Autora de algunas de las mejores crónicas periodísticas latinoame- ricanas de la actualidad, nunca estudió periodismo ni ha puesto un pie en un taller o seminario de narrativa. Leila ha aprendido sola, leyendo a Caparrós, a Cheever y a Dickens. Y sufriendo cada vez que escribe. Encerrándose durante días en su estudio. Y siempre con una pregunta que resuena en su cabeza como un panal de abejas: cómo empiezo esta historia. Así ha publicado una larga lista de reportajes notables que hoy se compilan en antologías y se estudian en universidades.
por Gazi Jalil Figueroa
Una vez el periodista argentino Jorge Lanata visitó el diario El Mercurio. Casi al final de la jornada, alguien, por decirle algo, le comentó que pocos días antes había estado, en la misma sala donde estaba él, una conocida suya, Leila Guerriero.
–Ah, Leila –dijo el gordo tratando de ponerse la chaqueta para irse–. ¿Vos sabés que ella era cajera de un supermercado en Junín?
Cuando al fin logró ponérsela, Lanata contó que él fue el primero en darle trabajo de periodista y después hizo un gesto con su cara como diciendo y mira hasta dónde llegó.
Llegó lejos.
Leila Guerriero es una de las mejores cronistas latinoameri- canas de la actualidad. Nacida en 1967, su currículo haría pa- lidecer de envidia a cualquier periodista. Escribe para el diario La Nación en Argentina, es editora para el cono sur de la revista Gatopardo y colabora para distintos medios, entre ellos El País Semanal, de España; Vanity Fair, de España; El Malpensante,
Don Juan y Soho, de Colombia; Etiqueta Negra, de Perú; Letras Libres, Gatopardo y Travesías, de México; Paula y Sábado, de Chile. Además, ha escrito dos libros, Los suicidas de fin de mun- do (Tusquets, 2005) y Frutos extraños (Aguilar, 2009). Y este año ganó el Premio de la Fundación Nuevo Periodismo Ibero- americano (fnpi), que dirige Gabriel García Márquez, el galar- dón para la prensa escrita más prestigioso de habla hispana, por la crónica El rastro en los huesos.
Habría que agregar que Leila Guerriero –que acumula dece- nas de otros reconocimientos y ha dictado charlas por el mundo para hablar del oficio de ser periodista– no estudió periodismo. Y que jamás asistió a un taller, ni hizo un curso, seminario o posgrado relacionado con el tema. Y que le aburre Hunter S. Thompson.
Lo que Leila Guerriero estudió fue Turismo y luego Letras en Buenos Aires.
–¿Por qué? –Y qué sé yo.
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Hace frío en Santiago. Leila Guerriero es flaca, parece que no pesara más de 50 kilos y su pelo ensortijado cae sobre sus hom- bros. Hija de un ingeniero químico y una profesora, a los veinte y tantos años no se veía vendiendo paquetes turísticos ni menos haciendo investigación académica. Así que trabajó en una tienda Cacharel, luego en una óptica y más tarde en un supermercado antes de que Lanata se fijara en ella.
–Lo único que yo tenía claro era que quería viajar y escribir –dice.
Escribía cuentos de ficción desde niña y tenía uno, Kilómetro cero, sobre una chica que huye de la casa con su novio para ro- bar un banco. A fines de 1992, recién salida de la Facultad de Le- tras, fue al diario Página/12 a dejar ese relato. Quería ver si se lo podían publicar en el suplemento Verano/12, editado por Rodri- go Fresán, donde aparecían cuentos de escritores desconocidos.
–Cuando llegué, el señor de la recepción me dijo que el suple- mento ya estaba cerrado, pero que si quería se lo dejara a Jorge
Lanata, el director del diario. Y yo dejé el sobre a su nombre, como quien escribe el nombre de un prócer. Y me regresé a Junín.
Cuatro días después, su padre entró a su pieza y la despertó. –Nena, nena, ¿vos dejaste un cuento tuyo en Página/12? –Sí, ¿por qué?
–Porque salió publicado en la contratapa del diario.
Y ahí salía –en una página habitualmente reservada para firmas como Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Rodrigo Fresán o Juan Forn– Kilómetro cero, por Leila Guerriero.
–Llamé de inmediato al diario y la secretaria me dijo «ay, Jorge te estaba buscando como loco, te paso». Yo había dejado el sobre sin un teléfono. Nada. Cuando me atendió, me dijo «en todos los años que trabajo en este diario, es primera vez que publico algo de alguien que no conozco. Quién sos. Vení que te quiero conocer». Fui, me preguntó qué quería hacer, le dije «es- cribir», y me dijo que si quería escribir no podía vivir en Junín, «tenés que vivir acá» y le dije «bueno, si tenés un trabajo para mí, avísame». Yo era como un kamikaze, de periodismo no sabía nada. Seis meses después me ofreció un trabajo en Página/30, que era la revista mensual de Página/12. Mezclaba crónica, pe- riodismo narrativo, ahí publicaba Martín Caparrós.
–¿Qué fue lo primero que te encargaron?
–Me mandaron a hacer una crónica de 30 mil caracteres so- bre el caos del tránsito en Buenos Aires, con un enfoque de re- vista, no de diario. Fue gracioso, porque ni siquiera sabía cómo pedir una entrevista por teléfono. Me prestaron una grabadora y la metía por la ventanita de los taxistas. Me acuerdo haber tra- bajado muchísimo, como una china. Ver a los otros periodistas me daba pudor o miedo o inseguridad, entonces si otro hubiera entrevistado a un par de taxistas yo entrevistaba a 65.
–¿Cómo te salió ese reportaje?
–Me lo publicaron inmediatamente. La primera observación de mi editor fue que estaba muy claro. Y me dijo «Jorge (Lanata) tenía razón, escribes muy bien», solo me marcó algunas cosas que tenían que ver con un tono demasiado literario.
–¿Era la primera vez que hacías no ficción? –La primera vez.
–¿Te sentiste cómoda?
–No fue un momento epifánico. Pero lo recuerdo como algo muy natural: como que te sacaran a bailar y te dieras cuenta que podías bailar, pero sin tener demasiada conciencia de lo que estabas haciendo.
–¿Cuándo te presentaste por primera vez como periodista? –No sé, pero recuerdo que me provocó un sentimiento extra- ño. Fue lindo. Me gustó decir que era periodista.
–¿Quién dirías que te enseñó el oficio? ¿Lanata?
–Jorge me dio el oficio. No sé si hubiera llegado al periodis- mo sin que él me hubiera visto. Pero yo no trabajaba junto a él. Creo que aprendí leyendo y escribiendo. Leía a Caparrós, a Ro- dolfo Walsh, imaginándome cómo lo habían hecho para llegar a la información.
–¿Imitabas la estructura narrativa de ellos?
–No sé si la estructura, pero sí el procedimiento, qué mira- ron, cómo miraron.
–¿Qué tipo de periodismo haces tú?
–Se supone que lo que yo hago es periodismo narrativo. Pero para mí todo esto de clasificación, que la crónica, que el perio- dismo narrativo, no sé.
–Algunos dicen que haces periodismo literario.
–Si me das a elegir, es correcto. Pero lo que yo hago es perio- dismo. Me asombra cuando me preguntan «qué le pongo: escri- tora, cronista, periodista», yo digo que soy periodista, a secas.
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Leila Guerriero no fuma. No toma café. Casi no come. Ape- nas desayuna un par de galletas con queso y a esta hora de la
noche, cuando ha terminado un taller de narrativa para perio- distas chilenos, espera el taxi que la llevará al hotel. No parece especialmente cansada ni apurada por irse. En una pesada male- ta lleva libros de Juan Sasturain, de Homero Alsina Thevenet, de Rodrigo Fresán y otro de crónicas de Martín Caparrós. Cuando dicta sus cursos los saca de la maleta, los pone arriba de la mesa y lee extractos en voz alta y luego mira a sus alumnos y a veces guarda varios segundos de silencio y en ese silencio dice ¿ven? así se escribe y luego cierra el libro y lo vuelve a poner sobre la mesa junto al montón de libros y saca la voz y cuando saca la voz es para decir: «Si van a hacer periodismo no basta con leer periodismo. Hay que leer literatura».
–Al menos el tipo de periodismo que yo hago encuentra to- das sus armas en la literatura, sus recursos, estructuras. Estoy segura de que todos los grandes periodistas narrativos leen más literatura que periodismo. Todos los trucos están allí. Yo aprendí a escribir leyendo a Dickens, Flaubert, Nabokov, Thomas Mann, Fitzgerald, John Irving, Cheever. Recurro a esos libros y me fijo si hay algo que me despierte algún tipo de emoción.
Así se inspiró para el reportaje «El rastro en los huesos», publicado en Gatopardo en 2008. Se trata de un trabajo de tres meses de entrevistas, más de 40 horas de grabación y 40 mil ca- racteres sobre el equipo de antropólogos forenses que identifica los restos de los detenidos desaparecidos durante la dictadura argentina. Su lista de historias publicadas es larga: en ella hay un gigante, un doble de Freddy Mercury, un director de cine porno, un mago manco, un baterista con síndrome de Down y Yiya Murano, una anciana que envenenó a tres amigas con cianuro.
Leila Guerriero pierde el aliento cuando enumera sus crónicas. –¿Cómo buscas tus historias?
–Es raro, porque siempre siento que revisito historias que no son escondidas ni ocultas; son historias que ya han salido en la prensa, como la del gigante González (un basquetbolista que ter- minó en la lucha libre en su pueblo) o la de Samir (el empresario de la carne más poderoso de Argentina) que había salido en la tele millones de veces. A lo mejor, por ahí, hay cosas más raras, como los suicidios en Las Heras, el primer libro que escribí. Es
una mezcla de tener el radar bien encendido y vaya a saber por qué a uno le llama más la atención una historia y no otra.
–¿Las descubres hojeando los diarios?
–Sí. Lo que sucede es que me pregunto cómo llegó la persona a ese estado o qué la llevó a tomar tal decisión en su vida o, en el caso del gigante González, por qué un tipo que casi llegó a la nba se había transformado en luchador de lucha libre. Nadie explicaba eso. Para mí, cuando se me despierta una curiosidad, se me transforma en una cosa bastante insaciable. A veces leo cosas muy chicas, mínimas, y me las imagino como una historia grande.
–¿Se te convierten en una obsesión?
–No, no, no. En absoluto. De hecho, tengo una caja repleta de historias para contar y si fuera obsesiva no podría vivir. Segu- ramente me voy a morir antes de poder contarlas todas. Lo que sí me pasa es que una vez que las investigo, quiero escribirlas. No quiero estar con eso encima mucho tiempo.
–¿Cuántas veces entrevistas al personaje de tu historia? –Depende. Con los forenses estuve tres meses y a algunos de ellos los entrevisté tres, cuatro, diez veces. Al gigante González estuve una semana y pico en su casa y lo entrevisté todos los días, mañana, tarde y noche. Con Samir estuve como dos meses. Pero la entrevista formal, de sentarme y hablar, son tres, cuatro veces. El resto consiste más en estar, permanecer, en conversar sin que la intención sea recrear la vida de esta persona. Yo en la entrevista quiero que el otro me cuente su vida y después hay una cantidad de entrevistas laterales que no apuntan a eso, sino que a subtemas.
–¿Cuánto dura una sesión de entrevista antes que el entrevis- tado o tú comiencen a cansarse?
–Yo tengo cierta sensibilidad para darme cuenta de que el en- trevistado está cansado. Y a veces me canso yo también, pero me aguanto. Mira, he hecho entrevistas de siete horas seguidas y de 20 minutos que continúo al día siguiente. Es muy variado. Me ha
pasado ir a la casa de un entrevistado en la mañana y volver a las 12 de la noche, porque lo he acompañado a buscar a sus hijos al tenis y después vamos a no sé qué y después a una reunión. Hay gente que no se cansa nunca de hablar y hay gente que se cansa muy rápidamente. Pero, por lo general, para mí, una entrevista promedio es de tres, cuatro horas. Yo creo que uno debe volverse un poco invisible para ellos.
–¿Cómo llegas a eso?
–Estando, estando, estando, estando, estando, estando. Cuando el otro ve que tú respetas tu trabajo y actúas con se- riedad, rápidamente relaja una cantidad de prevenciones enten- dibles y no eres una perturbación, no eres un periodista. Y las cosas empiezan a aparecer cuando desapareces, cuando ya no estás ahí, cuando empiezas a formar parte del paisaje.
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Hace unos meses, Leila Guerriero se mudó a un departamento en un quinto piso de un edificio cerca de Palermo, en el barrio Villa Crespo. Junto al living está su estudio iluminado por dos enormes ventanales que dan a su balcón, sus cactus y sus orquí- deas. Y allí, entre paredes cubiertas con libros y un gran escritorio de madera oscura, se encierra a escribir con su notebook Toshiba.
–El estudio está lleno de cosas, aunque muy ordenado, orga- nizado. Pero cuando escribo es un océano de papeles que solo yo entiendo, voy tirando cosas al piso y las dejo allí hasta cuando termino. Me gusta convivir con ese caos hasta que al final las cosas van apareciendo más claras y ya puedo juntar los papeles del piso y eso es también una forma de decir, bueno ya, vamos terminando.
–¿Cuánto te demoras en escribir un artículo?
–Depende. No escribo nada que me tome menos de cinco o seis días, con jornadas de doce, quince o dieciséis horas. Hace poco escribí un artículo que me llevó como cuatro meses de in- vestigación y 15 días encerrada en el estudio.
–¿Sin hacer nada más que escribir?
–Nada más. Sin salir, sin bajar, sin responder el teléfono, nada de nada.
–¿Cuántas versiones haces de un mismo artículo antes de ter- minar?
–Más que versiones, te diría que son correcciones, más co- rrecciones, más correcciones. A veces he hecho más de 30 versio- nes. La Yiya Murano tiene solo una y es muy raro eso. Nunca la he querido volver a leer, me da pánico. La de los forenses tenía como 30 versiones, la del gigante González 27 y la de Samir 27 también.
–¿Y antes de ponerte a escribir ya sabes cómo contarás la historia?
–No, lo único que tengo claro es la primera frase. Nunca me siento a escribir sin tener una primera frase.
–¿Cómo sabes cuando la tienes?
–Durante muchos días, me pregunto cómo empieza, cómo empieza, cómo empieza esta historia, mientras corro, mientras voy en la calle, mientras viajo en el metro, mientras compro, mientras entro y salgo de lugares y estoy yo: cómo empiezo, cómo empiezo, cómo empiezo, y de pronto, ¡paf! (hace un chas- quido de dedos).
–¿Dices que vives intranquila mientras no sabes el inicio? –No, más bien me produce un estado de ebullición, como si tuviera un panal de abejas en la cabeza. Sé que en un momento va a salir y cuando sale, más que tranquilizarme, me maravilla un poco que aparezca.
–¿Te cuesta algo más?
–Lo que más me cuesta es todo. Me cuesta mucho escribir. A mí no me sale fácil la escritura. La situación del encierro es ago- biante. A veces me duermo, me da sueño, a veces me aburro, a veces veo que pasan las horas y yo estoy ahí. Soy muy lenta para escribir. Necesito mucha concentración. Estar sola. Los primeros días pierdo bastante el tiempo, me paro, miro por la ventana,
vuelvo a sentarme, doy vueltas como un gato encerrado, sin ha- cer demasiado, pero eso también es escribir. Escribir es sobre todo perder el tiempo, hasta que uno engancha por un carril. Pero soy lenta y casi siempre me pasa estar trabada, pero avan- zo igual. Voy escribiendo, escribiendo, escribiendo, y aunque me trabe no me detengo, trato de contar la historia hasta el final los primeros dos o tres días, después corrijo, corrijo, corrijo. Es un método bastante bruto, pero a mí me sirve.
–¿Qué hora del día te rinde más?
–No me despierto tarde, pero la mañana es un horario que detesto para escribir. Es un horario muy frenético, de despertar, de gozo bullanguero. No me gustan las mañanas. Escribo duran- te todo el día, pero entre las 5 y las 8 de la tarde es cuando me siento mejor. Entre esas horas he dinamitado textos enteros y he encontrado cosas maravillosas.
Leila Guerriero se toma el pelo y se lo amarra en una gran cola. Cuando no escribe va al cine, corre, lee, cocina, pasea por los barrios de la ciudad donde están los mercados que le gustan. Hace tiempo que no lo hace. Ahora viene llegando de África, donde escribió una serie de reportajes para el diario El País de España. Mañana partirá a México a dictar una charla relaciona- da con el premio que le dio la fnpi. Luego pasará por Colombia para presentar un seminario de escritura creativa. Solo entonces volverá a Buenos Aires –donde vive hace trece años con Diego, fotógrafo y camarógrafo– y a sus largas jornadas en su estudio y a caminar por la calle preguntándose cómo empezar la historia. Porque cuenta que ya tiene una en mente. Solo le falta el inicio.
Dice que Diego no lee sus crónicas. Y dice que le parece bien que sea así.