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Sus luchas

In document Domadores de historias.pdf (página 106-110)

Su taller tiene dos pisos y sus paredes y suelo son de concre- to. Un concierto barroco se escucha desde la parte alta. Además de los muchos libros y papeles –que no termina de leer y releer como le gustaría– hay una cocinita con su propio mesón. Me prepara un descafeinado sin azúcar y se sienta en una de las sillas desplegadas en un amplio círculo, lejos de mí. Como para olfatear la situación.

Más adelante, se va acercando para hacerme más fácil la ta- rea de grabar.

–Vacilé entre estudiar periodismo o literatura, era 1980, era un país oscuro, había una universidad tétrica. Yo pensaba en- tonces que el periodismo era una carrera humanista. Ahora es diferente: habría que situarla en una línea técnica, tecnológica o derechamente comercial, porque ha ido perdiendo humanidad. Sospecho que quería estudiar periodismo porque me gustaba es- cribir, leer, me interesaba el mundo que me rodeaba, era curioso, probablemente más de lo que soy ahora. No tenía muy claro en- tonces por qué quería ser periodista y siempre he vivido con esa duda, pero no me interesa dilucidarla. Fue así, y punto.

–Entre las revistas Hoy y Apsi, sus primeros diez años de pe- riodista los pasó trabajando en medios de oposición a Pinochet. ¿Lo buscó así?

–La práctica la hice en la revista Hoy el verano de 1983.

Era densa la revista entonces, no había un buen clima entre los periodistas y las jefaturas. Yo tenía apenas 21 años, y entre otras tareas, por ejemplo, me tocó participar junto a Marcela Otero en un reportaje especial a un año del asesinato de Tucapel Jiménez, el líder de los dirigentes sindicales opositores a Pinochet. Yo era un cabro chico, y entre otras gracias que no medí anduve sin saberlo metido en un cuartel de la cni haciéndoles entrevistas a dirigentes sindicales pinochetistas sobre el crimen de Tucapel. Un

día fui al estadio con otro estudiante en práctica a ver un partido de la U con Colo Colo y terminé en la posta con crisis de pánico. Había acumulado tanta tensión que terminé botado en el piso creyendo que me iba a morir. En ese momento comprobé que no tenía dedos para ese piano, el de la noticia dura. Tampoco para el periodismo de denuncia, ese que yo celebraba que se hiciera en Apsi y Hoy. Yo nunca fui un fiel representante de esa escuela, aun cuando aprobé algunas tareas menores en la materia, como por ejemplo escribir la historia de la dina, sin firma, por supues- to. Cuando no queríamos exponernos, porque nos daba miedo, firmábamos así: «Equipo Apsi».

–Después de Hoy se fue a Apsi, que también era de trinchera. –No sé si de trinchera es una buena palabra para definir a estas revistas. El país era de trincheras, y lo había sido más aún en tiempos de la UP. Me atrapó una cosa muy concreta cuan- do llegué a Apsi: irme a trabajar con un grupo de amigos con los que me sentía cómodo. Ahí estuvimos con Pablo Azócar, Ni- baldo Mosciatti, Andrés Braithwaite, Roberto Merino, Roberto Brodsky y Milena Vodanovic, entre otros. El Apsi era otro mun- do que el Hoy. Éramos todos nosotros unos cabros chicos que queríamos que Pinochet se acabara, pero nuestra vida no era derrocarlo, sino trabajar en una revista digna donde además hu- biera espacio para el humor. Nos acostumbramos a la libertad. Nos queríamos mucho, además, entre nosotros. Nunca volví a tener una experiencia así, entre otras cosas, porque crecí. Cuan- do ganamos el plebiscito el 5 de octubre, cuando ganó el No a Pinochet, vivimos un gran momento, pero ahí mismo empezó a terminarse la aventura. Ya no estaba la justificación de combatir a la dictadura y empezaron los acomodos. El poder ahora era de los cercanos; los que habían escrito columnas en Apsi iban a ser ministros. Entonces ya no hubo la libertad de antes. Al poco tiempo renuncié.

–¿En Apsi estuvo su escuela de escritura?

–Sí, Apsi fue un magnífico laboratorio de escritura. El hecho de tener que escribir todas las semanas con rigor y con mirada fue una buena escuela. De hecho, mi primer libro, Cosas del fút- bol, es una recopilación de crónicas publicadas en Apsi.

–En 1987 y 1988, mientras trabajaba en Apsi, hizo una Li- cenciatura en Estética en la UC. ¿Qué quería? ¿Darse permiso para dejar el periodismo?

–Quería leer, pensar, conectarme con las artes. Hice cursos de filosofía, de cine, de literatura, quería estudiar lo que más me inte- resaba. Entre hacer un curso de técnicas periodísticas o uno para leer a Borges, ¡obviamente prefiero leer a Borges! Así fue a los 20 años, a los 30, a los 40 y así será siempre. El estudio del periodismo es tedioso, se trata de un oficio, de algo eminentemente práctico, de algo que se hace bien, más o menos o mal. El mayor pensamiento acumulado que rodea a este oficio no tiene que ver tanto con el periodismo como con otras disciplinas y aspectos de la vida. Me parece que un ciudadano que lee y escribe bien, y que está conecta- do consigo mismo, con el mundo de los sueños, la literatura, el arte, la ciencia, la historia, las ideas, es un tipo que tiene todas las com- petencias para desenvolverse como periodista. Y probablemente lo haga mejor que la mayoría de los que hoy ejercen este oficio.

–La información pura y dura no le interesa.

–Nunca me ha interesado. Tampoco la entiendo mucho, sus mecanismos me son ajenos, no tengo buenas respuestas a sus requerimientos y soy probablemente más lento en esas materias que otros que se atreven a tirarse a la piscina con gran soltura y estilo para pasar por informados.

–Pero cuando tenía que escribir sobre un tema de derechos humanos, por ejemplo, ¿cómo lo hacía?

–Probablemente sufría un poco por tener que someterme al rigor de los hechos. Pero lo hacía y fue un aprendizaje valioso. Si el tema era de derechos humanos, había en él comprometidas personas de carne y hueso, no era abstracto. Por lo tanto al final lo que hacía era escribir historias de vida, que es una de las cosas que más me atrae.

–Qué prefería, ¿botar a Pinochet o escribir cada vez mejor? –Escribir mejor un texto era un asunto sobre el cual podía influir, botar a Pinochet acabó siendo un asunto bastante más complejo y que excedía con creces los limitados movimientos de una revista de oposición.

–Usted no era militante de ningún partido.

–No, nunca lo fui, y además me reía de la militancia. La or- den de partido siempre me pareció un asunto ridículo. Antes, ahora y siempre. En buena hora la mayoría de los que hacíamos Apsi vivimos ese tiempo sin la camisa de fuerza de la militancia, porque éramos más libres para pensar y por lo tanto para vivir.

–Es un tema para usted, esto de ser libre.

–Por supuesto. No imagino la vida si no es en un sitio don- de esté consagrada la libertad de pensamiento y de movimiento. Después de 5 años, cuando el Apsi empezó a perder su libertad, me fui. Llegué a Hoy, donde estuve 2 años, pero cuando las ur- gencias económicas empezaron a significar que no nos podíamos reír como antes, me fui. En El Mirador en TVN, donde estaba con un grupo de gente atractiva y sugerente, al cabo de dos años ya no era tan fácil tirarle un huevo al que considerábamos que se lo merecía y me fui. Cuando los catalanes de la revista Don Ba- lón empezaron a ponerse odiosos y yo me convertí en un buró- crata de una revista de fútbol cuya cabeza también se empezaba a pelotizar, me fui. Y en la Revista del Domingo estuve casi 10 años, hasta que no tuve ganas de seguir pensando en rentabili- dades y utilidades, y también me fui. Y cuando en la universidad me vi obligado a pensar en materias que ya no me interesaban, me fui también. Y aquí estoy: solo. (Sonríe).

–Pero eso tiene un costo económico, ¿no?

–Cuando me fui de Don Balón, en 1997, ya tenía dos hijos y ahí supe que venía el tercero, y la cosa se puso compleja. Igual me fui y me quedé varios meses sin trabajo, me tuve que endeu- dar pesadamente. Ahí recién, como a los 36 años, me cayó la teja de que estas decisiones podían acarrear problemas domésticos bien concretos. Y la perspectiva futura se veía oscura, porque soy un poco mañoso para hacer cualquier cosa en el trabajo. Fue en ese escenario que apareció la oferta para irme a dirigir la Revista del Domingo y fue salvadora. Ahí se me ordenó la cosa.

Por un tiempo, claro. Sabe que el «orden» de sus cosas nunca será perfecto. Pero ya encontró su espacio en el que tiene todos

sus libros, al que llegan sus decenas de talleristas –rechaza la palabra alumno, porque sus talleres son un divertimento litera- rio en el que todos aprenden– y donde escribe, lee y aprovecha en una silla de paja el rayo de sol de media mañana. Desde esta república independiente va todos los mediodías a la Radio adn a comentar historias de fútbol. Así vive: con la plata justa, sin ahorros, pero con toda la libertad que ha podido conseguir.

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