• No se han encontrado resultados

(Jn 9,1-23)

esús se ha marchado definitivamente de Galilea; los capítulos 7 y 8 del Evangelio de Juan nos refieren su presencia en Jerusalén para la fiesta de las Tiendas. Allí anunció el don del agua viva del Espíritu; allí se designó a sí mismo como «la luz del mundo» y afirmó su divinidad: «Yo soy». El capítulo 9, que relata la curación de un ciego de nacimiento, se inserta en la prolongación de estos dos capítulos. ¿Cómo habría de negarse a curar a un ciego aquel que es la luz? Vamos a leer y comentar ahora los veintitrés primeros versículos del capítulo 9 del evangelio.

«Al pasar vio a un hombre ciego de nacimiento». Jesús, que ha salido del templo, encuentra ahora en su camino a un hombre que se presenta a él en su condición de indigencia; un hombre incapaz de ver, y eso desde siempre. Parece que los discípulos están al corriente de la condición de este hombre, al que conocen como ciego desde siempre, porque interrogan a Jesús al respecto. «Los discípulos le preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó para que naciera ciego?, ¿él o sus padres?”. Contestó Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios. Mientras es de día, tenéis que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”».

La afirmación de Jesús, «Soy la luz del mundo», está recogida aquí en relación con el texto del capítulo 7. En cuanto a la pregunta de los discípulos, se inserta en el interior de una convicción que compartía, sin duda, mucha gente en la cultura en que vivía Jesús. No existía por entonces una creencia muy firme sobre la vida del más allá en un buen número de judíos; la representación del sheol, es decir, del lugar en el que el ser humano se hunde después de su muerte, evocaba un lugar en el que el hombre no existía, en cierto modo, más que a medias, y en el que apenas existía continuidad con la vida precedente; la vida que se llevaba allí era, por consiguiente, una vida indiferenciada, sin que importara la vida que se había llevado en la tierra. De ahí la convicción de que la fidelidad del hombre a vivir su vida en la justicia y la verdad debía ser recompensada, en cierto modo, ya desde aquí abajo. En consecuencia, ver a alguien que parecía afligido por lo que podía ser considerado como un castigo planteaba la cuestión de saber de dónde procedía ese castigo, de cuál había sido su origen. Un origen situado en su propia vida o bien, en virtud de una cierta solidaridad entre las generaciones, un origen en la vida de sus padres. Jesús no entra en esta visión de las cosas. Sin embargo, todavía hoy seguimos oyendo afirmaciones que parecen suponer que lo malo o lo inesperado que le acontece al hombre, lo que no se corresponde con sus verdaderas expectativas, representa un castigo de Dios. «¿Qué habré hecho yo para merecer una cosa así?», se oye decir. «¿Cómo puede permitir Dios que me vea reducido hasta este punto?». ¡Como

si Dios fuera ante todo alguien que sanciona y castiga, alguien que se opone al impulso de nuestra vida!

La respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos echa por tierra, en cierto modo, estas concepciones: Dios desea ser en plenitud el Dios de este hombre y actuar en su vida «para que se revele en él la acción de Dios». Si Dios es un Dios que se comunica al hombre en una relación de Amor, también desea realizar en la vida de cada uno su verdadera felicidad y su verdadera vida. ¿No sucede con frecuencia que, allí donde descubrimos en nosotros una debilidad, descubrimos también el lugar en que podemos abrirnos más a Dios, en que podemos reconocer todavía más que Dios nos visita? Pablo afirma, como ya sabemos, que es en su propia debilidad donde se manifiesta la fuerza de Dios: «Pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10), con una fuerza que, por consiguiente, ya no es una fuerza que se despliega a partir de mí mismo, sino una fuerza que se descubre en mi relación con Dios, por la posibilidad que tengo de acogerle y de dejarle actuar en mí.

Jesús habla aquí del día en el que se desarrolla este encuentro («mientras es de día») y de la noche en que ya no podrá trabajar. De este modo, evoca el horizonte de su pasión y de su muerte, la hora de las tinieblas en la que deberá entrar, esa hora de las tinieblas que no permitirá a la luz brillar y manifestar su claridad. «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Prosiguiendo nuestra reflexión sobre este diálogo, podemos darnos cuenta de que nuestra relación con Dios es una relación que debe permitir a Dios ser Dios, y ser Dios para nosotros, visitándonos allí donde esté abierta nuestra puerta, allí donde estemos más atentos a esperar su visita y a acogerla.

En cierto sentido, se podría considerar que la actitud espontánea de ciertos hombres consistiría en afirmar: Dios es un verdadero Dios y es reconocible en la medida en que mi vida es autosuficiente y no se preocupa de recurrir a él. Entonces sí, Dios sería Dios; sería Dios, pero ¿para quién? No sabríamos nada, porque precisamente en ese momento no tendríamos que preocuparnos de él. Ahora bien, Jesús nos dice que el Dios de la Alianza, ese Dios cuyas obras realiza para el hombre y cuyo amor al hombre manifiesta, ese Dios es feliz al poder, no ya hundir al hombre en su pobreza, sino al entrar en relación con él, en el interior de esta misma pobreza, de tal suerte que acoja en ella el don de Dios.

Entremos ahora en el relato de la curación del ciego de nacimiento. Los evangelios sinópticos nos ofrecen varios relatos de curaciones de ciegos, porque se trata de uno de los signos de la acción mesiánica de Jesús. Así, en Mateo 11,5, cuando Juan el Bautista envía a sus discípulos a preguntarle a Jesús si él es realmente el que debe venir, Jesús describe las acciones que está realizando y subraya, entre otras señales de su acción mesiánica, precisamente esa: «Id a informar a Juan de lo que oís y veis: Ciegos recobran la vista, etc.». Los ciegos ven: tenemos aquí claramente la señal de que Jesús está realizando la obra de Dios. Jesús viene a transformar la condición del hombre

encerrado en su ceguera, para abrirle a la luz, que, a fin de cuentas, no es otra cosa que la misma luz de Dios.

Encontramos, en efecto, sobre todo en el libro de Isaías, varios textos que hablan de la expectativa mesiánica en unos términos que hacen esperar la curación del hombre ciego. Por ejemplo, en el capítulo 29, v. 18: «Aquel día oirán los sordos las palabras del libro, sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos». Lo que el hombre espera, al esperar a aquel a quien Dios envía para salvarle, es especialmente poder salir de sus tinieblas para tener acceso a la verdadera luz. En el capítulo 42, vv. 6-7, en el primer canto del Siervo, leemos aún a propósito del enviado de Dios: «Yo, el Señor, te he llamado para la justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas».

La espera del Mesías, del Enviado de Dios, la comprende así el hombre a través de la luz que debe iluminar su camino. La curación del ciego que cuenta el Evangelio de Juan es, por tanto, la manifestación de la acción mesiánica de Jesús. Esta acción mesiánica hace entrar al hombre, por consiguiente, en una vida nueva, una vida en la que, abierto a la luz, puede ser, tal como llamaban a los cristianos después de su bautismo, un «iluminado». Y es que, por el bautismo, sus ojos se han abierto a la luz. De este modo, pueden ver claro, al disponer de una luz suficiente para caminar y saber dónde poner sus pies, al descubrir el camino que deben seguir, ese camino que no es otro que Jesús.

Tomemos algunos textos del Nuevo Testamento que fundamentan esta concepción de los bautizados, de aquellos que han recibido la gracia de Cristo, como seres iluminados. En el capítulo 26 de los Hechos de los Apóstoles, Pablo, encarcelado en ese momento, cuenta el relato de su conversión, y así es como describe lo que le pasó: «El Señor respondió: “Soy Jesús, a quien tú persigues. Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver. Te defenderé de tu pueblo y de los paganos a los que te envío. Les abrirás los ojos para que se conviertan de las tinieblas a la luz, del dominio de Satanás a Dios, para recibir el perdón de los pecados y una porción entre los consagrados por creer en mí”» (vv. 15-18). Se lleva a cabo, por consiguiente, tanto en la vida de Pablo como en la vida de aquellos a los que es enviado para llevarles el mensaje de la salvación, un paso de las tinieblas a la luz. Y en varias de las cartas de san Pablo encontramos expresiones semejantes que subrayan el carácter de luminosidad de la vida del creyente. Por ejemplo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, 5,5: «Sois todos ciudadanos de la luz y del día; no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas». Volvemos a encontrar, pues, la oposición, totalmente joánica, entre las tinieblas y la luz; y Pablo la emplea para evocar lo que ha pasado en la vida de los que han aceptado la fe en Jesús: han pasado ahora de las tinieblas; su vida ya no puede estar entenebrecida; debe ser una vida iluminada. O también, de una manera más desarrollada, en la carta a los Efesios 5,8-14, al recordar a los creyentes lo que pasó en su vida y cómo fueron transformados por el don de la gracia

de Jesús. Así es como se expresa Pablo: «Pues si un tiempo erais tinieblas, ahora por el Señor sois luz: proceded como hijos de la luz».

La luz de Dios no es, por otra parte, únicamente una luz que hace ver, sino que es una luz que hace vivir y comprometerse por el camino verdadero de la existencia humana. Pues «fruto de la luz es toda bondad, justicia y verdad. Comprobad qué agrada al Señor. No participéis en las obras estériles de las tinieblas, antes bien denunciadlas. Lo que ellos hacen a ocultas da vergüenza decirlo». Aquí se hace alusión a la vida de las tinieblas. Pero cuando se denuncia esto, es cuando se ve aparecer la luz. En efecto, todo lo que aparece es luz; por eso se dice: «¡Despierta, tú que duermes, levántate de la muerte, y te iluminará Cristo!». Y de nuevo en la Carta a los Hebreos, 6,4 tenemos una alusión semejante a la vida iluminada, alumbrada, que debe ser la del cristiano. Es imposible, en efecto, que los que ya han sido iluminados una vez, los que han probado el don celeste, encuentren una segunda vez la renovación de la conversión; tal es la condición del cristiano: ha sido iluminado, ha probado el don celeste. Y el último texto que vamos a citar en la misma perspectiva es el de la Primera Carta de Pedro 9,2: «Pero vosotros sois raza escogida, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido para que proclame las proezas del que os llamó de las tinieblas a su maravillosa luz».

En el relato de la curación de un ciego de nacimiento tenemos, pues, a la vez, una verificación de la condición mesiánica de Jesús, puesto que las obras que realiza son las obras esperadas del Mesías y, al mismo tiempo, toda una dimensión simbólica de lo que es la nueva existencia en Cristo, existencia basada en la fe en Jesús. Es una existencia que pasa de las tinieblas a la luz, a la que Jesús ofrece la luz. Eso es lo que se va a desarrollar ahora ante nuestros ojos para el ciego de nacimiento ante el que se encuentra Jesús.

Vamos a retomar, pues, la lectura del capítulo 9 en el v. 6: «Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos y le dijo: “Ve a lavarte en la alberca de Siloé” (que significa Enviado). Fue, se lavó y volvió con vista». ¿Qué hace Jesús? Realiza un gesto que, ciertamente, debe ser reconocido de nuevo en su dimensión simbólica. Tras escupir en el suelo, hace barro y lo pone en los ojos del ciego. Probablemente es preciso ver en este barro, en el que el hombre puede fácilmente encenagarse, el barro que puede invadir de este modo su existencia y nublar sus ojos impidiéndole ver. Para evocar esta función del barro podemos leer, por ejemplo, algunos textos tomados de los salmos. Así en el salmo 69,3: «Me hundo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; me he adentrado en aguas hondas y me arrastra la corriente». O bien en el mismo salmo 69,15: «Arráncame del cieno, que no me hunda, líbrame de los que me aborrecen y de las aguas sin fondo». O también en el salmo 40,3: «Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa. Afianzó mis pies sobre una peña y aseguró mis pasos». La acción de Jesús consiste, por tanto, en arrancar al hombre de su fango. He dicho «la acción de Jesús»; en efecto, cuando el relato evangélico nos habla de la purificación de los ojos del ciego de los que va a quitar el barro, nos habla de lo que pasa en la visita que Jesús le ha ordenado hacer a la alberca de Siloé (que significa

«enviado»). Y el enviado es, evidentemente, Jesús mismo, el Enviado de Dios, tal como él mismo se define constantemente en el Evangelio de Juan. Jesús imita en cierto modo la condición de este hombre al poner barro en sus ojos y al enviarle al Enviado, a fin de que allí puedan ser liberados sus ojos de lo que los obstruye y se abran así a la luz. Esa es la condición del ciego en un primer momento: la de no ver, porque está enfangado, porque está atrapado en una realidad puramente humana que le cierra los ojos; pero el contacto con el Enviado, con las aguas de la alberca de Siloé, llevadas en procesión el día de la fiesta de las Tiendas, le permite ver: «Fue, se lavó y volvió con vista».

Sigue ahora una serie de discusiones en las que intervienen varias personas. Y Juan nos invita a descubrir si estas penetran o no en el corazón de lo que ha pasado y si se dejan iluminar o no por la luz que proviene de la acción de Jesús, por la luz que es el mismo Jesús.

En primer lugar intervienen los vecinos: «Los vecinos y los que lo veían antes pidiendo limosna comentaban: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?”. Unos decían: “Es él”. Otros decían: “No es, sino que se le parece”. Él respondía: “Soy yo”. Así que le preguntaron: “¿Cómo se te abrieron los ojos?”. Contestó: “Ese individuo que se llama Jesús hizo barro, me untó con él los ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista”. Le preguntaron: “¿Dónde está él?”. Responde: “No sé”». A partir de ese momento aparece un interrogante en el espíritu de los vecinos y de los que conocen al ciego de nacimiento. Un interrogante y, por consiguiente, una duda, una vacilación a la hora de reconocer lo que ha pasado, a lo que se añade la curiosidad por saber más. Una curiosidad que, no obstante, acaba pronto y que, en un determinado momento, no va más lejos, sino que se contenta con un enunciado de lo que ha pasado y no desea entrar más a fondo en la verdad de lo que ha sucedido, para convertir eventualmente esta verdad en un principio de vida, de cambio, de libertad. Los vecinos llevaban consigo una cuestión, y el hombre vive a menudo con cuestiones. Sin embargo, se contenta en ocasiones con respuestas rápidas, superficiales, a sus cuestiones, sin querer llegar hasta el fondo de la búsqueda de la verdad, de la acogida de la verdad y, por consiguiente, del cambio que esta verdad puede implicar para su vida.

En cuanto al ciego, ya sabe algo, pero no lo sabe todo. Sabe y se adhiere a lo que sabe, lo expresa, lo proclama; pero todavía queda en él mucha oscuridad. Sabe que ha obedecido a aquel a quien él se refiere como «ese individuo que se llama Jesús»; a ese hombre que dispone de una fuerza, de un poder que no tienen todos los hombres. Reconoce el poder de Jesús tal como se ejerce en su vida para transformar su condición de ciego en la que tiene ahora. Sin embargo, todavía le falta ir más lejos, porque cuando le plantean la pregunta: ¿Dónde está Jesús?», su respuesta es: «No sé». En consecuencia, todavía se encuentra en la oscuridad en lo concerniente al sitio que corresponde a Jesús, en lo concerniente y a la manera en que Jesús se inserta en el interior del universo, al que, en virtud de su curación, puede abrirse con mayor amplitud. Por consiguiente, está en camino, aunque viviendo asimismo una auténtica disponibilidad en relación con lo que todavía debe revelársele.

Viene a continuación la reacción de los fariseos: «Presentaron a los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista. Les respondió: “Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo”. Algunos fariseos le dijeron: “Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado”. Otros decían: “¿Cómo puede un pecador hacer tales señales?”. Y estaban divididos. Preguntaron de nuevo al ciego: “Puesto que te ha abierto los ojos, ¿tú qué dices de él?”. Contestó: “Que es profeta”». La posición de los fariseos no es, por tanto, uniforme. Para un buen número de ellos, no se trata siquiera de una facultad que haya que comprender, dejando eventualmente el sitio a una especie de progresión en la adhesión, como ocurre con el ciego curado; se trata de un rechazo a ver, apoyándose en una verdad absoluta ya poseída. Este absoluto en el que se apoyan no está inscrito, en efecto, en su historia con