me la quedo. Es la flor que más me gusta».

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